Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Noventa días para redescubrir lo que vales

Texto: Teo Peñarroja [Fia Com 19]  Foto: Manuel Castells [Com 87]

Violeta Santos ve la vida con tan buenos ojos que cuando le reconocieron una discapacidad del 57 por ciento y tuvo que cerrar su bar tardó menos de veinticuatro horas en dar gracias por seguir viva y ponerse manos a la obra para reorientar su futuro. El año pasado descubrió, gracias al programa Tantaka Inclusión, que hay un hueco para ella en el mundo administrativo.


«Era nuestro sueño: montar una calle de Broadway dentro de un local. Con sus farolas, sus letreros… No sé si conocerás el bar My way. Estaba en el centro comercial Itaroa de Pamplona. No habrás entrado, porque lo recordarías. Tenía un ambiente tan familiar que los clientes eran amigos y siempre había algo que celebrar. ¡Es el cumpleaños de Javier! ¿Otra vez? ¡No, el otro Javi! Ah, pues habrá que montarle algo. ¿Le traemos un grupico?». Los días en que había concierto, que eran muchos, podían estar una hora entera sin parar de servir. Violeta Santos, mientras lo hacía, bailaba con el rhythm and blues de un lado para otro pendiente de que todo saliese bien.

Hasta que le diagnosticaron el cáncer con 46 años. Se dieron cuenta de que le faltaba un riñón, no pudieron salvarle la vejiga, pasó por la quimioterapia y la conectaron a un catéter que hay que cambiar todos los  meses. El día en que volvió al bar y vio que no podía estar más de quince minutos seguidos de pie decidió que lo dejaba. «Si no vas a estar —le dijo Willy, su marido y socio—, ¿qué hago yo aquí? Si eres el alma del bar». Y cerraron el negocio.

Después de un periplo de cursos de formación en empleabilidad y autoestima le llamaron de Cocemfe para ofrecerle unas prácticas en la Universidad. Les recibieron en el salón de grados y después de la presentación del programa Tantaka Inclusión —unas prácticas para personas con discapacidad en las que ya han participado más de cien desde 2013— conoció a Arancha Azcona. Ella sería su coach en el campus y le ayudaría en su labor de secretaria en la Facultad de Teología.

A medida que se acercaban al edificio de Eclesiásticas, Violeta veía cada vez a más hombres con el cacharrito blanco, todos de negro, y rumiaba: «Ay, ay, ay, ama, dónde me he metido». «Bueno —ríe ahora—, ¡pues estuve de a gusto! ¡No sabes lo bien que me trataron!». Llegaban allí y saludaban a la chica nueva, y luego Arancha le decía: «Este es el director de no sé qué». Y Violeta preguntaba: «¿Y cómo le tengo que tratar? ¡Si yo no distingo a un cura de un monseñor!».

Durante noventa días repartió el correo y organizó ficheros. «¡Unos nombres rarísimos! Son gente que viene del quinto pino. Del Congo muchos, ¿sabes? Todos son Mjenbé, Bonjó, Gingé…». A medida que corría el tiempo, se sentía más en su salsa.

En Arancha encontró una buena amiga, y en Teología perdió un par de prejuicios sobre la religión y ganó experiencia como auxiliar administrativo, hacia donde va a reorientar su futuro. Está completando unos cursos de competencias digitales y ha mandado currículums a DYA y a Teletaxi. Eso le gusta, sobre todo lo relacionado con las ambulancias. Sus primeros trabajos fueron de auxiliar de enfermería, y ahora que no puede ir moviendo camillas le encantaría estar al otro lado de la línea cuando haya que decidir qué ambulancia va a dónde y a quién hay que pasarle tal llamada. En DYA le respondieron que la llamarán encantados para una entrevista en cuanto tengan una vacante. «Eso quiero yo —dice Violeta— una entrevista.  Que se arriesguen a conocerme. Tengo mis limitaciones, pero también mi valía».

 

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