Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Pedro Antonio Urbina: hacer belleza

Texto Joseluís González [Filg 82], profesor y escritor @dosvecescuento Fotografía Archivo personal de Pedro Antonio Urbina

Diez años se cumplen del fallecimiento de Pedro Antonio Urbina, autor de novelas exquisitas, adelantadas a su tiempo, lírico por naturaleza. Iniciarse en sus libros significa abrir otros puntos cardinales. 


Pedro Antonio UrbinaPau, como lo conocían sus mejores amigos y como firmaba sus cartas y sus ilustraciones y collages— nació casi en el centro de una isla mediterránea, en Luchmajor, en Mallorca, en septiembre de 1936. Fue, por encima de todo, escritor, y de una extremada sensibilidad, y concibió su trabajo como un verdadero quehacer artístico, vocacionalmente. Fidel Villegas desentraña la esencia de su literatura: «La búsqueda, dramática a la vez que serena, de la belleza encarnada en existencias personales y en paisajes». Tenía la sabiduría de saber escuchar «la llamada de la naturaleza». Aprendió a mirar y a leer los ojos. Y escribía con aire espontáneo, dejando fluir… Corregía sin agarrotar los textos a base de retoques.

Ese durante años buscar de Urbina quedó plasmado en una treintena de libros. Novelas —lo mejor—, cuentos —también para público infantil—, poemarios, ensayos, una pieza teatral de arriesgada puesta en escena, El seductor, que debería convertirse en miniserie. Sus principales poemas —«Ángeles», determinados haikus y cantos— se merecen una antología. Y Filocalía o Amor a la Belleza, nuevos lectores.

Cuando la independencia de Pau podía estar en dificultades, se abrazaba a traducciones del italiano, del inglés o del portugués y reavivaba obras de grandes nombres, incluso de espiritualidad cristiana («Se atrevió con san Agustín y santa Teresa», apunta Rafael Rubio, colaborador suyo una buena temporada). Y con otros dos talentos: Luis de Palma y Francisco de Osuna.

Además, fue curator de exposiciones, reseñista, guionista de radio,  televisión y cómic y crítico cinematográfico.

Su formación académica —estudió en su tierra natal en el colegio de los Jesuitas— salió exploradora. Sus titulaciones universitarias prueban su educación cosmopolita. Se doctoró en Derecho y en Filosofía y Letras. En la Complutense defendió su tesis, El pensamiento de Zubiri y su influencia en la Filosofía del Derecho español. En su época universitaria, Urbina pudo aprender idiomas en sus estancias en Roma, donde vivió tres años, en París, Lovaina y Dublín y amplió el cauce de sus lecturas. España, en aquellas fechas, parecía de lejos un erial. Sin embargo, Urbina no les dio demasiado calibre a esas etapas en el extranjero.

Pau conquistó lectores fieles y expectantes, a pesar de que casi todos sus libros cayeron en sellos de difícil circulación y de distribución exigua. Sus valientes editores acertaron a ver la novedad de sus valores artísticos. Algunas de sus novelas pugnaron hasta los puestos de finalistas de premios como el Planeta o el Nadal. Las estudiaron doctos profesores: De Galdós a García Márquez debería haberse titulado, por criterios de edad, De Galdós a Urbina, el escritor más joven tratado en aquel volumen metodológico. Resaltaron —reseñas, estudios, entrevistas a fondo— su capacidad para trenzar diálogos naturales y de caracterización psicosocial. Sin embargo, sus obras siguieron su andadura absorta por librerías y lectores.

J. M. Odero resumió el alma de las novelas de Urbina: «Cena desnuda (1967) narra la transformación interior de un diplomático; El carromato del circo (1968), la vida entrañable de una familia nómada que trabaja en la carpa»; La página perdida (1969) enhebra «confesiones íntimas de una sensibilidad extrema»; Gorrión solitario en el tejado (1972), la más hecha, es una especie de «novela de ciencia ficción sobre las aflicciones de artistas en medio de una sociedad burocratizada», admite interpretaciones paradójicas; «Una de las cosas (1973) adquiere forma de diario íntimo». Pero sus historias alcanzan una importancia relativa: interesa más la voz de los personajes, la mirada del autor.

El misterioso caso del poderoso millonario vasco, novela «bizantina» —como las que le entusiasmaban al sexagenario Cervantes: amor, fidelidad, exotismo, viajes, reencuentros, engaños y perdones— es diferente pero parecida.

Si encuentra usted libros de Urbina, tendrá más cerca el arte. Rosas en las alturas del invierno.