Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

La desconfianza copta

Erika Jara [Com 03]


Los cristianos coptos de Egipto comparten varias tradiciones con sus vecinos musulmanes. El padre Vicente, del Centro Franciscano de Estudios Orientales, cita dos de ellas: unos y otros se descalzan al acercarse al altar y al entrar en las capillas, y algunos llevan largas barbas. Sin embargo, la convivencia se ha complicado mucho en los últimos años. El padre Vicente cree que el principal responsable es el denostado Hosni Mubarak. Quizá por eso, durante las manifestaciones del pasado febrero, los cristianos (un 12% sobre un total de 84 millones de habitantes) y los musulmanes (87%) unieron sus protestas contra el hombre que ha presidido el país los últimos treinta años. En la plaza de Tahrir se manifestaban juntos coptos y musulmanes, que se repartieron la plaza para rezar según su rito, y se felicitaban después de las ceremonias de unos y otros. Nashaat, un estudiante de comunicación copto, manifestante desde el inicio de la revuelta, explicaba que, durante los primeros días, albergó el temor de que un grupo islamista radical aprovechase el desorden para tomar el poder por la fuerza, y los coptos se viesen en una situación aún peor. Ahora, con Mubarak ya depuesto, Nashaat reconoce que sigue sintiendo inquietud  ante el futuro, aunque asegura que “tras muchos años de silencio, de miedo a expresar lo que pensábamos, en Tahrir he encontrado la oportunidad de hablar y conocer a muchas personas distintas, de darme cuenta de que, aunque los radicales sigan existiendo, la mayoría de los ciudadanos queremos lo mismo: la democracia”.

Según la Constitución egipcia, todos los ciudadanos son iguales ante la ley. El artículo 46 consagra la libertad de creencia y de religión. Pero, en la práctica, los cristianos no pueden acceder a puestos importantes en el ejército, tienen dificultades para encontrar trabajo como funcionarios y les resulta prácticamente imposible obtener permisos para construir iglesias. Además, cada Navidad acuden con miedo a las celebraciones litúrgicas, pues se producen ataques mortales contra ellos un año tras otro sin que el Gobierno haga nada para protegerlos. El 6 de enero de 2010, un hombre se puso a disparar a la salida de una misa y mató a seis fieles y a un oficial en la ciudad de Naga Hamady. Un año después, en la iglesia copta de Los Santos, en Alejandría, la explosión de una bomba acabó con la vida de 23 personas y dejó heridas a otras 79.

“Tenemos un Gobierno horroroso –se quejaba Hani, profesor en El Cairo–, no le importan los cristianos ni los musulmanes, lo único que quiere es que le dejen tranquilo, pero sabe que los musulmanes son más poderosos, y por eso no quiere proteger a los cristianos y le cuesta condenar lo que se hace contra ellos”.

Si bien la relación entre cristianos y musulmanes es cordial en el día a día, todas estas cuestiones habían contribuido a crear un clima de desconfianza permanente. 

En ese sentido, la revuelta de los egipcios contra Mubarak ha servido para desdibujar un poco las fronteras establecidas por la religión. “Todos debemos manifestarnos, todos tenemos los mismos problemas”, explicaron a las cámaras de una televisión local un musulmán y un copto que se manifestaban juntos. Según los datos de Ayuda a la Iglesia Necesitada, en los últimos 30 años han sido asesinados en Egipto unos 1.800 cristianos y se han perpetrado 200 actos de vandalismo contra sus propiedades, sin que nadie haya sido juzgado por ello.