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Antoni Gaudí, el arquitecto eremita

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La visita del papa, en el centenario de la muerte de Gaudí, a las piedras a las que el genio catalán dedicó su vida, devuelven al centro de la conversación pública a un hombre y una obra que todavía pendulan entre la admiración y el misterio. ¿Quién fue Antoni Gaudí? ¿Cómo llegó a concebir unos edificios que marcan y trascienden la identidad de Barcelona? ¿Cómo se entrelaza su biografía con las formas naturales de la Cataluña rural, la agitación de la metrópolis y el silencio del espíritu?
La catedral de Santa María de Tarragona, la abadía de Montserrat, el monasterio abandonado de Poblet, las iglesias de Sant Pere de Reus y Sant Jaume de Riudoms le enseñaron que «la arquitectura reina también en el silencio más absoluto», tal como recoge Gijs van Hensbergen en su biografía del arquitecto (Antoni Gaudí, De bolsillo, 2003). La sencillez y reverencia del gótico catalán moldearon la infancia de Antoni Gaudí (1852-1926). En la masía de la Calderera, de su padre, cultivó la comprensión del espacio y la importancia de las raíces. Así escribió el arquitecto catalán el 13 de diciembre de 1924, de acuerdo con su biógrafo: «Tengo esa capacidad de percepción espacial porque soy hijo, nieto y bisnieto de caldereros. Mi padre era herrero; mi abuelo también. Por parte de mi madre también había herreros; su abuelo era tonelero; mi abuelo materno era marinero, personas que también estaban ligadas al espacio y a las circunstancias. Todas estas generaciones me han preparado para ello».
Pero fue, sobre todo, el paisaje del Baix Camp, la comarca de la provincia de Tarragona, el que marcó la mirada de Gaudí y cautivó su sensibilidad. El delta del río Ebro, los picos nevados de los Pirineos, el Port Bou y el Mediterráneo; las grandes rocas de Montserrat, las curvas de los árboles y la mística luz que invadía la naturaleza dejaron una huella indeleble que quedó estampada para siempre en las calles de Barcelona, donde Gaudí dedicó su vida a embellecer la metrópolis y dotarla de identidad bajo el mecenazgo de Eusebi Güell. Casa Vicens, Palau Güell, Casa Batlló, Casa Milà, el Parc Güell y la Sagrada Familia son algunas de las construcciones que dejó el arquitecto modernista, cuya existencia se esconde bajo la soledad y el silencio que suelen acompañar a los genios.
Antoni Gaudí nació el 25 de junio de 1852 en la masía de su padre, Francesc, a las afueras de Reus, en la provincia de Tarragona. Era el quinto hijo que llegó a la familia tras la muerte de sus hermanos, María, de cinco años, y Francesc, de dos. Otros dos hermanos, Francesc y Rosa, murieron a los 25 y 35 años. Gaudí tomó el nombre de su madre, Antonia, y en su infancia, que empezó con un parto complicado, arrastró una salud delicada. Temiendo por él, lo llevaron a la iglesia de Sant Pere para bautizarlo con apenas una hora de vida. Eduard Toda, su mejor amigo de la infancia, lo recuerda similar a «un viejo antes de su tiempo, como si fuera el amigo más antiguo que jamás ha caminado por la Tierra», según señala Gijs van Hensbergen.
Además de la fragilidad que lo acompañaba y que no le permitía salir mucho de su casa, los primeros años y la adolescencia de Antoni se caracterizaron por su educación en L’Escola Pia de Reus, donde aprendió griego, latín, geometría, historia, retórica y poesía, imbuido de doctrina cristiana. Despreciaba aprender de memoria y la única asignatura en la que destacaba era Geometría.
De su solitaria niñez lo rescató su amistad con Eduardo Toda y José Ribera Sans. Con ellos se distraía en recorridos por el mercado de almendras de los lunes y en caminatas por la ciudad, o a través de creaciones poéticas, romances, historias de caballeros y excursiones afuera de las murallas. Su lugar favorito eran las ruinas del monasterio cisterciense de Poblet, que soñaban con renovar. Tanto es así que, en julio de 1867, redactaron un manuscrito titulado Poblet, datos y apuntes, en el que consta el proyecto de restauración. Josep Maria Tarragona, periodista y biógrafo de Gaudí, cuenta que Antoni se encargaría, entre otras cosas, de «levantar muros, rehacer tejados, reconstruir bóvedas, tapar las minas y agujeros abiertos por los buscadores de tesoros». Sin embargo, en septiembre, dos meses después, con quince años, los amigos se separaron: Toda a Madrid, Ribera a Andalucía y Antoni se quedó en Reus.
Debido a que su hermano se marchó a Barcelona a estudiar Medicina, Antoni tuvo que esperar una temporada más, en la que ayudó a su padre en la masía. Sin embargo, este no quería que sus hijos fueran caldereros según la tradición familiar, por lo que, en 1868, envió a Antoni a Barcelona a terminar sus estudios en el Instituto Jaume Balmes, donde obtuvo excelentes calificaciones en una sola asignatura: Matemáticas. Tras terminar sus últimos cursos y volver a Reus para pasar el verano, Gaudí se matriculó en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona. Le tomó una década graduarse, al interrumpir sus estudios debido al servicio militar y a la muerte de su hermano Francesc con 25 años, a causa de una hemoptisis.
A pesar de ser inteligente y trabajador, Antoni era conocido por faltar a clases y emplear el tiempo en el café Pelayo. Sus compañeros y profesores lo consideraban un dandi de vida estética que se dedicaba a asistir a tertulias políticas de corte socialista y divagar por la ciudad. El día de su graduación, Rogent, uno de sus profesores, declaró: «Caballeros, estamos aquí hoy en la presencia de un genio o de un loco». En 1878, Gaudí dio sus primeros pasos profesionales y se adentró de lleno en la Renaixença catalana, un movimiento romántico, artístico, literario y religioso que pretendía reivindicar la identidad catalana.
El primer trabajo que realizó Gaudí en ejercicio de su profesión fue un escritorio de uso personal, que prefiguró su estilo. Así lo describe Gijs van Hensbergen: «Sobre la madera, el joven arquitecto aplicó decoración metálica que reunía un “reino topográfico”. Serpientes, aves rapaces, una ardilla y un lagarto, una mantis religiosa, un gallo, mariposas y abejas revoloteaban entre la hiedra trepadora y las ramitas de laurel». Esto iba de la mano con lo que Antoni escribió en su diario, el 10 de agosto de 1878: «La naturaleza no nos presenta ningún objeto en monocromo, totalmente uniforme en cuanto al color; ni en la vegetación, ni en la geología, ni en la topografía, ni en el reino animal. El contraste de color siempre es más o menos intenso, y por esta razón debemos colorear total o parcialmente cada elemento arquitectónico».
Gaudí hizo su escritorio en el taller de Eudald Puntí, en la calle Cendra, de Barcelona, donde conoció a Eusebi Güell, industrial, político y conde de Güell, que se convirtió en amigo y mecenas de Gaudí. Después de la Exposición de París de 1878, en la que participó con una vitrina de cristal para la guantería Comella, Güell tomó nota de su talento. Impresionado con su estilo, el mecenas confió en él con obras menores, como el mobiliario de la capilla de su suegro y los pabellones de la Finca Güell. Más tarde, le comisionaría las Bodegas Güell, el Palau Güell, el Parc Güell y la cripta de la Colonia Güell, con la ayuda, en varias ocasiones, de Francesc Berenguer, amigo y mano derecha, aunque nunca llegó a graduarse de arquitecto.
Sin embargo, antes de empezar a trabajar para Güell, Gaudí recibió otros encargos, como los postes de luz de la Plaça Reial, asignados por el Ajuntament de Barcelona después de que Jaume Serra i Gilbert, la primera opción, hubiera fallecido. Asimismo, construyó El Capricho, la villa veraniega de Miguel Díaz de Quijano, en Comillas, Cantabria.
En 1883, Manuel Vicens Montaner, un fabricante de azulejos, le encargó la construcción de su casa de veraneo en el barrio de Gràcia. Declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 2005, la Casa Vicens es una de las primeras manifestaciones modernistas que vivificaron Barcelona. Sus azulejos y su ladrillo, su ornamentación vegetal, sus colores vivos y su estilo oriental se combinan para formar una construcción en la que la estética no es un exceso inútil, sino una pieza funcional. Su estilo mudéjar, según Van Hensbergen, vino inspirado por los libros de Owen Jones, Grammar of Ornament (1856), Designs for Mosaics and Tesselated Pavements (1842) y Plans, Elevations, Sections and Details of the Alhambra (1842) y por escritos de Rafael Contreras, el restaurador de la Alhambra.
En medio de sus progresos profesionales, Gaudí sufrió una ruptura que lo marcaría hasta la muerte. Su amor de juventud, Pepeta Moreu, rechazó su propuesta de matrimonio en 1885 y cambió para siempre su espíritu jovial por el de un hombre mortificado, dado al ayuno y de carácter cohibido. Gaudí nunca se enamoró de nuevo, con la excepción de una joven norteamericana que no volvió a ver cuando ella regresó a los Estados Unidos. Resignado e imbuido por el misticismo del Siglo de Oro a partir de las lecturas de fray Luis de León y su amistad con el obispo Grau, Antoni se decidió por una vida célibe y mortificada. Sus ayunos cuaresmales eran tan estrictos que despertaban la atención de la opinión pública, tal como se refleja en la caricatura del artista Ricardo Opisso. Solo la corrección del obispo de Barcelona, Torras Bages, lo obligó a distender sus penitencias. Además, practicaba junto a su padre una dieta vegetariana, que consistía en lechuga, aceite de oliva, nueces, una suave compota de tallos de remolacha y pan untado con miel
El 3 de noviembre de 1883, la Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Familia, fundada por el filántropo Josep Maria Bocabella, le encargó a Gaudí construir una iglesia dedicada a la Sagrada Familia. Los primeros planos y piedras los llevó a cabo el arquitecto diocesano, Francisco de Paula del Villar y Lozano, quien había ideado un templo neogótico. Sin embargo, tras desacuerdos con Bocabella, renunció a la comisión. El proyecto fue ofrecido al arquitecto Joan Martorell, quien asesoraba a Villar. Sin embargo, este lo rechazó y fue ofrecido a Gaudí, ayudante ocasional en los proyectos de Martorell.
Gaudí tenía 31 años cuando aceptó el proyecto. Previendo que duraría más allá de su vida, siglos incluso, propuso a la Junta ir construyendo la iglesia en vertical. «No le es posible a una sola generación de alcanzar todo el Templo, dejemos, pues, una tan vigorosa muestra de nuestro paso de modo que las generaciones que vengan sientan el estímulo de hacer otro tanto; y por otro lado no los atemos para el resto de la obra [...]. Hemos hecho una fachada completa del Templo para que su importancia haga imposible dejar de continuar la obra», escribió el arquitecto catalán, como recoge en Gaudí Esencial, Daniel Giralt-Miracle.
La Sagrada Familia sería un templo expiatorio, construido con la finalidad de reparar por los pecados de los hombres. El santo Josep Manyanet Vives, sacerdote y fundador de los Hijos de la Sagrada Familia Jesús, José y María, una congregación religiosa, inspiró a Bocabella a llevar a cabo este proyecto, «destinado a perpetuar las virtudes y ejemplos de la Familia de Nazaret y ser el hogar universal de las familias», de acuerdo con su semblanza vaticana.
En 1885 se inauguró la capilla de san José en la cripta y se celebraron las primeras misas y, en 1891, comenzaron las obras de la fachada de Belén, en la que Gaudí trabajó hasta su muerte. La idea final de la basílica no se encontraba en la mente del arquitecto desde el inicio, sino que avanzaba mediante un método de prueba y error, experimentando con distintos modelos, aunque desde el primer plano ya se mostraba que sería una planta basilical de cinco naves, un crucero de tres, doce campanarios y un gran cimborrio central.
Antoni continuó con la Sagrada Familia durante el resto de su vida, a la vez que se encargaba de otras comisiones que harían resplandecer el estilo modernista por toda la ciudad: la Casa Calvet en 1900, la Casa Batlló en 1904, la Casa Figueras en 1909, y la Casa Milá, terminada en 1912, entre otros trabajos, como la restauración de la catedral de Palma de Mallorca, uno de sus pocas comisiones fuera de Barcelona, aunque quedó inconclusa.
En 1906 falleció su padre, que vivía junto a él en su casa en el Parc Güell. En 1909, la Semana Trágica —un estallido popular antimilitarista y anticlerical— asoló la ciudad. En 1912, murió también su sobrina Rosa, con quien también compartía hogar; en 1914, enterró a su amigo y colaborador principal Francesc Berenguer y, en 1918, a su mecenas Eusebi Güell. «Mis buenos amigos han muerto; no tengo familia ni clientes, ni fortuna ni nada. Ahora puedo dedicarme por completo a la Iglesia», se sincera Gaudí con sus colaboradores. Estas pérdidas que sufrió le empujaron a una vida aún más austera y ascética, lejos del foco público. Desde entonces, se dedicó en exclusiva a la Sagrada Familia y a vivir como si fuera un eremita.
En estas condiciones, trabajó incansablemente en la «catedral de los pobres», llamada así por estar sufragada únicamente con donaciones. Antoni durmió en el taller de la iglesia durante sus últimos meses, hasta que una tarde de junio de 1926, mientras caminaba hacia la parroquia de San Felipe Neri para conversar con su confesor, fue atropellado por un tranvía en la calle de Les Corts de Barcelona. Al tener aspecto de mendigo, el conductor siguió su camino. «Tanto ensimismamiento religioso en los últimos tiempos le había creado un total desapego de la vida», escribe Xavier Güell en su libro Yo, Gaudí (Galaxia Gutenberg, 2019).
Dos peatones se acercaron, pero no lo reconocieron. Estaba inconsciente. Encontraron entre las cosas que llevaba consigo un pañuelo, una llave, unas cuantas nueces y una pequeña Biblia. Un guardia civil lo condujo al dispensario de la ronda de San Pedro y después lo trasladaron a una sala común del hospital de la Santa Cruz. El arquitecto más famoso de la ciudad todavía resultaba irreconocible. En la noche, mosén Gil Parés, primer párroco de la Sagrada Familia, se preocupó al no verlo llegar y salió a buscarlo. Tras acudir a varios hospitales, finalmente lo encontró y le administró los sacramentos a la mañana siguiente. Antoni Gaudí falleció el 10 de junio de 1926 y lo enterraron en la cripta de la Sagrada Familia, en una ceremonia sencilla pero solemne, tal como él lo había dispuesto en su testamento.
Su discípulo Domenec Sugranyes fue el encargado de continuar con su gran obra. A él le siguieron Francesc de Paula Quintana, Isidre Puig Boada, Lluís Bonet Garí, Francesc de Paula Cardoner Blanc, Jordi Bonet Armengol y Jordi Faulí Oller, con quien se ha iniciado la fase final de la obra, con la estructura de la torre de Jesucristo. Está previsto que el papa León XIV, durante su próxima visita a España, bendiga e inaugure esta torre el 10 de junio, cuando se cumplen cien años de la muerte de Gaudí, a quien el papa Francisco declaró venerable hace un año.
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