Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 711

¿Es justa la meritocracia?

Texto: Javier García Herrería [Fia 02], profesor de Filosofía Foto principal: Webb Chappell

El profesor de Harvard Michael Sandel (Mineápolis, 1953) es un referente mundial en filosofía moral y ciencia política. Su curso Justice —presencial y online— ha batido récords de asistencia. En 2020, dedicó un libro a la meritocracia, una cuestión que está pasando a la primera línea del debate público y que, según Sandel, pone de manifiesto algunas contradicciones de las sociedades liberales.


La meritocracia es la teoría que representa el ideal del sueño americano, en el que todas las personas tienen las mismas oportunidades de prosperar económicamente y mejorar en la escala social. Si todos partimos del mismo punto —se piensa en EE. UU. y, por extensión, en Occidente en general—, parece lógico premiar a quienes consigan destacar, porque se entiende que el mérito recaerá mayoritariamente en su inteligencia y su esfuerzo.

Sin embargo, los datos demuestran que la realidad es muy distinta. La casilla de salida —al menos en lo relativo al nivel de ingresos y de formación de los padres— no es idéntica para todos y eso condiciona el sistema de ascenso social en su conjunto. Por ejemplo, en España, según el informe Desigualdades socioeconómicas y rendimiento académico en España elaborado por el Observatorio Social de «la Caixa» en 2018, hay una brecha de dos años de escolarización entre los alumnos de hogares con un mayor nivel socioeconómico y aquellos que proceden de familias más humildes. Eso se traduce en que la mitad de los estudiantes más pobres ha repetido curso en primaria o secundaria, algo que no ocurre en las clases media y adinerada.

Y la brecha continúa ampliándose a medida que van creciendo: de los jóvenes cuyos padres no cursaron estudios superiores solo un 32% llega a la universidad, frente al 75% cuyos progenitores son universitarios, según un estudio del Alto Comisionado contra la Pobreza Infantil del gobierno español, con datos de 2019 del Instituto Nacional de Estadística. Por eso, tampoco sorprende que un español que nazca en una familia con bajos ingresos tarde cuatro generaciones (120 años) en conseguir un nivel de renta medio, como afirmó la OCDE en un informe de 2018 titulado A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility. Este tipo de indicadores se repiten en otros países de nuestro entorno.

 

 

OPUESTO AL DISCURSO MERITOCRÁTICO

El conferenciante y profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard Michael Sandel analiza estas cuestiones en su última obra, La tiranía del mérito, que vio la luz a finales de 2020. El autor describe una sociedad polarizada, donde la igualdad y la libertad no son siempre valores complementarios. De hecho, un informe que elaboró el banco suizo UBS y publicó Financial Times en octubre de 2020 afirma que en la crisis de 2008 y durante la pandemia los ricos se han hecho más ricos y los pobres más pobres. Lo sorprendente de su tesis es que, para explicar las causas de esta situación, no pone el foco en los motivos habituales, como la corrupción, el libre mercado, la gestión de los recursos públicos o el género. Por el contrario, Sandel piensa que una de las razones principales es que en las democracias liberales de EE. UU. y Reino Unido —por extensión podría decirse lo mismo de muchas otras— ha calado a fondo el discurso meritocrático, según el cual cada uno es responsable de su destino: si te va bien en la vida, es porque te lo has ganado; si te va mal, es porque no has trabajado duro. 

Este ideal, para Sandel, lo impulsaron en los años ochenta Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y la mayoría de presidentes estadounidenses lo asumieron, especialmente Bill Clinton y Barack Obama. La excepción fue Donald Trump, que supo reconocer que muchos de los que perdieron sus empleos en el sector primario o secundario en las últimas décadas en EE. UU. habían trabajado duro y, a pesar de ello, sufrieron los efectos de la deslocalización industrial fruto de la globalización.

En este punto, el análisis de Michael Sandel se distancia del establishment político demócrata y de una buena parte de los grandes medios de comunicación. No piensa en Trump como un populista que llegó al poder porque sus seguidores fueran unos fanáticos irracionales. Al revés, plantea que el problema ha sido que Obama y los Clinton dejaron de lado los intereses de la clase trabajadora en sus políticas y su discurso. Si los demócratas repiten el mantra de que América es la tierra de las oportunidades para quien trabaja duro, resulta lógico que los que pelean por salir adelante sin éxito se sientan especialmente humillados. Y este no es un fenómeno solo americano; se está dando en multitud de países en lo que suele llamarse «auge del populismo», con Bolsonaro en Brasil o Marine Le Pen en Francia entre otros.

 

¿POR QUÉ LA MERITOCRACIA NO ES TAN REAL?

La piedra de toque de la meritocracia es si el ascensor social funciona o no. Si un número representativo de los que están en el 20% más pobre consiguiera llegar a la zona media de riqueza, afirma Sandel en su última obra, el sistema meritocrático estaría bastante justificado. Sin embargo, en EE. UU. solo una de cada cinco personas que nacen en un hogar del 20% con menos ingresos logra subir a la clase media. Por eso, parece que tenemos una especie de «aristocracia hereditaria»: no hay verdadera meritocracia para la mayoría de las personas. «El sueño americano ya no es creíble —concluye— pues, por mucho que trabajes, es difícil que asciendas». 

Según datos de Credit Suisse, el 1% más rico de la población mundial se ha beneficiado de la mitad del crecimiento de bienestar global desde comienzos de milenio. La diferencia entre ricos y pobres se agranda día a día. Así, la mayor parte de la riqueza en EE. UU. ha ido a parar al 10% más adinerado, hasta el punto de que el 1% de los estadounidenses gana más que el 50% más pobre. ¿Es culpa de alguien? ¿Habría que intervenir para corregirlo?

 

Durante dos décadas, Sandel impartió en Harvard Justice, un curso con asistencia récord: más de 14 000 alumnos | FOTO: Harvard University

 

Para Sandel el ideal meritocrático olvida tres aspectos importantes. El primero, el azar que conlleva nacer en un sitio rico o pobre y en una familia estable o desestructurada, asuntos determinantes en el éxito académico y profesional de una persona, como muestran multitud de estudios. En segundo lugar, está la lotería genética, que condicionará notablemente nuestras capacidades intelectuales y nuestro temperamento. Y por último, y este es un punto muy olvidado, la suerte de pertenecer a una sociedad que reconozca nuestros talentos en mayor o menor medida. Por ejemplo, un jugador de la NBA como LeBron James o muchos youtubers no habrían podido vivir de su habilidad hace cien años o si hubieran nacido en otro rincón del planeta, pues su entorno no valoraría económicamente sus capacidades. 

Por eso, el profesor de Harvard considera que la meritocracia pasa por alto la arbitrariedad del talento y exagera el valor del esfuerzo. En un mundo en el que, como publicó El País en marzo de 2019, las veintiséis personas más ricas acumulan tanto como los 3.800 millones más pobres, a nadie se le escapa que las primeras han tenido mucha suerte, con independencia de lo duro que hayan trabajado para conseguir su patrimonio. Su éxito no habría sido posible sin los ciudadanos de la sociedad en la que se enriquecieron. 

Además, este ideal dificulta que aquellos a los que la vida les sonríe estén dispuestos a compartir su riqueza con los más desfavorecidos. Al fin y al cabo, si unos y otros son responsables de su situación, nadie está en deuda con nadie, ni obligado a ayudar a los demás. 

Desde el liberalismo —ya sea el de Thatcher o el de Clinton— suele alabarse la meritocracia, pues supone que la distribución de la riqueza fluye en función de la valía de cada uno. Y esta perspectiva tiene mucho sentido, pues otras opciones falsamente igualitaristas no han dado buenos resultados. Por ejemplo, el sistema comunista o determinados desarrollos del socialismo han desincentivado la iniciativa personal y construido sociedades en las que un gran número de personas vivían trabajando poco o a base de subvenciones. 

Así las cosas, ¿en qué quedamos? ¿La meritocracia es real? ¿Y es justa? Muchos autores en nuestros días responden sí a ambas preguntas, pero liberales clásicos como Hayek o pensadores anarquistas subrayan el valor de la libertad individual y la ineficiencia del Estado. En cambio, los intervencionistas —Clinton y Obama lo eran para muchos— destacan la falta de ayudas para paliar una desigualdad que cada vez crece más. Otros, como Sandel, sugieren que una sociedad verdaderamente justa debe ofrecer igualdad de oportunidades y procurar retribuir a las personas en función de su aportación real al bien común. Por ejemplo, un buen profesor tiene un trabajo más relevante para el bien social que un buen futbolista, pero el criterio por el que se le suele pagar tiene que ver con el dinero que genera o lo fácil que resulta sustituirle. 

 

 

LA IMPORTANCIA EXCESIVA DE LA EDUCACIÓN UNIVERSITARIA

Un punto clave en el análisis de la desigualdad es la influencia de la enseñanza superior. A las consideradas mejores universidades de EE. UU. llegan sobre todo alumnos ricos. Según datos que aporta Michael Sandel en su último trabajo, dos tercios de los estudiantes de la Ivy League proceden del 20% de las familias más pudientes del país. La meritocracia en el acceso a la universidad es irreal y, además, en su opinión, esconde dos problemas: conlleva un esfuerzo extenuante para labrarse un buen currículum en la adolescencia que permita entrar en las mejores instituciones, y facilita que los bien posicionados piensen que su éxito es solo obra suya, consecuencia natural de su empeño. Para evitar este segundo efecto, Sandel propone sortear todas las plazas de las mejores universidades entre los estudiantes de high school con buenas notas (más de un 9 sobre 10). De este modo, el alumno advertiría con claridad que, además de calificaciones altas, tuvo suerte en la distribución.

El sociólogo Max Weber profetizaba que el siglo XX sería el de los «especialistas sin alma y vividores sin corazón», algo que quizá puede aplicarse a la mayoría de los mejores estudiantes en numerosos países del mundo. Esclavizados por la obsesión de unas notas perfectas y un currículum inmaculado y polivalente, ellos o sus padres diseñan su infancia y juventud con el único objetivo de entrar en las universidades con mejor puntuación en rankings. Y así es lógico que el estrés, la ansiedad y las visitas a los terapeutas crezcan de manera alarmante entre los hijos de las familias adineradas. Sandel sabe de lo que habla; no en vano ha tratado como profesor a casi mil estudiantes cada año durante dos décadas, en Harvard. 

 

Pensador agudo y comunicador eficaz

 

Con 18 años, en 1971 Sandel participó en un debate con Ronald Reagan, entonces gobernador de California | FOTO: cortesía del profesor Sandel

 

A pesar de su aspecto discreto y sus movimientos sobrios, Michael Sandel es una celebridad académica. Gran parte de su éxito reside en la sencillez de sus modos pedagógicos, comparados por muchos con el diálogo socrático con los alumnos, que combinan amenidad y profundidad. Por eso no extraña que esté presente en todo tipo de formatos: pódcast en la BBC, charlas TED, debates en Filmin…

 

Su pensamiento abarca numerosas cuestiones éticas, sociales y políticas. Por ejemplo, fruto de su trabajo como miembro de un comité asesor del presidente George W. Bush, escribió en 2007 el ensayo Contra la perfección, un sólido alegato contra el «mejoramiento» biotecnológico y la mentalidad transhumanista.

 

El contenido de su asignatura en Harvard se recoge en Justice (2011), quizá su obra principal. Allí habla de las limitaciones del utilitarismo ético en boga —el fin no justifica los medios— y la insuficiencia de la ética kantiana y las deontologías profesionales derivadas de ella. Su conclusión es que para desentrañar los interrogantes éticos contemporáneos la mejor salida posible es regresar a Aristóteles.

 

Sandel se aleja de posturas relativistas, confía en la capacidad humana de descubrir la verdad sobre el bien del hombre. De ahí que no tenga miedo a abordar controversias morales y afirme que los grandes debates de las últimas décadas (aborto, eutanasia, matrimonio homosexual, fecundación in vitro, prostitución, investigación con embriones, vientres de alquiler, etcétera) se están decidiendo por mayorías legislativas muy ajustadas y no por un sosegado debate que ayude a encontrar la verdad. Cree que esa es la razón por la que este tipo de asuntos vuelven a plantearse con frecuencia. No fueron convenientemente analizados sino impuestos por una parte de la sociedad a otra y es necesario escuchar todas las voces. Por eso, Sandel se posiciona a favor del papel de la religión en la vida pública. Para este autor agnóstico, pero de origen judío, es conveniente que el Estado sea laico, pero eso no quiere decir que no dialogue con las creencias de sus ciudadanos. 

 

En mayo de 2019 pude entrevistarle en Mineápolis, su ciudad natal, antes de un congreso. A pesar de que en público suele mostrarse reacio a expresar sus opiniones más personales para dar prioridad al diálogo, respondió con amabilidad a una docena larga de preguntas. Allí vi al Sandel amante de su familia —está casado con la profesora de Harvard Kiku Adatto y tienen dos hijos, Adam y Aaron— y al entusiasta de España, país que ha visitado en varias ocasiones, que en 2018 le concedió el Premio Princesa de Asturias y en el que no descarta jubilarse. Allí estaba un hombre reflexivo y cercano, que reconoce los límites de sus argumentos y los sesgos personales que tenemos todos.

 

La línea de fondo de este paisaje que ha descrito el autor desde Justice (2011) hasta La tiranía del mérito (2020) es el peso desmedido que está adquiriendo la educación universitaria como pasaporte exclusivo para una profesión y, por extensión, para una vida que merezca la pena. Con independencia de las disparidades salariales, estamos estigmatizando cada vez más las tareas que no requieren título universitario como menos nobles, socavando la aportación de estos trabajos y degradando a quienes no han accedido a una educación superior, como si unas profesiones fueran mejores que otras incluso desde el punto de vista moral.

Por este motivo, Sandel muestra en su obra sobre el mérito su alegría por que la pandemia haya puesto de relieve la repercusión de algunos puestos aparentemente poco trascendentes: personal de los supermercados, sanitarios de cualificación media y transportistas, entre otros. Ahora somos más conscientes de la dependencia mutua. «Nos hemos percatado de que todos estamos juntos en esto», afirma. Las reflexiones de Sandel apuntan a la necesidad de distinguir entre el mérito, el valor del trabajo de una persona y el impacto económico de su tarea. El capitalismo liberal valora las cosas por su demanda pero no por su aportación social. Sin embargo, la pandemia nos ha enseñado que un reponedor de supermercado o un maestro pueden contribuir más al bien común que el dueño de un casino. 

En resumen, el discurso meritocrático dificulta la solidaridad entre los ciudadanos. En condiciones de desigualdad galopante y movilidad social estancada, el mensaje de que somos individualmente responsables de nuestro destino desmoraliza a las personas a las que la globalización deja atrás y genera bolsas de descontentos. Ayudar a los desfavorecidos —sea su pobreza motivada por sus propias decisiones o por sus malas circunstancias— facilita que se consideren ciudadanos incapaces de ser responsables y contribuir al bien común. Y de ese modo aumentan el resentimiento y los problemas sociales. Evidentemente, no se trata de no auxiliar a los que lo necesitan sino de hacerlo sin que se sientan humillados. En este sentido, es mejor enseñar a pescar que dar de comer, entre otras cosas porque lo primero empodera y refuerza la autoestima para afrontar los contratiempos. 

Por último, no hay que olvidar que a veces no es fácil saber hasta qué punto uno es libre a la hora de tomar sus propias decisiones. Por ejemplo, un ludópata delante de una máquina tragaperras fue quizá muy libre de empezar a jugar, pero tiene que lidiar con un sistema pensado para volverle adicto. Ese mismo vértigo lo podemos sentir al pensar en la indefensión frente a la tecnología o la publicidad, como han puesto de manifiesto los documentales El gran «hackeo» (2019) o El dilema de las redes sociales (2020).

 

    

HACIA DÓNDE CAMINAR COMO SOCIEDAD

Michael Sandel se mueve dentro del comunitarismo, un movimiento filosófico preocupado por el bien común y crítico con un liberalismo que invade todos los campos sociales. Entre sus representantes se encuentran Robert Bellah, Alasdair MacIntyre, Michael Walzer o Charles Taylor, director de la tesis doctoral de Sandel en Oxford. El comunitarismo del autor de Minneapolis y su preocupación por las contradicciones de las sociedades liberales está presente a lo largo de toda su obra: desde el individualismo y el utilitarismo descritos en Justice (2011), a la mercantilización excesiva, abordada en Lo que el dinero no puede comprar (2012), donde denuncia la conversión de todo —incluido el vientre de una mujer— en objeto de transacción económica. Así, hasta sus reflexiones y aportaciones más recientes sobre el mérito.

Michael Sandel sabe bien que el mundo se mueve en buena medida por el talento y que ignorar esto podría acabar siendo contraproducente. Su objetivo, con sus publicaciones y conferencias en los últimos meses, consiste en mostrar la meritocracia como un ideal atractivo pero a la vez peligroso. Quizá su fin no es ofrecer soluciones concretas, aunque en ocasiones lo hace (por ejemplo, cuando propone adjudicar las plazas universitarias por sorteo). Más bien procura aportar luz para la construcción de una sociedad que equilibre la máxima libertad posible para que cada uno disfrute del merecido rendimiento de su trabajo y las condiciones para progresar que se dan a los más desfavorecidos.

Esta noble aspiración resulta inalcanzable sin humildad colectiva; sin reconocer que, aunque a aquellos que les va bien se han esforzado, en el fondo también han tenido suerte en muchos ámbitos. De ahí que algunos, como Sandel, reclamen la creación de mejores oportunidades para los menos afortunados.

 

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