Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

¿Qué premiaron y qué no los Óscar 2019?

Texto y críticas Ana Sánchez de la Nieta

Roma se alzó con tres estatuillas, aunque el Óscar a mejor película recayó en Green Book. Las cintas producidas por plataformas ganan presencia en festivales y certámenes pero tal vez la Academia de Hollywood no quiera abrir la puerta de par en par aún.



Hacía tiempo que no sentía el pánico ante la hoja —la pantalla— en blanco. No todos los días se enfrenta una al reto de tomar el relevo a un crítico al que ha admirado durante años. Un escritor que le ha enseñado a mirar el cine. Un cronista que extraía la esencia del festival más importante del mundo. Creo que nunca podré separar el nombre de Jorge Collar de Cannes. No es fácil sustituir a una figura y de ahí el pánico. Además de pánico, me enfrento al reto con mucha ilusión porque escribir en Nuestro Tiempo es un privilegio. Así que mis primeros caracteres tenían que ser de agradecimiento. A Jorge Collar y a Miguel Ángel Iriarte, editor de la revista hasta hace días, que me invitó a escribir en esta sección.

Cuando estas páginas lleguen a sus manos habrán pasado los titulares inmediatos  sobre los Óscar 2019. Y, por supuesto, carecerá de interés la alfombra roja. Sin embargo, con esa calma y perspectiva que da una publicación trimestral en papel —un lujo— es el momento de valorar qué ha premiado y qué no la academia de cine  más importante del mundo.

Les refresco la memoria. En la última edición de los Óscar hubo una película ganadora —que ganó poco— y una película perdedora, que lo ganó casi todo.

Empecemos con la segunda: Roma, dirigida por Alfonso Cuarón, producida por Netflix, favorita de los críticos y de las apuestas. Roma llegaba a los Óscar con el León de Oro de Venecia, dos Globos de Oro, cuatro Baftas y más de una decena de premios americanos, de los que siembran el camino del éxito en la gran noche del cine. Esa noche, Cuarón subió a recoger tres importantes estatuillas: mejor película extranjera, mejor fotografía y mejor director. Pero se quedó sin el Óscar grande. El de mejor película. ¿Razones? Probablemente la Academia americana no está todavía preparada para cerrar con un portazo —un Óscar— el debate sobre si una película producida por una plataforma de televisión puede competir con el “cine de toda la vida”, el que se exhibe en una sala. Es un debate perdido, o ganado, o empatado… en cualquier caso, un debate al que le queda poco recorrido —lo que tarde Spielberg en dar su brazo a torcer— porque la vida se acaba imponiendo y, si los hábitos de consumo han cambiado, lo raro sería que no cambiaran los hábitos de producción. Un Óscar a Roma hubiera sido una bendición que muchos en Hollywood no están dispuestos a otorgar sin un poco más de lucha. Ojo, y esta lucha también es buena si sirve para depurar y recordar la esencia del cine. Hasta los que estamos de acuerdo en que las plataformas participen en el circuito de premios y festivales no queremos que entre todo. La calidad es el primer filtro. Pero si algo no le falta a Roma es calidad.

Paradójicamente, tampoco le ha ayudado a Roma ese goteo incesante de galardones. Algo parecido le ocurrió a La La Land. El musical de Damien Chazelle llegó a la gala de los Óscar agotado de tanto premio y, en aquella ocasión, ganó la mediocre Moonlight.  

Hablemos ahora de la ganadora, que tenía muchas opciones de serlo, porque se enfrentaba a los Óscar con el Globo de Oro al mejor drama, estaba basada en una historia real cien por cien americana y contaba con unas magníficas interpretaciones. A pesar de las críticas, algunas pueriles, Green Book es una película muy digna. A años luz de Roma, pero muy lejos también de otras premiadas. Si no ganaba Roma, era lógico que lo hiciera Green Book

Hay que reconocer que la película, dirigida por Peter Farrelly —a quien no le caracteriza en particular la calidad de su filmografía—, es excesivamente clásica. Desde el punto de vista cinematográfico, la cinta aporta poco. Justo lo contrario de lo que le pasa a Roma. Pero Farrelly maneja bien ese clasicismo en un drama que funciona y que gusta a los espectadores.

De hecho, pienso que la Academia, al premiar Green Book, está premiando también a ese espectador que acude al cine buscando una película que le haga olvidar sus problemas durante un par de horas, sumergirse en una historia positiva, recorrer con los personajes un tramo de sus vidas y cambiar —para mejor— un poco con ellos. 

He oído críticas de Roma y de Green Book. En el primer caso, la más frecuente ha sido que es aburrida. En el segundo, muchos han tachado a Green Book de sentimentaloide. Toda crítica tiene parte de verdad. Para disfrutar de Roma y no aburrirse hay que saber un poco de lenguaje cinematográfico. Y a Green Book le hubiera venido bien diluir el exceso de azúcar en algunos de sus tramos.

Al final, sin duda, la Academia prefiere espectadores almibarados que aburridos. No hay que olvidar que Hollywood sabe de cine pero sobre todo sabe de números. Y es mucho más peligroso para la taquilla el bostezo que el azúcar. Y, si no, recuerden los Óscar de Titanic. Que, por cierto, era infinitamente peor que Green Book.


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