Guerra en Gaza Mundo Árabe Crítica cultural Cine Nº 725
«La voz de Hind», un cine que duele

Guerra en Gaza Mundo Árabe Crítica cultural Cine Nº 725

Sin mostrar el horror, la directora tunecina Kaouther Ben Hania construye un relato devastador desde una central de emergencias palestina. Una propuesta radical que obliga a detenerse y escuchar.
Arrancó una ovación de veintitrés minutos, la más larga de la historia del festival, en Venecia. Unos días después de hacerse con el León de Plata, Gran Premio del Jurado, consiguió otro récord: ganó el Premio del Público en San Sebastián con un 9’5, nota inédita. Y es dificilísima de ver.
La voz de Hind reconstruye una tragedia en Gaza el 29 de enero de 2024. Durante un asedio del Ejército israelí, Hind Rajab, una niña de cinco años, quedó atrapada en un coche bajo el fuego, rodeada de los cuerpos de sus tíos y tres primos. Mantuvo una llamada de más de setenta minutos con la central de emergencias de la Media Luna Roja Palestina. Pero la ayuda nunca llegó.
Detrás de la cámara está la directora tunecina Kaouther Ben Hania, que ya había explorado los límites entre el documental y la ficción en El hombre que vendió su piel y, sobre todo, en la extraordinaria Las cuatro hijas, merecedora del Óscar en 2024.
La cineasta dirige con mano de hierro un relato que no necesita de subrayados emocionales para conmover. No muestra ninguna imagen del horror y la violencia que sufre la niña. No vemos el coche, ni los cadáveres, ni el exterior. Toda la acción se desarrolla en un único espacio: la oficina desde donde los cooperantes reciben la llamada y tratan de coordinar el rescate, con medios precarios y contra todo tipo de obstáculos burocráticos y militares. Esa apuesta es radical y coherente: la película no quiere mostrar, quiere escuchar. Por eso el metraje coincide con la duración de la llamada de Hind.
La voz de Hind enseña el arte de la contención: un dispositivo sencillo, casi austero, pero de una precisión extrema. Los actores Saja Kilani, Motaz Malhees o Amer Hlehel encarnan a los trabajadores de emergencias con una interpretación medida, sostenida en miradas, en silencios, en una respiración entrecortada, en un derrumbarse, en un tragarse las lágrimas. El fuera de campo —ese expresivo lugar— se convierte aquí en el protagonista.
El recurso más delicado y debatido es el uso de la grabación real de la voz de Hind, que plantea preguntas éticas legítimas. ¿Hasta dónde puede llegar el cine cuando explora el dolor real? Ben Hania ha explicado que contó con el consentimiento de la madre de la niña, pero el debate permanece, y quizá deba permanecer.
La voz de la niña, frágil, y a ratos serena, atraviesa la cinta como un recordatorio constante de la asimetría brutal entre quien ataca, quien pide ayuda y quien, aun queriendo, no puede ofrecerla. La burocracia, las llamadas no devueltas, los permisos que no llegan, la inutilidad de las leyes de la guerra se sienten como una forma de violencia tan real como el ruido de las bombas que nunca escuchamos.
En cualquier caso, la incomodidad de La voz de Hind no se apoya en el morbo. La película procura implicar al espectador, que, como los voluntarios de la Media Luna Roja, experimenta la impotencia de la espera, de la repetición de gestos inútiles.
La avalancha de premios y ovaciones de La voz de Hind y los titulares y manifestaciones políticas que han seguido a su estreno pueden dar la impresión de que estamos ante un artefacto diseñado para conmover. Sin embargo, su mayor mérito es su resistencia al sentimentalismo. No hay música enfática, discursos, ni siquiera un cierre reparador. Lo que hay es tiempo. Tiempo compartido con quienes esperan al otro lado del teléfono.
En un contexto saturado de imágenes de guerra de consumo rápido, la cineasta tunecina propone un gesto contracultural: detenerse y escuchar una sola voz para devolverle su condición irreductible de persona. Hind no representa nada: ella, sencillamente, es.
El horror de la guerra se percibe mucho más en primera persona. Aunque estemos acostumbrados a traducir los combates en cifras, en números de heridos o de muertos, la tragedia empieza con la primera víctima.
Por eso la película resulta tan perturbadora. Porque no permite refugiarse en la abstracción ni en la geopolítica, por mucho que ambas estén presentes. Obliga a asumir que, mientras el mundo discute marcos, estrategias y relatos, hay seres humanos con nombre y apellidos que sufren, y llamadas que siguen sonando sin respuesta.
La voz de Hind solo rompe el tiempo y el espacio con un plano final. Un epílogo que certifica lo que Hind, sus familiares y sus rescatadores han vivido. Un plano que no pretende funcionar como recurso dramático; confirma que todo es real.
No pasa nada si alguna vez el cine no entretiene. Incluso puede ser bueno sufrir con una película. Un dolor que es conocimiento y compasión. Que es catarsis, como diría Aristóteles.
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