
Alain Corbin y Hervé Mazurel
Acantilado, 2026
128 páginas
16 euros
Cuando la escritora estadounidense Susan Sontag intentó comprender el fenómeno camp, en el ecuador de los años sesenta, percibió un bache: la sensibilidad de una época es su aspecto más decisivo y, al mismo tiempo, el más inarrestable. Una cosa es registrar sucesiones de hechos, o evoluciones de creencias, pero ¿cómo trazar una historia de la angustia, del miedo, del amor, de la piedad? Ese punto de partida lo retoman Alain Corbin y Hervé Mazurel, ambos investigadores de la Sorbona. Su Historia de las sensibilidades declara intenciones. Intenciones fuertes.
«Frente al mundo —citan de Le Breton—, el hombre nunca es un ojo, una oreja, una mano, una boca o una nariz, sino una mirada, una escucha, un tacto, una gustación o una olfacción, es decir, una actividad». Recordar esa condición es imperativo, casi urgente. En los tiempos que corren, la neurología reduce las emociones a meros sarpullidos fisiológicos, y los estructuralistas, a construcciones sociopolíticas. Ni lo uno ni lo otro. El historiador, sugieren Corbin y Mazurel, debe sortear la tentación del pensamiento dualista. Escuchará silencios y verá resquicios, abolirá las fronteras (artificiales) entre humanidades y ciencias, unirá cuerpo y espíritu, emoción y cognición: «Todo puede convertirse en fuente, a condición de saber extraer del documento la verdad que lo organiza».
El grueso del volumen lo componen ensayistas plegados a esta trinchera inspiradora. La investigadora Sarah Rey relata «el poder de las lágrimas» en la Roma antigua. Todos los héroes clásicos aparecen llorando. El emperador que no llorara en público era calificado de insensible e impostor. Ellos sabían distinguir entre clementia y misericordia. Entre lacrimula, lacrima y fletus. Entre ululatus feminarum, infantium quiritatus y clamorus uirorum. Existía un universo de matices y de sutilezas.
Damien Boquet, profesor en Marsella, expande la indagación a la Edad Media. «Monje», según la acepción de san Jerónimo, significa «el que llora». ¿Qué fueron los monasterios sino intensos epicentros emocionales? A través de sus lágrimas conversaban con Dios.
Experta en la percepción del clima, Anouchka Vasak salta siglos y estudia la explosión de diarios íntimos, «barómetros del alma», después del Siglo de Las Luces. En ellos, el sujeto moderno se observa, se interroga, se hace consciente de sí mismo. «Mi niebla y mi buen tiempo se hallan en mi interior», clama Pascal en sus cuadernos. Las metáforas meteorológicas abundan, quizá como reflejo de inestabilidad y cambios violentos.
Clémentine Vidal-Naquet, investigadora de la Primera Guerra Mundial, escudriña las correspondencias escritas durante aquel desastre. Aunque la sombra de la muerte tiñe las misivas, la mayoría de mensajes aborda lo cotidiano. En la separación forzada, aquello ejerce de bálsamo.
Hacia el final del libro, Corbin y Mazurel retoman la palabra. Debaten. Meditan. Impulsan a plasmar esa «historia subterránea, nocturna y profunda». A ir más allá. A no disociar lo indisociable: la lucha por conocer. A defender que las emociones conforman la cultura, y la cultura a las emociones. Negar esa complejidad es desistir.




