
Muriel Spark
Blackie Books, 2023
192 páginas
21 euros
El esplendor de la señorita Jean Brodie es un artefacto casi perfecto cuyo mecanismo funciona tan bien que parece que no existe: nada de frases largas ni de alardes sintácticos, solo narración pura, de la familia de Hemingway, con una textura propia que no se parece a nada. Elegancia en el sentido exacto: elegir sin que se note. La traducción de Laura Ibáñez fluye en castellano con esa misma naturalidad.
Solo por ese estilo merecería Spark un sitio en el Olimpo del siglo XX, pero hay más: no baja el listón ni en el tiempo, ni en la trama, ni en los personajes, ni en los símbolos. El tiempo, por caso: aunque da la impresión de ser una historia lineal, la voz narradora salta de 1930 a 1943 sin avisar. El lector descubre, como de pasada, que tal alumna morirá a los 23 años, y ahí se queda uno con el destino a cuestas. Parece la narración cronológica de seis niñas de un colegio de Edimburgo; es, en realidad, un laberinto.
En el centro está la señorita Jean Brodie, uno de los grandes personajes de la novela contemporánea: nunca se sabe qué pensar de ella. Maestra progresista para los años treinta, feminista, y a la vez fascista exquisita, devota de Mussolini y luego de Hitler y Franco. Culta, cruel, entregada a sus alumnas, religiosa a su manera: abraza todas las confesiones salvo la católica, que juzga cosa de mentes pequeñas. Sobre todo, está en su esplendor —en su prime, diríamos ahora— y lo sabe. Ese es el tema, y de él depende la cronología entera: no los años treinta, sino el apogeo de Brodie, que empezó y acabó sin que sepamos cuándo.
Es, además, una novela muy política: feminista, y una crítica feroz del fascismo entendido como religión de Estado que aspira a regir los destinos individuales. Pero, más hondo, es una revancha contra el dios de Calvino y su predestinación, y una reivindicación de la libertad y de la gracia, que obra también a través de lo incomprensible y de lo malo. No por azar Sandy, la alumna que traiciona a Brodie, acaba monja católica y autora de un tratado, La transfiguración de lo cotidiano: su polo opuesto y, a la vez, su hija más fiel.
Dicen que Greene y Waugh la leían y la admiraban, y resulta fácil creerlo. Lo inexplicable es que, en este vigésimo aniversario de su muerte, no la estemos celebrando por todo lo alto.




