Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

El consuelo de un abrazo

La madre: Elena Aisa


El mundo de Elena Aisa se vino abajo el 11 de mayo de 2013. Ya nada volvería a ser como antes desde aquel sábado. Su hijo pequeño, Markel, de veinte  años, se había quitado la vida sobre las cinco de la tarde, mientras ella acompañaba a su padre a misa. Elena no había imaginado nunca algo así. Llevaba una vida tranquila en Burlada (Navarra), con sus dos hijos. «Nuestra convivencia era siempre muy relajada. He tenido la gran suerte de que llegábamos a casa y para nosotros era un descanso, un hogar. Eso sí, con los conflictos normales que tiene todo el mundo». 

Elena Aisa  se recuerda a sí misma en el departamento de Anatomía Patológica del Complejo Hospitalario de Navarra, cuando ya habían levantado el cadáver: «Solo quería verle a él. Únicamente estuvieron allí mi familia más cercana y mis amigas más próximas. Después empezó a llegar gente y me sentó mal. Era tal el dolor que no quería tener que hablar. No podía atender a nadie; solo quería estar allí. Sin embargo, luego me fui dando cuenta de que aquella compañía me hacía bien».

La consolaron mucho los abrazos que recibió. Por eso, cuando años después decidió crear una asociación para familiares de personas que se han suicidado, le puso ese nombre: Besarkada-Abrazo. 

Al principio trataba de analizar una y otra vez los años compartidos con su hijo, su papel de madre… «Repasé mi vida desde la concepción, el embarazo… Lo miras todo con lupa. ¡Y a ver quién es el guapo que no encuentra fallos! Para mí la emoción más destructiva fue la culpa. Quizá había gente que le había hecho daño en alguna cosa… Sin embargo, yo pensaba que la culpa de todo era absolutamente mía».

Hubo un momento decisivo en el que empezó a remontar: «Habían pasado ya varios meses. El dolor era tan grande que me vi a mí misma llegando a un límite. Si lo pasaba, algo dentro de mí iba a hacer crack. Podría seguir viviendo años, pero ya como un fantasma. Fue entonces cuando me pregunté: “Todo lo que he vivido, ¿para qué? ¿En esto se va a quedar mi vida?”». 

Elena asegura no haber tenido nunca vergüenza por lo ocurrido. Lamenta, eso sí, que algunos solo recuerden a su hijo por el suicidio: «Al final es como si ese hecho definiera a la persona. Y, sin darnos cuenta, se crea un estigma». Es creyente y ha obtenido fuerza de su fe en Dios para afrontar la vida: «Tenía que encontrarle un sentido a todo más allá de las apariencias. Ha sido muy importante aprender a vivir de otra forma». Hoy incluso dedica su tiempo a quienes han sufrido una experiencia similar a la suya: «No me puedo quedar en casa. Si puedo ayudar a alguien, tengo que estar ahí. No puedo simplemente trabajar y vivir mi vida. Tiene que haber otro sentido».