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La novela española en el siglo XXI: algunas señas de identidad (Parte I)

8 de julio de 2026 30 minutos

Adolfo Torrecilla

Fotografía: Ondrej Bocek en Unsplash

En 2001, después de que el atentado contra las Torres Gemelas decretó el inicio del siglo XXI, Adolfo Torrecilla se atrevió a analizar en Nuestro Tiempo los rasgos de la novela española desde la muerte de Franco. Un cuarto de siglo después, ya inmersos en la era de la inteligencia artificial, el crítico literario repite el ejercicio para nuestras letras de 2001 a 2026.

Transcurrido un cuarto del siglo XXI, puede ser un buen momento para radiografiar la situación de la novela española en estos años, tal y como hice en 2001. No resulta fácil porque todavía es pronto para llegar a conclusiones tajantes sobre sus rasgos y características, y para hacer una foto de cuáles son los escritores y escritoras que merecen destacarse.

La lista de autores actuales —extensísima, inabarcable— está en sintonía con la ingente cantidad de títulos que se publican todos los años. Se trata de un análisis limitado e incompleto: se centra casi de manera exclusiva en la novela, en los diarios y en el periodismo literario, y deja fuera el relato breve, la novela juvenil, la poesía y el teatro. Pido perdón si me dejo a autores importantes en el tintero. Además, sé que este artículo contiene muchas valoraciones con las que, lógicamente, no hay por qué estar de acuerdo.

En los análisis sobre la novela del último tercio del siglo XX, se aprecia que, en su balance final, ha habido una drástica criba de autores, destacando aquellos que han aportado sobre todo calidad literaria, novedades técnicas y modos de narrar que han conectado con los temas literarios de siempre y con problemas y condiciones de la vida española en esas décadas. El resto, cientos, han quedado olvidados, y en muchas ocasiones tratados como fenómenos de temporada, con libros en muchos casos, cuesta decirlo, de «usar y tirar». En esos años, las últimas décadas del siglo XX, el contexto político, social y cultural fue determinante: la salida de una dictadura influyó, y mucho, en el desarrollo y las conclusiones que afectaron a la literatura. Esto lo explica muy bien el editor Enrique Murillo en su reciente libro autobiográfico Personaje secundario (Trama, 2025), entre otras memorias de editores destacados de esos años.

En el primer tercio del siglo XXI pocas cosas hay que subrayar de este contexto social y cultural, salvo la lógica evolución, con sus luces y sombras, de una sociedad democrática y cosmopolita. Socialmente, España ha entrado de lleno en la modernidad, asimilando formas y estilos de vida más europeos que, lógicamente, han tenido su reflejo en la literatura de todos estos años. Generalizando al máximo, pueden destacarse de estas décadas algunos rasgos, como el vaivén de los movimientos sociales, la inmigración y el multiculturalismo, el ecologismo, las cuestiones de género, la desaparición de ideologías totalizadoras, el nuevo tratamiento de las relaciones familiares, la destacada presencia de la mujer en todos los ámbitos (muy visible en el mundo editorial y literario), las sucesivas crisis económicas, la globalización, la pandemia, las guerras más mediáticas y peligrosas, los avances tecnológicos (el rol que tienen ahora internet, el libro digital y los audiolibros), etcétera.

La pluralidad de temas y de estilos, la variedad de argumentos y de tendencias en la novela española del último cuarto de siglo son tan numerosas que me resulta complicado destacar algunas líneas de fuerza. Como consecuencia de esta primera impresión, la máxima libertad en la forma y en el contenido, podemos resaltar la sensación de fragmentariedad que se respira, un rasgo, por otra parte, muy posmoderno.

Esto se manifiesta en los diferentes estilos y en la ausencia de ideologías dominantes —que fueron bien visibles en la segunda mitad del siglo XX—, aunque sí quiero destacar que, en la gran mayoría de las novelas contemporáneas, en sus mensajes existenciales y morales —y salvo las lógicas excepciones— se ha impuesto lo políticamente correcto: las ideas más de moda, que, con sus matices y sus delirios woke, están presentes en buena parte de la literatura de Estados Unidos, Europa y de muchos países hispanoamericanos.

«EN LA GRAN MAYORÍA DE LAS NOVELAS CONTEMPORÁNEAS SE HA IMPUESTO LO POLÍTICAMENTE CORRECTO»

No son pocas las novelas que, casi desde un único punto de vista, abordan cuestiones que tienen que ver con la crisis climática, el ecologismo, los problemas de salud mental y la ramificación de temas identitarios vinculados a las causas LGTBQ+ y al feminismo más combativo.

Muchas de ellas, por su tono de denuncia, desprenden tanta moraleja que acaban ahogando la calidad literaria, si la tenían. Cuando lo que predomina es la literatura, hay, sin embargo, buenas aportaciones, como la de Alana S. Portero en La mala costumbre (2023). También merece destacarse la literatura desgarrada y reivindicativa de Cristina Morales, que suele abordar estos temas muy de actualidad, especialmente en su novela Lectura fácil (2018), que tiene una provocativa portada contracultural en la que puede leerse «Ni amo, ni Dios, ni marido, ni partido, ni de fútbol». La sobredosis de moraleja invalida también a algunas novelas cuya prioridad es transmitir «valores positivos», como sucede con los libros de Albert Espinosa.

Una realidad desquiciada

Las cuestiones existenciales que aparecen en muchas novelas suelen ser más bien secundarias, epidérmicas, sin ir al fondo. En los protagonistas de estas historias que buscan un sentido se repiten fórmulas y estereotipos ya gastados, con frecuentes recursos y posturas «rebeldes» que suenan a prefabricadas y falsas. Las aportaciones pseudoexistenciales se reducen a una serie de inquietudes emotivas y sentimentales (y dietéticas) cercanas a los libros de autoayuda, cuando no se convierten en sustitutos de este género.

«LAS APORTACIONES PSEUDOEXISTENCIALES SE REDUCEN A UNA SERIE DE INQUIETUDES EMOTIVAS Y SENTIMENTALES CERCANAS A LOS LIBROS DE AUTOAYUDA»

A estas cuestiones de fondo, las respuestas que se aportan suelen ser individuales, minúsculas y parciales. Son, menos mal, las novelas menos interesantes. Muestran a personajes desorientados, que transmiten inseguridad en sus convicciones y cierta insatisfacción con los valores que propone la modernidad. Algunos autores vuelcan su rechazo a formas de vida imperantes incorporando a sus novelas ingredientes sociales, denunciando la precariedad, los problemas de vivienda, la inseguridad, el desmedido consumismo, las crisis económicas, la soledad, los agobios, sombras y sinsabores de la vida moderna.

Estos últimos temas, especialmente en sus cuestiones sociales, donde mejor se han abordado, en mi opinión, ha sido en la novela policíaca última, que suele describir una veraz radiografía de las zonas más oscuras del hombre y de algunas lacras sociales y humanas contemporáneas, como suele hacer en sus novelas Carlos Zanón, por ejemplo, y la serie protagonizada por Bevilacqua y Chamorro del escritor Lorenzo Silva.

La novela policíaca, el género más popular

En las últimas décadas, la novela policíaca se ha reinventado a sí misma y ha dado una vuelta de tuerca a sus temas, ingredientes y personajes, acertando a la hora de conectar con los lectores actuales. Los mejores títulos, por lo menos para mí, son los que han conseguido superar los límites de la intriga detectivesca y han acertado además a describir las luces y sombras —sobre todo las sombras— de la sociedad actual. Este componente social —que en algunos autores forma parte de lo primordial y en otros constituye más bien el escenario— es lo más atrayente en estos momentos de un género que, tal vez mejor incluso que las novelas más literarias, sirve para describir problemas políticos, situaciones de injusticia y para abordar cuestiones actuales como la inmigración ilegal, las drogas, la prostitución, la corrupción y la degradación social y política de parte de la sociedad occidental, con una aguda critica moral.

Curiosamente, dentro del género, también están teniendo bastante éxito las novelas denominadas cozy crime, con un trasfondo más amable y poco turbio, donde la resolución de la intriga se basa en el ingenio. La nómina de autores es larga y hay que reconocer que en este género destacan por lo general el nivel y la originalidad —aunque algunos escritores, tras acertar con su primera novela, le han dado a la manivela para programar y sacar al mercado periódicamente obras muy reiterativas—.

Autores de novela policíaca

Menciono, en primer lugar, a dos autores fallecidos, con buenas novelas policíacas, Domingo Villar (†2022), del que destaca La playa de los ahogados (2009), y Alexis Ravelo (†2023), con Un tío con una bolsa en la cabeza (2023). También cuentan ya con una sólida trayectoria Carlos Zanón, Lorenzo Silva, Dolores Redondo, Javier Castillo, César Pérez-Gellida, Berna González Harbour, Carmen Mola, Víctor del Árbol, Rosa Ribas, Sergio Vila-Sanjuán, Susana Martín-Gijón, Teresa Cardona, Esther García Llovet, Elia Barceló, Juan Carlos Galindo, José María Guelbenzu (†2025), Sonia Hernández, Pere Cervantes, Aitor Marín, Toni Hill, Reyes Calderón, Eduard Palomares, Manuel Marlasca, Claudio Cerdán, Custodio Pérez, Inés Planas, Benito Olmo y autores ya muy experimentados como Alicia Giménez-Bartlett, Andreu Martín, Justo Navarro, así como escritores que han brillado también en otros géneros como Arturo Pérez-Reverte (El problema final (2023) es un dignísimo homenaje a las novelas de Conan Doyle y Agatha Christie) y Rosa Montero. Dentro de este género encajan también los thrillers psicológicos, como los que escriben Mikel Santiago, Francisco Bescós, Óscar Beltrán de Otálora, Carlos García Miranda, Myriam Imedio, Santiago Díaz y Marcos Nieto Pallarés. Y aunque no sean propiamente policíacas, las novelas de Alberto Sánchez Piñol y las de Félix J. Palma combinan la irrupción de lo fantástico dentro de una narración muy de aventuras (y hasta de terror). Los autores españoles compiten en las librerías online o presenciales con autores extranjeros que han conseguido en España mucha difusión. Aquí podemos encuadrar también a la novela más vendida de 2025, La asistenta, de Freida McFadden, que se ha convertido en un fenómeno del que en breve asistiremos a uno de los peores vicios de la literatura actual: la apoteosis de los sucedáneos.

La variedad de la novela histórica

La novela histórica también cuenta con el favor del público. En ella se mezcla el entretenimiento y el interés por aprender el contexto histórico de una determinada época o hecho. Se trata de un género complicado, pues muchas veces las novelas que son escrupulosamente históricas dejan en un segundo plano los elementos literarios, y al revés: hay novelas muy literarias que son demasiado laxas con la verosimilitud histórica. El autor más prestigioso es, ahora mismo, Santiago Posteguillo, que se ha especializado en la historia de Roma, con novelas apasionantes y bien llevadas en las que el equilibrio entre lo histórico y lo literario está conseguido. También sobre Roma escriben Javier Negrete y Juan Torres Zalba, escritores sólidos los dos. La Edad Media suele ser escenario de muchas novelas, como en las de Jesús Sánchez Adalid. Asimismo, resulta muy atractivo de novelar el Siglo de Oro español y las aventuras del descubrimiento de América, aunque hay novelas históricas ambientadas en todas las épocas. Como novedad, hay que destacar el protagonismo femenino: se reivindica el mayor peso de la mujer en los acontecimientos históricos, aunque en ocasiones el afán reivindicativo lleve a perder rigor literario e histórico.

Autores de novela histórica

Son autores habituales de novela histórica Paloma Sánchez-Garnica, José Calvo Poyato, Ildefonso Falcones, Jorge Molist, Alejandro Núñez Alonso, Luis Zueco, Reyes Monforte, José María Zavala, Juan Eslava, Almudena de Arteaga, Marcos Chicot, Álber Vázquez, Gonzalo Giner, Toti Martínez de Lezea, Luis García Jambrina, Diana Gabaldón, Antonio Pérez Henares, María Gudín, José Javier Esparza, Ángeles de Irisarri, César Vidal, Sebastián Roa, Francisco Narla, Andrés Pascual, Yeyo Balbás, Miguel Aranguren, León Arsenal, Pedro Santamaría, Alfonso Goizueta, Ana Salamanca, Jesús Herrero Cabrejas, David Gómez, Ana Lena Rivera, Fernando Bonete, María José Rubio, Tony Gratacós y Chufo Lloréns (†2025). También es un género que suele frecuentar Arturo Pérez-Reverte; su última novela, con el regreso del capitán Alatriste, ha sido Misión en París (2025).

Escasa presencia de las inquietudes religiosas

A la novela española, que yo sepa, no ha llegado, como sí ha pasado en el cine y en algunas cantantes de éxito, el giro católico: la moda del contenido religioso desde una perspectiva cristiana y católica. Aunque en años anteriores sí ha habido novelas que, bajo la influencia de escritores como Paulo Coelho, han explotado una religiosidad heterodoxa, etérea, sincrética, new age, que promovía una espiritualidad sin Dios y a la carta.

Recientemente, en la prensa, a propósito de un artículo publicado en El Debate, ha habido un interesante intercambio de opiniones sobre la novela católica española, controversia que se ha basado en ejemplos prestigiosos que proceden de la literatura extranjera —como Evelyn Waugh y Flannery O’Connor— más que en modelos hispánicos, bastante escasos en la literatura contemporánea. Es una polémica compleja e interesante, que apunta también a la escasa presencia de valores cristianos en muchas de las novelas más leídas en estas décadas, aunque, por otra parte, conviene resaltar a algunos autores que aportan en sus libros una cosmovisión cristiana de la vida, como Álvaro Pombo, Juan Manuel de Prada, Carlos Pujol (†2012), José Jiménez Lozano (†2020), Pablo d’Ors, Natalia Sanmartín o Jesús Montiel.

Las inquietudes religiosas, desde un punto de vista literario, casi han desaparecido en la novela (no así en la poesía), y la reflexión existencial se reduce a la dimensión individual y sentimental donde hay poco margen para la experiencia de la religión. Más que religiosidad, hay una presencia de la Iglesia como referente sociológico, a menudo con tintes negativos, como suele ser habitual, por ejemplo, en novelas contemporáneas y en muchas históricas, donde lo cristiano y lo católico se deforma y retuerce con frecuencia con multitud de argumentos sobre la leyenda negra y la Inquisición, aunque aquí también hay excepciones, como las novelas de José María Zavala, Christian Gálvez, Jesús Sánchez Adalid, José Javier Esparza y María Gudín, entre otros.

Mucha autoficción y poco experimentalismo

En cuanto a la forma, especialmente a partir del éxito de Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas, se han puesto muy de moda la autoficción y las narraciones metaliterarias. Las novelas escritas bajo estas etiquetas ponen bajo sospecha la concepción autobiográfica, pues están a mitad de camino entre la verdad y la mentira de la literatura. Los autores que frecuentan este género deciden romper el «pacto autobiográfico» y el «pacto novelesco» con los lectores. Por eso es un género singular, fronterizo, que toma técnicas de la autobiografía, los diarios, las memorias, pero no son nada de esto. Tampoco son ensayos novelados, ni biografías. Y mucho menos son novelas con los ingredientes clásicos. En los últimos años se aprecian síntomas de cansancio de este recurso, del que quizás se ha abusado.

Abundan los géneros híbridos, pero sin excederse, es decir, sin convertir las novelas en artefactos radicalmente experimentales. Salvo Enrique Vila-Matas, que transita por un itinerario vanguardista y metaliterario muy personal, irrepetible, con novelas muy innovadoras como Bartleby y compañía (2000), la novela española se ha asentado en un realismo multiforme y polifónico de estructuras sencillas. Lo vanguardista quedó como un experimento demasiado minoritario y arriesgado de los años setenta del pasado siglo, aunque algunos de los integrantes de la llamada «Generación Nocilla», como Agustín Fernández Mallo, Vicente Luis Mora y Mario Aznar, han protagonizado un grupo de novelas que ha optado por la experimentación antes que por el manoseado realismo.

Un realismo conservador

El realismo dominante, con diferentes colores y matices (poético, intimista, sentimental, psicológico, social) está presente en los autores de más prestigio. La otra cara de este realismo es su deriva comercial, con la proliferación de los géneros más populares. Ya hemos resaltado el dominio de la novela policíaca e histórica; también habría que mencionar la novela rosa, el romance gótico, la ciencia ficción, el terror físico o metafísico, o la aparición de lo esotérico. Recientemente me ha llegado publicidad de una novela calificada como «gótica, vampírica, tropical».

Las indagaciones en las peripecias personales llevan también a la aparición de novelas que se detienen en la construcción vital de los personajes, con sus dosis de testimonio y de memoria familiar. A la hora de abordar sucesos del pasado, la guerra civil española sigue siendo el escenario preferido, con un maniqueísmo ideológico del que cuesta salir y que aún provoca, por desgracia, enconadas disputas y polémicas, como la que ha propiciado en 2026 el joven escritor David Uclés, autor de La península de las casas vacías, una original novela ambientada en estos hechos, pero que no consigue esquivar los tópicos; peor todavía: los explota. Como en el libro de Uclés, donde algunas escenas se narran desde la perspectiva del realismo mágico, también hay novelas contemporáneas en las que se mezcla lo fantástico con lo real y otras que cuentan con ambientaciones góticas y oscuras.

«LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA SIGUE SIENDO EL ESCENARIO PREFERIDO, CON UN MANIQUEÍSMO IDEOLÓGICO DEL QUE CUESTA SALIR»

Los autores mejor valorados

En estas primeras décadas del siglo XXI hemos asistido a la consolidación de algunos novelistas como referentes por su trayectoria.

Aunque sé que todo esto es discutible, y que faltan y sobran algunos nombres, los que cuentan con más reconocimiento son Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas, Luis Landero, Julio Llamazares, Álvaro Pombo, Enrique Vila-Matas, Ignacio Martínez de Pisón, Andrés Trapiello, Luis Mateo Díez, Fernando Aramburu, Cristina Fernández Cubas y Soledad Puértolas.

Pienso que las últimas novelas de Eduardo Mendoza están muy, muy lejos de lo mejor de su producción; de lo que ha publicado en el siglo XXI destacaría La aventura del tocador de señoras (2001), la tercera entrega de la serie de la que también forman parte El misterio de la cripta embrujada (1978) y El laberinto de las aceitunas (1982). Y dos autores fallecidos en el siglo XXI que mantienen su vigencia, Javier Marías (†2022) y Rafael Chirbes (†2015).

Estos escritores han tomado el relevo, más o menos, a los mejor valorados del final del siglo XX y que a día de hoy siguen manteniendo una presencia activa en el mercado editorial, como son Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé, Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Camilo José Cela, Ramiro Pinilla, Álvaro Cunqueiro y, entre otros, Francisco Umbral.

Autores mediáticos y de best sellers

Hay un asunto crucial: no se puede separar la literatura del mercado de los libros, y la verdad es que la literatura comercial ha impuesto sus reglas a toda la industria. No me extiendo ahora en el asunto porque le dedicaré la segunda parte de este artículo, pero pienso que, en estrecha relación con el mercado, hay que resaltar la omnipresencia mediática de algunos de los autores que más suelen aparecer en las listas de libros más vendidos. Por ejemplo, Arturo Pérez-Reverte, que lleva décadas siendo un autor de éxito frecuentando géneros populares.

«LA LITERATURA COMERCIAL HA IMPUESTO SUS REGLAS A TODA LA INDUSTRIA»

Luego están María Dueñas, Julia Navarro, el realismo tierno de Alejandro Palomas y las novelas policíacas de Juan Gómez-Jurado, Eva García Sáenz de Urturi, Dolores Redondo, María Orduña y Javier Castillo.

También aparece con frecuencia en estas listas Megan Maxwell, autora de otro filón de libros subterráneos, el género de la novela rosa-erótica. Se trata de un sucedáneo del best seller 50 sombras de Grey, de E. L. James, una serie de novelas que revolucionaron este género, mucho más activo de lo que pueda parecer. Un ejemplo: a principios de 2026 recibí un correo electrónico anunciando un curso de escritura romántica, organizado por la revista Cosmopolitan y Cursiva, la plataforma de e-learning del grupo Penguin Random House, que lleva por título «Taller de escritura para historias de amor (im)perfectas», en el que participan las escritoras Elisabet Benavent, Mercedes Ron, Violeta Reed, Rebeca Stones y Alba Zamora. Resulta sorprendente cómo este género sigue siendo el preferido de miles de lectoras en España y en todo el mundo. Y podemos encuadrar otros subgéneros dentro de la novela rosa, como el dark academy, historias en las que se desarrolla un romance en medio de una ambientación gótica, como hace Patricia Ibárcena. Y el subgénero ya denominado romantasy, en el que a los temas propios de la literatura fantástica se suman las peripecias de la novela romántica (muy frecuentado actualmente en la novela juvenil) y donde hay autoras con mucho gancho, como Mei Segura, Nerea Llanes, Iria Parente, Selene Pascual, Lucía Cerezo, Nira Lovebooks, África Vázquez, María Martínez y Laura Díaz.

A los autores y autoras antes citados hay que añadir el éxito de ventas de otro grupo de escritores muy cotizados. Una buena táctica que emplean las grandes editoriales es promover a conocidos periodistas. Solo unos pocos nombres para comprobar que no se trata de un fenómeno aislado, sino visible y dirigido. Es el caso de Vicente Vallés, Sandra Barneda, Pedro Simón, Máximo Huerta, Sonsoles Ónega, David Cantero, Carme Chaparro, Mara Torres, Mónica Carrillo, Mavi Doñate y las novelas históricas de Christian Gálvez, como las dedicadas a Leonardo da Vinci, de quien es todo un experto, y la sorprendente Te he llamado por tu nombre (2024), sobre la vida de Jesús. También el director del diario ABC, Julián Quirós, se ha estrenado como novelista.

Otra cara conocida es la de Juan del Val, que suele participar en el programa televisivo El Hormiguero y que ha obtenido el premio Planeta 2025 con su novela Vera, una historia de amor, un buen ejemplo del tipo de literatura de escasos vuelos que buscan algunos premios literarios.

Pero estos géneros y autores son solo una mínima parte de la gran cantidad de escritores que publican en las editoriales más conocidas (a los que hay que sumar los autores que recurren a Amazon, a la edición digital o a la autoedición en sus diferentes formas).

La literatura del yo

Aunque me salgo un poco de la novela, quiero dedicar algunos comentarios a varios géneros literarios que han cobrado en las últimas décadas mucha fuerza, como son el periodismo literario, el columnismo o los diarios. Estos últimos eran un género colateral y subsidiario tanto en el panorama editorial como en la producción literaria de los autores, pero ahora lo memorialístico se ha convertido en el motor y la esencia de su literatura. De hecho, nunca se habían publicado en nuestro país tantos libros de diarios. Y en el caso de algunos de los autores que vamos a mencionar, su entrega a este género es total, perseverante y obsesiva, y han depositado en ellos todas sus capacidades literarias. La escritura de diarios ya no es una actividad privada y oculta del escritor, que realizaba un acta notarial de su vida, como así ha sido durante tanto tiempo.

«LA ESCRITURA DE DIARIOS YA NO ES UNA ACTIVIDAD PRIVADA Y OCULTA DEL ESCRITOR»

El diario se ha posicionado como género autónomo que compite con la ficción y se aprovecha de sus virtualidades. Tiene una vertiente íntima que resulta, además, muy novedosa en la literatura contemporánea, como bien ha explicado un diarista de referencia, el peruano Julio Ramón Ribeyro, en uno de los mejores diarios contemporáneos, La tentación del fracaso. Su idea queda recogida en esta significativa cita: «Todo diario íntimo surge de un agudo sentimiento de culpa. Parece que en él quisiéramos depositar muchas cosas que nos atormentan y cuyo peso se aligera por el solo hecho de confiarlas a un cuaderno. […]. Todo diario íntimo nace de un profundo sentimiento de soledad. Soledad frente al amor, la religión, la política, la sociedad».

Sin lugar a duda, los diarios son uno de los géneros de la modernidad y donde más aparecen los temas que preocupan al hombre de hoy, desarrollados de diferentes formas narrativas, pues en los diarios se admite todo, desde la anotación breve al aforismo, pasando por la glosa, la crítica literaria, el dardo envenenado, el desahogo sangriento, el poema, la prosa, la crónica, o el largo excurso sentimental.

Por su influencia, dos autores han sido determinantes en la concepción actual del diario en el panorama literario español. En primer lugar, la publicación en 1982 de Libro del desasosiego, del escritor portugués Fernando Pessoa (1888-1935). Sin mucho entusiasmo, con un tedio enfermizo y un prolongado cansancio existencial que conecta muy bien con la literatura posmoderna, Pessoa desgrana los mínimos y anodinos sucesos de su vida: «Escribo, triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre yo he estado, solo como siempre estaré».

El otro nombre fundamental es Josep Pla (1897-1981), autor de El cuaderno gris. Pla frecuentó el género del diario durante toda su vida, no solamente en este libro. En castellano se publicó en 1975 y, desde entonces, es una referencia inexcusable. Comenzó a escribirlo en 1918, el día que cumplía 21 años, y lo finalizó en septiembre de 1919, poco antes de marchar como corresponsal de prensa a París. Sin embargo, hasta su publicación en 1966 en catalán, el libro fue reelaborado completamente. Pla maneja una prosa natural, realista, atenta al detalle, donde destaca su facilidad para captar el aire de toda una época y para retratar en pocas líneas a los muchos personajes que van apareciendo.

Diaristas españoles

De entre los numerosos escritores españoles que frecuentan el género, comienzo mencionando a uno de los más perseverantes, Andrés Trapiello, cuyo primer diario, El gato encerrado, se publicó en 1990, y hasta la fecha ha publicado ya veinticinco entregas. A sus diarios les ha dado el título genérico de Salón de pasos perdidos. En todos los volúmenes se repiten las situaciones y escenarios de su vida, pero siempre actualizados y con matices nuevos. En ellos, emplea distintos registros literarios, todos con una sobresaliente calidad.

Otros diaristas son José Luis García Martín, José Jiménez Lozano (†2020) Iñaki Uriarte, Enrique García-Máiquez, Marcos Ordóñez, Gabriel Insausti, el poeta Miguel D’Ors, José Carlos Llop, Miguel Ángel Arcas, Miguel Sánchez-Ostiz, Valentí Puig, Laura Freixas, Felipe Benítez, Eduardo Laporte, Karmelo Iribarren, Ignacio Vidal-Folch, Andrés Sánchez-Robayna, Joaquín Campos, Ignacio Peyró, Ramón Loureiro, Miguel Ángel Hernández

El periodismo literario

Otro género que ha irrumpido con fuerza en el panorama literario español es la llamada crónica o reportaje literario, un género mitad literatura y mitad periodismo que tiene como maestros a los llamados escritores del Nuevo Periodismo norteamericano: Tom Wolfe, Gay Talese, Truman Capote y Joseph Mitchell. Para Tom Wolfe, quien más teorizó sobre este género, el Nuevo Periodismo sale al rescate de la novela, que atravesaba un momento de agonía y crisis. Al abandonar los componentes sociales y costumbristas, la novela redujo sus objetivos y su espacio, y acabó por desvincularse de la realidad. El Nuevo Periodismo provocó un interesante debate teórico sobre la novela y el periodismo, cuyos límites se rompen completamente en este género.

Una de las voces actuales más representativas en Hispanoamérica y España es la escritora argentina Leila Guerriero, con mucha presencia en los medios de comunicación españoles. La autora también ha reflexionado mucho sobre este género. Por ejemplo, entresaco una cita de su libro Frutos extraños (Alfaguara, última edición de 2026), donde se recoge una antología de sus conferencias y crónicas. Para la autora, «el periodismo puede, y debe, echar mano de todos los recursos de la narrativa para crear un destilado, en lo posible perfecto: la esencia de la esencia de la realidad». Según ella, «las buenas crónicas están escritas con una voz propia que se alimenta de una zona en la que confluyen los libros leídos, las películas vistas, las borracheras, los viajes, los amores vividos. Pero también cosas mucho más peligrosas». En sus crónicas destaca su obsesiva investigación periodística y su mirada literaria sobre esa realidad que es el principio y el fin de sus escritos.

Autores de periodismo literario

La actual nómina de periodistas-literarios españoles es extensa e incluso hay editoriales, como Libros del K.O. y La Caja Books, que se han especializado en el género, y otras tienen colecciones que siguen siendo emblemáticas, como «Contraseñas», de Anagrama. Junto con escritores argentinos, como Rodolfo Walsh, Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós y Leila Guerriero; el colombiano Alberto Salcedo Ramos; los mexicanos Alma Guillermoprieto, Juan Villoro; el peruano Julio Villanueva Chang, el salvadoreño Óscar Martínez…, hay un buen número de autores españoles que también destacan: Paco Cerdá, Nacho Carretero, Ander Izaguirre, Alfonso Armada, Kiko Amat, Emilio Sánchez Mediavilla, Plàcid Garcia-Planas

Pero estos autores no han surgido de la nada y no solamente cuentan con la influencia del Nuevo Periodismo norteamericano. En el caso de España, últimamente se están recuperando las obras de periodistas y escritores de los años treinta que frecuentaron esta modalidad. El caso más famoso es el de Manuel Chaves Nogales, todo un fenómeno literario, del que tras décadas de olvido se han vuelto a editar la mayoría (no me atrevo a decir la totalidad) de sus escritos.

Incluimos aquí una brevísima referencia a un género también híbrido, la literatura de viajes, con escritores que han dado a sus escritos un toque muy literario, por encima de la función utilitarista que a veces tiene este género: Mauricio Wiesenthal, María Belmonte, Alfonso Armada, Ana Briongos, Jordi Esteva, Paco Nadal, Patricia Almarcegui, Xavier Aldekoa, Enric González, Fran Zabaleta, Fabián C. Barrio, Jesús del Campo, Alejandro López Andrada y dos grandes autores de este género, los dos ya fallecidos: Manu Leguineche (†2014) y Javier Reverte (†2020).

El auge del columnismo

En los últimos tiempos, se está dando un continuo trasvase de periodistas al mundo de la novela. Formados en el periodismo, han vuelto a poner de moda el columnismo, muy prestigiado en la actualidad, y esto ha llevado a recuperar a periodistas de los años 30 famosos por sus reportajes —muchos de ellos, en la órbita del periodismo literario—.

Así se han editado las mejores obras de los llamados maestros del columnismo, articulismo y reporterismo, como Manuel Chaves Nogales, Josep Pla, Azorín, Julio Camba, Gaziel, Augusto Assía, Eugeni Xammar, Francisco de Cossío, Wenceslao Fernández Flórez, Álvaro Cunqueiro, César González Ruano, Manuel Alcántara, Francisco Umbral

Los periodistas españoles de la actualidad con más prestigio como articulistas y columnistas literarios son —y sé que me quedo corto—: Raúl del Pozo (†2026), Manuel Vicent, Jorge Bustos, Antonio Lucas, Juan José Millás, Hughes, Manuel Jabois, Alfonso J. Ussía y el ya tristemente desaparecido David Gistau (†2020).

En la industria del entretenimiento

Variedad, pluralidad, diversidad y una manera fragmentada, con voces muy distintas, de acercarse a los problemas del hombre concreto y de la sociedad actual son, quizás, los rasgos más visibles de la novela de este primer tercio del siglo XXI. Aunque domina la libertad formal, estilística y temática, hay, sin embargo, una serie de imposiciones subliminales que planean por encima de los procesos de escritura: el mercado, de diferentes formas, establece sus leyes y sus estrategias. Y este mercado está en manos de las grandes editoriales, que suelen publicar de todo, es cierto, y cosas muy interesantes, pero que también son las que mejor saben qué es lo que más gusta a los lectores y lectoras y quiénes son los autores que más venden y merece la pena publicitar.

Es cierto que hay editoriales, más de las que parece, que tienen como objetivo salir al encuentro del lector literario, pero no resulta una tarea fácil que consigan sus objetivos por sus limitaciones de medios y la tiranía del negocio y del mercado. Cada vez más, el mundo editorial forma parte de la poderosa industria del entretenimiento, con sus ramificaciones en el mundo del espectáculo, la televisión, el cine y las series.

Lo que más llama la atención es que nos encontramos ante una industria viva, dinámica, potente, que mueve muchos autores y mucho dinero. Por lo que se refiere a los autores, hay cantera y hay futuro, pues no paran de aparecer nuevos escritores que no tiran la toalla, que proponen con sus novelas un diálogo con la cultura contemporánea y que siguen indagando en las luces y sombras del corazón humano. Es verdad que también los hay que sueñan con escribir el best seller del siglo, alzarse con el Planeta o con ser famosos y ganar mucho dinero.

El futuro de la industria editorial como negocio lo marcará la rentabilidad (y para eso están los departamentos de marketing, que ya han sustituido a los editores tradicionales). La principal preocupación tiene que ver con la lectura y la calidad de los lectores. Pues si los jóvenes y los adultos se desconectan de la estética con mayúsculas y solo buscan placeres fáciles, utilitaristas e inmediatos, la literatura de calidad, aquella que plantea grandes preguntas, que cuestiona muchas realidades y que se mueve en las zonas nebulosas del pensamiento y de la condición humana, acabará por desaparecer o por ocupar un triste segundo plano.

«LEER SERÁ EXCLUSIVAMENTE UN ENTRETENIMIENTO DECORATIVO Y SIMPLÓN, ES DECIR, UN MERO PLACEBO EXISTENCIAL»

Como ya lo estamos viendo y leyendo, leer será exclusivamente un entretenimiento decorativo y simplón, es decir, un mero placebo existencial. Pero de esto —del libro como industria— trataré en la segunda parte de este artículo: «La literatura comercial impone sus reglas».

Los mejores autores y autoras de la novela española 2001-2026

Unas que ya cuentan con una trayectoria literaria sólida: Almudena Grandes (†2021), Rosa Montero, Carme Riera, Paloma Díaz-Mas, Elvira Lindo, Clara Sánchez, Belén Gopegui, Pilar Adón, Sara Mesa, Begoña Huertas, Imma Monsó, Carmen Posadas, Laura Fernández, Espido Freire, Care Santos...

Un grupo de escritoras que han levantado muchas expectativas: Marta San Miguel, Karina Sainz Borgo, Marta Jiménez Serrano, Beatriz Serrano, Milena Busquets, Ana Merino, Silvia Herreros de Tejada, Cristina Morales, Blanca Riestra, Elvira Navarro, Tina Vallès, Edurne Portela, Elena Medel, Cristina Sánchez-Andrade, Natalia Sanmartín, Clara Usón, Berta Vías, Marta Sanz, Laura Ferrero, Marga Durá

Y otras escritoras que han dado sus primeros pasos en la literatura: Ana Iris Simón, Lana Corujo, Llucia Ramis, María Sánchez, Lucía Solla Sobral, Sara Barquinero, Irene Solà, María Cuadrado, Luna de Miguel, Elvira Mínguez, Virginia Feito, Laura Chivite, Marta Orriols, Elvira Sastre, Rosario Villajos, Mercedes Duque Espiau, Ángela Banzas, Elisa Victoria, Azahara Palomeque, Nerea Pallares, Andrea Abreu, Elisa Victoria, Aixa de la Cruz, Bibiana Collado, Graciela Moreno, Nuria Bendicho, Elisa Levi, Cristina Fornós, Alba Carballal, Sabina Urraca, Clara Nuño, Carolina Sarmiento, Raquel Taranilla, Ana Milán, Silvia Bardelás, Laura C. Vela, Mayte Gómez Molina, Lara Moreno, Bárbara Blasco, Layla Martínez

La misma división podemos hacer de la alineación de escritores.

Los que ya cuentan con más prestigio: Jesús Carrasco, Félix de Azúa, Juan José Millás, José María Merino, Manuel Vicent, Manuel Longares, Aquilino Duque (†2021), José Carlos Llop, Juan Cruz, Jaume Cabré, Antonio Soler, Juan Manuel de Prada, Manuel Rivas, Rodrigo Cortés, Gustavo Martín Garzo, Abel Hernández, Jesús Ferrero, Javier Pérez Andújar, Alejandro Gándara, Manuel Vilas, Fulgencio Argüelles, Juan Bonilla, Mariano Antolín Rato, Javier Calvo, Ricardo Menéndez Salmón, Sergi Pàmies, Quim Monzó, Vicente Molina Foix, Bernardo Atxaga, Vicente Valero, Andrés Ibáñez, Marcos Giralt, Miguel Ángel Hernández, Unai Elgorriaga, Ray Loriga, Luisgé Martín, Antonio Gala (†2023), Rafael Reig, Antonio Iturbe, José María Conget, Felipe Benítez, Eloy Tizón, Suso de Toro, Ramón Mayrata, David Trueba, Jesús Ruiz Matilla, Fernando Benzo, Enrique Álvarez, Joaquín Berges, José Julio Perlado (†2024)...

Los que apuntan buenas maneras: Andrés Barba, Pedro Ugarte, David Monteagudo, José Avello, Francisco Ferrer, Luis Magrinyá, Juan Malpartida, Kirmen Uribe, Eduardo Lago, Juan Tallón, Fernando San Basilio, Mario Cuenca Sandoval, Pedro Simón, Juan Soto Ivars, Sergio del Molino, Use Lahoz, Pedro Zarraluki, Antonio Orejudo, Diego Doncel, Pablo Martín Sánchez, Germán Sierra, Alberto Escudero, Juan Miñana, Iván Répila, Fernando Royuela, Luis Rodríguez, José Ovejero, Carlos Villar, Jacobo Bergareche, Juan Manuel Gil, Alberto Olmos, Gonzalo Torné, Santiago Lorenzo, Isaac Rosa, Juan Gómez Bárcena, Ismael Grasa, Kiko Amat, Jon Bilbao, Jesús Ángel Mañas, Luis Ramoneda, Benjamín Prado, Jorge Carrión, Galder Reguera, Juan Pablo Caja, Andreu Navarra

Los más jóvenes: David Uclés, Luis Mario, Ángel Néstor, Jesús Montiel, Munir Hachemi, Eloy Moreno, Jorge Bustos, Daniel Ruiz García, Jesús Villegas, Antonio Lucas, Pau Luque, Ignacio Carnero, Agustín Alonso, David Muñoz Mateos, Mario García-Atucha, Daniel Ramírez, Álvaro González Alorda, Israel Merino, Antonio Gálvez Alcaide, Jaime de los Santos, Francisco Serrano … Y dos autores muy prometedores que nos dejaron demasiado pronto: Francisco Casavella (1953-2008) y Félix Romeo (1968-2011).

Muchos son los temas que abordan desde diferentes narrativas, profundizando o como telón de fondo en los temas literarios de siempre (amor, muerte, amistad, memoria, soledad, incomunicación, búsqueda de la felicidad, relaciones personales…). A ellos hay que sumar cuestiones más contemporáneas, como la relación crítica con el pasado inmediato, la desestructuración familiar, el amor a la naturaleza y los peligros ambientales, la España vaciada, retratos y conflictos generacionales, los traumas y problemas de salud mental, psicologismo introspectivo, sociología de andar por casa, relaciones sexuales explícitas, violencia familiar y emocional, romances atípicos y conflictivos, luces y sombras de la maternidad, disecciones sobre los problemas reales de la gente de la calle, la presencia desquiciada de las drogas… También la denuncia de algunos aspectos concretos de la sociedad actual: problemas de vivienda, precariedad, masificación turística, el mundo lumpen, el acoso laboral, reivindicación de ciertos movimientos sociales, etcétera.

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