Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

Cuando te das cuenta de que «la vida no es así»

Texto: Ana Eva Fraile [Com 99] Fotografía: Manuel Castells [Com 87]  

Las cosas no son como se viven en nuestra casa o en la de nuestros vecinos. Durante su voluntariado de largo recorrido en una parroquia de Pamplona, Félix Miguel Muro ha aprendido a mirar de manera única a cada niño que acude a clases de apoyo escolar. También a sus familias.


Aquella tarde la misa no terminó con el «Podéis ir en paz». Al menos no para Félix Miguel Muro. Sentado en uno de los primeros bancos de la iglesia Nuestra Señora del Río, en el barrio pamplonés de la Rochapea, escuchó un aviso de Lino Otano: «Si hay alguna persona que nos pueda echar una mano en un grupo de Cáritas, que se pase ahora por la sacristía». De aquel encuentro con el entonces párroco han pasado casi dieciocho años y solo dos circunstancias le han impedido a Félix cumplir con su compromiso: un «problemilla» cardiaco y el covid-19.

Félix empezó a colaborar en el reparto de alimentos. En cada bolsa entregaba también parte de su corazón. «No estás solo», decía en cuanto su radar detectaba que una persona podía estar atravesando una situación difícil. Les aconsejaban no ayudar a las familias que malvivían en camionetas pero, enfrente de una mujer de unos 24 años y con dos hijos, la vida le ponía a prueba: «Se me caía el alma a los pies. ¿Cómo le iba a negar yo algo de comida?».

En ese contacto directo descubrió que tras la indigencia se ocultan bastantes veces historias de drogas, maltrato, prostitución... Mientras guardaba turno para recoger la bolsa de alimentos conoció a un niño inmigrante de doce años que iba al colegio pero no sabía leer ni escribir. Y empezó a pensar en los chavales que se quedan descolgados del sistema educativo. «No entienden las explicaciones porque no hablan bien español, suelen acumular faltas de asistencia, llevan la tarea sin hacer... Ven cómo los demás se van alejando más —explica Félix— y acaban preguntándose si tiene sentido ir a clase». Entonces lanzó una idea, a la que dio forma con Mari José Llorens, teresiana ya fallecida: crear un grupo de apoyo escolar.

Félix tiene 64 años y dos hijos. Trabaja como autónomo en su taller de pintura. Estudió Ciencias Matemáticas y, aunque no pudo terminar la carrera, a ojos de todos —niños y otros voluntarios— él es el profesor. Habla con pasión de la geometría, las ecuaciones y las derivadas. Pero disfruta todavía más enseñando. Se le ilumina la voz al recordar a Omar, un alumno senegalés, con talento y muy trabajador, al que acompañó incluso en bachiller. «Un día le pregunté dónde se veía en el futuro y me respondió que le gustaría ser médico. Y yo le dije: “Pues estoy seguro de que, si quieres ser médico, tú serás médico”».

Como veterano del grupo, Félix sabe lo que cuesta encontrar voluntarios, por eso valora muchísimo la implicación de estudiantes, empleados y amigos de la Universidad que colaboran desde 2016 a través de Tantaka. «No sé qué habría sido del proyecto sin ellos», admite. Mira por el retrovisor este largo recorrido y hace cuentas: «En el tiempo que he dedicado aquí, habría podido sacar la carrera…  Incluso una tesis. Pero ¿de qué me habría servido?». Enseñando ha aprendido la que considera la lección más importante: «Que la vida solo es así para algunos». Es precisamente pensando en «los otros», en los que no pueden ir al colegio todas las mañanas, como Félix se ha doctorado cum laude.

 

 

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