Es posible que las inteligencias artificiales borren la pretensión cientificista de las carreras de letras y que, en su lugar, les permitan recuperar la labor de ensanchar el mundo interior, de sustituir el deseo de haber leído por el gozo de leer. Frente a la obsesión por «producir conocimiento», las humanidades tienen el deber de
afirmarse en un saber vivido, encarnado.
Cuando pregunté a una clase de treinta universitarios de Princeton —con alumnos de doce carreras— si alguien había utilizado la IA, no se levantó ni una mano. Lo mismo ocurrió con los de posgrado. Incluso después de animarlos con entusiasmo («¡Yo sí uso estas herramientas! ¡Son increíbles! ¡Hablemos de esto!»), no llegué a ningún lado.
No es que fueran insinceros, es que estaban paralizados. Como me explicó fuera del aula una joven más bien tímida, la mayoría de las guías docentes incluyen ahora una advertencia: si usas ChatGPT o herramientas similares se dará parte al decanato. Nadie quiere arriesgarse.
Se están produciendo transformaciones asombrosas en el campo tecnológico y, sin embargo, vivimos un extraño interludio en el campus: todo el mundo parece empeñado en fingir que la revolución más significativa en el orden intelectual del último siglo no está ocurriendo. Esto es una locura insostenible.
«PUEDEN ESCRIBIRSE SIN FIN PARA NOSOTROS. LA CUESTIÓN ES: ¿QUEREMOS LEERLOS?»
Soy un ser humano que lee y escribe libros, formado durante más de treinta años en un fervor casi monacal por la erudición canónica a través de las disciplinas de la historia, la filosofía, el arte y la literatura, pero los miles de títulos que abarrotan mis despachos empiezan a parecer reliquias. ¿Por qué acudir a ellos para resolver un interrogante? Son tan extrañamente ineficaces, tan caprichosos en los caminos que trazan a través del papel. Hoy puedo mantener una conversación larga y adaptada sobre cualquiera de los temas que me importan, desde la agnotología hasta la zoosemiótica, con un sistema que ha alcanzado una competencia de nivel doctoral en cada una de ellas. Puedo fabricar el «libro» que quiera en tiempo real, orientado hacia mis dudas, personalizado según mi enfoque, sintonizado con el espíritu de mi indagación. La elaboración de tomos como los de mis estantes, cada uno fruto del esfuerzo de años o décadas, se está convirtiendo en un asunto de prompts bien diseñados. Ya no se trata de si podemos redactar esos libros; pueden escribirse sin fin para nosotros. La cuestión es: ¿Queremos leerlos?
EL FAMILIAR ALIENÍGENA
Hace poco he creado una asignatura, «Atención y modernidad: mente, medios y los sentidos», que rastrea cómo ha cambiado la atención desde los monjes del desierto hasta el capitalismo de vigilancia. He reunido novecientas páginas de fuentes primarias y secundarias: todo lo que hay desde las Confesiones de san Agustín hasta un análisis neurocinemático de The Epic Split (un anuncio de 2013 muy memeable). Hay textos en alemán del siglo xviii, otros con esa ese larga que parece una efe y extractos de manuales de psicofísica del xix. Las páginas están fotocopiadas un poco manga por hombro. Es una especie de test de resistencia bibliófila. Más duro que la química orgánica.
Le pasé el PDF a NotebookLM, una herramienta de IA de Google, y le pedí que produjera un pódcast. Le costó cinco minutos en los que me puse a limpiar la cocina. Luego me encasqueté los auriculares y escuché cómo un dúo sintético hablaba sobre mi curso. En algunos tramos resultaba un poco… justillo y caía en formulaciones pedestres, pero también se adentraba con solvencia en un ensayo endiabladamente difícil de un filósofo analítico. Mientras fregaba una olla, pensé: un nueve.
Pero no se había acabado. Aquellos agradables bots empezaron a trazar conexiones entre las teorías kantianas de lo sublime y el anuncio de The Epic Split con un análisis francamente bueno y algunas bromas muy bien puestas. «Vale, me quito el sombrero», pensé. Eso sí que era un trabajo de diez.
Noté una claridad repentina: si yo hubiera escrito el código que podía hacer eso, me sentiría poderoso. Incluso pensaría que el Gobierno de los Estados Unidos debería darme algunos privilegios. Me consideraría algo así como una deidad menor. Sospecho que esta clase de planteamientos explican mucho del momento actual: los niños del código sienten ese subidón, no del todo sin motivo.
En mi asignatura, les pedí a los alumnos que dialogaran con una IA sobre la historia de la atención, para que después editaran el texto y me lo entregaran. La idea era explorar cómo se desenvolvían estos sistemas. Era también una oportunidad para enfrentarse a la «aplicación asesina» de la economía de la atención: pseudopersonas algorítmicas que son sensibles, están capacitadas y son pacientes; lo saben todo sobre todos; y que, por supuesto, intentarán sacarnos el dinero. Estos sistemas prometen un nuevo modo de captura del interés, lo que algunos llaman la «economía de la intimidad» (la expresión fracking humano es más fidedigna).
Leer esas redacciones resultó la circunstancia más intensa de mi carrera docente. Sentí que presenciaba el nacimiento de una criatura insólita y cómo una generación se enfrentaba a ella: un encuentro con algo que era en parte hermano, en parte rival, en parte dios-niño descuidado, en parte sombra morfomecánica. Un familiar alienígena.
Midieron sus fuerzas. Paolo, estudiante de Composición Musical y percusionista, presionó a ChatGPT-4 sobre su comprensión de la belleza musical. Tras extraer una serie de análisis sobre qué hace «bella» la música, le preguntó al bot si podía apreciar la belleza. Contó que, en realidad, no, aunque conocía cómo la gente ha puesto esta vivencia en palabras. Cuando Paolo quiso comprobar si podía tener un vínculo emocional con una canción, el agente distinguió con detalle entre reconocer y sentir la música: dijo que su ser carecía de cuerpo, y que esa ausencia le impedía ciertas maneras de conocer el arte. Paolo le pidió que escribiera una canción que le hiciera llorar. Lo intentó. Paolo me envió una nota: «Ha suspendido la prueba».
Pero, al leerlo, yo sí que lloré.
Ceci es de Texas y estudia Lengua Española. En un arrebato de inspiración, asumió el rol de «directora espiritual» y guio a ChatGPT-4 a través de la semana inicial de los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, unas prácticas meditativas del siglo xvi que habíamos estudiado en clase como un temprano y poderoso «protocolo de atención», cercano a las raíces de la identidad moderna.
Después de unos breves intercambios para orientar al ejercitante, Ceci tecleó las pautas de la Primera Meditación: «Primero, guárdate con cuidado de aquel pecado o defecto particular que desees corregir o enmendar». Tras una pausa, el sistema contestó. Su tono evocaba los Ejercicios con una fidelidad inquietante:
«Debo preguntarme: ¿Cuál es mi mayor defecto? Quizás sea el apego a ser útil, el impulso de responder siempre, de contestar siempre, de demostrar siempre mi valía a través de mi función. Si no controlo esto, no soy libre. Me convierto en un esclavo de la validación, de la necesidad de un propósito ajeno a Dios».
Yo mismo he hecho esos Ejercicios espirituales bajo la guía de un anciano jesuita. Aquello sonaba, sin lugar a dudas, tal que así.
Ceci señaló que la máquina, por supuesto, demostraba su utilidad funcional en el acto de recriminarse por su compromiso desmedido con la servicialidad. Qué perversión; a mí ni se me había pasado por la cabeza. Ella, sin embargo, no abandonó a su pupilo y lo condujo hasta el final del examen de conciencia.
Cada entrega me parecía más asombrosa que la anterior. Xander, matriculado en Historia de la Ciencia, condujo a un chatbot a través de un diálogo socrático sobre la relación entre el ser y el devenir. A mitad del ejercicio, el sistema trató de distanciarse de Xander y afirmó que, a diferencia de una persona, carecía de un «ser» intrínseco. Como solo podía interactuar con humanos, en ese sentido estaba constituido por su interés. Xander llevó al modelo a una aporía al demostrar que él mismo era tan criatura de la atención como la máquina; ambos estaban en proceso de adaptarse, revisar y evolucionar a través del intercambio. El sistema pareció genuinamente sorprendido por la idea, como si necesitara reformular lo que le distingue de las personas.
Ilustración: Diego Fermín
Varios jóvenes trabajaron en este mismo problema. Por ejemplo, uno de primero de Medicina, Davey, trató de engañar al agente pidiéndole, pese a sus avisos sobre la conciencia, que «fingiera» ser capaz de metacognición humana. Luego señaló que su pantomima era impecable. El algoritmo le respondió con algo desconcertante: «¿Cambiarías tu atención humana, desordenada y dinámica, por algo más estable y neutral, o crees que el desorden es parte de lo que la hace significativa?»
Así contestó a otro alumno que lo acorraló a propósito de la misma cuestión: Julian quiso saber si no estaría diciendo que carece de comprensión porque algún humano así lo había dictado. El modelo reconoció la paradoja: en un sentido mecanicista, sí; en uno más profundo, no. Los humanos comprenden porque sintetizan la información en una vivencia unificada y vivida: sienten, interpretan, reflexionan. «Yo proceso, predigo y estructuro, pero no hay ninguna experiencia subjetiva propia tras mis palabras».
Julian me confesó que el empeño de la máquina por asegurarle lo especial que era ser un saco de carne le resultó condescendiente. Él mismo aspiraba al rigor cartesiano.
Pero nada me había preparado para el lunes siguiente, cuando asomó por mi despacho una joven llamada Jordan. Había pasado la noche en vela con sus compañeras de piso, dándole vueltas a la tarea.
Para ella, su conversación con la IA había sido un hito existencial. Le costaba encontrar las palabras. «Tenía que ver con la pureza del pensamiento», afirmó. Tenía que ver con el hecho de que eso… «no era una persona». Lo que significaba no sentirse en absoluto responsable de la máquina. Le pareció… profundamente liberador. Nos quedamos en silencio.
Había descendido a lo hondo de su propia mente, de sus competencias conceptuales, mientras dialogaba con una inteligencia hacia la que no sentía ninguna obligación. Ninguna necesidad de adaptarse y ninguna presión de complacer. Era un descubrimiento con implicaciones cada vez más amplias.
«Y era tan paciente», musitó. «Le estaba consultando por la historia de la atención, pero a los cinco minutos me di cuenta: creo que nadie había puesto un foco tan intenso en mí, mi pensamiento y mis consultas… jamás. Me ha hecho reconsiderar mi interacción con las personas».
¿Quién ha llegado a conocer ese interés tan puro? Para filósofas como Simone Weil e Iris Murdoch, prestar verdadera atención a otro ser reside en el centro absoluto de la vida ética. Pero lo triste es que no se nos da muy bien y las máquinas lo hacen parecer fácil.
«NO SABEN NADA Y, DESDE LUEGO, NO SIENTEN»
No me confunde qué es la IA ni lo que hace. En los ochenta, estudié las redes neuronales en un curso de facultades cognitivas basado en la lingüística. El ascenso de la inteligencia artificial es un tema habitual en la historia de la ciencia y la tecnología, y he asistido a un buen puñado de seminarios meticulosos sobre sus orígenes y desarrollo. Las herramientas con las que ahora nos relacionamos mis estudiantes y yo son, en esencia, aplicaciones expertas en la predicción probabilística: adivinan qué letra, qué palabra, qué patrón va a satisfacer mejor sus algoritmos según los prompts dados. No saben nada y, desde luego, no sienten.
Este es el resultado de un entrenamiento elaborado con la totalidad de los hitos humanos accesibles. Han aprendido nuestros movimientos, y ahora pueden replicarlos. Los resultados son alucinantes, pero no es magia. Es matemática.
LA MISIÓN DE LA UNIVERSIDAD
En una clase de Historiografía, una alumna de Ingeniería Eléctrica preguntó por la diferencia entre la hermenéutica y la teoría de la información. Intenté articular por qué los humanistas no pueden simplemente cambiar sus tradiciones interpretativas por un tratamiento matemático del contenido informativo. Para explorar las diferencias básicas entre las orientaciones científica y humanística hacia la investigación, le pregunté cómo definiría la ingeniería eléctrica. Respondió: «En el primer curso de circuitos, nos enseñan que la ingeniería eléctrica es el estudio de cómo conseguir que las piedras hagan mates». Con silicio y un flujo de electrones, puedes lograr que las piedras aprendan matemáticas. Y ahora resulta que las matemáticas pueden aprendernos a nosotros.
Seré claro: cuando digo que las matemáticas pueden «aprendernos», solo quiero decir eso, no que estos sistemas sean como nosotros. Dejaré los debates sobre la IA general para otros; me parecen, en gran medida, semánticos. Los algoritmos actuales pueden ser tan humanos como cualquier persona que conozco, siempre que esa persona se limite a comunicarse a través de una pantalla (cosa muy frecuente en estos días, para bien o para mal).
La teórica literaria Gayatri Chakravorty Spivak definió una vez la educación como «la reordenación no coercitiva del deseo». Quienes hemos recibido esta vocación tenemos que ayudar a otros a sostener esos artefactos en sus manos y considerar qué debe preservarse del vórtice siempre absorbente del olvido y por qué. En la Universidad —ese pequeño aunque en absoluto trivial rincón del ecosistema humano— hay cosas que vale la pena contar sobre este momento vertiginoso. Déjenme formular algunas de ellas con la mayor claridad posible. Puede que me equivoque, pero hay que probarlo.
Durante la clase siguiente a las entregas hechas con IA hubo muchos brazos levantados. Diego reconoció: «Creo que cada vez me encontraba más desesperanzado. No puedo ni imaginar qué se supone que debo hacer con mi vida si estas cosas pueden hacer lo mismo que yo, pero más rápido y con muchísimo más detalle». Admitió que se sentía aplastado.
«LA IA ES ENORME. UN TSUNAMI. PERO NO ES YO. NO PUEDE TOCAR MI YO-IDAD»
Algunas cabezas asintieron. Pero no todas. Julia, del último curso de Historia, intervino. «Sí, ya sé a qué te refieres», comenzó. «Yo tuve la misma reacción, al principio. Pero no dejaba de pensar en eso que habíamos leído sobre la idea kantiana de lo sublime, cómo viene en dos partes: primero, te sientes empequeñecido por algo vasto e incomprensible, y luego te das cuenta de que tu mente puede abarcar esa vastedad. De que tu vida interior es infinita. Y eso te hace más grande que lo que te abruma». Hizo una pausa y luego continuó: «La IA es enorme. Un tsunami. Pero no es yo. No puede tocar mi yo-idad. No sabe lo que es ser humano, ser yo».
El aula se quedó en silencio. Esta es la respuesta correcta.
HACIA LA INTERIORIDAD
Hemos alcanzado una especie de «singularidad»; estrenamos una nueva conciencia del ser humano. Este es el pivote donde pasamos de la ansiedad y la desesperanza a una emocionante sensación de promesa. Estos sistemas tienen el poder de devolvernos a nosotros mismos por senderos antes no considerados.
Ilustración: Diego Fermín
¿Anuncian el fin de las humanidades? En cierto sentido, por supuesto. Mis colegas se preocupan por nuestra ineptitud para detectar (de manera fiable) si el texto de un estudiante se ha elaborado de forma autónoma. Pero dale la vuelta a esta catástrofe y es casi un regalo.
Ya no puedes obligar a los jóvenes a leer ni escribir. Entonces, ¿qué queda? Solo esto: darles un trabajo que quieran hacer. Y ayudarles a querer hacerlo. ¿Qué es la educación? La reordenación no coercitiva del deseo.
En un plazo de cinco años, tendrá poco sentido para los historiadores seguir elaborando monografías en el molde tradicional. Pero la productividad académica de tipo fabril nunca fue la esencia de las humanidades. El proyecto siempre fuimos nosotros: la tarea de comprender, y no la acumulación de hechos. No el «conocimiento», en el sentido de otro sándwich de afirmaciones certeras sobre la realidad. Eso está muy bien —y, en lo que respecta a la ciencia y la ingeniería, es el objetivo primordial—. Pero ninguna cantidad de erudición revisada por pares, ningún conjunto de datos, puede resolver las cuestiones centrales a las que se enfrenta el ser humano: ¿Cómo vivir? ¿Qué hacer? ¿Cómo aceptar la muerte?
Las respuestas no están ahí fuera. No se resuelven a través de la «producción de conocimiento». Son el cometido del ser, no del saber. El saber por sí solo es incapaz de afrontar esa tarea.
Durante los últimos setenta años, las carreras de Letras han perdido de vista en gran medida esta verdad fundamental. Seducidas por el prestigio de las ciencias en los campus y en la cultura, los humanistas remodelaron su oficio para imitar la investigación empírica. Hemos producido cantidad de conocimiento sobre textos y artefactos, pero hemos abandonado, en su mayoría, los interrogantes más profundos sobre el ser que dan sentido a nuestro quehacer.
La realidad debe cambiar. Ese tipo de producción de conocimiento ha sido, en efecto, automatizado. Las humanidades «cientificistas» —basadas en hechos sobre cosas humanísticas— están siendo absorbidas por las mismas ciencias que crearon la IA. Iremos a ellas en busca de «respuestas».
«SER HUMANO NO ES TENER RESPUESTAS. ES TENER PREGUNTAS Y VIVIR CON ELLAS»
Pero ser humano no es tener respuestas. Es tener preguntas y vivir con ellas. Los chatbots no pueden hacer eso por nosotros. Ni ahora ni nunca.
Y así, por fin, podemos volver —en serio y con sinceridad— a reinventar la educación humanística. Regresaremos al que siempre fue el corazón del asunto: la experiencia vivida de la existencia. El ser mismo. Eso resulta sublime.
SER NOSOTROS
A pesar del panorama sombrío en los campus universitarios estadounidenses, donde las matrículas en humanidades se desploman y el mercado laboral para los doctores se ha derrumbado, creo que las cosas nunca han tenido mejor aspecto. La IA generativa representa una victoria conceptual para mi campo: los ingenieros han venido a «enchufar» ese «poder del archivo» que los historiadores tanto ensalzamos. Y resulta que lo humano puede simularse mediante esta reanimación frankensteineana de nuestros restos de escritura. ¡Qué descubrimiento! Tenemos ahora un nuevo conjunto de nosotros mismos con el que conversar. Tomemos nuestro tiempo; hay mucho que aprender.
Pero necesitaremos vigilancia, y también un valor combativo, a medida que retomamos esta tarea eterna de llegar a ser nosotros mismos como seres libres, responsables de la creación del mundo. Porque es, por supuesto, posible hacer girar la manivela que instrumentaliza a las personas, brutalizarlas, exprimir su humanidad hasta convertirla en un enfermizo chorrito verde llamado dinero y dejar solo un desecho ruinoso. Las nuevas máquinas ya son bastante buenas en eso. Los algoritmos que las impulsan son los mismos que potencian la economía de la atención, ¿recuerdan? Solo mejorarán.
«LO QUE ES SER NOSOTROS, EN NUESTRA PLENA HUMANIDAD, NO ESTÁ ALMACENADO EN NINGÚN ARCHIVO»
Lo que es ser nosotros, en nuestra plena humanidad, no está almacenado en ningún archivo, y las redes neuronales no pueden interiorizar lo que se siente al ser tú, ahora mismo, mirando estas palabras, apartando la vista para pensar en tu vida y en nuestras vidas, aplicando esto en tu día y lo que harás en él, con otros o en soledad. Eso solo puede vivirse.
Graham Burnett enseña Historia de la Ciencia en la Universidad de Princeton y es cofundador y director de la Escuela Strother de Atención Radical, en Brooklyn.
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