La alta ficción, que se ha nutrido durante siglos de la fe cristiana, habita hoy un espacio sin Dios, y los lectores creyentes se repliegan en un puñado de autores admirables (y muertos). ¿Cabe todavía una literatura viva de la fe? El escritor canadiense Randy Boyagoda anticipaba en este ensayo de 2013 algunas preguntas que no han hecho más que agudizarse en esta década.

NOTA: Este ensayo se publicó originalmente en la revista estadounidense First Things en el año 2013, y lo ha traducido Juan G. Tizón para Nuestro Tiempo.

No soporto a Flannery O'Connor. Tampoco a Walker Percy, G. K. Chesterton, J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis, T. S. Eliot, Gerard Manley Hopkins ni Dostoievski. En concreto, me molesta oír hablar de ellos a los lectores con fe. Parece que no les viene a la cabeza ningún otro escritor cuando les pregunto qué entienden por literatura.

Estos autores atestiguan de manera brillante y conmovedora el papel que juega la literatura en la modernidad: el último gran crisol de un presente sin Dios y sostén del valor y el propósito de la vida humana, que se corresponde con nuestro afán innato por lo bueno, verdadero y bello. Pero, ¿qué otra cosa tienen estos novelistas en común? Todos están muertos.

Como profesor de Literatura, animo a mis alumnos a leer lo mejor que se ha publicado a lo largo de la historia. Lo hago como refuerzo y edulcorante frente a sus filias por todo lo nuevo. Me veo envuelto, sin embargo, en debates antagónicos con amigos y colegas. «Pero, ¿qué autores?», me dicen siempre (una pregunta, todo sea dicho, aleccionadora para un novelista en activo).

Siempre tengo a mano recomendaciones de escritores contemporáneos que se toman la vida de fe muy en serio en sus textos —la novelista Marilynne Robinson, el poeta Geoffrey Hill, además de un surtido de académicos y críticos literarios—, pero reconozco que quienes me hacen ese comentario tienen, en parte, algo de razón. Mientras la religión se encuentra de manera significativa en ámbitos literarios menores (como sucede con la excéntrica popularidad de las novelas románticas amish), y también en contextos comerciales más vulgares (como la obra de Dan Brown), la ficción de cabecera habita, en gran parte, su propio espacio público, desprendida de cualquier referencia de inspiración religiosa acerca de quiénes y qué somos y de dónde venimos. Este escenario representa una ruptura considerable frente a siglos de creación literaria nutrida por las creencias, las tradiciones y la cultura cristianas.

EL DIAGNÓSTICO DE ELLIE

Ciertamente, «si existe algún ámbito de nuestra cultura que puede proclamarse postcristiana, es el literario», afirmaba el escritor Paul Elie en su ensayo «Has Fiction Lost Its Faith?», un artículo que dio mucho de qué hablar cuando se publicó en 2012 en The New York Times Book Review. Consideremos el siguiente absurdo: «Con cerca de 170 millones de creyentes en Estados Unidos, la fe que durante siglos penetró hasta el último escondrijo de nuestra sociedad desempeña hoy un papel similar al de las estatuas olvidadas en un edificio en ruinas: inquietar a los nuevos inquilinos».

Por muy necesario que resultara el ensayo de Elie para iniciar un debate, dejó sin contestar algunas preguntas clave —aunque reconocía con franqueza que se estaba enfrentando a ellas al mismo tiempo que escribía su próxima novela—. Antes que nada: ¿qué constituyen la creencia y la fe en términos literarios?, y ¿cómo debemos valorar su representación desde un punto de vista estético, moral y teológico?

Elie también evita responder a la pérdida estructural de relevancia de la fe en la ficción contemporánea, algo que llama la atención si se observa su trayectoria profesional. Además de haber escrito una aclamada biografía de cuatro escritores católicos del siglo XX, Paul Elie, editor veterano en la prestigiosa Farrar, Straus & Giroux, ha tenido una carrera impresionante en el mundo del libro neoyorquino. Al conocer su recorrido, sorprende el silencio del autor respecto al modo en que los grandes grupos, las revistas literarias y los programas universitarios de escritura creativa funcionan hoy como nichos inaccesibles y retroalimentados por la nueva meritocracia estadounidense; un espacio donde el progresismo secular ensordece a quienes ocupan posiciones de influencia y los vuelve indiferentes, e incluso hostiles, hacia las ideas narrativas con una visión religiosa del mundo.

«¿CÓMO DEBEMOS VALORAR LA REPRESENTACIÓN DE LA CREENCIA Y LA FE DESDE UN PUNTO DE VISTA ESTÉTICO, MORAL Y TEOLÓGICO?»

Aun con todo, la tesis de Paul Elie se sostiene. A excepción de algunas representaciones puntuales y camufladas de la experiencia religiosa en la ficción norteamericana contemporánea —en la obra de Marilynne Robinson y, también, aunque con matices, en los textos de Toni Morrison, Don DeLillo, Cormac McCarthy, David Foster Wallace y otros—, a los grandes escritores modernos no les interesa afrontar la experiencia humana en toda su amplitud, tal y como la vive la mayoría de los lectores. «Si uno piensa, como yo, que recurrimos a la literatura para comprendernos a nosotros mismos y nuestro lugar en el mundo, entonces el concepto de fe no será verdaderamente comprendido hasta que los escritores importantes se hayan pronunciado», expone. Y concluye: «Por eso seguiremos persiguiendo una literatura de la fe».

Si uno busca, con toda seguridad encontrará en el pasado esa literatura creyente, lo que explicaría por qué tantos de estos exploradores regresan a sus ejemplares ajados de Flannery O'Connor en lugar de adentrarse en los estantes de «Novedades y recomendaciones» de Barnes & Noble. De hecho, si se le preguntara a un dependiente por algo de narrativa contemporánea moralmente seria, es probable que acabara recomendando al superventas del The New York Times David Shields.

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EL PROFETA DEL YO

Sofisticado, ambicioso y encumbrado exponente de la sensibilidad ético-literaria de nuestra época, David Shields propone una visión narcisista hasta lo polémico y atea de un modo agresivo acerca de cómo y por qué la literatura debería importarnos; una visión fundada en el repliegue introspectivo y egoísta que sigue al rechazo de Dios y de la religión. Si Agustín veía la literatura como un medio para acrecentar el amor al prójimo y, en última instancia, a Dios, Shields nos exhorta a consumirla para aumentar el amor propio, porque nadie más importa. En su opera magna, Hambre de realidad: un manifiesto, escribe: «Así pues: no más maestros, no más obras maestras. Lo que quiero —en lugar de un Dios novelista— es un autorretrato en un espejo convexo».

El libro atrajo miradas y se hizo con la admiración de medios como The New Yorker, The Atlantic, The Wall Street Journal o The Guardian. De hecho, cerca de treinta publicaciones lo incluyeron en sus listas de mejores libros del año. La crítica, unánime, consagró a David Shields como una suerte de nuevo profeta literario. «Estados Unidos está perdiendo la fe en sus ficciones, y Hambre de realidad expone de manera convincente las pruebas del crimen», ponderaba un crítico, anticipando casi a la perfección —aunque sin jeremiadas— la queja que después pondría sobre el tapete Paul Elie. Otro reseñista predijo que «el libro de Shields devendrá una especie de biblia para la próxima generación de creadores culturales». Al mismo tiempo, un tercero aseguraba, con un entusiasmo casi febril, que la obra «ya se ha convertido en lectura obligatoria en ambientes universitarios, con ejemplares que pasan de mano en mano como si fueran una cadena clandestina de crack».

¿Qué es lo que hace que David Shields resulte tan atractivo para críticos y lectores contemporáneos y —a juzgar por su éxito en las universidades— también para los futuros escritores? Creo que su magnetismo reside en que encarna la figura de la rata de biblioteca atea preocupada por las cuestiones éticas. Es un provocador culto hasta el extremo y una especie de evangelizador caótico de fe literaria ferozmente antitradicionalista: una literatura que privilegia la no ficción sobre la ficción, la fragmentación sobre la unidad, el yo sobre el resto; que prefiere el desencanto, la franqueza y lo mundano a lo verdadero, lo bueno y lo bello. Una literatura que reafirma nuestra mortalidad terrenal como nuestra única identidad, nuestra única certeza.

Shields explica este pensamiento en Hambre de realidad, una obra compuesta por 618 argumentos aforísticos destinados a sostener los dos motivos principales por los que, en su opinión, como lectores, deberíamos abandonar nuestra anticuada fe literaria. Primer punto: la ficción es una herramienta demasiado coherente y ordenada para reflejar —ni siquiera afrontar— quiénes somos y cómo experimentamos hoy la realidad. Vivimos tiempos donde la verdad es fluida y escurridiza; se presenta en fragmentos despiezados que cada uno debe recomponer, porque solo podemos creer en aquello que hemos construido nosotros mismos o en aquello que nos haga obviar una construcción previa.

El libro de Shields ejemplifica, tanto en su forma como en su fondo, el argumento que pretende defender. Se trata de un collage hiperautoconsciente, compuesto a partir de citas y premisas abiertamente robadas de una interminable variedad de fuentes.

«SI AGUSTÍN VEÍA LA LITERATURA COMO UN MEDIO PARA ACRECENTAR EL AMOR AL PRÓJIMO Y, EN ÚLTIMA INSTANCIA, A DIOS, SHIELDS NOS EXHORTA A CONSUMIRLA PARA AUMENTAR EL AMOR PROPIO» 

La segunda razón por la que, dice Shields, debemos abandonar nuestra fe en la ficción es que constituye una prueba inquietante de una fingida cripto-fe en Dios. Seguimos dependiendo de la capacidad del novelista para crear un cosmos habitado por figuras inteligibles en términos morales y regido por normas reconocibles de lo correcto y lo incorrecto, del bien y del mal, todo ello bajo el gobierno de una inteligencia omnisciente. Esa dependencia, sostiene, debe ser superada para que podamos encontrar por fin formas de escritura —como el propio Hambre de realidad— que, frente a la autoridad narcotizante de la novela, nos ayuden a enfrentarnos a la verdad árida y fundamental de toda vida humana, resumida en esta afirmación: «La órbita final es uno mismo. ¿Quién puede calcular la órbita de su propia alma?».

Shields puede —o al menos intenta— ofrecernos un ejemplo de lo que implica ese cálculo en su libro más reciente, titulado con acierto How Literature Saved My Life (2013). Desde las primeras páginas deja clara la cuestión de fondo que guiaba tanto su obra anterior como la nueva: «En ausencia de Dios Padre, todo pierde valor. La vida carece de sentido. ¿Cómo seguir viviendo cuando la vida ha sido vaciada de significado?».

Shields reconoce lo que está en juego: la nulidad y el nihilismo que, en última instancia, definen una existencia sin Dios. Desafía a sus lectores a acompañarlo en lo que él considera un ateísmo valiente: «Para muchas personas del siglo XXI postrascendental, la muerte no es una puerta hacia la eternidad, sino un hecho biológico brutal. Fin. Todo termina ahí. Todos los dioses se han dormido o agonizan. Somos un saco de huesos. Todos los mitos están vacíos. La única valentía reside en lanzarse al naufragio, en bailar y llorar en el abismo».

Pero la vida del autor aún no ha acabado, ni tampoco la de quienes lo leen; así que, en el entreacto, ¿qué se supone que debemos hacer? David Shields espera que busquemos la salvación depositando nuestra fe —por lo demás, inútil— en nosotros mismos y en nuestras listas de lectura, igual que ha hecho él.

«La escritura como religión», propone de pasada, casi a modo de koan; una idea que el libro desarrolla más adelante, cuando recomienda 55 obras por las que «pone la mano en el fuego», es decir, aquellas que testimonian su convicción final: «Deseaba que la literatura mitigara la soledad humana, pero nada puede hacerlo. La literatura no nos engaña en esto, y por eso resulta crucial».

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NO ESTAMOS SOLOS

Toda mi existencia de profesor, crítico y novelista —además de un lector voraz desde siempre, casado con otra lectora de toda la vida, mientras criamos una camada de bibliófilas en ciernes—, da testimonio de una convicción que comparto con Shields: la literatura es esencial. También coincido con él en que no puede apaciguar la soledad humana; pero, más allá de eso, nuestras perspectivas dejan de converger.

«DEBEMOS MOSTRAR, EN LOS LIBROS QUE ESCRIBIMOS, ENSEÑAMOS Y CRITICAMOS, POR QUÉ CONVIENE PRESERVAR NUESTRA FE EN LA FICCIÓN»

En la medida en que puede revelar la plenitud y la extensión de la experiencia humana, en la medida en que nos demuestra que nuestra vida interior y nuestra experiencia del tiempo y de los acontecimientos han sido creadas por amor y para el amor, la literatura no miente. Da testimonio de la verdad última de la existencia humana: que, al final, no estamos solos.

El reto para quienes, como Paul Elie, yo mismo y tantos otros, concebimos la literatura desde una sensibilidad religiosa, consiste en no ceder ni un palmo de terreno a David Shields y a sus acólitos. Debemos mostrar, en los libros que escribimos, enseñamos y criticamos, por qué conviene preservar nuestra fe en la ficción. Pero no podemos hacerlo solo para nosotros mismos.

En otras palabras, el desafío que le corresponde a los lectores de sensibilidad religiosa consiste en aparcar por un tiempo a Flannery O'Connor y compañía y dar un salto de fe hacia la ficción contemporánea. Por cierto, señor Paul Elie, ¿cuándo se publica su novela?

Randy Boyagoda es escritor y dirige el departamento de Inglés de la Universidad Metropolitana de Toronto. Es autor, entre otras, de las novelas Original Prin, Dante's Indiana y Lords of Serendipity.

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