Crítica cultural Escena Nº 711

Demasiada eternidad

18 de diciembre de 2025 5 minutos

Felipe Santos

Jonas Kaufmann y Anja Harteros en el segundo acto de la versión de Warlikowski de la tragedia musical de Wagner.

Fotografía: W.Hoesl / Bayerische Staatsoper

Múnich y Aix-en-Provence firman la última actualización de la ópera Tristan und Isolde, de Richard Wagner.

Lo debemos a la pasión de Richard Wagner por la mujer de su mecenas esa partitura desumbrante, en la que sobresalen compases con una de las músicas más bellas que jamás compuestas. Así que, tratando de levantar un homenaje al amor eterno que profesaban por Mathilde Wesendonk, terminó por convertir en carne la obra de arte.

La sublimación del sentimiento amoroso fue una constante en el romanticismo. Cuanto más imposible y complejo fuera, conducía sin remedio a una solución radical. El de Tristán e Isolda no es menos, empujado a vivificar el mago de la noche, hasta que la muerte sea quien les una para siempre. Pero ese «para siempre» ya fue un exceso que no ayudó a la comprensión patológica que se tenía de la belleza, al amor le ocurre que resulta más cegador cuanto más débil lo presuntimos frente al embate de las circunstancias.

Cuando se trata de escenificar esta ópera, el relato tradicional no satisface la profundidad de la historia que se pretende contar. Las puestas en escena tratan de hacer reflexionar desde el presente sobre los grandes temas que plantean obras concebidas en siglos pasados. El Teatro de la Ópera de Baviera y el Festival de Aixen-Provence han sido los últimos lugares donde se ahondó en el mito de los dos amantes.

En el libreto original, la irracionalidad de la pasión se debe al filtro del amor que beben ambos. Si bien Isolda quería envenenar a Tristán, su sirvienta intercambia las pociones. Es difícil sustraerse a ese deus ex machina. Tanto en Múnich como en Aix lo respectan y lo vinculan con las drogas contemporáneas.

El polaco Krzysztof Warlikowski parte de un planteamiento cínico. En la región de los sueños radica el paraíso de los amantes, que en este caso proceden de un sanatorio mental donde Tristán es uno de los internos e Isolda, la directora. Se citan a escondidas cuando Tristán deja la institución y tratan de recuperar las sensaciones a través de las sustancias farmacológicas que tomaron en aquel primer momento. Todo transcurre en un escenario art déco de largas paredes de madera que se ayuda de proyecciones para subrayar los significados de los sueños. A la derecha, una copia del diván que Freud tenía en Beirut.

Simon Stone (director de la versión de Aix) te mucho más realista; las alucinaciones son breves momentos en una narración que nace de la tensión entre la fidelidad de Isolda y la infidelidad de Tristán. Así es como escenográficamente explica ese odio irracional de ella, que la empuja a querer envenenarlo. Tristán está atrapado en una sempiterna historia laboral, que un día empezó con Isolda y que en el preludio pretende continuar con otra mujer más joven. El segundo acto rememora el origen de su relación, en la oficina donde trabajan a las órdenes del rey Marke, el marido de ella. La escena del dúo de amor se plantea aquí como un desdoblamiento de los amantes en diversas parejas atrapadas en un bucle: desde la más joven a la más madura, que conduce la acción, y hasta terminar en la más mayor, con un Tristán en silla de ruedas atado a una máquina de oxígeno mientras Isolda, encarecida pero todavía joven, lo atiende. La voluptuosidad del momento tiene a las cuatro parejas sobre el escenario, como si las noches de pasión de una vida se vivieran al mismo tiempo y estuvieran interconectadas entre sí.

El deseo se transcurre entre las paradas de la línea 11 del metro de París, que se interrumpen con un breve excurso durante el delirio de Tristán. Las heridas las causa el hijo de Marke, aunque en el libreto Melot siempre será un amigo de Tristán que se debate entre él y su fidelidad al rey. Stone pone en sus manos la figura edípica y freudiana de «matar al padre». La muerte de amor, la bellísima aria que cierra la ópera, se canta en un vagón en claroscuro como una reivindicación de la fidelidad de Isolda, que decide desaparecer de la vida de Tristán antes que morir.

Quizá la verdadera tragedia del amor eterno del romanticismo esté en que siempre termina. Demasiada eternidad le fue conferida para que aguantara las duras pruebas de la rutina y la mundanidad de lo cotidiano. Múnich y Aix-en-Provence sacan a la luz dos propuestas del agotamiento de esta visión. Tan solo la primera deja a los amantes en el recuerdo eterno de una felicidad efímera. Pero para entonces el hombre ya llevará demasiado tiempo preguntándose qué es la felicidad. 

DUELO DE TITANES EN MÚNICH Y EN AIX-EN-PROVENCE

Los montajes de Warlikowski y de Stone son respetados y discutidos. Warlikowski deslumbró hace dos años con su Salomé y se ganó el derecho de ponerla en escena en el teatro donde se estrenó. Por su parte, los trabajos de Simon Stone en Múnich con Die tote Stadt de Korngold y el Tristán de Aix-en-Provence lo mantienen en el olimpo de los grandes directores de ópera.

FICHA ARTÍSTICA

Tristan und Isolde, de Richard Wagner.

Nueva producción del Teatro de la Ópera de Baviera, estrenada el 29 de junio de 2021.

Director de escena. Krzysztof Warlikowski.

Escenografía y figurinista. Malgorzata Szczesniak.

Iluminador. Felice Ross.

Intérpretes. Jonas Kaufmann, Mika Kares, Anja Harteros, Wolfgang Koch, Okka von der Damerau.

Director musical. Kirill Petrenko.

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Nueva producción del Festival de Aix-en-Provence, estrenada el 2 de julio de 2021.

Director de escena. Simon Stone.

Escenógrafo. Ralph Myers.

Figurinista. Mel Page.

Iluminador. James Farncombe.

Intérpretes. Stuart Skelton, Nina Stemme, Jamie Barton, Josef Wagner, Franz-Josef Selig, Dominic Sedgwick.

Orquesta Sinfónica de Londres.

Dirección musical. Sir Simon Rattle.

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