'De Senectute'

5 de noviembre de 2026 4 minutos

Ignacio Uría Biografía

Ignacio Uría (Gijón, 1971) es historiador, periodista y profesor de la Universidad de Alcalá. Estudió Derecho en la Universidad de Navarra y fue editor de Nuestro Tiempo de 2012 a 2018. Colabora con distintos medios en la sección de política internacional. Ha publicado cinco libros y dos centenares de artículos de opinión y divulgación histórica. Lector omnívoro –con predilección por el ensayo y la poesía–, le apasionan el cine, la conversación y los viajes en Vespa, con la que ha recorrido media Europa y el norte de África. 


«Me gusta lo viejo. Al rey Alfonso X, el Sabio, también le gustaba. Por eso aconsejó a sus nobles: “Quemad viejos leños, leed viejos libros, bebed vinos viejos, tened viejos amigos”»

No comprendo Madrid. No entiendo su nervio, ni el bullicio permanente ni por qué hay sirenas a todas horas. De ambulancia, digo. La intensidad madrileña me abruma y prefiero la calma de Zamora al atardecer o el rumor nocturno del Cantábrico. En Celorio, sin ir más lejos. Madrid es chispeante y joven, acelerada, intensa. Llena de oportunidades que jamás aprovecharé —tardeo en Ponzano, microteatro tailandés…—. Por tanto, si no me adapto, es que envejezco. ¿Será eso? Será.

Otro síntoma del paso del tiempo es que me duelen las rodillas. O que hago ruidos al levantarme del sofá, como para darme impulso. También, que he vuelto a comprar vinilos. De Hombres G, por ejemplo, o de The Cars. Me encanta el crujido optimista de la aguja al posarse sobre el disco. Me recuerda a mi padre y su pasión por la música. Él, que empezó a trabajar con trece años, descubrió bien pronto que había un mundo ahí fuera. Se lo enseñó el cine en el Brisamar, y la música en Radio Gijón.

Todo eso suena viejo, pero me gusta lo viejo. Al rey Alfonso X, el Sabio, también le gustaba. Por eso aconsejó a sus nobles: «Quemad viejos leños, leed viejos libros, bebed vinos viejos, tened viejos amigos». Más allá de mis dudas sobre la autoría, esta orden regia contiene verdades ocultas.

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La madera vieja quizá represente lo muerto y al arder —como en la noche de san Juan— se esfumen las cargas del pasado para comenzar otra etapa, más serena. Una segunda vida a otro ritmo, sin urgencias ni miedo a perderse algo (fomo, ay, lo llaman). Dicho sin acritud, me encanta que otros se diviertan, incluso con selfies en el 360º Rooftop Bar, piso 27, y gente guapa por doquier. Ahora bien, donde esté un buen mus a cuatro reyes con la cuadrilla de siempre, en Denia o en Guissona… Viva la libertad, carajo.

Vuelvo al mandato alfonsino. Los libros viejos, los clásicos, nos hablan con voz nueva de sabidurías antiguas. De historias que resuenan en nuestro interior como si ya las hubiéramos vivido. Por ejemplo, De senectute, de Cicerón, breve tratado sobre la dignidad de la vejez. O Borges, tan mayéutico, que pensaba que la verdad residía en el alma. Sobre ella, Pessoa afirmó con cara de Ricardo Reis: «Todo vale la pena cuando el alma es grande». Hay que darle la razón: la magnanimidad es una virtud de valientes, sobre todo, aquella que nos empuja a olvidar las ofensas. «Pasar por encima de las cosas, perdonar aunque cueste». Me lo dijo un hombre curtido al preguntarle por el secreto para mantener una familia unida.

El buen rey Alfonso consideraba el vino viejo como símbolo de la madurez. Ese vino que envejece en su barrica a la espera de ver la luz tras años en silencio y oscuridad. Esperar, qué gran enseñanza. Los que hicimos la EGB esperábamos mucho. Había que esperar a que la leche hirviera (sin perder ojo al cazo, eso sí), esperar para ver el siguiente capítulo de Sandokán, esperar dos horas de digestión antes de bañarte. «Todo le llega al que sabe esperar», decía Teresa de Jesús —santa— y mi madre, ídem. En el plano material, teníamos pocas cosas nuevas, así que tocaba heredar. La infancia de los años setenta (y más) lo heredaba casi todo: la ropa, los libros de texto, «la» bicicleta (una BH granate o una Orbea blanca) y, si eras futbolero, unas botas negras de tacos «como las de Quini». Qué gran invento tener hermanos, capaces de darte un capón justo antes de elegirte para su equipo de fútbol callejero.

Finalmente, viejos amigos. Compañeros de una vida con los que compartir el Waloyo Yamoni de Christopher Tin, canto africano que pide a Dios la llegada de la lluvia, siempre la lluvia. O el Amazing Grace, himno insuperable si lo interpreta The Tabernacle Choir con acento mormón.

Amigos en los que descansar y darse la razón mutuamente. Amigos con los que confesarse y a los que escuchar sus confesiones. Amigos con los que beber un buen vino, mientras arde la leña y hablamos de libros.

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LA PREGUNTA DEL AUTOR

¿Es la vejez un tiempo perdido o se puede vivir con intensidad?

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