
F. Scott Fitzgerald
Alianza Editorial, 2016
256 páginas | 10,90 euros
El periodo de entreguerras del siglo XX fue artísticamente fecundo. Se arrinconaron moldes pasados —la Guerra que sepultó 1918 propagó desavenencias con una cultura que se veía agotada— y se dispararon las novedades y el buscar ansiosas transformaciones. Casi todos los mejores modelos de narrativa contemporánea occidental se publicaron en esas fechas, entre 1918 y 1939. Un caso imborrable es El gran Gatsby (The Great Gatsby, 1925), o Gatsby el Magnífico, del estadounidense F. Scott Fitzgerald. Una novela sobresaliente. No le ha beneficiado el cine. Las pantallas sí captan los derroches de lujo y de riquezas, el despliegue atractivo de hermosura, pero no tanto las dimensiones de fatalidad y tragedia que engendran las casualidades. Tampoco cómo se derrumban los hechos hacia la catástrofe. Hollywood apenas suele subrayar la verdadera capacidad de amar de unos personajes ni el nada elegante egoísmo de otros. Ninguna película ha reflejado la sutileza sublime de la última página del capítulo octavo, por ejemplo. Ni siquiera Francis Ford Coppola, que ideó apresuradamente un guion en los años setenta.
Consciente de estar escribiendo un libro, el narrador, Nick Carraway, originario del Medio Oeste, graduado en Yale y veterano de guerra, se traslada a Nueva York para vender productos financieros. Alquila una casa no muy grande en una zona residencial de Long Island. Vive al lado de una opulenta mansión propiedad de un millonario misterioso: Jay Gatsby. Este acaudalado vecino ofrece fiestas fastuosas y multitudinarias el verano de 1922, cuando Nick va a cumplir treinta años. Del indescifrable pasado de Gatsby será confidente Carraway. Una pariente suya, Daisy Buchanan, casada con un antiguo compañero de estudios, va a ser la llave del tesoro y del enigma. En ese tesoro arcano brillan y se quitan luz la sospecha y la misericordia, la falsedad y el altruismo, el estrago del carpe diem y las apariencias, el desmoronamiento del sueño americano y su dinero, el amor inalcanzable y el desprecio del corazón. Y el estilo de Fitzgerald. La valiente traducción de Ramón Buenaventura (para Alianza Editorial) roza lo irreprochable.




