Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 714

Las polifonías de la danza

Texto: Ana Eva Fraile [Com 99] . Fotografía: Manuel Castells [Com 87], Alba Muriel y Agustín Hurtado

Antonio Ruz (Córdoba, 1976) esquiva cualquier etiqueta. ¿Ecléctico?, ¿poliédrico? Lo que verdaderamente le gusta a este bailarín y coreógrafo, galardonado con el Premio Nacional de Danza 2018, es impregnarse de todas las expresiones artísticas posibles. Sobre el escenario, siembra universos en los que el movimiento suena y la música se ve. Viene de una familia de campo, quizá por eso necesitaba ponerse en barbecho creativo después de una temporada frenética en la que estrenó tres obras y celebró el décimo aniversario de su compañía.   


Antonio se llama Antonio por su abuela Antonia. Pero el nombre no es lo único que le debe. Ella fue la primera persona que cruzó por su pensamiento al enterarse del Premio Nacional de Danza en 2018. Su abuela le veía bailar sevillanas en las fiestas, en los patios, en las bodas, en las ferias. Tanto bailaba «el niño» que, al cumplir los siete, Antonia le regaló un cursillo de sevillanas en una academia en el barrio cordobés donde se crio, Ciudad Jardín. «Es el punto de inicio de mi carrera», reconoce. Como intérprete, Antonio Ruz ha pisado escenarios de medio mundo con el ballet del Gran Teatro de Ginebra, el de la Ópera de Lyon y la compañía berlinesa Sasha Waltz & Guests. En 2009, decidió descubrir su voz, investigar su lenguaje expresivo. Ni las embestidas de la crisis económica pudieron frenarle: al año siguiente abrió en Madrid su propia compañía. «Mi abuela se fue, pero no se imaginaba que tres décadas después de aquel cursillo de sevillanas iba a recoger ese premio», recuerda emocionado.

En sus genes redobla la música: por la tierra cordobesa donde nació y por herencia. Sus tíos siguen entonando las coplas de su bisabuela Leonor. Y su abuelo paterno era cantaor aficionado de flamenco: «Al abuelo Eduardo le oyó Manuel Vallejo, el gran artista, y le invitó a irse de gira con él. No lo hizo porque se debía al campo». Dice Ruz que en su casa siempre había jolgorio. Tiene una familia muy grande —su madre es la mayor de diez hermanos— y compartía juegos con los primos de su quinta. «En Navidad hacíamos un teatrillo todos juntos, y yo, por supuesto, lo dirigía. Si había que componer una canción —dice—, yo escribía la letra. Mi madre aún conserva guiones de entonces». Cuando quería estar solo, se refugiaba en la habitación de sus hermanas: «Había muchos vinilos y me encerraba con pestillo a bailar. Escuchaba a Prince, Bob Dylan, Madonna, pero también Las cuatro estaciones o una sinfonía de Brahms».

El bailarín y coreógrafo rastrea en su infancia otra conexión clave con el presente. Le encantaba modelar con arcilla o plastilina, tallar la madera, pintar al óleo, con acuarela o carboncillo, diseñar disfraces, montar belenes gigantes… «Estaba constantemente creando universos, ideando escenarios —condensa Ruz—. Cuando ahora, con el paso de los años, veo que me dedico a eso, que he hecho de mi creatividad mi profesión, me siento muy agradecido a todas las personas que me han apoyado: los primeros, mis padres». 

Ese niño «que se emocionaba con cualquier cosa y se tiraba meses haciendo algo» es hoy una de las figuras más destacadas de la danza española y cuenta con el respaldo del mundo de la cultura. En 2013 recibió el Premio El Ojo Crítico de Danza de RTVE, en su primera edición. Y al cabo de cinco años el Ministerio de Cultura y Deporte le concedió el Premio Nacional de Danza en la modalidad de Creación. El reconocimiento llegó tras el debut de Electra, un espectáculo concebido para el Ballet Nacional de España. El jurado remarcó su lenguaje singular y la importancia del pulso musical de sus proyectos.

 


FOTOS: Alba Muriel

LA INTUICIÓN

 

«Nace dentro mí una urgencia por expresar algo. Cuando creas, realmente hablas de lo que buscas, de lo que deseas, de lo que duele… Es un proceso misterioso, una serie de suertes y accidentes inesperados. Esa semilla puede surgir de una melodía, de un libro o durante un café. Pero las ideas, como las dejes revoloteando, son muy caprichosas. Para evitar que se desvanezcan, siempre estoy tomando notas: mientras camino por el parque, entre sueños o en un avión hacia no sé dónde».

 

En La Noche de San Juan, un ballet cuyo estreno lo truncó la Guerra Civil y que ahora ha recuperado la Fundación Juan March, Antonio Ruz recorre el hilo que une la tradición con el presente.

 

 

DE LAS TABLAS A LA PANTALLA

Si en octubre de 2018 experimentó cómo la confianza espolea a mirar hacia delante, diecisiete meses después una pandemia puso en pausa la vida. Pero «la danza no puede pararse» y fue un tiempo de «mucha frustración y miedo». Como señala Ruz, vivir de la danza en España «es casi una proeza» y él encajó con impotencia cada cancelación. «Los bailarines, si no bailan, sufren —explica—; por eso, en cuanto se reabrieron los espacios de ensayo nosotros acudimos a las salas con mascarilla y, al principio, sin tocarnos».

Los focos iluminaron de nuevo a su equipo el 15 de julio de 2020 cuando, en plena pandemia, estrenaron Gugurumbé, junto con los músicos de la Accademia del Piacere, en el Festival de Granada. Afortunadamente, todos sus espectáculos aplazados volvieron a estar en cartel y 2021 se convirtió en la temporada más fecunda de su carrera. Tres obras vieron la luz en solo cinco meses y comenzaron a girar: Signos (20 de febrero, Teatro Central de Sevilla), In paradisum (8 de abril, Teatros del Canal de Madrid) y La Noche de San Juan (23 de junio, Fundación Juan March). 

En medio de esa vorágine, entre ensayos y aplausos, la compañía se preparaba para celebrar su primera década en escena. Soñaban con llenar el Círculo de Bellas Artes de Madrid de bailarines que interactuasen con el público, pero las circunstancias les obligaron a reimaginar el proyecto. Así nació Aún, una película de danza contemporánea que revisita piezas del pasado, pero también habla del presente y del futuro: «Estamos aquí, en pie, resistimos, y nos quedan muchas cosas por hacer»

La producción, que se estrenó el 17 de octubre de 2021 durante el Festival Internacional de Videodanza (Fiver), significó un gran desafío para Antonio Ruz: coreografiar la cámara. «He aprendido a pensar la danza desde otro enfoque, no desde la mirada del patio de butacas», comenta. El rodaje se llevó a cabo a mediados de diciembre de 2020. Solo tres días para captar cómo el movimiento de los bailarines dialogaba con la arquitectura de este emblemático edificio madrileño: los salones, la escalinata, la azotea… En los ojos del artista brilla la satisfacción. Este relato audiovisual para la memoria, que trasciende los límites de la danza, cerró con broche dorado su aniversario. 

A esta primera experiencia cinematográfica le siguió Las niñas de cristal, la película de Jota Linares que ha lanzado Netflix en abril. Cuando los productores contactaron con Ruz, hacerse un hueco en su agenda parecía impensable, pero consiguieron «tocarle la fibra». Como apuntó Mark Albela en la revista online Audiovisual451, el trasfondo del ballet Giselle era «una espinita clavada» para él, que tenía escrita una obra similar. Con test de antígenos todos los días, el film se rodó en febrero y marzo de 2021. La batuta de Ruz orquestó los pasos de la protagonista, María Pedraza, y del cuerpo de baile.

Frenéticos. Este es el adjetivo con el que Antonio Ruz describe esos meses en los que tuvo que armonizar ensayos, estrenos, funciones y rodajes. Tanto esfuerzo, tantos viajes de ida y vuelta para no perderse ni una de esas citas, que rozó sus propios límites. Por eso decidió tomarse en 2022 «un pequeño barbecho creativo», como él lo llama, para «mirar al horizonte, coger aire» y repensar su carrera antes de dar el siguiente paso. Realmente no es una pausa —«porque la cabeza no para»— sino un cambio de ritmo: «Después de grandes exposiciones ante el público y proyectos de mucha envergadura necesitaba digerir todo eso». 

 

 

LA INMERSIÓN

 

«La curiosidad del niño que creaba jugando se concreta en investigaciones más allá del territorio de la danza. Cuando me enfrento a una nueva temática, ahondo sin prejuicios en sus metáforas, busco vínculos con mi propio imaginario y mis raíces, me acerco a otras reflexiones. En mi mente el concepto abstracto se ramifica en música, movimientos, vestuario, luz… Intento ser lo más abierto posible. Para mí la danza tiene ese carácter aglutinador de disciplinas, se alimenta de todas las expresiones culturales que me inspiran».

 

Las polifonías corales de Tomás Luis de Victoria se funden con la música rave y las siluetas del Greco en la primera creación de Antonio Ruz para la Compañía Nacional de Danza. In paradisum reflexiona sobre la búsqueda de la espiritualidad a través de un ritual lleno de pulsación, energía y contrastes.

 

 

 

MANOS A LA BARRA

Mientras saborea este momento de calma, y aprovechando que ha recalado en el Museo Universidad de Navarra con su último proyecto, hablamos con él. Nos acomodamos en la sala de estar de la biblioteca, solo a unos metros de un escenario en el que se siente «como en casa». Es su cuarta visita al campus de Pamplona y su sexto espectáculo: Double Bach (abril de 2017), Presente, Transmutación (noviembre de 2019), Signos (marzo de 2021), In paradisum (septiembre de 2021) y La Noche de San Juan (octubre de 2021). 

Aquí ha descubierto fotografías del siglo XX de Dolcet, Català Roca y Ortiz Echagüe. Aquí ha transmutado imágenes de papel en movimiento. Aquí ha invitado a improvisar a dos bailarines entre las obras de Tàpies, Palazuelo y Oteiza. Aquí ha llevado la danza a cuarenta centímetros de las miradas expectantes. Aquí se ha camuflado entre la gente como un espectador más. Aquí se ha encontrado con el público en las salas, en el escenario, en el patio de butacas, en las aulas. Aquí siente «un cuidado hacia el arte, pero también hacia el artista». Desde este lugar tan querido, la memoria de Antonio Ruz viaja a la Córdoba de su adolescencia.  

 

Empezó con el ballet clásico a los catorce. Se enamoró de ese estilo y estuvo dos años en la escuela de Araleo Moyano. Un día la profesora llamó a su madre. Se reunieron alrededor de una mesa camilla. «El niño se tiene que ir a Madrid. A la escuela de Víctor Ullate», le dijo mientras Antonio permanecía callado. Tardaron en convencer a su padre. «Mi familia es gente de campo y lo de dedicarse a una profesión artística no se lo podían imaginar, pero el amor mueve montañas», cuenta. Así fue como en 1992, con la ayuda de sus padres y una beca, llegó a la capital de España. 

Visualiza la primera vez que puso sus manos en la barra de ballet de la escuela de Ullate. La clase comenzaba con un ejercicio de calentamiento suave. «Él iba paseándose y al acercarse a mí me dijo: “Quiero que a partir de ahora olvides todo lo que sabes. Empezamos de cero”», recuerda. Aunque durante unos minutos Antonio sintió que el mundo se le caía, enseguida se recompuso: «Lo que Víctor quería decir era “Céntrate aquí, te estoy apoyando, este es el lugar para ti”. Y me puse a currar, a entregarme en cuerpo y alma a las clases de ballet».

La compañía de Ullate ensayaba en la misma escuela. Desde el ventanal del mirador se dominaban las dos salas y Antonio pasaba largos ratos allí. «Veía a Tamara Rojo bailando con Ángel Corella, a Lucía Lacarra con Joaquín de Luz, a Igor Yebra con María Jiménez… Aprendías mucho observando a tus compañeros», explica.  

La escuela era la cantera para la compañía y al cabo de dos años Ullate le ofreció un contrato de aspirante en prácticas. Entonces llamó a su padre: «Ya soy bailarín. Tengo mi primer sueldo». Poco a poco, a golpe de disciplina, fuerza de voluntad e infinitas horas de ensayo, atesoró madurez escénica para interpretar papeles principales. Ruz compara la danza con los deportes de élite: «Llegar a lo más alto y mantenerte siempre en forma para estar en la primera liga resulta muy sacrificado». 

Además de la presión física «de llevar al cuerpo al extremo durante mucho tiempo», llama la atención sobre la exigencia mental. «Mientras estás actuando —confiesa—, el público no ve el cansancio, la falta de sueño por un problema, no ve la frustración que hay detrás, ni el miedo de salir a bailar al cincuenta por ciento de tus posibilidades». En 1996, cuando tenía veinte años, sufrió una caída sobre el escenario. A raíz de ese accidente pasó tres veces por quirófano. Paradójicamente, esa lesión en la rodilla que ha marcado su vida le ha permitido llegar al momento actual de celebración. «Fue el detonante —reconoce— de por qué estoy ahora aquí como coreógrafo, de por qué decidí buscar una manera de bailar más suave y más expresiva». 

A los veinticuatro, Antonio Ruz sintió que tocaba techo. Quería conocer otras culturas, aprender idiomas, trabajar con personalidades que probablemente no llegarían a España... Se presentó a las audiciones del Gran Teatro de Ginebra y le admitieron. Allí, después de su tercera cirugía, se lanzó a crear su primera obra: 1 Calvario. Aunque el título podría haber aludido a su dolorosa recuperación, realmente hablaba sobre la Semana Santa andaluza. Según señala, «las noches dedicadas a jóvenes coreógrafos son una experiencia muy bonita porque el público ve a los bailarines hacer sus propias piezas». 

 


FOTO: Agustín Hurtado


FOTO: Manuel Castells

EL DIÁLOGO

 

«La semilla de la creación florece según se suman las personas del equipo. Se aleja de la imagen del pintor encerrado con su lienzo. Es como remar juntos hacia un mismo destino. El momento en la sala de ensayo con los bailarines resulta casi más bonito que un espectáculo: cuando empezamos a buscar un lenguaje en el cuerpo, cuando proponen movimientos después de escuchar las ideas que has trabajado durante años. Me fascina cómo algo íntimo pasa a ser colectivo y después universal, porque lo compartes con el público».

 

Signos es un juego escénico interpretado junto con la violista Isabel Villanueva en el que la arquitectura sonora de las piezas de Bach y Kurtág se entreteje con la partitura corporal compuesta por Antonio Ruz.

 

LA HUELLA DE LOS GRANDES

El maestro Víctor Ullate solía decirle que era como una esponja y, a lo largo de su trayectoria, Ruz ha ido absorbiendo nutrientes de los que ahora se alimentan sus creaciones. En Suiza, por ejemplo, descubrió con Gilles Jobin la «no danza» francesa, una forma de comunicar que se basa en movimientos y gestos cotidianos —correr, tumbarse, caminar o abrazarse— «hechos con una sofisticación, un concepto, una iluminación y una música».

De su etapa en el Ballet de Lyon, subraya los encuentros con la mítica Sylvie Guillem, junto a la que interpretó el ballet Carmen, y el coreógrafo sueco Mats Ek, que ha aportado a su danza ese carácter teatral, dramático y expresivo. Pero fue en Berlín donde Ruz vivió la experiencia más transformadora de su carrera. «Sasha Waltz me ha marcado como artista, pero también como líder de un equipo. Colaborar con ella en el rol de asistente de coreografía ha sido como hacer un máster escénico», indica. Su manera de fomentar la creatividad del bailarín, de abordar el cuerpo, de entender la música y el aspecto espacial del baile han dejado huella en el artista cordobés. 

En 2009 Antonio Ruz conquistó la independencia creativa y batalla «desde las trincheras» contra la precariedad de la danza. «Cualquier país en crisis muestra sus grietas, sus debilidades. Y el año pasado vimos que en España la cultura da un poco igual», lamenta. Se rebela contra las escenas vacías por falta de recursos. Y también contra la mirada institucional cortoplacista que desampara los proyectos de los coreógrafos. 

Como creador, huye de las fórmulas. Le aburren. Prefiere los retos. Dijo de él Joaquín de Luz, en la presentación de In paradisum en Pamplona, que es un buscador, siempre investigando el poder comunicativo de la danza en conjunción con la música y la escenografía. Sus obras generan corrientes: del escenario fluye hacia el patio de butacas una marea de emociones, pensamientos, energías… Pero ¿cómo empieza todo? En estas páginas nos hemos adentrado en el proceso creativo de Antonio Ruz.

 

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