Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 711

Mártires de hoy. Tragedia y testimonio de los cristianos perseguidos

Texto: Ignacio Uría, historiador y periodista/  Fotografía: Ignacio Giménez-Rico y José Juan Rico Barceló

Desde 2012, Fernando de Haro ha viajado por países de todo el mundo para documentar la persecución de los cristianos. El resultado son cinco reportajes que transcurren entre el horror y la esperanza de la minoría más acosada del planeta.


Su trayectoria profesional es variada: televisión, radio, prensa digital y, ahora, cine. De la información económica, al periodismo de guerra. ¿A qué se debe este cambio?
No se puede decir que ahora hago periodismo de guerra. En el último año he viajado a Siria y a Iraq antes de que se hubiera derrotado al Dáesh. Muy cerca de la línea del frente. Nigeria y Egipto, donde también he estado rodando documentales, son zonas de conflicto. Pero no soy ni por asomo un corresponsal de guerra. En España los hay excepcionales. Es verdad que en las casi tres décadas que llevo dedicado al periodismo he hecho cosas muy diferentes. Empecé en una pequeña redacción de una revista de información económica en la que aprendí mucho. Ya entonces me gustaba el gran reportaje, narrar una historia con profundidad, buscando ángulos diversos, testimonios variados. Y deseaba viajar para estar allí donde palpitaba el mundo. Un período de ocho años en Canal + y en CNN +, rodeado de grandes maestros, me abrieron al campo apasionante de la televisión informativa. La televisión posee una ventaja: para contar bien las cosas tienes que estar en el sitio en el que están sucediendo. Los últimos siete años en la radio, junto a los mejores profesionales de las ondas, me han ayudado a desarrollar una cercanía con la audiencia que solo este medio te proporciona. Mi evolución no ha respondido a un proyecto —ahora todo el mundo está obsesionado con la carrera profesional— ni ha sido lineal. Quería ser periodista cuando empecé y quiero seguir siéndolo ahora. Ese deseo, y el ir respondiendo con realismo a lo que tenía delante, me ha permitido hacer un trabajo que me gusta. Desde hace unos años, en mi tiempo libre, produzco y dirijo una serie de documentales que quieren reflejar, por un lado, la difícil situación en la que viven muchos cristianos y, por otro, recoger sus testimonios.

¿Qué pretende transmitir con sus documentales?
El proyecto surgió a raíz de la publicación de mi libro Cristianos y leones. En ese volumen hacía un repaso de la realidad de la persecución del cristianismo en el mundo. Me parece que está bien documentado y, a menudo, sigo rescatando el material que utilicé. Pero me quedé insatisfecho. Para hacerlo bien, había que viajar a esos países donde no había libertad religiosa. Busqué dinero durante bastante tiempo y, al final, dos buenos amigos de la Fundación Ignacio Larramendi y de la Fundación San Pablo CEU decidieron apoyarme. La persecución es un asunto serio. Es necesario que se denuncie y que se difunda. El cristianismo es la religión más perseguida del planeta. Pero mi enfoque ha ido cambiando a medida que avanzaba el rodaje de las películas. Sigo analizando el contexto político y geoestratégico, pero he pasado de una mirada en la que primaba la denuncia a otra que subraya el gran tesoro de humanidad, de fidelidad, la gran riqueza de estos mártires y testigos del siglo xxi.

¿Qué países ha visitado para filmar estas historias? ¿Cómo los elige?
He estado en Iraq, en Siria, en Egipto, en la India, en el Líbano y en Nigeria. Busco fundamentalmente aquellos países en los que arrecia la persecución, en los que hay un genocidio en marcha.

¿Los Gobiernos le han facilitado su trabajo?
Los visados requieren meses de gestiones. De hecho, la India y Nigeria son dos de los países del mundo donde es más difícil obtener un visado para un periodista. Y algunos compañeros con amplia experiencia me preguntan cómo los he obtenido. En Egipto el Gobierno se puso muy nervioso con nuestro trabajo y tuvimos un férreo control de los servicios de seguridad, aunque la amenaza de los Hermanos Musulmanes era mayor. En el norte de Iraq, los kurdos son abiertos pero impredecibles, y el Gobierno controla poco el terreno. La amenaza era la cercanía del Dáesh. En Siria el control de los servicios secretos es duro y se necesita mucho tiempo para obtener los permisos, aunque no obstaculizan el trabajo de quien difunde cuál es la situación de los cristianos. Las dificultades eran las propias de un país en guerra donde siguen cayendo bombas. Nigeria, en algunos momentos, parece un Estado fallido. Y en la India el control es previo. El Líbano es un país maravilloso en todos los sentidos.

Antes no se informaba de esta situación. ¿Qué ha cambiado? ¿Hacía falta el asesinato de miles de personas?
Es verdad que hace algunos años había un prejuicio informativo ante la persecución de los cristianos. En cierto modo, persiste. Pero ahora no hay medio nacional o internacional que no destaque una masacre de coptos en Egipto o un asesinato que tome como pretexto la ley contra la blasfemia de Pakistán. Se ha ido imponiendo cierta evidencia. La libertad religiosa es un derecho fundamental. Y la persecución es tan desgarradora que no se puede dejar de denunciar el modo brutal en el que en algunos rincones del mundo se niega ese derecho. Los medios occidentales tienden a minusvalorar la cuestión porque lo consideran un problema ideológico, acaso moral. Si el medio es progresista, a sus editores les suena a un asunto de gente de derechas, y creen que no conviene darle mucho espacio. Si hablamos de una radio, una televisión o un periódico de derechas la realidad es que no saben cómo tratarlo, no es una información fácilmente clasificable.

Según el Parlamento Europeo, los cristianos son la minoría religiosa más perseguida en el mundo. La OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa) habla de 150 000 cristianos asesinados al año. ¿Nos encontramos ante un choque de culturas o una guerra civil en el islam?
La persecución no se produce solo en países de mayoría musulmana. Hay una persecución también del hinduismo político y del comunismo. Cada país es un mundo, pero me parece que existen parámetros comunes que pueden explicar en parte lo que está sucediendo. ¿Es el monoteísmo la causa de esta violencia? ¿Estamos ante una nueva guerra de religión? No se puede llegar a esa conclusión. En primer lugar porque, como decía, los protagonistas de la persecución no son solo los islamistas. Y, en segundo, porque la violencia tiene origen más en una instrumentalización de lo religioso que en lo religioso propiamente dicho. Me gusta la hipótesis de Oliver Roy [académico francés especializado en estudios islámicos], con todas las prevenciones necesarias: los yihadistas que atacan a cristianos no son islamistas radicales sino radicales que se hacen islamistas. Desde luego, la tesis del choque de civilizaciones no resiste una mínima verificación sobre el terreno: los cristianos de Oriente Medio son árabes; los asiáticos son asiáticos. Víctimas y verdugos pertenecen a la misma cultura secundaria, a la misma civilización. Creo que las cosas van por otro sitio. La mundialización erosiona, cuando no destruye, el proceso circular que ha animado siempre la relación entre las cuestiones de sentido (la religión) y la cultura. La religiosidad, ideológicamente utilizada, reaparece con fuerza, pero disociada de la cultura que le es propia, cultura que la globalización ha puesto en crisis. El patrón de comportamiento se repite en las zonas del planeta a las que me he asomado (Oriente Próximo, Asia y África). Esta ideologización de lo religioso, en la que se pueden ver las huellas del nihilismo y del nacionalismo, promueve la dinámica del chivo expiatorio e identidades conflictivas. El caso de China es algo diferente: es una exaltación nacionalista del comunismo que, como en el islamismo y el hinduismo, se alimenta del miedo al otro.

El 70 por ciento de los cristianos de Oriente Medio ha muerto o ha sido expulsado de sus países. ¿Cuánto hay de limpieza étnica en este asunto?
Los datos son rotundos. El caso de Siria e Iraq es paradigmático. Una próspera comunidad cristiana iraquí de un millón y medio de personas, en su mayoría católicos caldeos y asirios, cuya existencia se remonta al primer siglo de nuestra era, se ha quedado reducida aproximadamente a 450 000 personas. Más del 70 por ciento de los cristianos iraquíes han sido obligados a huir del país. Por otra parte, la población cristiana de Siria ha pasado de representar el 30 por ciento en la década de los años veinte del siglo pasado a menos del 10 por ciento en 2015, lo que sitúa a esta comunidad al borde de la extinción en su propia patria. La Resolución del Parlamento Europeo 2016/2529 de 4 de febrero de 2016 declaró genocidio la actuación del Dáesh contra las minorías (entre la que está la cristiana). De igual modo se pronunció en resolución de 4 de marzo de 2016   la Cámara de Representantes de Estados Unidos (H. Con. Res. 75). El término genocidio también lo usa la OSCE para calificar lo que los cristianos de esta región del mundo están sufriendo. Pero más allá de los números yo muestro en mis películas el drama humano detrás de lo que, efectivamente, en ocasiones es una auténtica limpieza étnica. 

En 2003, Juan Pablo II afirmó que la guerra de Iraq tendría consecuencias imprevisibles. ¿Habría sido mejor dejar a Saddam Hussein en el poder? Al menos, los cristianos vivían con una libertad inimaginable hoy.
Sin duda. He oído a decenas de iraquíes y de sirios cristianos quejarse de la ceguera ideológica de los occidentales que quieren imponer una forma de democracia que no funciona en Oriente Próximo. Fue un error echar a Sadam: los neocon de Washington, gente que venía de la izquierda más radical y que se convirtió a la derecha radical, diseñaron una estrategia que no tenía en cuenta las bases antropológicas de la democracia. Al eliminar a Sadam, que era un tirano nefasto —eso es cierto—, destruyeron la posibilidad de un proyecto nacional. Tenían que haber oído a los líderes de las comunidades cristianas: los neocon actuaron en nombre de valores de inspiración cristiana y dañaron seriamente a los únicos que mantienen esos valores. Es lo mismo que ha sucedido en Siria. Francia y Estados Unidos intervinieron en la guerra de Siria en 2014 con poco realismo y con un modelo de democracia abstracto que no tenía en cuenta las circunstancias culturales e históricas del país. Ese maximalismo exigía, para luchar contra el Dáesh, establecer primero una democracia de corte occidental y echar a Assad. Un desastre.

¿Tiene Occidente las manos limpias en esta tragedia?
Viajando por Oriente Próximo a menudo escuchas teorías conspirativas sobre el papel de Occidente. No crean que sean ciertas. Pero Occidente tiene evidentes responsabilidades. Primero, porque no se acaba de enterar. No es por falta de información, como me decía una embajadora en Beirut. Es por falta de claves interpretativas. Estados Unidos es un buen ejemplo. El apoyo de Obama a los Hermanos Musulmanes fue un error garrafal, como los bandazos de Trump. Luego está el negocio de las armas, que el Papa denuncia sin parar. Cuando Francisco lo critica, no está dando consejos espirituales. Y, en tercer lugar, está el juego de las alianzas. El acuerdo de 2015 de EE. UU. con Irán para frenar el desarrollo del programa nuclear fue un gran avance. Pero ahora el acuerdo de Trump con Arabia Saudí lo ha descompensado todo. Los contratos para la venta de armamento ascienden a cien mil millones. Es un dato público. Y Arabia Saudí, además de alentar fenómenos violentos, juega muy fuerte para eliminar la emergencia de Irán. Nunca olvidaré cómo, en un campo de refugiados en el Valle de la Bekaá, en el Líbano, delante de unos niños que se divertían con la nieve, una monja me explicaba que aquellas criaturas habían tenido que escapar de sus casas y malvivían en tiendas porque estaban pagando el pato de las acciones de los poderosos. El dios dinero, me decía un franciscano en Damasco, es muy fuerte.

La persecución no se dirige solo contra los cristianos, sino que los musulmanes también son objetivo del terrorismo yihadista. ¿Cómo se vive esto último en las sociedades islámicas?
Como una agresión que tiene que provocar quejas y críticas más rotundas. Estos años sangrientos de califato del Dáesh han puesto a una buena parte del islam ante sus propias contradicciones, tanto en lo político como en lo cultural. El Dáesh ha tenido como objetivo no solo a chiitas y a cristianos sino también a sunníes verdaderamente religiosos —no me gusta utilizar la expresión moderados—. Los excesos del yihadismo son una invitación para recuperar una exégesis histórica del Corán que no es novedosa en su tradición, para fomentar una comprensión de la sharía como referente ético y no como ley positiva, para aceptar ciertas distinciones entre lo político y lo religioso que tampoco son ajenas a la historia generada por Mahoma. Y, sobre todo, para desarrollar una tutela de las libertades que vaya más allá de las declaraciones formales. En el campo teórico han sido relevantes los pronunciamientos de Al Azhar en 2012 y en 2017, así como la Declaración de Marrakech de comienzos de 2016. Especialmen-te el texto de Marruecos supone un avance porque invita a explorar el concepto de ciudadanía. Pero ese paso adelante no será firme mientras esos textos no tomen tierra y no se reconozca la libertad de conversión. Puede ser un fruto milagroso que nos regalen los mártires de la guerra y de la persecución, mártires cristianos y musulmanes. 

En Oriente Próximo, el cristianismo conformaba una comunidad relativamente próspera y su presencia ayudaba a la cohesión social. ¿Esa realidad se ha terminado para siempre?
No lo sé. «Somos el resto de Israel», me decía un párroco mayor en Alepo este verano. En Iraq han quedado reducidos a muy poco. Afortunadamente, ahora están volviendo a los pueblos de la llanura de Nínive. Y en Siria la paz permitirá que no se sigan marchando. Egipto es decisivo. Es el gigante de la zona, en el que se deciden muchas cosas. Y los coptos representan un 10 por ciento de la población. En Egipto se juega todo y por eso el Dáesh golpea desde hace meses con dureza en este país.

En sociedades con hegemonía cristiana se persiguió a los discrepantes. Ahora lo hace el islam. ¿Donde hay una religión fuerte hay más violencia?
La solución no es tener una religión débil. Todo lo contrario. La religión, la religiosidad auténtica, no es parte del problema sino de la solución. El reto es que la pretensión que tiene el poder político de apropiarse de lo religioso —que existe desde que el hombre es hombre— tenga freno. Y para eso hace falta una experiencia religiosa potente, que no busque las prebendas del poder.

Sin embargo, quizá la solución esté en el laicismo, en más laicismo.
Es lo que proponen algunos. Me parece que es una solución vieja. El día en el que se produjo el atentado en Charlie Hebdo, el 7 de enero de 2015, me encontraba en el Líbano. Desde los campos de refugiados oía cómo algunos proponían como solución un laicismo a la francesa. La religión, toda religión, debe ser privatizada para evitar la violencia —sostienen—. Al tiempo se exalta una libertad de expresión que se mofa de las creencias de muchos. Es la vieja tesis de Schopenhauer: sin relativismo no hay democracia, no hay tolerancia. Me parece que esa tesis es falsa y no lo digo apoyándome en un razonamiento filosófico sino en la experiencia sobre el terreno. Miremos lo que ha pasado en Europa. El laicismo que censura cualquier tipo de identidad religiosa pública ha facilitado que el yihadismo se haya extendido en los barrios de París y de Bruselas, también en Cataluña. Si en la vida pública solo se propone la «sagrada nada» (los valores cívicos de la Ilustración francesa han muerto), no tenemos respuesta al nihilismo imperante. Los valores religiosos tienen un gran papel público que desempeñar, siempre que la inteligencia de la fe se transforme en una inteligencia de la realidad, siempre que las aportaciones de la fe, a través de las mediaciones de la razón, se atengan a la gramática de lo secular. No se pueden extraer directamente de la fe soluciones políticas. Eso sería confundir planos. El cristianismo lleva veinte siglos intentando comprender qué significa dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Desde el Concilio Vaticano II ha recuperado la claridad que tuvo en los primeros siglos, la claridad que da ser una religión de perseguidos. El islam, que lo tiene más difícil por el modo en el que se fundó, ha emprendido en los últimos años un camino interesante. El gran reto, insisto, es que los países de mayoría musulmana se abran al concepto de ciudadanía.

¿Por qué es importante que haya cristianos en los países musulmanes?
Para que sean países de mayoría musulmana y no países musulmanes. Les he hecho a muchos cristianos de Oriente Próximo esta misma pregunta: tienen la conciencia de que Jesús les ha puesto allí. Son los testigos de la verdadera naturaleza del cristianismo: acontecimiento antes que doctrina o moral. Son la continuidad, la memoria en un lugar preciso de cómo empezó y continúa todo. Son la respuesta a los dos grandes retos del siglo xxi: el relativismo y el fundamentalismo. El fundamentalismo afirma la verdad sin libertad; el relativismo afirma la libertad sin verdad. Pero, sin libertad, la verdad se convierte en ideología; y, sin verdad, la libertad no se realiza. ¿Cuál es la forma que permite afirmar la verdad sin menoscabar la libertad? El testimonio. Y el testimonio, con todas sus implicaciones culturales y sociales (pensemos en el perdón) es, sin duda, una gran contribución civil. Los cristianos de Oriente Próximo nos enseñan a los demás que el cristianismo fue y es un acontecimiento histórico y geográfico. Hacen una contribución decisiva a la pluralidad de sus países. No hay más que repasar la historia de los últimos siglos.

Ante el horror, los cristianos han respondido sin violencia y con fidelidad al mensaje en el que creen. ¿Cómo es posible?
Es cierto que ha habido muy pocos episodios de violencia. Los mártires cristianos del siglo xxi, al entregar la vida por Otro, rompen la espiral que convierte al otro en enemigo. Al repetir la conducta del Justo, rompen la dialéctica amigo-enemigo. El mal genera una espiral de la que aparen-temente no se puede salir: la afrenta sufrida requiere una reparación que genera más violencia. El suicida pretende imponer su verdad a través del sufrimiento de las víctimas. El mártir, inocente, que sufre lo que debería sufrir el verdugo, destruye el carácter irreparable de ese mal. En casi todas las situaciones de persecución que he conocido vibra un modo particular de afrontar la violencia (martirio, perdón, fidelidad). Esta modalidad excepcional plantea una pregunta sobre su origen, semejante a la pregunta que suscitaba la persona de Jesús. El mal —lo sabemos— nos distancia, nos separa. ¿Qué hace posible este modo de afrontarlo? Me parece que es la misma pregunta que se hacían los que escucharon a Jesús perdonar desde la cruz. ¿Quién es este? ¿Acaso Dios estará presente, presente como hace dos mil años? ¿Será la misma historia la que ahora sucede que la de entonces? 

Pese a todo, se ha producido un fortalecimiento de la fe. Esto es una «provocación» llegada de la periferia, un desafío al racionalismo.
Es una provocación al racionalismo, una ocasión para exaltar la razón. La razón nunca se detiene. Siempre quiere comprender; invita a caminos diferentes en cada caso. ¿Por qué hay más fidelidad en el perseguido? Que responda la razón, no la detengamos, y, cuando llegue a su vértice, que florezca misteriosamente, si se concede la gracia, el reconocimiento de que Dios está presente. 

¿Qué relación tienen estos cristianos con la verdad para pensar que la fe es más valiosa que la vida?
Es una relación afectiva. Un pastor protestante del norte de Nigeria me contaba: «Apuntaron a algunos de mi congregación con una pistola en la cabeza, a la vez que les preguntaban si renunciaban a su fe. Respondieron que mantenían su fe en Cristo y que darían la vida por Él». He oído lo mismo de varios secuestrados por el Dáesh que fueron presionados día y noche para convertirse. Creo que detrás hay una experiencia concreta de Cristo presente a la que no se quiere renunciar, una satisfacción afectiva que permite entregar la vida.

¿Qué lo hace posible?
Un cristianismo que confiere identidad. Si tu identidad, aquello que te define, es la fe que has recibido, no estás dispuesto a renunciar a ella, porque dejarías de ser tú mismo.

¿Alguna vez ha preguntado a los perseguidos qué piensan de los cristianos de Occidente?
Lo pregunto a menudo. Recuerdo que una maestra que había huido de Boko Haram y que estaba en un campo de refugiados de la capital de Nigeria, Abuya, me dijo: «Diles que no abandonen la fe, que no la dejen enfriar, que es lo mejor que tenemos».

¿Es el perdón la única respuesta verdadera a la persecución? ¿O más bien la justicia?
La paz y la justicia no son dos vías paralelas que no puedan encontrase. «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón», decía Juan Pablo II. El martirio, explica el Catecismo, es una gracia. No puede proponerse como solución universal. Lo sorprendente es cuánta gracia hay en este comienzo del siglo xxi. Hay que trabajar contra la vulneración de los derechos humanos, contra el genocidio. Hay que conseguir que la comunidad internacional apoye a estos cristianos, les permita volver a sus casas, les dé seguridad. Pero no podemos luchar a su favor de modo diferente a como ellos han vivido y viven esta circunstancia. La justicia de la ley y del derecho internacional es necesaria pero insuficiente. ¿Qué o quién puede reparar todo el mal sufrido? La pregunta la responden ellos cuando hablan de perdón. El perdón no es resignación; el perdón es la máxima justicia, la justicia que repara el corazón de la víctima e impide que la onda del mal siga creciendo.

A la vista de todo lo que hablamos, ¿deberían los cristianos occidentales replantearse cómo viven su fe?
Yo, desde luego, no soy el mismo desde que la vida me ha regalado a tantos amigos en varios rincones del mundo. Los llevo en el corazón, me acompañan, me relanzan, me llenan de agradecimiento.

Por último, ya sea uno agnóstico o creyente, ¿qué puede hacerse por los cristianos perseguidos?
Sobre todo, mirarlos, escucharlos, recoger su tesoro, padecer con ellos, alegrarse con ellos. Y luego todo lo demás: política, voluntariado (¿por qué no pasar un tiempo en el Líbano o en Iraq echando una mano?), campañas de sensibilización, recogida de fondos… Hay que hacerlo todo .