Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

Katharine Graham, la mujer más poderosa de Estados Unidos


En 1963, el año en el que un teléfono rojo comunicó por primera vez de manera directa la Casa Blanca y el Kremlin, Katharine Graham comenzó su segunda vida. El 21 de septiembre cerró la puerta de su mansión en el barrio de Georgetown para dirigirse a la redacción del Post como nueva presidenta de la compañía. Tenía 46 años y cuatro hijos. Siete semanas antes, el ruido de un disparo le despertó de la siesta. Su marido, Phil, se acababa de suicidar. Sobre esta época escribe en sus memorias: «No tenía ni idea de lo que se suponía que debía hacer. De modo que me dispuse a aprender. Lo que hice fue poner un pie delante de otro, cerrar los ojos y caminar hacia el abismo».

Katharine Graham (1917-2001) nació en Nueva York, estudió periodismo en la Universidad de Chicago en 1938 y trabajó en varios diarios. Su padre, Eugene Meyer, compró The Washington Post en una subasta y, llegado el momento, puso al frente a su marido. «¿A qué padre de esa época se le podía ocurrir que una mujer, por más preparada que estuviera, sería capaz de dirigir una empresa?», recordó ella en una conferencia.

Graham tomó las riendas del rotativo cuando aún resonaba el eco del «I have a dream» de Martin Luther King en el Lincoln Memorial. Poco después, el 22 de noviembre, el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos se conmocionó con la noticia del asesinato del presidente Kennedy en Dallas. 

Mientras tanto Vietnam diezmaba a las tropas americanas. Su hijo Donald, que a partir de 1979 continuó el legado familiar, se alistó como voluntario en el Ejército y estuvo destinado allí durante un año. William, sin embargo, era un activo militante contra la guerra. 

 

Obras para pensar

 

Una historia personal (1997)

Katharine Graham

Ed. Alianza, Madrid, 1998

Tuvo en jaque a varios presidentes de Estados Unidos

 

«Sentía que teníamos la obligación de enterrar los viejos prejuicios, refutándolos. Las actitudes tenían que cambiar: las mujeres debíamos aceptar la incorrección de las creencias que teníamos sobre nosotras mismas, mientras que los hombres debían ayudar a combatir dichas convicciones, de las cuales ellos también eran víctimas»

 

 

Con solo dos palabras Graham destapó en 1971 las mentiras de los Gobiernos de Kennedy, Johnson y Nixon y un plan secreto para engañar a la opinión pública sobre la contienda más larga de la historia del país: «¡Adelante, publiquémoslo!». Desoyendo a sus abogados, la editora sacó a la luz los papeles del Pentágono. «Desde el principio creímos que era el tipo de información que los ciudadanos necesitaban para formarse sus propias opiniones y tomar decisiones de manera más sabia», explica en sus memorias.

Tampoco cedió a las presiones del poder en el caso Watergate. La mañana del sábado 17 de junio de 1972, el director gerente del Post le llamó y le dijo: «No te vas a creer lo que pasó anoche». «Tenía razón», reconoce en su Una historia personal, autobiografía ganadora del Pulitzer en 1998. «Me contó la rocambolesca historia de que habían pillado a cinco hombres con guantes quirúrgicos entrando en el cuartel general del Comité Nacional de los Demócratas». 

En 1974 se la consideró la mujer más poderosa de los Estados Unidos y, por tanto, una de las más influyentes del mundo. A finales de 1988, la propietaria de The Washington Post consiguió entrevistar a Gorbachov. Esa conversación con un líder soviético fue la más dura de todas las que mantuvo en esos años, en los que se había sentado frente a Gadafi, Sadat, el sah de Irán, Ceaucescu... Le pidieron que quitara nombres y reformulara preguntas: «No estábamos dispuestos a hacerlo ni siquiera por el presidente de Estados Unidos, y mucho menos por el de otro país».

Así fue como Graham alcanzó «la cima del periodismo en un mundo de hombres». Ben Bradlee, director del Post entre 1968 y 1991, destacó en su funeral la clave para publicar un gran periódico: «Hace falta un gran propietario. Y punto. Un propietario que se comprometa con pasión y con los principios y niveles de exigencia más altos para la simple búsqueda de la verdad. Con fervor y sin parcialidad. Con rectitud y valor. Eso es lo que Kay aportó, además de muchas otras cosas».