De día, la noche: los eclipses que vienen

Dos niños miran un eclipse con gafas de protección en 2017.

Dos niños miran un eclipse con gafas de protección en 2017.
Durante los próximos tres años, la península ibérica se volverá el lienzo de un fenómeno astronómico asombroso: un trío de eclipses que pintará los cielos y revelará cuán misterioso puede llegar a ser el universo. Más allá de la perfecta alineación geométrica entre el Sol, la Luna y la Tierra, el trío de eclipses conjura la ciencia que revela sus misterios, la conmoción sensorial de quienes lo viven y la profunda huella que sus sombras proyectan sobre la conciencia humana, la cultura y el arte.
En Nuestro Tiempo hemos escogido este eclipse como una ocasión especial para lanzar nuestro primer reportaje sonoro. En colaboración con la Unidad de Cultura Científica de la Universidad de Navarra hemos creado Una hipótesis, un pódcast para el guau, el eureka y el ajá. Puedes escuchar el episodio de estreno, «El eclipse», aquí.
El 29 de junio de 1927, una mujer subió a un tren con rumbo a Yorkshire con una idea fija. Era una mañana nublada, pero ella, como toda esa gente, tenía la esperanza de que el cielo despejara y poder ver uno. Un par de horas después, con un poco de suerte de su lado, su mundo se había sacudido:
«Entonces volvió a mirar hacia el azul: y rápidamente, muy muy rápido, todos los colores se desvanecieron; se volvió más y más oscuro, como al comienzo de una violenta tormenta; la luz se hundió y se hundió [...]. cuando, de repente, la luz se apagó. Nos habíamos caído. Se había extinguido. No había color. La tierra estaba muerta. Ese fue el momento asombroso; y al siguiente, como si una pelota hubiera rebotado, la nube volvió a teñirse de color, solo un color etéreo y fantasmal, y así regresó la luz. Tuve la fuerte sensación, cuando la luz se apagó, de una vasta reverencia; algo arrodillándose, agachándose y levantándose de repente cuando llegaron los colores… Lo que quedó fue una sensación de la comodidad a la que nos acostumbramos, de abundancia de luz y color [...]. ¿Cómo puedo expresar la oscuridad? Fue una caída repentina, cuando uno no se lo esperaba: estar a merced del cielo...».
Fue un eclipse. El eclipse total de 1927. La que firma estas líneas es la ingeniosa y revolucionaria escritora Virginia Woolf en El sol y los peces (1928). Más tarde usó aquella experiencia para darle vida a muchas de sus obras. El próximo 12 de agosto, una oscuridad caerá sobre gran parte de los cielos de España y se volverá de noche durante el día de millones de personas.
Más de un siglo después, el doctor Enrique Pérez Montero (Madrid, 1974), un investigador y astrofísico ciego del Instituto de Astrofísica de Andalucía, escucha las palabras de Virginia Woolf y no solo se siente identificado, sino conmovido. En conversación con Nuestro Tiempo comenta que nunca ha experimentado uno, y por eso espera con ansias vivirlo a su manera: busca registrar el cambio repentino en las corrientes de aire, el desplome de la temperatura sobre la piel, el silencio o el canto de la fauna y las sutiles variaciones en el eco de un entorno que se detiene.
¿Qué es lo que se aproxima? Un trío de eclipses ibérico: no uno, ni dos, sino tres eclipses solares que podrán contemplarse en la península durante tres años consecutivos. El próximo 12 de agosto, la Luna cubrirá por completo al Sol al atardecer y sumergirá al país en una noche repentina. Le seguirá, el 2 de agosto de 2027, otro que ofrecerá una oportunidad única de ver la majestuosa coronaCapa más externa de la atmósfera del Sol, visible durante un eclipse solar total. solar en todo su esplendor. Por último, el 26 de enero de 2028, la trilogía acabará con un eclipse anular. Este fenómeno ocurre cuando la Luna se encuentra en su punto más alejado de la Tierra y no logra cubrir el Sol por completo, y deja visible el famoso «anillo de fuegoEfecto visual que ocurre durante un eclipse solar anular. Se forma cuando la Luna se alinea exactamente frente al Sol, pero se encuentra en su punto más lejano de la Tierra.»: un resplandor que bordea la silueta oscura de la Luna y hace parecer que está en llamas. Mari Carmen Gascón (Zaragoza, 1954), directora de la Fonoteca Española de Poesía y apasionada por el cosmos, lo describe así a Nuestro Tiempo: «Aquella delgada línea que impide que la oscuridad sea absoluta. Lo que recordamos mantiene abierta una pequeña rendija por donde la luz puede regresar». Gascón, amante de la literatura y aficionada de la astronomía, ha enhebrado algunas metáforas para este reportaje, con las que intenta explicar las fases del eclipse.
Miércoles 12 de agosto de 2026 · 20.30 h
La franja donde el Sol desaparece
La sombra de la Luna entra por Galicia y sale por Baleares en poco más de seis minutos. Dentro de esa franja el Sol se apaga del todo; fuera, aunque sea a veinte kilómetros, no llega a desaparecer. Toca una ciudad para ver a qué hora le toca y cuánto le dura.
La sombra recorre en 19 segundos los siete minutos reales del eclipse, de las 20.27 a las 20.34 (hora peninsular). Con el zoom activado, el mapa se desplaza arrastrándolo.
«Las metáforas no son errores del conocimiento. Son instrumentos de exploración… De repente comprendemos algo difícil de expresar con ecuaciones: que las estrellas nos preceden, nos alimentan y continúan viviendo en nosotros…», explica Gascón. El último eclipse solar total visible en la España peninsular ocurrió en 1905; por eso este es un evento tan crucial para el país y, probablemente, la única oportunidad para que muchos lo presencien. ¿Por qué son tan infrecuentes? Lo que sucederá sobre nuestras cabezas será una alineación astronómica ideal: la Luna se interpondrá exactamente entre el Sol y la Tierra durante la fase de Luna nueva (cuando la cara lunar iluminada queda de espaldas a nuestro planeta). Al encontrarse en esta posición, la umbraParte central y más oscura de una sombra, donde la luz queda bloqueada por completo. de la Luna se proyectará sobre la Tierra. Otra condición indispensable es la distancia entre los cuerpos celestes, la cual permite que el diámetro aparente del Sol sea igual o menor que el de la Luna, logrando así el bloqueo total de la luz.
El eclipse se podrá apreciar por la tarde, siempre que las condiciones meteorológicas lo permitan. Alrededor de las 19:30 del 12 de agosto comenzará a verse cómo la Luna cubre parcialmente al Sol y ciertos cambios se percatarán alrededor. «Todavía no es paz. Ya no es guerra completa. Es esa región incierta donde la sombra y la luz negocian el espacio», continúa Gascón. Acto seguido, allí donde caiga el manto de la noche, sucederá la totalidadFase de eclipse total en la que la Luna cubre completamente el disco solar visto desde la Tierra.. Algunas comunidades autónomas, como Castilla y León, La Rioja y Aragón, gozarán de una totalidad de más de un minuto y medio; un suspiro que, sin embargo, puede sentirse eterno. «Durante la totalidad parece que llega la noche. Pero la del eclipse no es verdadera. Su poder consiste precisamente en hacernos olvidar que la luz sigue existiendo detrás», añade Gascón. Otras comunidades, como Asturias, Galicia y el País Vasco, tendrán totalidades más breves, de alrededor de un minuto. Debido a su ubicación geográfica, solo verán una fase parcial.
Este fenómeno irá avanzando con los minutos hasta llegar a la totalidad cerca de las 20:30, justo al mismo tiempo que el atardecer. Según la experiencia personal del astrofísico y diseñador español Jorge Pérez-Gallego (Zaragoza, 1980), «el Sol se cubre, se hace oscuro y se ven las estrellas. De repente está más fresco, los animales piensan que se hace de noche y el ruido de fondo cambia. Todo eso uno lo siente con sus sentidos… también es magnífico cómo este tipo de experiencias van a tener una significancia muy grande a nivel personal», cuenta en una entrevista con Nuestro Tiempo mediante videollamada.
En el transcurso de estos casi dos minutos, cuando la Luna esté posicionada con exactitud frente al Sol, un crepúsculo pintará los cielos de la península ibérica. Además, se podrá apreciar la corona solar: esos rayos que irradian por los bordes de la Luna como ondas de calor son, en realidad, el plasma más caliente del Sol. La astrónoma y divulgadora científica Beatriz Varona (Burgos, 1987) cuenta que es una de las zonas más estudiadas de este astro y que un eclipse como este es el único momento en que se pueden apreciar a simple vista, sin usar ningún tipo de telescopio o tecnología avanzada. La corona solar es la atmósfera más externa del Sol y puede alcanzar temperaturas de entre uno y tres millones de grados centígrados. «No sabemos muy bien por qué esta diferencia de temperatura, por qué la corona solar es tan caliente», explica Varona. En comparación, la fotosferaCapa visible del Sol y otras estrellas, considerada su superficie luminosa. ronda los 5500-6000 °C
El eclipse de este año, para muchos científicos, será apenas un experimento para el siguiente, el 2 de agosto de 2027, que pasará por el sur del país y se apreciará en su máxima totalidad en Ceuta, Melilla y el norte de África, y en zonas de Andalucía como Cádiz y Málaga. Un científico que se está preparando para este eclipse es Pérez-Gallego, que colabora con el Instituto de Astrofísica de Canarias y la Universidad Politécnica Mohamed VI en Marruecos. Argumenta que el eclipse del próximo año será el más memorable de nuestra generación, ya que su totalidad durará alrededor de seis minutos y se presentará en una zona en la que rara vez hay nubes. Por eso, dentro de unos días estarán en Palencia haciendo prácticas para el proyecto North African Telescope Eclipse (NATE). En este proyecto buscan desarrollar alrededor de diez eventos de divulgación científica, ciencia ciudadana y talleres educativos para niños.
Lunes 2 de agosto de 2027 · 10.50 h
La sombra vuelve por el Estrecho
Un año después, la totalidad regresa a España por el extremo sur: casi toda la provincia de Cádiz, buena parte de la de Málaga, el sur de Granada y Almería, Ceuta y Melilla. Esta vez ocurre a media mañana, con el Sol alto, y dura mucho más: 4 minutos y 48 segundos en Ceuta. En el resto del país el eclipse será parcial, pero en ningún punto bajará del 70 % de oscurecimiento.
La sombra recorre en 19 segundos los once minutos reales de su paso por España, de las 10.43 a las 10.54 (hora peninsular). Con el zoom activado, el mapa se desplaza arrastrándolo.
El NATE es un proyecto que combina ciencia ciudadana, educación y divulgación para el estudio de la corona solar durante los eclipses de 2026 y 2027. Busca involucrar a los ciudadanos con científicos, estudiantes y voluntarios en todo Marruecos para operar diez telescopios idénticos. Estos equipos registrarán de forma coordinada la corona solar para luego crear una reconstrucción de la secuencia del eclipse, y así generar datos sobre la dinámica del plasma y los campos magnéticos solares. Una vez finalizado el proyecto, se donarán todos los telescopios a comunidades locales para seguir impulsando la educación y astronomía.
Hay acontecimientos para los que no estamos preparados y nos transforman. Al doctor Jorge Pérez-Gallego le sucedió al contemplar el eclipse del 21 de agosto del 2017 en Estados Unidos y delante del Guernica de Pablo Picasso. «Cuando contemplas un eclipse, o cuando estás frente al Guernica, ocurre algo difícil de explicar: es un wow de emoción y un ajá de comprensión. Es ese instante en el que todo encaja, en el que todo hace clic, y entiendes que aquello es mucho más que la suma de todas las partes que te habían explicado». Fue como si, al haberlo presenciado, hubiera visto la obra de Picasso pintada en los cielos.
Muchos esperan experimentar ese ajá al ver un eclipse total por primera vez: ese instante en el que todo cobra sentido. Entre ellos se encuentra Oswaldo Felipe (Zaragoza, 1980), actor y astrofotógrafo amateur: «¿Dormir? Eso es para cuando las nubes nos dan una tregua. La noche del eclipse de 2026 no es una noche cualquiera, es un evento de resistencia creativa… Para mí, será una transición continua: paso de la intensidad del eclipse, donde la luz se apaga, a la danza silenciosa de las Perseidas, donde el cielo empieza a chisporrotear. Es el festival astronómico definitivo». Las Perseidas, también conocidas como Lágrimas de San Lorenzo, son una lluvia de meteoritos que decora los cielos de España todos los años en una noche cercana a la fiesta del mártir. Está asociada al cometa 109P/Swift-Tuttle y se produce cuando la Tierra, en su recorrido anual, atraviesa la corriente de escombros y polvo que el cometa va dejando en su órbita. Cuando entran en contacto con nuestra atmósfera, se van desintegrando y generan el efecto visual de la lluvia de meteoritos. Según el Instituto Geográfico Nacional, este fenómeno astronómico es uno de los más fáciles de predecir y también de contemplar, ya que suele producir entre 50 y 100 meteoros por hora.
Los segundos en donde el eclipse mostrará su máximo resplandor son oro para un fotógrafo como Felipe, que lleva meses preparándose para captar y, sobre todo, dejarse sorprender por el evento celestial: «Tengo intención de montar un mínimo de tres equipos, con distintas focales, pero que estén bastante automatizados para que me permitan vivir el momento. Captar por un lado el paisaje con un gran angular. Otro equipo con 500 mm de focal para captar los detalles, probablemente otro telescopio de unos 1200 mm y alguna cámara de vídeo».
Uno de los problemas más grandes de ver o de fotografiar un eclipse es el daño permanente que puede causar a la retina, ya sea viéndolo directamente o a través de un lente. El doctor Manuel Saénz de Viteri, especialista en Oftalmología de la Clínica Universidad de Navarra, advierte de algunos efectos que podría causarle al ojo desnudo ver un eclipse: «Cuando miramos al Sol sin protección, el cristalino, es decir, el lente natural del ojo, actúa como una lupa que concentra la luz sobre el área más importante de la retina, la mácula, responsable de la visión central y de detalle». Por esta razón, es peligroso mirar directamente el sol durante tanto tiempo, ya que el ojo puede llegar a quemarse. Es imprescindible tener consigo unas gafas certificadas ISO 12312-2, citadas por la NASA como referencia para la observación solar segura, ya que establecen un filtro apto para mirar el Sol. Sin ellas, el daño puede ser irreparable, comenta el doctor Saénz.
Al doctor Enrique Pérez Montero le diagnosticaron retinosis pigmentaria, un grupo de enfermedades genéticas raras que provocan la degeneración progresiva de la retina. Eso ocurrió a finales de los 90, a sus 25 años, cuando estaba comenzando su doctorado. No había mucha investigación al respecto y los médicos no estaban seguros de si quedaría completamente ciego. A pesar de todo, decidió seguir con su tesis, ya que la astronomía e investigación le apasionaba. «Fue un periodo muy lento, progresivo, entre el momento en el que me diagnosticaron y el momento en que perdí la vista por completo pasaron quince años durante los cuales pude desarrollar mi carrera científica, encontrar mi camino, demostrarme a mí y a los demás que podía valer para esto y, sobre todo, encontrar las adaptaciones necesarias para seguir haciendo ciencia sin poder ver».
Primero perdió la capacidad de ver de noche y el baile cósmico que antes solía presenciar al anochecer. Luego fue la visión periférica: su campo de visión se fue cerrando poco a poco. «Mi perspectiva en ese momento era sobre todo pensar que tenía que aprovechar el momento lo máximo posible ante la sospecha de que, cuando dejara de ver, tendría que abandonar la investigación. No obstante, pude ir averiguando las maneras de adaptar las nuevas tecnologías y apoyarme en muchísima gente que me ayudó a prosperar», cuenta a Nuestro Tiempo. Pérez Montero avanzó como investigador, pero también aprendió a relacionarse y contribuir a la ciencia de una nueva forma: a través de lenguajes de programación e imaginando nuevas formas de hacer ciencia. «Cuando perdí la vista y me di cuenta de que podía seguir trabajando, fue un momento de satisfacción plena —cuenta Pérez Montero—, incluso me lancé a escribir un artículo científico yo solo para demostrar que yo podía ser así».
Aunque no es su objeto de investigación, el doctor Enrique Pérez Montero espera con ansias experimentar el ajá del eclipse a su manera. Mientras el resto de los aficionados y curiosos buscan un espacio entre las nubes para ver el eclipse, el doctor Pérez Montero está dispuesto a escuchar el fenómeno. Sí: Pérez Montero ha desarrollado su propia forma de darle sonido al cosmos al traducir el eclipse en secuencias de datos y asignarle una frecuencia a cada variación de luz. El oído revela lo que una foto fija oculta: la evolución del astro en tiempo real. Además, lo hace accesible para todos en su proyecto Astroaccesible de la mano del Instituto de Astrofísica de Andalucía. Para él, esta tecnología es una forma de diseño universal que demuestra que la astronomía moderna está compuesta de números y matrices, y no solo de imágenes, y que el sonido es el canal más preciso para captar cómo cambia el universo segundo a segundo.
Pérez Montero sostiene que codificar datos no es solamente una herramienta para volverla accesible, sino también una potencial revolución en la investigación astrofísica: «El tacto da información acerca de su distribución en tres dimensiones, algo que las imágenes en 2D no pueden transmitir. Si somos capaces de codificar muy bien lo que el sonido y el tacto transmiten, se pueden convertir en métodos muy poderosos que complementen a la imagen. El sonido nos da información acerca de la evolución de los astros, dado que tenemos mayor capacidad para resolver temporalmente variaciones en el cambio de un sonido».
En agosto, muchos tendremos la gran suerte de poder ver el cielo y contemplar cómo se apaga y el resto del mundo se enciende. «Vivimos rodeados de metáforas. No son adornos del lenguaje ni recursos de los poetas. Son la arquitectura secreta de nuestra percepción. La metáfora es uno de nuestros instrumentos más importantes para tratar de entender parcialmente lo que no se puede entender en su totalidad», explica María Carmen Gascón. Además de contemplar, también estará el pensar, sentir, escuchar, meditar, comparar.
«Tuve la fuerte sensación, cuando la luz se apagó, de una vasta reverencia; algo arrodillándose, y agachándose, y levantándose de repente, cuando llegaron los colores. Volvieron de forma asombrosamente ligera, rápida y hermosa en el valle y sobre las colinas —al principio con un brillo milagroso y una etérea luminosidad, después casi con normalidad, pero con una gran sensación de alivio. El color, durante unos instantes, fue de lo más encantador —fresco, variado—: aquí azul, allá marrón; todos colores nuevos, como si hubieran sido lavados y repintados. Fue como una recuperación. Habíamos estado mucho peor de lo que esperábamos. Habíamos visto el mundo muerto…».
Así lo describió Virginia Woolf en 1927. Un siglo después, esa misma sensación de recuperarse atravesará nuestros paisajes y el quedarse fascinado no será solo para quienes miren hacia arriba, también brotará en aquellos que escuchen a los animales desconcertados, o en quienes sienten un escalofrío recorrerles la nuca por el cambio de temperatura. El eclipse será único e irrepetible para cada uno de los que logren disfrutar de él. Porque cuando el Sol se oculta a plena tarde, el universo nos recuerda que la luz no solo se mira; el cosmos se vive y se siente con todo el cuerpo.
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