Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Auschwitz, en primera persona

Texto: Inés Díaz Argelich [Com His 17], Elena Díaz-Casanova [Com Fia 17], Antonio García Robredo [Com His 17], Fátima González-Besada [Com His 17] y Javier Marrodán [Com 89] / Fotografía: Olmo Calvo / EL MUNDO (imagen de apertura), Google Commons y Fátima González-Besada

 «La suerte de un solo hombre resume, en ciertos momentos esenciales, la suerte de todos los hombres», afirmó hace veinte años el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, tratando de resaltar la importancia del periodismo con nombre y apellidos. Por eso nos fuimos a Niza a entrevistar a Annette Cabelli. Tiene 93 años y es una de las pocas supervivientes del Holocausto. 


En 1997, la Asociación mundial de editores de periódicos pidió al periodista y escritor Tomás Eloy Martínez que les proporcionase alguna idea para afrontar con garantías el futuro inmediato del oficio. Internet era apenas una utopía difusa, pero los adelantos tecnológicos y la pujanza de los medios audiovisuales exigían planteamientos novedosos y originales. En la conferencia que finalmente ofreció a los responsables de la prensa mundial reunidos en México, Martínez les propuso una fórmula sencilla: volver a las historias con nombres y apellidos. «Cuando leemos que hubo cien mil víctimas en un maremoto de Bangladesh —explicó a los editores—, el dato nos asombra pero no nos conmueve. Si leyéramos, en cambio, la tragedia de una mujer que ha quedado sola en el mundo después del maremoto y siguiéramos paso a paso la historia de sus pérdidas, sabríamos todo lo que hay que saber sobre ese maremoto y todo lo que hay que saber sobre el azar y sobre las desgracias involuntarias y repentinas. Hegel primero, y después Borges, escribieron que la suerte de un hombre resume, en ciertos momentos esenciales, la suerte de todos los hombres».

Cuando empezamos a perfilar nuestro Trabajo Fin de Grado de Periodismo (TFG), esa propuesta se convirtió en una premisa imprescindible. Habíamos formado un grupo de doce personas ilusionadas con la radio, la mitad de nosotros cursaba el doble grado de Periodismo e Historia, estábamos y estamos convencidos de que el pasado puede ayudar a entender mejor el presente, y queríamos hacer algo distinto, atractivo, audaz. Durante las primeras semanas de andadura, el TFG se fue configurando como una productora de podcast (emisiones de radio por internet) relacionados con la Historia. Una de las secciones que enseguida vimos clara fue «Yo estuve allí». La sugirió Inés Díaz Argelich con el objetivo de localizar y entrevistar a personas que hubiesen vivido de cerca episodios señalados del pasado reciente, y reconstruir los acontecimientos con el hilo conductor de sus testimonios: la vieja idea de Tomás Eloy Martínez

Las primeras opciones que barajamos se antojaban demasiado fáciles: la muerte de Franco, el golpe de Estado del 23F, el alto el fuego de ETA… Javier Marrodán, el profesor responsable de nuestro TGF, nos animó a ser más ambiciosos y nos puso un ejemplo que era a la vez un reto: en unas jornadas que se acababan de celebrar en Madrid había intervenido como ponente una mujer superviviente de Auschwitz. No era española, pero hablaba el castellano porque descendía de una familia de judíos sefardíes. ¿Podía tener sentido tratar de localizarla?

Elena Díaz-Casanova, a quien habíamos elegido directora del equipo, atrapó al vuelo la sugerencia e inició de inmediato sus pesquisas. Supimos gracias a la periodista María Jiménez que la superviviente se llamaba Annette Cabelli y que había contado su historia en la I Jornada sobre implicaciones educativas del Holocausto, organizada por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Elena llamó al Ministerio, encadenó una gestión con otra y terminó poniéndose en contacto con Yessica Sanromán, directora del área de Holocausto y antisemitismo del Centro Sefarad-Israel [institución pública española que estudia y difunde el legado de la cultura judía sefardí como parte integrante y viva de la cultura española]. Sanromán explicó que Annette Cabelli era demasiado mayor para afrontar por su cuenta viajes y entrevistas, pero que había una profesora francesa, Linda Sixou, que podría intermediar. Finalmente, conseguimos su correo electrónico y un dato crucial: Annette vivía en Niza.

Elena escribió a Linda el 6 de marzo. «Buenas tardes, Linda. Soy Elena, una estudiante de Periodismo y Filosofía de la Universidad de Navarra. Estamos haciendo un proyecto final de grado sobre Historia y nos gustaría entrevistar a Annette Cabelli. Tenemos mucho interés y estaríamos dispuestos a viajar a Niza. Muchas gracias, espero atentamente su respuesta». Por si acaso, ya habíamos comprobado en Google Maps que Niza está a 955 kilómetros y nueve horas en coche de Pamplona.

 

UNA CITA EN NIZA

Una semana después, ante la ausencia de novedades, Elena escribió de nuevo. La presión surtió efecto, los correos electrónicos cedieron el paso al teléfono y el lunes 20 de marzo Elena se presentó en el despacho del profesor Javier Marrodán con la información decisiva: Annette estaba dispuesta a recibirnos el sábado siguiente, 25 de marzo, a las cuatro de la tarde.

—¿Y ahora qué hacemos? —quiso saber Elena.

—Creo que habría que ir de cabeza —le respondió Javier.

En veinticuatro horas quedó configurado el equipo: Elena, Inés, Fátima González-Besada, Antonio García Robredo y el propio Javier, que además pondría el coche.

Fátima se ofreció a organizar la parte logística (la ruta, el alojamiento…) y todos nos comprometimos a leer en tres días todo aquello que pudiese resultar interesante sobre Auschwitz y el Holocausto, además de las entrevistas que ya había concedido Annette hasta entonces.

Cuando el martes 21 nos reunimos por primera vez para empezar a dar forma al cuestionario, ya sabíamos mucho de Annette Cabelli. Nos propusimos centrar las preguntas en aquellos aspectos que desconocíamos y no invertir demasiado tiempo en lo que ya había contado en otras ocasiones. También comentamos los libros, los documentales y las películas que habíamos visto o leído. Quedamos en repasar los recuerdos y las reflexiones de Viktor Frankl, Primo Levi, Etty Hillesum o Hannah Arendt para alimentar la conversación con nuestra entrevistada.

El miércoles y el jueves fuimos estructurando el guion de la entrevista. Abriríamos la charla con aspectos familiares y biográficos que hiciesen cómoda y amable la conversación para pasar poco a poco a la vida en Auschwitz y a la vida después de Auschwitz.

 

REFLEXIONES DESPUÉS DE AUSCHWITZ

 

«Yo estaba dando la mano a mi madre para ayudarla a subir al camión cuando apareció un alemán y me preguntó mi nombre. Se lo dije y me llevó a otro grupo. Mi madre murió ese mismo día» (Annette Cabelli)

El psiquiatra y neurólogo Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz, cuenta en El hombre en busca de sentido que, incluso en las circunstancias más adversas, el individuo puede encontrar una razón para vivir: «El hombre no está totalmente condicionado y determinado; él es quien determina si ha de abandonarse a las situaciones o hacer frente a ellas». Nos pareció una idea interesante para comentarla con Annette.

Hablamos también de la paradoja de que Primo Levi se suicidase después de haber sobrevivido a Auschwitz. El mensaje que abre las páginas de su obra Si esto es un hombre cobró además en vísperas del viaje a Niza un significado especial, nos puso de algún modo frente a nuestra responsabilidad como periodistas: «Pensad que esto ha sucedido: os encomiendo estas palabras, grabadlas en vuestros corazones. Al estar en casa, al ir por la calle, al acostaros, al levantaros; repetídselas a vuestros hijos».

De Etty Hillesum, una judía holandesa que murió en 1943 en la cámara de gas con 29 años, nos impresionó el modo profundamente espiritual con el que afrontó su paso por los campos de Westerbork (Holanda) y Auschwitz. «Te ayudaré, Dios mío, para que no me abandones, pero no puedo asegurarte nada por anticipado —escribió en su diario el 12 de julio de 1942—. Solo una cosa es para mí cada vez más evidente: que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti, y así nos ayudaremos a nosotros mismos. Es lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros. Tal vez así podamos hacer algo por resucitarte en los corazones desolados de la gente».

No sabíamos si habría oportunidad de confrontar con Annette nuestras lecturas apresuradas, si ella compartiría o no los pensamientos entrecomillados que íbamos recogiendo, si le apetecería hablar de la película La lista de Schindler o del libro Eichmann en Jerusalén. Pero teníamos claro que debíamos ir a su encuentro muy bien preparados.

 

ESCALA Y ENSAYO EN CARCASONA

Salimos de Pamplona el viernes 24 de marzo. Habíamos decidido pasar la noche en Carcasona, a mitad de camino, y continuar el sábado hasta Niza, para estar en casa de Annette a las cuatro de la tarde. Teníamos la esperanza de conversar con ella al menos un par de horas. Al acabar la entrevista volveríamos a Carcasona y dormiríamos allí, y el domingo emprenderíamos el regreso a Pamplona.

Carcasona es una localidad famosa por su impresionante ciudadela medieval, un recinto doblemente amurallado que conserva el esplendor y los perfiles almenados de hace siglos, y que fue declarado patrimonio de la humanidad en 1997. Había anochecido y llovía con intensidad cuando llegamos al apartamento que teníamos reservado en la rue Barbacane, al pie mismo de la fortaleza. Sin embargo, preferimos invertir las últimas horas de la jornada en probar el equipo técnico: dos grabadoras profesionales cedidas por la emisora de radio de la Universidad, un micrófono de solapa y una cámara réflex capaz de grabar vídeo en alta calidad, además de un ordenador portátil. Dimos también un último repaso al cuestionario, del que habíamos impreso varias copias. Éramos conscientes de que la entrevista del día siguiente merecía todos nuestros esfuerzos. Parecía obvio que íbamos a escuchar una historia dura y tremenda. Más aún, íbamos a proponer a una persona de 93 años que recordase los pasajes más tristes y siniestros de su existencia. Mientras cenábamos, Elena comentó que, a pesar de todo, tenía la ilusión de que nuestra visita a Niza proporcionase a Annette un rato agradable, «vamos a intentar que se quede con buen sabor de boca», nos sugirió.

Llegamos a Niza el sábado a la hora prevista, después de cinco horas de coche que incluyeron un largo tramo de obras y cien kilómetros de lluvia torrencial. Acabábamos de aparcar junto al portal de Annette cuando apareció Linda Sixou, la profesora francesa que nos había concertado la cita. También ella asistiría a la entrevista.

Annette nos recibió sonriente y cariñosa. Vive sola en un piso modesto que enseguida llenamos con nuestros bártulos y nuestros abrigos mojados, que ella se apresuró a colgar de algunas sillas en la cocina y el balcón.

Desde que cruzamos el umbral de su casa se extendió un clima de confianza que hizo muy fácil y amable el encuentro. La pequeña sala de estar apenas tiene otra decoración que una acuarela enmarcada, dos cuadros sencillos y algunas postales que recorren las paredes en hileras. Nos explicó que las postales se las habían enviado a lo largo del tiempo sus dos hijas. Una vive en Niza y la otra en París. Nos sentamos los siete en torno a una mesa redonda. Habíamos acordado que Inés llevaría el peso de la conversación —nos pareció mejor que hubiese un interlocutor principal—, que Antonio estaría pendiente de la calidad del sonido, pertrechado con unos auriculares, y que Fátima se encargaría de tomar fotos y de grabar algunos pasajes en vídeo.

 

EXTRANJEROS EN SU PROPIO PAÍS

La vida en Auschwitz era una lucha continua por la supervivencia. Annette se turnaba con algunas compañeras del campo para colarse en la cocina de los nazis y recoger los huesos que habían sobrado de la comidas. 

Resultó sencillo comenzar la entrevista. Annette nos amplió con su aceptable castellano lo poco que sabíamos de su familia: que sus antepasados fueron expulsados de España en la época de los Reyes Católicos, que vivieron durante una época en Turquía y que acabaron instalándose en Salónica (Grecia), donde nacieron ella y sus dos hermanos, Dino y Alberto. El padre murió cuando Annette tenía cuatro años. Toda la familia sufrió un antisemitismo creciente e injusto. Los judíos eran mayoría en Salónica (un 70 por ciento), pero una gran parte de los griegos ortodoxos les hacían la vida muy difícil. «Siempre nos decían que nosotros habíamos matado a Cristo», nos contó Annette con pena.

La situación se agravó a partir del 28 de octubre de 1940, cuando los italianos invadieron Grecia. En abril de 1941 se les sumaron los alemanes, y unos y otros se repartieron el país. Los judíos vieron cómo se cerraban sus escuelas y sus periódicos, y cómo les prohibían la simple entrada a los cafés. Todos debían llevar en un lugar visible la estrella amarilla y alojarse en uno de los tres guetos de la ciudad. Durante el invierno de 1942, unos seiscientos judíos de Salónica murieron de hambre, incluidos dos tíos y dos primos de Annette. «Nos consideraban extranjeros», afirmó con dolor pese al largo tiempo transcurrido. En aquella época, con quince años, ella aún albergaba el sueño de ser profesora de hebreo.

El 11 de julio de 1942, coincidiendo con el Sabbat, las autoridades nazis ordenaron a todos los varones judíos de 18 a 45 años que se reunieran en la Plaza de la Libertad, en el corazón de Salónica. Acudieron nueve mil hombres. A uno de los hermanos de Annette, Dino, le enviaron a realizar trabajos de obras públicas para la empresa alemana Müller. Nunca más supieron algo de él. Se encerró a los judíos en un campo temporal cerca de la estación de ferrocarril. De allí partían los trenes de la muerte con destino al campo de exterminio polaco Auschwitz-Birkenau. El primero salió el 15 de marzo de 1943, con casi tres mil personas hacinadas en vagones de ganado. Otros diecisiete trenes completarían el mismo recorrido en las semanas siguientes. Annette recuerda muy bien su llegada a Auschwitz, en compañía de su madre: «Había gente chillando. Y perros. Ponían a los hombres en una parte y a las mujeres en otra. A los viejos y a las mujeres que no podían andar los mandaban a unos camiones que tenían una cruz roja. La propaganda que habían difundido en Grecia era que nos llevaban a trabajar, pero muchos de los camiones iban directamente a las cámaras de gas. Yo estaba dando la mano a mi madre para ayudarla a subir al camión cuando apareció un alemán y me preguntó mi nombre. Se lo dije y me llevó a otro grupo. Mi madre murió ese mismo día».

En un momento de su relato, Annette se remangó con naturalidad su chaqueta y nos mostró el número que le grabaron en el antebrazo izquierdo nada más llegar a Auschwitz: 4065.

 

UNA «GRANDÍSIMA DIFERENCIA»

La libertad de Annette Cabelli y sus compañeros llegó de manera repentina cuando un día, al despertar, descubrieron que ya no había ningún nazi.

Estábamos tan atentos al relato, tan pendientes de sus palabras, que quizá no éramos del todo conscientes de la trascendencia de lo que nos estaba contando. O quizá sí. «Hemos leído todas sus entrevistas, pero nada es comparable a estar en el mismo salón que una superviviente del Holocausto —escribiría Fátima, ya de vuelta en Pamplona—. Tiene 92 años, dentro de un mes cumplirá 93. Ha empequeñecido aunque al mismo tiempo es corpulenta. Tiene el pelo blanco, denso, con grandes ondas que contrastan con unas bolsas enormes debajo de los ojos, oscuras, profundas, como si hubiera llorado tanto que ya no le quedaran lágrimas. En el brazo izquierdo tiene unos números borrosos con tinta verde: 4065; su número en Auschwitz le ayuda a no olvidar».

Y añadía Fátima en su texto, una práctica de la asignatura Géneros Periodísticos de Opinión : «Solo por el impacto físico ya ha valido la pena viajar casi mil kilómetros. Te quedas mirándola unos segundos y piensas fríamente en quién tienes delante. Ella ha estado allí, entrando por el portón de la torre de Birkenau en un vagón de ganado, a través de las vías del tren […]. No deja de sorprender la alegría que transmite y la sonrisa de su cara; una sonrisa tierna, de persona mayor, como nuestros abuelos, con la grandísima diferencia de lo que ella ha vivido y nuestros abuelos no».

 

EL DÍA A DÍA EN AUSCHWITZ

Esa era, en efecto, la «grandísima diferencia»: lo que ella había vivido. A pesar de las películas, los documentales o los relatos autobiográficos, las explicaciones de Annette nos condujeron a otro plano: nos estaba hablando de Auschwitz, pero nos estaba hablando a la vez de sí misma. De cómo la raparon y le quitaron todo lo que llevaba. De cómo la destinaron a trabajar en el barracón que hacía las veces de hospital por mediación del mismo nazi «bueno» que la había bajado del camión. De cómo «lo importante era tener algo de comer» y de cómo dormían tratando de proteger el «pedacito de pan» que les daban por la tarde para que otros prisioneros no lo robasen. «Éramos bestias», nos confesó.

Sin embargo, ella nunca pensó que fuese a morir. Se limitaba a afrontar cada nuevo día con la expectativa de llegar al final. «Hoy ya pasó», se decía a sí misma cuando se hacía de noche. Vio con admiración cómo algunas prisioneras que trabajaban en una fábrica de aceite consiguieron sabotear un crematorio utilizando productos que sacaban a escondidas del taller. Vio cómo morían de manera terrible dos jóvenes polacas que habían tratado de escapar. Tuvo que llevar en una carretilla los cadáveres de personas fallecidas a consecuencia de la malaria. Descubrió que si fumaba un tabaco ruso llamado majorca —«el más fuerte que había en Rusia»—, pasaba mejor la noche: «Era como si hubiese bebido alcohol: me dormía». El tabaco lo obtenía a cambio de una parte de su mendrugo diario de pan.

La vida en Auschwitz era una lucha continua por la supervivencia. Annette se turnaba con algunas compañeras del campo para colarse en la cocina de los nazis y recoger los huesos que habían sobrado de la comidas. Hubiese bastado que las descubriera alguno de los kapos (término usado para ciertos presos que trabajaron en los campos de concentración colaborando con los nazis) para que las matasen de inmediato. También nos contó que no se enfadó con Dios porque había dejado de creer en Él antes incluso de llegar al campo: no le cabía en la cabeza que un Dios supuestamente bueno pudiese permitir todo aquello, en especial el sufrimiento de los niños. «Y aún había algunos que creían en los milagros», exclamó en un momento de la entrevista.

Solo se interrumpió —«excusadme, no sé si debo contar toda la verdad»— cuando había empezado a explicarnos que a veces los ratones mordisqueaban los cuerpos aún vivos de las mujeres que agonizaban en el hospital.

Recién estrenado el año 1944 corrió la voz de que los soviéticos se estaban acercando. Era cierto: el Ejército Rojo avanzaba con rapidez hacia Polonia. Los nazis, asustados, no querían dejar huellas: mataron a todos los prisioneros que pudieron y volaron algunos crematorios antes de abandonar Auschwitz el 18 de enero de 1944. Finalmente, se llevaron consigo a algunos prisioneros, Annette entre ellos.

Comenzó entonces la llamada «Marcha de la muerte», una penosa caminata a dieciocho grados bajo cero que fue llenando de cadáveres las cunetas. Annette sabía cuál era el número que le habían tatuado a su hermano y se dedicó a comprobar los antebrazos de los muertos tratando de encontrarlo. No podía saber entonces que se encontraba vivo en Auschwitz, ya liberado por los rusos. La libertad de Annette Cabelli y sus compañeros llegó de manera repentina cuando un día, al despertar, descubrieron que ya no había ningún nazi. Todos la escuchábamos sobrecogidos cuando describió el desenlace de su cautiverio.

 

UNA SEVILLANA PARA TERMINAR

El relato de Annette se extendió más allá de Auschwitz: su matrimonio con un superviviente del campo de Dachau, al que conocía desde antes de la guerra, el nacimiento de sus tres hijos, la muerte del pequeño en un accidente de bicicleta cuando solo tenía diez años... Nos estremeció conocer todas las penalidades que había ido acumulando su biografía. En más de una ocasión, cuando malvivían en un edificio de tres plantas atestado de familias obligadas a compartir un único cuarto de baño, con sus hijos llorando de forma inconsolable y su marido ausente o dando voces, pensó en dejar abierta la llave del gas y acabar con todo. Pero no lo hizo.

Vivió en París, se quedó viuda, trabajó de costurera y desde hace dieciséis años reside en Niza, donde también se instaló una de sus hijas. Los miércoles cenan juntas.

Todos estábamos un poco conmovidos cuando Inés le dijo que habíamos llegado al final del cuestionario y le dio las gracias por haber compartido sus recuerdos con cinco desconocidos que se habían presentado en su casa con el único argumento de su condición de periodistas.

Antes de emprender el viaje a Niza habíamos recordado en algún momento aquella afirmación del filósofo judío-alemán Theodor Adorno acerca de la imposibilidad de la poesía después de Auschwitz. Annette reconoció que todos los días piensa en Auschwitz, que aún sueña con el campo de concentración, y que a veces se siente culpable por haber sobrevivido. Fátima acercó entonces un poco más su silla y le preguntó si había sido feliz en algún momento después de Auschwitz. A Annette se le iluminó la cara con una sonrisa y nos explicó que sí, que muchas veces: «Cuando me reúno con Linda. O cuando quedo con amigas que me divierten. La semana pasada estuvimos desde las doce hasta las ocho y media. No sabía ni qué hora era. Tenía gente alrededor y no pensaba en nada más. Quiero encontrar a personas agradables para estar con ellas y estar contentas. Aprecio estar así. Estar solo es muy malo».

Los acontecimientos se precipitaron después de esa frase: Linda propuso a Annette que nos obsequiaran con una de las canciones españolas que tanto les gustan a ambas, y las dos unieron sus voces con estilo y buen humor. Nos contaron entonces que les apasionan las sevillanas, y Linda encendió su ordenador portátil para mostrarnos algunas que tenía grabadas. Mientras sonaba «Cuando un amigo se va», preguntó si alguna de las presentes sabía bailarlas y ante la respuesta afirmativa de Elena y Fátima les propuso que le enseñaran algunos movimientos. La entrevista terminó con una improvisada sesión de baile en el pequeño cuarto de estar de Annette, que disfrutó como una niña dando palmas e imitando los movimientos de sus improvisadas profesoras.

«Tú misma eres un milagro, Annette», le dijimos antes de despedirnos de ella con dos besos y un abrazo.

 

EL RETO DE CONTAR UNA BUENA HISTORIA

De izquierda a derecha: Antonio G.ª Robredo, Inés Díaz Argelich, Annette Cabelli, Elena Díaz-Casanova, Fátima González-Besada y Javier Marrodán

Cuando ya de noche nos apretamos en el coche para emprender el viaje de regreso a Carcasona —otras cinco horas, al menos ya sin lluvia—, aquella propuesta que Tomás Eloy Martínez había formulado en 1997 a los editores de prensa de todo el mundo adquirió sin necesidad de recordarla toda su relevancia: «La gran respuesta del periodismo escrito contemporáneo al desafío que le plantean los medios audiovisuales es descubrir, donde antes había solo un hecho, al ser humano que está detrás de ese hecho, a la persona de carne y hueso afectada por los vientos de la realidad».

Cansados y satisfechos, nuestra sensación después de haber escuchado en directo la historia de Annette era la misma que él había descrito en 1997: «Las noticias mejor contadas son aquellas que revelan, a través de la experiencia de una sola persona, todo lo que hace falta saber».

Serían las nueve y media de la noche cuando nos detuvimos en un área de servicio de la autopista para cenar y ordenar nuestras primeras impresiones. Ese momento mágico del periodismo, cuando el relato empieza a cobrar forma, cuando las ideas y las frases se empujan unas a otras, cuando el reto es contar del mejor modo posible lo que uno ya ha escuchado, hacer justicia a los acontecimientos, a la durísima historia de Annette, en este caso. Nos sentíamos privilegiados. Aún nos quedaban otros casi mil kilómetros hasta Pamplona, pero eso era lo de menos: nos habíamos asomado directamente a la Historia, habíamos escuchado sin intermediarios uno de los capítulos más tremendos de la epopeya inabarcable de la Humanidad. Auschwitz tenía ya para nosotros nombre y apellidos.

 

Puedes escuchar más sobre la historia de Annette Cabelli en el podcast realizado por los autores del reportaje para el TFG Historify: ANNETTE CABELLI: «EN AUSCHWITZ NO ÉRAMOS PERSONAS»

También puedes leer la reseña del libro publicado a raíz de este testimonio.