Un grito puede ser origen o ruptura. En Berro, la compañía Nova Galega de Danza transforma ese impulso primario en una pregunta escénica: ¿cómo bailar Galicia hoy? Desde el Teatro Gayarre de Pamplona, siete artistas viajan de la niebla a la luz para intentar responderla.

Quarks, neutrinos y electrones. Lo más indivisible del universo conocido. Unidades radicalmente aisladas, como esa primera bailarina. Nace de entre la bruma atlántica que espesa la sala entera del Teatro Gayarre de Pamplona. En ese vacío blanco, la bailadora, galleguiña, surca el espacio de forma espasmódica y pixelada, con movimientos robóticos. Primarios. Atómicos. Puntillismo y, ante todo, soledad. El conjunto traslada al espectador a un espacio-tiempo donde el individuo vive huérfano. Aunque poco a poco entran seis bailarines, con ellos se multiplica el aislamiento. Todos van descalzos, vestidos con un mono aterciopelado de tonos plateados y reflectantes, como de cuarzo. De pronto, suena un campanilleo despertador y ocurre el milagro: dos manos se unen. Con tacto. Comienza el viaje hacia el encuentro.

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«Aunque poco a poco entran seis bailarines, con ellos se multiplica el aislamiento.»

Aquí, ahora, los cuerpos adoquinan el camino en esta expedición. Buscan el nosotros que define a los pueblos. Los gallegos, ¿quiénes son? ¿Desde cuándo y hasta dónde? Las preguntas avasallan Berro, la última pieza del grupo Nova Galega de Danza, con la que celebran sus veinte años en activo. Su director, el coreógrafo ferrolano Jaime Pablo Díaz, rescata la cuestión arquetípica de la identidad regional mezclando lo contemporáneo con tintes folclóricos de su tierra. Los bailarines chasquean los dedos y miran al cielo. Alzan los brazos y evocan a las aspas de los muíños, los molinos que daban nombre y ritmo a los días de labor. La muiñeira, aparte de la danza popular más representativa de Galicia, es el cuerpo que recuerda un tiempo compartido y una energía aunada.

La pieza es un vaivén en el que a menudo es fácil perderse. El espectador, casi a la fuerza, se sumerge en un complejo proceso emocional y cognitivo: si no frecuenta el arte moderno, puede estamparse contra una narración coreográfica aparentemente críptica. Asombra, entretiene. Pero los movimientos se repiten, insisten y reclaman atención, intención. El humo vuelve a cubrir el escenario y la obra solo se intuye tras las sombras proyectadas a contraluz. Se oyen pisadas y jadeos que deshechizan a los asistentes. Los gestos se reiteran hasta rozar el ritual. Perturban. No cesan.

 

En ese punto donde confluyen la atracción y el rechazo, el cansancio se reconoce desde escena y por las butacas. Es ahí, en ese espejo de nuestros días, afanosos y agotadores, donde el público vislumbra algo revelador. Al fondo, en la única pared blanca como decorado, se abre una rendija de luz; un consuelo, quizás. De la comunión de los espíritus exhaustos brota un «nuevo idioma». Cuenta Díaz a la cadena SER que, para idear de cero ese lenguaje, el grupo tuvo que vaciar la mente por completo. Volver a la raíz para reconstruir, viviendo —y, a veces, sufriendo— esa transformación en carne propia.

La génesis de ese habla original surge como cualquier otra: con un grito, un berrido. Un berro que ni desgarra ni alerta. Igual que el de un recién nacido, mana de dentro: es un llamado a las almas. Durante la coreografía ideada por el israelí Sharon Fridman, los bailarines acuden al reclamo céltico y estrenan un diálogo con aturuxos, esos gritos fuertes, agudos y prolongados que animan a los bailarines en las fiestas populares.

UN GRITO, UN BERRIDO. UN BERRO QUE NI DESGARRA NI ALERTA. IGUAL QUE EL DE UN RECIÉN NACIDO, MANA DE DENTRO: ES UN LLAMADO A LAS ALMAS.

En el grito, la realidad se concreta y aparece ella: la Tradición. Se personifica en una de las bailarinas. De nuevo, sola; esta vez, sobre una plataforma giratoria. Alrededor se asoman sus compañeros, que sostienen unas piezas de ropa. Comienza la ceremonia final. Avanzan hacia ella con pasos lentos, lentísimos, larghissimi. Cubren su uniforme nacarado con faldas, un mandil y una camisa de mangas abullonadas. La coronan con un pañuelo. Va toda de blanco, como una novia de porcelana. O un fantasma. La Esperada aguarda inmóvil a que terminen de engalanarla. Hacen que dé vueltas sobre sí y el escenario se convierte en una caja de música. Qué delicada y vulnerable se la ve. La Vestida podría haberse quebrado en mil pedazos, haberse desintegrado hace tiempo. Y sin embargo, ahí está. Ante el público. Lista.

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Hacen que la bailarina central dé vueltas sobre sí y el escenario se convierte en una caja de música.

Berran las gaitas y oxigenan el espacio. Ella recoge ese aire. Llena los pulmones. ¿Gritará? No. Tampoco danzará. Ya no más. Ha ido creándose, bailándose, durante esta travesía en búsqueda de la identidad. Ella, la Gallega, ha vuelto y, por fin, por ahora, descansará.

 

FICHA ARTÍSTICA

  • Bailarines: Inés Vieites, Estefanía Gómez, Alba Cotelo, Laura Santamariña, Ricardo Fernández, Iván Villar, Jaime Pablo Díaz.
  • Dirección: Jaime Pablo Díaz.
  • Dirección Artística: Sharon Fridman.
  • Música: Sergio Moure de Oteyza.
  • Coreografía: Sharon Fridman y bailarines NGD.
  • Escenografía: Ikerne Giménez.
  • Iluminación: Sharon Fridman y Dani País.

un legado que no calla

En sus veinte años de trayectoria, el grupo Nova Galega de Danza ha presentado ocho espectáculos: Dique (2024), Credo (2022), Leira (2020), Son (2016), Dez (2013), Tradicción (2008), Engado (2006) y Alento (2003). Berro se estrenó en 2023 para conmemorar las dos décadas de la compañía de danza. Desde entonces, ha estado de gira por España; y en abril de 2026, se ha llevado a Paraguay, sin planes próximos de volver a representarla en la Península. La obra ha obtenido cuatro candidaturas en los XXVII Premios Max de las Artes Escénicas (2024): Mejor espectáculo de danza, Mejor coreografía, Mejor diseño de vestuario y Mejor intérprete masculino de danza para Iván Villar.

tradición en presente

Quien salga del Gayarre con el berro todavía en el cuerpo, puede encontrar un eco en Atlas de anatomía humana, de Paula Quintana: danza contemporánea que hurga en el flamenco bastardo hasta descubrir qué parte de ese lenguaje folclórico —heredado, aprendido, peleado— es realmente suyo. A fecha de publicación, el espectáculo está de gira por España.

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