Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Historia de amor y las cenizas de la memoria

Texto y críticas Ana Sánchez de la Nieta

«La primera cita», de Jesús Ponce, brilla como una historia sencilla pero muy bien contada, al estilo de los tesoros que encontraba el fallecido Collar.



En plena Semana Santa me sobrecogió la triste noticia de la muerte de Jorge Collar. Estaba fuera de España, lo vi en las redes sociales y pensé que había leído mal. Me apené mucho al confirmarla. Y no porque la suya fuera una vida malograda, aunque siempre nos vamos antes de tiempo, sino porque estamos justos de críticos como él y es una pena perderlos.

Unas semanas antes de su fallecimiento, una vieja amiga, al enterarse de que me iba a hacer cargo de la sección de Cine de Nuestro Tiempo, me confesó que son las únicas críticas que lee «porque hablan de películas que nadie más comenta». Reconozco que, aunque probablemente la apreciación de mi amiga quería ser elogiosa, me picó y preocupó a partes iguales. Lo primero porque, obviamente, no era a mí a quien seguía, sino a Jorge Collar (aunque ella no conocía el nombre del autor de aquellas reseñas que la maravillaban). Pero también me inquietó pensar en cuáles son esas películas que Collar descubría y que el resto de los críticos ignorábamos.

Mientras esta duda rondaba mi cabeza, me llegó una pequeñísima película española, La primera cita. Quise verla porque la dirigía Jesús Ponce y, hacía muchos años, me había gustado su primer largometraje, 15 días contigo. Mi idea, al tratarse de una cinta minoritaria, era simplemente echarle un vistazo: tal vez se estrenaría en un par de salas de las grandes ciudades y pasaría, sin pena ni gloria, al interminable catálogo de alguna plataforma dedicada a «cine invisible». Pero terminé bebiéndome la película: una historia sencilla, la de una pareja madura, pero maravillosamente contada. Isabel, una persona jovial e impulsiva, empieza a perder la memoria por culpa del alzhéimer y, gracias a sus lapsus, Sebastián, su marido, militar prejubilado, descubre que tiene a su lado a una mujer profundamente infeliz. Un film rodado con muy pocos medios, pero que llega directamente al corazón. Sin necesidad de estrellas, ni de grandes bandas sonoras, ni de efectos especiales. Historia, personajes y guion, mucho guion.

Y pensé en Jorge Collar, y en esa concepción que defienden algunos del crítico como buscador de tesoros. Alguien que después de horas y horas de cine, en festivales, en muestras o en pases, es capaz de hallar una joya —pequeña o grande— en la que nadie había reparado. A veces son cintas que transitan por circuitos alternativos donde hay arte, pero también presunción a granel. Otras se trata de adentrarse en lenguajes fílmicos diferentes, que hay que traducir al gran público para que sea capaz de saborearlos. Y, en ocasiones, es simplemente tratar de esquivar a la mala suerte que hace que proyectos cinematográficos valiosos pero modestos se estrenen al mismo tiempo que superproducciones que saltan a las salas con tres mil copias. Para no salirnos del ejemplo, La primera cita se estrenó solo unos días después de Los vengadores. Endgame. Sobran los comentarios.

Para encontrar estas películas hacen falta críticos humanistas, con tiempo y con muchas horas de cine a sus espaldas, que no se fascinen con las taquillas, aunque haya que tenerlas en cuenta; que conozcan los clásicos y sepan descubrirlos en la mirada de un joven cineasta; que se acerquen sin miedo a las óperas primas sin desdeñarlas, sabiendo que esa imperfección se cura con el tiempo. La falta de originalidad y de talento no. 

Mientras escribo estas líneas tengo sobre mi mesa un libro de otro de estos críticos humanistas, también fallecido, Pedro Antonio Urbina. Hace unos años se recopilaron algunas de sus reseñas con el precioso título de Películas mínimas. Pienso que a Jorge Collar también le hubiera gustado englobarlas  bajo esa denominación.

Me han contado que Jorge Collar, días antes de morir, fue al cine con un amigo. A pesar de su edad y de su quebrantada salud, a pesar de que ya no iba a escribir en estas páginas, seguía acudiendo a las salas. Porque el cine para él no era solo una profesión sino una vocación. Con curiosidad periodística quise saber cuál era la última película que había visto: Dumbo, la versión de Tim Burton. Un cineasta genial que no siempre acierta. Y esta vez no lo ha hecho. Por eso no he querido hablar de Dumbo y sí de La primera cita. Por deferencia hacia Jorge Collar, a quien pido públicamente que desde arriba me ayude a descubrir esas películas que él encontraba y que tan felices hacían a muchos lectores de Nuestro Tiempo.


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