
Christopher Nolan con el director de fotografía, Hoyte van Hoytema, durante el rodaje de La Odisea.
La odisea de Christopher Nolan ha batido récords de taquilla a nivel mundial. El cineasta británico-estadounidense lleva al extremo su apuesta por la materialidad de un cine que quiere crear una experiencia inmersiva para adaptar el poema de Homero, una historia sobre el regreso a casa que, en el fondo, lleva contando toda su carrera.
«La película no está terminada hasta que el público la ve. La audiencia, en cierto modo, me da su visión y me dice lo que ella es. Por eso, para mí, la experiencia no concluye hasta el estreno», se sinceraba Christopher Nolan (Londres, 1970) en el canal del periodista Hugo Travers. El director acababa de estrenar La odisea, su adaptación del mito fundacional del retorno de Ulises a Ítaca al terminar la guerra de Troya.
Ha sido su primera película grabada completamente con cámaras IMAX. En la entrevista, explicaba que «es la imagen de mayor calidad jamás inventada», ya que el «celuloide percibe el mundo de una manera muy similar a como lo hace el ojo humano». Estas cámaras, nacidas a finales de los años 60, proporcionan una experiencia más inmersiva del cine a través de una imagen con mayor superficie y resolución, con un formato de 70 mm que permite captar con la lente una cantidad de información superior a la de la película de 35 mm, utilizada comúnmente. Nolan se enamoró de este formato mientras era niño y veía documentales en el cine del Museo de la Ciencia e Industria de Chicago. «Te permite tomar al público y sumergirlo en el universo de la película, y transportar a la audiencia a esos lugares y a esas situaciones», afirmaba el director.
Los fans que acudieron, a partir del 17 de julio, a las salas IMAX —en España hay 7 salas en formato digital, pero ninguna en 70 mm— a ver La odisea experimentaron la inmersión de la que habla Nolan. Su última entrega se ha convertido en la película más taquillera de la historia de la productora Universal, con más de 1700 millones de dólares recaudados. Trece títulos y dos premios Óscar después, el cineasta angloamericano pertenece al grupo de realizadores que tienen el privilegio de ser libres para trabajar con amplios presupuestos y sin imposiciones de las productoras. Su apuesta por la fascinación de la experiencia se mantiene intacta, como cuando era niño y grababa vídeos con su cámara Super-8.
Christopher Nolan nació en Londres el 30 de julio de 1970. Su padre, Brendan, se dedicaba a la publicidad y coincidió con cineastas como Ridley Scott, Adrian Lyne y Alan Parker. Su trabajo le exigía viajar continuamente, tanto a Estados Unidos como a África y al sudeste de Asia. En Chicago, conoció a Christina, su futura esposa, que era azafata en la aerolínea United Airlines.
Primero vino Matthew, luego Christopher y después Jonathan, o Jonah, como le dicen en casa —y junto a quien ha colaborado en Memento (2000), El truco final (El prestigio) (2006), El caballero oscuro (2008), El caballero oscuro: la leyenda renace (2012) e Interstellar (2014)—. Vivieron su niñez en Londres, con un intervalo de tres años en Chicago, junto a esporádicas visitas a su abuela materna en Ohio.
La primera película que recuerda haber visto Christopher fue Blancanieves y los siete enanos (1937). Su memoria está marcada por la materialidad de la vivencia: el terror causado por la reina malvada, esconderse detrás del asiento y ser parte de una audiencia, como cuenta al periodista James Bell. En otra ocasión, en una visita veraniega a su abuela, asistió a un pequeño cine suburbano, donde vio La guerra de las galaxias (1977), meses antes de que se estrenara en Inglaterra, cuando apenas tenía siete años. La fascinación del cine lo embargó; la volvería a ver hasta doce veces en una sala. Meses después, su padre lo llevó al reestreno de 2001: Una odisea en el espacio (1968), en el Teatro Leicester Square de Londres (en 70 mm, como La odisea). Según recoge el libro-entrevista de Tom Shone, The Nolan Variations (2020), el ver pasar la Discovery, cada una de las tomas realizadas con miniaturas, le resultó «profundamente fascinante»: «Sentir esa increíble sensación táctil de aceleración a través de esas imágenes, de esa luz y ese sonido», le dijo al periodista Josh Horowitz en 2023. Sin embargo, la epifanía vocacional llegará un poco más adelante, de la mano de Ridley Scott.
A los ocho años la familia Nolan se mudó a Chicago, a la zona suburbana de Evanston. Su padre le regaló su cámara Super-8, con la que empezó a realizar sus primeras grabaciones en el sótano de su casa, inspirado por La guerra de las galaxias y el programa científico sobre astronomía Cosmos: un viaje personal. Al volver a Inglaterra, con once años, sus padres lo matricularon en el internado católico Barrow Hills. «Mientras la familia iba y venía de una orilla a otra del Atlántico, su hogar serían las películas», escribe Shone. En la residencia del director del internado, en un VHS pirateado, vio por primera vez Blade Runner (1982) y, posteriormente, Alien (1979). Cuando cayó en la cuenta de que ambas pertenecían a Ridley Scott, se le encendió una luz: «Diferentes guionistas, diferentes actores, esos elementos que, de niño, asocias con la esencia de las películas; todo era distinto, pero había un vínculo, y ese vínculo era el director. Recuerdo haber pensado: “Ese es el trabajo que quiero”», confiesa en The Nolan Variations.
El primer día en el University College de Londres, vio, a través del pasillo, a su futura mujer y productora, Emma Thomas, que ha sido también su compañera profesional desde entonces y con quien tiene cuatro hijos. Así lo narró a Thomas Shone: «Vivíamos en la misma residencia de estudiantes [...]. Tras conocernos en la UCL, dirigimos juntos el cineclub; allí fue donde desarrollamos nuestra pasión compartida por el celuloide: el montaje en película y la proyección en 35 mm. Era algo que nos encantaba hacer juntos». Cuando no estaba en la Sociedad de Cine y Televisión de la Unión de Estudiantes, grabando cortometrajes y escribiendo guiones, Nolan se dedicaba a sus estudios de literatura inglesa y llenaba su imaginación de las historias clásicas de Homero y Virgilio y de autores modernos como T. S. Eliot y Jorge Luis Borges.
Tras graduarse, en 1993, Nolan empezó a trabajar como operador de cámara para Electric Airwaves, una productora de vídeos corporativos en Londres. Mientras tanto, seguía realizando cortometrajes, como Larceny, que salió a la luz en el Cambridge Film Festival en 1996, o Doodlebug, en 1997. Ese mismo año se casó con Emma y al siguiente publicaron juntos Following (1998), su primer largometraje, un neo-noir independiente, que tuvo críticas positivas y ganó premios en festivales como el de Rotterdam, Newport y San Francisco.
Dos años después, Emma presentó la propuesta de Memento a Newmarket Films, que aceptó producirla e incluso distribuirla —antes varias distribuidoras estadounidenses la habían rechazado—. La película, inspirada en un relato de su hermano Jonah —y que la crítica ha relacionado con el cuento de Borges, Funes el memorioso—, narra, de forma no lineal, la historia de un hombre con amnesia que utiliza fotos y tatuajes para investigar al asesino de su esposa. Fue un éxito en taquilla y consiguió las nominaciones al mejor guion original y al mejor montaje en la 74.ª edición de los Óscar.
En 2001, el matrimonio fundó la productora Syncopy, con la que Nolan ha trabajado desde entonces. Tras el éxito inicial y por dirigir a Al Pacino en Insomnia (2002), Warner Bros. lo contrató para ponerse al frente de Troya (2004). Finalmente, le encargaron el film a Wolfgang Petersen, en reparación por la cancelación de su proyecto de Batman v. Superman. Para no dejar a Christopher con las manos vacías, le encomendaron la nueva trilogía de Batman y él aceptó.
En medio de la trilogía de El caballero oscuro, que recaudó más de 2400 millones de dólares, Nolan dirigió El truco final (El prestigio) (2006), la historia de la rivalidad entre dos magos, protagonizada por Christian Bale y Hugh Jackman, y Origen (2010), que le valió su primera nominación a mejor película en los Óscar. La cinta cuenta la historia de un criminal que, a través de sueños inducidos, debe implantar una idea en el subconsciente de una persona, lo que le permitirá volver a casa, con sus hijos.
Interstellar (2014) es su odisea espacial. Con la música de Hans Zimmer, los efectos prácticos, el uso de cámaras IMAX, la aplicación de las teorías de la relatividad del tiempo y el espacio, y la biblioteca de Babel de Borges, se ha convertido en uno de sus títulos más reconocidos en la cultura popular. Aunque no rechaza el uso de imágenes generadas por ordenador (CGI), Nolan tiene preferencia por los efectos prácticos: efectos especiales producidos físicamente, sin acudir a otras técnicas de posproducción. «Por muy versátil que sea, el CGI me resulta un tanto convencional. Creo que, si buscas algo con garra —si quieres que las imágenes transmitan cierta sensación de amenaza—, necesitas poner algo real ante la cámara; el resultado es mejor», señala el director en una entrevista con Wired.
La recaudación de Interstellar superó los 783 millones de dólares, incluidos estrenos y reestrenos. Al dirigirla, Nolan sintió como si «volviera a casa»: las grabaciones de las naves espaciales se parecían a las de su infancia con la Super-8. Así lo cuenta en The Nolan Variations: «Uno de los amigos con los que solía hacer estas películas, Roko Belic, vio el tráiler, me llamó y dijo: “Son prácticamente los mismos planos, porque se trata de tomas clásicas con cámara montada”. Intentamos que pareciera absolutamente real, pero era más o menos lo mismo».
En 2017, dirigió Dunkerque: narrada desde tres perspectivas temporales y espaciales (una semana en la playa, un día en el mar y una hora en el aire), trata de la evacuación de las costas de Francia por el Ejército británico, de vuelta a las islas —a casa—, con la ayuda de barcos civiles, al tiempo que sufren los bombardeos de la Luftwaffe. En ella, el director buscó captar el realismo de la guerra a través del uso de Spitfires reales, con cámaras IMAX pegadas con cinta adhesiva a sus alas.
En Oppenheimer (2023), toma como punto de partida el libro Prometeo americano (2005) de Kai Bird y Martin J. Sherwin, y Cillian Murphy encarna al científico que desarrolló la bomba atómica. Aquí, Nolan prescindió por completo de las imágenes generadas por ordenador, incluso para recrear la prueba Trinity, que el equipo construyó a partir de explosiones reales filmadas y superpuestas. Con esta cinta llegaron sus dos primeros Óscar —después de acumular ocho nominaciones a lo largo de su carrera—, a la mejor película y al mejor director. Así, con las dos estatuillas en el bolsillo y tras más de veinte años de carrera, el cineasta británico-estadounidense se embarcó en una travesía con la que llevaba años soñando.
Para su adaptación de La odisea, basada en la traducción de Emily Wilson, Nolan empleó 91 días de grabación, muchos de ellos en mar abierto, y utilizó más de seiscientos kilómetros de cinta. Nolan apostó por filmar en mar abierto porque, según explicó a Empire, «al abrazar la materialidad del mundo real en el rodaje, influyes de hecho en la forma de contar la historia de maneras interesantes». El objetivo era transmitir la autenticidad de la edad de bronce y que el espectador se viera inmerso en el mundo que narra Homero, tal como le explica a Hugo Travers.
Para Nolan, La odisea es una historia fundacional que «contiene todas las historias», como explicó a la revista Empire. También, quizá, las suyas. Igual que los personajes de Origen plantan una idea en el sueño de alguien para que germine en convicción, Homero parece haber sembrado la filmografía de Nolan mucho antes de que se atreviera a adaptarlo. Es como si todas sus películas apuntaran hacia ella. El crítico Paul Emmanuel Enicola lo desarrolla en su ensayo «Exile, Guilt, and the Long Way Back to Ithaca: Christopher Nolan's Obsession With Home». Ya sea Memento —un intento fallido de volver—, Insomnia y la angustia de la culpa, Batman regresando a Gotham, Cobb y los sueños de regresar a casa con sus hijos en Origen, Cooper anhelando volver a la habitación de su hija en Interstellar o los soldados ingleses en la costa de Francia en Dunkerque, el tema clave de La odisea está ahí.
Ahora, al contar el mito original del retorno a Ítaca, enfrentando al Cíclope, a Circe, a las sirenas y a los demás monstruos, bajo la atrapante música del compositor Ludwig Göransson, Nolan ha dado su adaptación personal del relato de Ulises, culpable de la guerra, de romper la ley de Zeus y en búsqueda de algún tipo de redención. Los temas de La odisea resuenan en el imaginario colectivo porque hablan de verdades que permanecen: «Ha fascinado a generación tras generación durante casi 3000 años [...]. Este género de historias sobre el regreso al hogar es, en realidad, un género atemporal», afirma en su conversación con Travers.
Respecto a su propio hogar, Nolan lo tiene claro: su Ítaca es su familia, pero también las películas, como le enseñó Al Pacino mientras grababan Insomnia. La redacción del guion, el set, los actores, el manejo de las cámaras, su equipo de producción, los efectos prácticos y la composición de las tomas en la posproducción y la compañía constante de Emma y de sus cuatro hijos, que trabajaron juntos en La odisea. «Rodar una película es difícil», le reconoció a Travers: «Pero si puedes hacerlo con gente a la que quieres, se convierte en una forma de hogar en sí misma. Es esa sensación de estar en casa».
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