En 1979, la Revolución Islámica prometió libertad y soberanía. Casi medio siglo después, el régimen de los ayatolás ha superado la mayor amenaza de su historia: una guerra abierta con Estados Unidos e Israel. Ni las bombas ni las sanciones han logrado derribarlo. Nueve testigos directos —de Teherán a Bagdad, de Beirut a Damasco— cuentan cómo la República Islámica ha sobrevivido exportando su modelo y sofocando toda disidencia interna.
Muchos iraníes creyeron estar construyendo un país más libre y soberano cuando se apagaban las llamas de la Revolución Islámica encabezada por el ayatolá Ruhola Jomeini en 1979. La sociedad civil, no obstante, se vio sepultada de inmediato en el poder del fundamentalismo chií. El nacimiento de un nuevo orden en Teherán vino acompañado de amenazas a Israel y Estados Unidos. Medio siglo después, los dos países a los que retó en su cuna le están pasando la factura en una guerra que ha estrangulado la economía mundial con el cierre de Ormuz y ha fragmentado aún más a la sociedad iraní.
Bizhan no ha olvidado cómo el país de los sah se desmoronó cuando islamistas, izquierdistas, nacionalistas y liberales se unieron contra un sistema autoritario y subordinado a los intereses británicos y estadounidenses. Pero la esperanza duró poco. «La alegría desapareció y llegó el miedo. A partir de 1982, quedó claro que la revolución no alcanzaba ninguno de sus objetivos y que Jomeini había olvidado por completo su promesa de libertad y bienestar», recuerda este iraní exiliado que regenta ahora una cafetería en Noruega. Se marchó de su Ahvaz natal por miedo a las represalias.
El Irán contemporáneo sigue siendo el mismo que diseñó Jomeini en los ochenta. Un régimen totalitario basado en el fundamentalismo chií y con una gran animadversión hacia Occidente por las injerencias de Estados Unidos en la región, la mayor de las cuales, en su concepción, es la propia existencia del Estado del Israel. En todo Oriente Medio, ambos países estaban vinculados a conceptos como capitalismo, laicismo y, especialmente, democracia. Para hacerles frente, Jomeini instauró una teocracia fundada en el principio de la Velayat-e Faqih —la tutela del jurista islámico—, que otorgó al clero chií el control absoluto del Estado. El Líder Supremo se convirtió en la máxima autoridad política, militar y religiosa, por encima de cualquier institución. Si Irán fue la policía de la Casa Blanca y Downing Street contra el comunismo, la República Islámica se consagró a lo contrario: destruir a sus antiguos tutores y lo que representaban.
Ilustración: Javier Muñoz
Reza Pahlaví fue el último sah de Irán, de 1941 a 1979. La Revolución lo exilió.
Bizhan explica cómo cambió el país desde la caída de la monarquía: «A quienes se oponían al antiguo régimen —líderes políticos y militares, y muchos empresarios— los encarcelaron, asesinaron o expulsaron como traidores. Llegó el desempleo, subieron los precios. Se cerraron colegios y universidades, y a los jóvenes solo les quedaba la guerra contra Irak o emigrar».
Nilufar Saberi, activista iraní, lo vivió como una transformación radical para las mujeres. «El 8 de marzo de 1979, cuando Jomeini secuestró la Revolución que hicimos todos, ya estábamos en las calles y hubo grandes manifestaciones. Reivindicábamos que no habíamos hecho una Revolución para retroceder. En esa marcha, nos reprimieron con golpes físicos. Las fuerzas del Estado iban en motocicleta y los copilotos llevaban palos o cadenas. Cuando agredían a las mujeres, gritaban: “O velo o palo”. Y ellas respondían: “Ni velo, ni palo. Libertad e igualdad”». De pronto, a baluchís, azeríes, árabes, persas, liberales, marxistas y suníes los pisaba la misma bota.
Mientras se construía la nueva República Islámica, comenzó a crecer un sentimiento de amenaza en la región. En los albores del Islam, los asesinatos de los imanes Alí y Hussein abrieron una gran brecha entre suníes y chiíes. Estos últimos los consideran las figuras más cercanas a Mahoma, de modo que los chiíes interpretaron el triunfo de la Revolución como el inicio de una revancha histórica. El eje de Arabia Saudí, de mayoría sunita y referencia de las petromonarquías del Golfo, encontraba peligrosa la Revolución para el futuro de la península Arábiga. En Irak y Siria, el socialismo laico de Saddam Hussein y Hafez al Assad temía que la nueva teocracia suplantara su modelo. Por ello, en 1980, el dictador iraquí se lanzó a atacar Irán. Estados Unidos apoyó la campaña, consciente de que los persas eran un foco antiamericano.
La guerra se extendió hasta 1988. La ONU acabó por auspiciar la paz tras un millón de muertos. Nizar al Samarrai, un reputado escritor iraquí que aún reside en el país, combatió en aquella guerra. Lo capturaron. Se pasó veinte años en las cárceles de Teherán, donde trataron de adoctrinarle para abrazar la nueva ideología persa que, más tarde, tanto se esmeró en investigar. A estos presos se les conoce como tawabeen. El objetivo de sus captores era que, de vuelta en sus países, persuadieran a la población chií para tomar el poder y alinearse con Teherán. Para Al Samarrai, «Irán tomó una decisión estratégica crucial» después de firmar la paz con Bagdad: «Impedir que la guerra alcanzara su territorio y extender su seguridad regional al máximo». Y solo había una forma de lograrlo: expandirse.
Situación geopolítica de Irán en la región
Capas del mapa
S Mayoría suní
C Mayoría / eje chií
♦ Milicia financiada por Irán
✕ Ataque / cierre de Ormuz
EL NACIMIENTO DEL EJE DE LA RESISTENCIA
En esencia, tres poderes configuran Oriente Medio: Israel (por su fuerza militar), Arabia Saudí (por ser el corazón del islam suní y la referencia económica y geopolítica), e Irán, que se opone tanto a lo primero como a lo segundo. Tras sobrevivir a ocho años de guerra con Sadam Hussein (1980-1988), Irán necesitaba extenderse para desequilibrar a sus rivales. La demografía despejó la incógnita de hacia dónde hacerlo. Irak, el Líbano, Siria y Yemen son los países de mayoría chií. Ahí decidió actuar, y a lo largo de la década de los ochenta empezó a extender su influencia.
La República Islámica apostó, para ampliar su influencia, por «la creación de organizaciones de carácter militar, aunque adoptaron nombres que pudieran camuflarlas como benéficas y humanitarias y, en ocasiones, prestaron servicios educativos y médicos a comunidades empobrecidas», desgrana el escritor Nizar al Samarrai. «En realidad, se mantenían como células durmientes, listas para activarse en el momento oportuno». Esos grupos recibieron distintos nombres: Hezbolá en Líbano, hutíes en Yemen o el Ejército Badr en Irak. Y llegaban justo cuando los suníes Hermanos Musulmanes y Al Qaeda se hacían populares. El mundo islámico no declararía ya guerras entre naciones, sino que abrazaría la guerra asimétrica: milicia contra milicia.
En Oriente Medio no tardó en popularizarse el dicho de que se podía ir en taxi desde Beirut, capital del Líbano, hasta Teherán. Las milicias eran eficaces, así que Hezbolá empezó a ganar presencia en Siria. El objetivo era echar raíces cerca de sus rivales: armaron a los hutíes en Yemen para tener a tiro a Arabia Saudí, y financiaron a Hamás y la Yihad Islámica para llevar la lucha armada a las puertas de Israel.
LAS ARMAS DE HEZBOLÁ SE VEN COMO UN SÍMBOLO DE DIGNIDAD Y REVANCHA DE LOS CHIÍES
Al Samarrai prosigue su explicación: los partidos-milicia nacieron como grupos locales, con lo que Teherán tuvo que cuidarse de su lealtad. Los persas comenzaron a «vincular estas formaciones con la Oficina de Movimientos de Liberación, afiliada a la Guardia Revolucionaria. Llegó a ser una operación institucionalizada e integrada en el proyecto estatal iraní».
Por aquel entonces, la Guardia Revolucionaria se había consagrado como la fuerza militar que puso el músculo para la supervivencia del modelo de Jomeini. En manos del general Qassem Soleimani, se empeñó en trazar la estrategia militar para que la República Islámica no pudiera ser derrocada por movimientos internos o invasiones extranjeras. Pero, además, consiguió crear en el Líbano, Siria, Irak y Yemen una base social orgullosa de mirar a Teherán como referencia. «Las armas de Hezbolá a menudo se ven como un símbolo de dignidad después de décadas de marginalización chií, lucha contra Israel y orgullo comunitario», detalla el analista libanés Yahya Tashjian. Aunque desde Teherán se hayan emitido fatuas o mensajes de que su lucha es por la paz, Oriente Medio no ha disfrutado del significado de esa palabra desde hace más de un siglo. Con sus milicias, Irán puso más sangre a la pugna por el poder en la región.
LA PRIMAVERA ÁRABE
En la década de los 2000, Irán cosechó una victoria importante. Estados Unidos había invadido el Irak de Sadam Husein en 2003 bajo el pretexto de poseer armas de destrucción masiva y tener lazos con Al Qaeda. La guerra contra el terror de George W. Bush abrió una ventana de oportunidad a Irán. Si el islamismo suní se debilitaba, el chií podría ocupar su espacio. Después de la caída del dictador baazista, una guerra sectaria aupó a las milicias afines al régimen persa. Desde entonces, comenzaron a verse retratos de los líderes milicianos y de la Guardia Revolucionaria en Beirut, Bagdad, Damasco y Teherán.
La llegada de la Primavera Árabe en 2010 trajo un refuerzo para la influencia persa en Oriente Medio. El dictador sirio Bashar al Assad permitió la entrada de Hezbolá en Siria para hacer frente a los rebeldes durante la guerra civil de 2011. Pero, además, en Irak se formaron las Unidades de Movilización Popular contra el Estado Islámico, en las que se integraron minorías como cristianos o yazidíes, incapaces de protegerse a sí mismos.
El escenario desplegado en los países donde Irán ejerció su influencia fue infernal. «Tras la entrada de Irán en Siria, todo el pueblo vivió con miedo a los asesinatos, las violaciones y el adoctrinamiento infantil en las zonas controladas por Hezbolá», dice un antiguo combatiente de Hayat Tahrir al Sham, el grupo armado dirigido por Ahmed al Sharaa, actual presidente sirio. Abou Farouq, fundador de la facción insurgente siria Liwaa al Umma, que luchó contra Assad, explica que la presencia de Hezbolá en su país volvió la guerra más sangrienta: «Yo tomé la decisión de combatir la dictadura cuando vi que, en un control de carretera, los iraníes dispararon a un hombre y lo mataron. Dieron orden de dejar allí el cadáver durante tres días y amenazaron con matar a quien se acercara a recogerlo».
En Bagdad, capital de Irak, las Unidades de Movilización Popular se hicieron tan grandes que tuvieron que fingir una integración en el Ejército en 2016 para dar la imagen de que se disolvían. Pero Nizar al Samarrai revela que todavía mandan en Irak. «La influencia iraní dificulta que inversores y comerciantes operen sin pagar sobornos. Algunas facciones ejercen más poder que las instituciones. Han puesto Irak en manos de Irán, y el Gobierno es incapaz de detenerlos», asegura.
Ibrahim, residente en Bagdad, aún conserva en su móvil los vídeos de las manifestaciones de 2019, en las que el Gobierno acabó con la vida de más de mil personas, según varias ONG. «Mataron a mi mejor amigo. Queríamos enfrentarnos a la corrupción que no nos deja acceder a las universidades, a las milicias que nos acosan, y no hubo consecuencias para quienes nos dispararon», asegura. Él, como otros jóvenes suníes, vive en el extrarradio de Bagdad, sin poder optar a un trabajo especializado. Sally Mars, una reconocida guitarrista iraquí, también describe el comportamiento mafioso de esas milicias. «Yo tenía antes un piso en la calle Haifa donde iba a grabar mis canciones. Un día, llegaron las Unidades de Movilización Popular y me dijeron que no podía quedarme. Se apropiaron del piso y no pude volver», ratifica.
Ilustración: Javier Muñoz
Alí Jamenéi fue el Líder Supremo desde 1989 hasta que EE. UU. lo asesinó en febrero.
LA GUERRA DE WASHINGTON Y TEL AVIV
El año 2023 fue un punto de inflexión para Oriente Medio. A la violencia desatada por Israel en Cisjordania, que dejó, en datos de la ONU, más de 400 muertos, respondió Hamás con un golpe en el corazón del país hebreo el 7 de octubre de ese mismo año. Con más de 800 muertos y el rapto de 252 rehenes, el grupo financiado por Irán ejecutó lo que en Tel Aviv ya conocen como «el 11S judío». Y despertó en el Gobierno de Benjamin Netanyahu un propósito de hace décadas y que se presentó ese día como la ocasión perfecta: acabar con los ayatolás después de cincuenta años de existencia. Y Donald Trump se alineó con este objetivo.
Israel y Estados Unidos no pretenden atajar la represión hacia la mujer, ni el totalitarismo, ni la asfixia económica que somete a los 93,1 millones de habitantes de la República Islámica, sino aniquilar el modelo revolucionario por una cuestión de seguridad. No solo porque las milicias armadas amenazan la existencia misma de Tel Aviv, sino porque Trump quiere resucitar los Acuerdos de Abraham para que todo Oriente Medio reconozca a Israel. Pero no habrá paz, según Washington, sin que el régimen iraní desaparezca o se transforme.
El 28 de febrero, en una imagen de vídeo oscurantista, Donald Trump anunció el inicio de las operaciones militares contra el régimen de los ayatolás. Ese mismo día, junto con la aviación israelí, las fuerzas estadounidenses atacaron el corazón de Teherán y acabaron con la vida del Líder Supremo, Alí Jamenéi. El plan de decapitación, no obstante, no funcionó. El sistema iraní se apoya principalmente en esta figura que, cuando cae, deja el Gobierno en manos del brazo religioso (Consejo de Sabios), el militar (Guardia Revolucionaria) y el político. Mojtaba Jamenéi fue elegido sucesor de su padre y, aunque no haya hecho ninguna aparición pública, fuentes vinculadas a la Casa Blanca y a la cúpula iraní han señalado en repetidas ocasiones que trata de mantener unidas a estas tres partes, aunque la que se ha hecho con el poder de facto es la Guardia Revolucionaria.
El mando militar de la República Islámica ha ejecutado una estrategia concebida en su nacimiento: golpear en el bolsillo de Occidente. Europa, tras la invasión de Ucrania y las sanciones al crudo y el gas rusos, se hizo dependiente de la energía de Oriente Medio. Y tanto el Viejo Continente como Estados Unidos tienen grandes inversiones en el Golfo, en particular en Arabia Saudí y Emiratos Árabes: empresas vinculadas a tecnología, informática e inteligencia artificial. La respuesta iraní consistió en golpear los centros financieros y de procesado de crudo y gas del Golfo y cerrar el estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra transitaba el 20 por ciento del crudo mundial, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos. «El objetivo de Irán eran los países más cercanos —Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Kuwait y Catar—, pero mantuvo a Emiratos en su mira porque constituyen la reserva financiera de los multimillonarios europeos y estadounidenses», incide el analista iraquí Alaa al Qadi, y agrega que «con esos ataques, los Estados del Golfo perdieron la confianza en Estados Unidos, que prometió protegerles, y la imagen de oasis de seguridad para grandes eventos deportivos y atraer inversión».
TEHERÁN SALE GANANDO: SOBREVIVE EL RÉGIMEN, PROGRAMA DE MISILES Y SANCIONES LEVANTADAS
La consultora Rystad Energy calcula que el Golfo ha sufrido pérdidas económicas de 58 000 millones de dólares. Para los estadounidenses, en abril, la inflación se situó en el 3,8 por ciento, su nivel más alto desde finales de 2023. Una encuesta reciente de NPR/PBS/Marist revela que el 81 por ciento de los ciudadanos asegura que el precio del gas está ahogando su situación económica. En Israel, las promesas de venganza de Netanyahu no terminaron de cuajar porque el régimen no cayó. En esta tesitura, no ha quedado más remedio que firmar con Irán.
La guerra también ha traído un diagnóstico pesimista para la sociedad persa. Los intentos de Netanyahu de espolear una revolución interna han fracasado: en la región, que Israel determine tu futuro equivale a un pacto con el diablo. Si la paz llega, será entre Estados, pero no a nivel civil.
LA AMENAZA NUCLEAR
Tras la firma del memorando de entendimiento entre EE.UU. e Irán, el 17 de junio, la cuestión nuclear será el centro de atención de ambos países, que tienen sesenta días desde entonces para lograr cerrar un acuerdo completo que zanje una guerra en la que Teherán sale ganando. Ha conseguido que Washington garantice la supervivencia del régimen, mantener su programa de misiles, y se ha bañado en dólares al conseguir levantar las sanciones al país y al comercio de su crudo, además de liberar los activos congelados en bancos occidentales. Todo a cambio de renunciar a un arma nuclear.
Lo del arma nuclear viene de largo. En la época de Jomeini, la República Islámica recuperó la iniciativa del sah de los años cincuenta para utilizar la energía nuclear con fines médicos y sociales. Pero ya entrada la década de los 2000, se descubrieron centrales y plantas de refinamiento de agua que hacían temer en Washington que Teherán andara en busca de un arma nuclear. En 2015, bajo la Administración Obama, Francia, Alemania, Reino Unido, China, Rusia, Estados Unidos e Irán firmaron el Plan de Acción Integral Conjunto para limitar el enriquecimiento de uranio persa al 3,67 por ciento, suficiente para impedir la fabricación de una bomba, a cambio de levantar las sanciones.
Sin embargo, la llegada de Trump al poder en 2018 fue un terremoto para el acuerdo, y dijo sobre él que «nunca, jamás debió haberse realizado». Y lo abandonó. De modo que Irán ya no tenía por qué cumplir esos límites. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica, que supervisaba el programa, Irán contaba con 440 kilos de este material radiactivo antes de la guerra, pero tras los bombardeos a las centrales de Isfahán, Natanz y Fordow en junio del 2025, bases de la infraestructura nuclear, quedaron sepultados bajo tierra.
La guerra ha dejado, desde marzo, 3468 personas asesinadas en Irán, según el Ministerio de Salud persa. Las respectivas carteras de salud también recogen casi 4000 en el Líbano y 28 en los Estados del Golfo. Netanyahu, que ha convertido la caída de los ayatolás en el leitmotiv de su carrera política, no quiere renunciar a su ambición personal. Por eso, trata de sabotear el memorando bombardeando aún el sur del Líbano y asegura que mantendrá ahí a sus tropas.
Ilustración: Javier Muñoz
Mojtaba Jamenéi, hijo de Alí Jamenéi y heredero, no ha aparecido en público.
SIN FINAL FELIZ
La represión no ha cesado dentro de Irán en los últimos años. Primero fue la muerte de la joven kurdoiraní Mahsa Amini en 2022 y, después, la ola de protestas los meses antes de la guerra. Las autoridades persas las reprimieron con violencia: Iran Human Rights calcula más de 3600 muertos. La sociedad iraní no está dispuesta a quedarse sentada, pero tampoco a comprar el relato occidental. «No nos hemos creído que Estados Unidos e Israel hayan venido a liberar a nadie. Lo más positivo es que se ha entendido que ha llegado la fecha de caducidad del régimen y que nuestros intereses se han alineado con las grandes potencias», detalla Nilufar Saberi.
El día que los misiles norteamericanos e israelíes mataron a Alí Jamenéi fue una fiesta, según cuenta. «Lo celebramos porque no hay ningún iraní que no haya perdido un ser querido, tenga un desaparecido o haya salido de la cárcel inválido. Como buen sistema fascista, la punta de la pirámide vive en un lujo abominable, mientras que las familias de a pie tienen que vender órganos o hijos para no morirse de hambre. Es algo impensable para un territorio con petróleo, gas y piedras preciosas», valora la activista.
IRÁN EJECUTÓ A MÁS PERSONAS EN 2025 QUE NINGÚN OTRO PAÍS DEL MUNDO: 2159
Las ejecuciones también se han disparado. Amnistía Internacional recogió que Irán es el país que más personas ejecutó en 2025, un total de 2159 de las 2707 documentadas a nivel global. Iranian Human Rights Watch asegura que, desde 1981, ha habido 120 000 ajusticiamientos (un tercio contra mujeres) por oposición al Gobierno. Romper esta situación será difícil. La sociedad iraní no ha logrado unirse contra el régimen, como hizo contra el sah en 1979. Ni siquiera con el apoyo de Israel y Estados Unidos. «La oposición está dividida. Los árabes del sur son mayoritariamente chiíes, con presencia suní, sobre todo en Bandar Abbas. Los kurdos están divididos entre los partidos marxistas, nacionalistas e islamistas. Luego están los baluchís en el este de Irán, que obedecen a los intereses de Pakistán. Por último, están los persas y los azeríes, que poseen riqueza y constituyen una cuarta parte de la población», detalla el analista Alaa al Qadi, que encuentra difícil que, con los intereses dispares que presentan, estos grupos puedan «unirse con armas contra un enemigo tan monstruoso».
Bizhan, desde su cafetería en Noruega, es poco optimista con la caída de los ayatolás: «Buscan pretextos para deshacerse de quienes les exigen algo. Las propias minorías tienen esos motivos, y para el régimen es mucho más fácil aprovecharlos». Sin embargo, confía, como Nilufar, en que el futuro de Irán está vinculado con las reivindicaciones feministas. «Las mujeres son las únicas que han logrado que sus derechos sean reconocidos y luchan para alcanzar algunos de sus objetivos. Son la mayor esperanza del pueblo», especifica. Ni las armas, ni la sociedad ni la presión económica han derribado la República Islámica de Jomeini. Sobrevive la pugna por ver quién cede antes, si sus pilares o las fuerzas externas e internas que tratan de provocar que sus grietas acaben por derrumbarlo.
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