Opinión Vagón-bar Vínculos Longevidad
Me gusta que mis pasajeros se duerman cuando conduzco. Lo considero una muestra de confianza que agradezco. Por eso, cuando ocurre, extremo el cuidado y la delicadeza en las maniobras, evito cualquier brusquedad que pueda despertarlos y dejo de acelerar en las curvas. Que se duerman, además, añade otra ventaja: el silencio.
Es imposible conducir atento en medio de una discusión entretenida o densa. Te despistas. Unos sentidos embotan otros, aunque a veces los potencian. Pero, en general, si hablas no escuchas; si escuchas pensando en lo que vas a decir, no escuchas; y si hablas y escuchas, ves peor. Por supuesto, dejas de prestar atención al paisaje, pero también al entorno más cercano, donde anidan todos los peligros.
Ocurre en otros ámbitos: las muchas horas de pantallas terminan por espesar la realidad inmediata. Como en los cuadros malos, los colores de la vida y los del exceso virtual se empastan de tal manera que diluyen contornos y perspectivas, ya no sabe uno dónde está, y las decisiones más importantes le vienen precocinadas, listas para el consumo, porque ahorran el trabajo de pensar. «Tampoco hay por qué razonarlo todo», dijo alguien en la tele a un interlocutor que le desmontaba con argumentos una idea peregrina.
La mejor representación de ese empaste quizá sea la feísima imagen del Ecce homo de Borja, supuestamente restaurada, que se aleja mucho del original y del modelo: resulta imposible reconocer en ese manchurrón un Cristo destrozado por los golpes, la flagelación y las espinas.
Conté en otra parte que dos alumnos me reconocieron su incapacidad para estudiar sin ver a la vez una película. Un tercero admitió que se pasa el día en TikTok, incluso mientras se ducha. No me pregunten cómo lo hace, porque no quise saberlo. Me lo dijeron con naturalidad, pero en sus ojos se leía una cautela, un recelo: miedo al reproche, quizá a la bronca. Me limité a mostrar un escándalo natural, que me salió muy bien porque respondía a la realidad. Quizá por eso se me da de maravilla hacerme el tonto.
Ni recurriendo al dopaje se me hubiera ocurrido jamás que alguien necesitara ver una película o el capítulo de una serie para concentrarse en los apuntes. Pero esa explicación me dieron. Más que razones impostadas, ya digo, me parecieron ideas empastadas.
Tampoco hay que hacerme caso, porque escribo bajo los efectos de los días en los que se ha publicado y comentado, casi con saña, el informe PISA. Ignoro por qué en España nos extrañamos tanto de la pérdida de competencias de comprensión lectora, tan decisivas. Aunque me sorprende infinitamente más, casi me irrita, que nadie se detenga en otro hecho: desde que el informe empezó a publicarse en el año 2000, la brecha entre alumnos y alumnas se ha ido ampliando en favor de las chicas. Tanto ellas como ellos empeoran con pertinacia, pero ellos embarrancan. Supongo que no hay un discurso para esto —de medidas, ya ni hablamos, claro— por motivos ideológicos o de corrección política. Es decir, por incapacidad para ver o por miedo. Confío en las madres: sé que no dejarán a sus hijos en la estacada.
El empaste, como se advierte, no es solo cosa de la visión adolescente. También a los mayores se nos empastan colores y objetos. Parece seguro que el consumo exagerado y pasivo de pantallas daña la capacidad cognitiva. Nos avería la mirada y, con la pérdida de visión, vienen las otras mermas de sobra sabidas: la capacidad de pensar y decidir con prudencia. Por eso recuerdo ahora que, cuando internet amanecía, Alejandro Llano escribió aquí mismo que, ante aquello cuyos efectos no se controlan o no son previsibles, conviene apuntarse a la sobriedad. Es el mismo consejo de León XIV a propósito del recurso a la inteligencia artificial. La sobriedad ayuda a evitar el efecto Ecce homo: una confusión de contornos y colores, sin profundidad, sin rostro.
