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Un matrimonio para la paz en Colombia

Firma de la Paz entre el Estado colombiano y las FARC el 26 de septiembre de 2016.
En 2026, se cumplen diez años del tratado de paz entre el Estado colombiano y las FARC. Y cinco del matrimonio entre Catalina Suárez y Jorge Suárez. Una periodista e influencer de derechas y un exmiembro de esta guerrilla, el hijo del Mono Jojoy. Su unión muestra una cara de un país que ha estado oculta los últimos años y despierta la esperanza para el encuentro entre opuestos en un mundo cada vez más dividido.
«¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?»
No.
Catalina Suárez votó que no.
Ella figuró como una de las principales impulsoras del «No» en el plebiscito para la paz en Colombia. El 11 de agosto de 2016, unas semanas antes del sufragio, la periodista y consultora política firmaba en Los Irreverentes, un medio conservador, la columna de opinión titulada «Soy de los cuatro gatos que votará NO». «Diré NO porque el presidente Santos nos ha dicho varias mentiras a los colombianos, y básicamente no creo en él y mucho menos en las FARC», sostenía en el texto.
Tras cuatro años de negociaciones con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), el Gobierno citó a las urnas a la población el 2 de octubre de 2016 para determinar si se aprobaba o no el tratado final. Las FARC, un grupo guerrillero de ideología socialista cuyo objetivo era consumar una revolución y tomar el poder, dejó 19.812 muertos desde 1944 hasta su disolución según los datos publicados en marzo de 2026 por el Observatorio de Memoria y Conflicto.
«No creo en un acuerdo en el que priman la injusticia y la impunidad, menos en uno que es complaciente y comprensivo con el terrorismo», continuaba Catalina. El tratado de paz comprendía seis puntos de entre los cuales destacaban dos: la participación política y la reparación para las víctimas. El Gobierno establecería un sistema de protección y garantías para que las FARC transitaran de manera legal a la actividad política. Además, se formaría un partido o movimiento con representación en el Congreso de la República.
Con respecto a las víctimas, se fijaron los objetivos de desvelar la verdad sobre los crímenes, hacer justicia y retribuir a los afectados. Se compuso una Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) para guiar las acciones en el marco del conflicto. El reporte «80 logros de la JEP», emitido por el mismo ente, explica cómo se apuntaba a «resolver la situación jurídica de miles de comparecientes para que puedan reincorporarse rápidamente a la sociedad».
En otro documento, el «Manual de Justicia Transicional Restaurativa», se aclara que «en lugar de centrarse en castigar», la JEP «busca reparar el daño causado involucrando a las víctimas y a la comunidad». Es decir: al reconocer su responsabilidad, los firmantes evitaban ir a la cárcel. En su lugar, trabajaban para las comunidades a las que perjudicaron de acuerdo con el daño del que habían sido responsables. Por ejemplo, ayudaron en el proceso de desminado, de restauración de infraestructuras o en la búsqueda de cuerpos desaparecidos y su entrega digna. Todo esto mientras cada excombatiente recibía un 90 % del salario mínimo durante los veinticuatro meses posteriores a su desmovilización. Además, podían beneficiarse de otras ayudas económicas orientadas a la educación como el acceso a programas formativos ofrecidos por el Servicio Nacional de Aprendizaje.
Al igual que Catalina, el 50,2 por ciento de los colombianos que participaron en el plebiscito rechazó el tratado. El equipo de negociación de las FARC y el Gobierno revisaron el documento e introdujeron modificaciones. El acuerdo ya no se incluía en la Constitución, las sentencias de la JEP las supervisó la Corte Constitucional y no intervinieron jueces extranjeros, entre otros cambios. El 24 de noviembre se firmó de nuevo y una semana después la Cámara de Representantes lo ratificó con una mayoría absoluta de 130 votos a favor y ninguno en contra. Sin embargo, hubo 36 abstenciones debido a la retirada de la oposición, liderada por el expresidente Álvaro Uribe. Aquel bloque y las voces del «No» consideraban que se ignoraba el resultado del plebiscito y se sustituía de forma ilegítima la voluntad del pueblo.
Uno de los beneficiados por estas medidas fue Jorge Suárez, alias Chepe, hijo de Víctor Julio Suárez Rojas, alias Mono Jojoy o Jorge Briceño, uno de los cabecillas más importantes en la historia de las FARC, responsable de varios atentados, incluido el secuestro de la candidata presidencial Ingrid Betancourt en 2002.
En el pódcast Improbable, de BBC Mundo, Jorge Suárez cuenta que su padre consideró que viviría más seguro lejos de los campamentos de las FARC y lo encomendó a una familia adoptiva en Bogotá. En 1999, cuando cursaba el décimo grado, comenzó a recibir amenazas de secuestro por parte de los paramilitares.
Estos grupos armados al margen de la ley, encabezados en ese momento por Carlos Castaño, nacieron con el propósito de proteger a los campesinos de las guerrillas. Sin embargo, cometieron torturas, extorsiones y masacres en su supuesta defensa de los intereses de los colombianos. 97.257 personas murieron a manos de los paramilitares desde 1944 de acuerdo con el Observatorio de Memoria y Conflicto. El secuestro de Jorge Suárez habría servido de chantaje para llegar a su padre. Así que, en agosto de 1999, se sumó a las filas de las FARC. Tenía diecisiete años.
Y pasaría otros diecisiete en la selva, donde se formó para luchar contra el Estado colombiano. El propio Mono Jojoy lo apodó Chepe, en honor al Che Guevara, comandante de la Revolución Cubana con quien Jorge comparte cumpleaños, el 14 de junio. Cada día durante once años, Jorge se despertaba temprano para leerle la prensa a su papá. La mañana del 22 de septiembre de 2010, 30 aviones y 27 helicópteros bombardearon la zona. Aunque Jorge consiguió escapar, el país recibió la noticia del éxito de la operación Sodoma. «Recuerdo que cuando supe que le habían dado de baja al Mono Jojoy, para mí y para muchos colombianos, fue una alegría inmensa», explica Catalina en el pódcast de la BBC.
Jorge continuó en las FARC seis años más, hasta el acuerdo de paz. Tras la firma definitiva, en noviembre de 2016, volvió a Bogotá y comenzó a estudiar Comunicación Social a distancia e inglés en las mañanas.
En 2020, Catalina organizó una fiesta en su apartamento. En medio del karaoke, el baile y las risas, se fijó en un hombre que le llamó la atención desde que le abrió la puerta. Su primera conversación destapó una doble coincidencia: ambos nacieron un 14 de junio y tenían el mismo apellido. Semanas después se encontraron en otra celebración. Allí, él la sacó a la pista. «Bailamos salsa, además —admite Catalina en el pódcast de la BBC— Jorge es un muy buen bailarín». La química culminó esa noche en el primer beso.
Una amiga en común los juntó aquella mágica noche. Catalina y ella colaboraban en un programa de opinión en YouTube llamado Polas opuestas (una pola, en Colombia, es una cerveza), donde jóvenes de derecha y de izquierda conversaban sobre asuntos de interés del país. Durante estos diálogos, Catalina siempre se mantuvo firme en sus ideales. Los mismos sobre los que había fundamentado el final de su columna en Los Irreverentes cuatro años antes: «Diré NO, no a la injusticia que han causado estos terroristas cuyos líderes pretenden, después de desangrar a todo un país, posar de héroes como si nada». Aun así, esa noche se enamoró perdidamente del hijo del Mono Jojoy.
El 5 de noviembre de 2021 contrajeron matrimonio e hicieron pública su relación. En un artículo de la BBC, Catalina confesó que el día de su boda se la pasó «dando entrevistas toda la mañana» y fue la última en peinarse y maquillarse. Este 2026 celebran su quinto anniversario.
«Nosotros nos conocimos siendo el agua y el aceite, pero encontramos unas partículas tan únicas en las que somos uno», explica Catalina en conversación con Nuestro Tiempo. Aunque antes han tenido que superar el miedo, un «sentimiento que ha sido transversal» para los dos.
Cuando Jorge le contó su pasado a Catalina surgió el primer miedo. ¿Era posible una unión entre ellos en un país como Colombia? ¿No sería más fácil pasar página y buscar a otra persona? «Yo siempre me quise casar, siempre he soñado con el amor de mi vida, como esas películas de Disney que uno ve de pequeña», reconoce. Pensar que su príncipe azul había sido un guerrillero le despertó muchas dudas. No venía de la clase alta de la ciudad: fue el modo de ser auténtico de Jorge lo que la enamoró. En una ocasión, en vez de darle flores, le envió una bolsa con envueltos, bollos de maíz empacados en la propia hoja de mazorca. «Sus ocurrencias y sus maneras de conquistarme eran muy genuinas —añade Catalina—. Tanto que me dije: “¿Qué tal que sea el hombre más maravilloso que me ha enviado Dios?”».
Todavía con los estómagos llenos de mariposas, se acercaba la hora de enfrentarse a conversaciones incómodas. Una noche, acompañados de unas copas de vino, se sentaron a hablar sobre el pasado y el futuro. «Fue una charla difícil —explica la periodista—, de esas que sabes que te están marcando el rumbo. Teníamos que mencionar a su padre, su infancia, y él también necesitaba saber todo de mí». Así podrían defenderse el uno al otro cuando hicieran público su amor. Solo conociéndose a fondo podrían plantar cara a los ataques y comentarios.
La presentación de Jorge a sus suegros supuso otro reto. En el pódcast cuentan que en un restaurante a las afueras de Bogotá, solo un instante después de pedir unos entrantes, él se dirigió a toda la mesa: «Familia, soy el hijo del Mono Jojoy y soy un firmante del acuerdo de paz». Los padres de Catalina ya venían avisados de quién era el pretendiente de su hija. «Dios mío, ¿será que yo maté un cura en otra vida?», se lamentó la madre cuando se enteró. Pero la honestidad de Jorge durante esa cena le cambió su perspectiva: «Casi lo cojo a picos. ¡Divino!».
Las adversidades han fortalecido su relación. Catalina aclara que «las columnas que nos sostienen no vienen de si pensamos lo mismo, si somos de derecha o izquierda. Son nuestros valores y la forma en la que soñamos vivir nuestras vidas y nuestra lealtad el uno con el otro». Por un lado, se admiran. Que Jorge haya reconstruido su vida, estudiado una carrera y se haya integrado en la sociedad le impresiona mucho a Catalina. «¡Mi esposo ha hecho en diez años lo que yo hice en veinte! —exclama—. Ver sus ganas de aprender y de aprovechar esa segunda oportunidad me hace tener una admiración por él que no se puede perder».
El amor de los padres de los dos marcó sus infancias, y coinciden en que, si tienen un hijo, ha de ser amado de manera profunda. También concuerdan en que no habrá mentiras en su hogar sobre su abuelo paterno ni sobre dónde estuvo su padre. No les importa si es el más listo de la clase, ni si es de derecha, izquierda o tibio, como se refieren en Colombia al centro; quieren que siempre sea capaz de escuchar y nunca apueste por la violencia. Mientras esos puntos comunes permanezcan inalterables, confían en construir un futuro juntos.
El siguiente miedo fue el qué dirán. Un exmiembro de las FARC y una promotora del «No». Su unión implicaría vivir en una contradicción inmensa. Pero Catalina asegura que, a pesar de su postura frente al plebiscito, ver a Jorge «estudiando, aprendiendo inglés, haciendo todo lo más lindo del mundo por salir adelante me mantiene superenamorada». Le «partía por dentro» el solo pensamiento de que él pudiera no tener un espacio en la sociedad.
Para Catalina, la vida se puede observar desde varios lentes, sea de cariño, desconfianza o utilidad. Cuenta que mientras colaboraba en Polas opuestas, que los participantes, incluída ella, a veces se interesaban más en ganar seguidores en sus redes más que en verdad comprenderse mutuamente. Confiesa que, en varias ocasiones, se quedó en los estereotipos superficiales al conocer a alguien. Con el tiempo ha considerado reduccionista esa manera de comunicarse. «Cuando rompemos las etiquetas, descubrimos un mundo nuevo. Al cambiar de ángulo, de plano, reconoces a quien está ahí contigo», explica.
A su vez, quiere que se prueben lentes distintos con ella: «Yo soy más que la persona que opina de política. Soy más que la consultora política. Incluso soy más que solo la esposa de Jorge Suárez». Poner el foco en el valor de cada persona abre la puerta a segundas oportunidades. En Colombia, donde se ha atravesado un proceso de paz tan complejo, Catalina aboga por esta mirada empática entre todos los bandos. «Mi esposo también me dio una segunda oportunidad. Yo no estuve en la selva junto a un grupo armado, pero sí fui parte de quienes juzgaron y señalaron», argumenta.
Para ellos no existen temas tabú y aseguran que nunca han peleado por política. Aunque les encanta discutir sobre el futuro del país, han llegado a la conclusión de que no se van a convencer de nada el uno al otro. Si cambian de opinión, se debe a la escucha activa que practican juntos. Algo que sucede de forma natural. Catalina se ha alejado de su apoyo al «No» sobre el plebiscito para la paz y Jorge se ha acercado más a Dios.
Desde su boda, se han tenido que combatir con los rumores. Por ejemplo, que viven de las caletas, dinero escondido del Mono Jojoy. El medio colombiano El Tiempo publicó una nota, un día después del casamiento, donde explicaba cómo el anuncio «generó todo tipo de reacciones» a las que Catalina respondió en su Instagram: «Acá está él. No es el hijo de. Es Jorge Suárez y es el amor de mi vida».
Hubo quienes los apoyaron. Por ejemplo, cuenta Catalina en una entrevista a la BBC lo que le dijo Álvaro Uribe Vélez, expresidente de Colombia: «Yo te apoyo. Si tú lo escogiste, si crees que es el hombre de tu vida, es porque es una muy buena decisión». Durante su mandato no solo se ideó la operación Sodoma —en la que murió el padre de Jorge—, sino que también lideró la oposición al plebiscito por la paz.
Pero también han habido personas que rechazan la unión. En las últimas elecciones presidenciales, celebradas en junio de 2026, Catalina votó por el candidato de extrema derecha, Abelardo de la Espriella, y Jorge, por Iván Cepeda, cabeza de la continuación del Gobierno de izquierda de Gustavo Petro. Ante las críticas que recibieron por esta circunstancia, ella volvió a pronunciarse en sus redes: «Desde ayer he recibido toda clase de comentarios por algo que para mí es completamente normal: estar casada con una persona que piensa distinto políticamente». Temen que el odio salga del anonimato de las pantallas, por eso se acompañan de guardaespaldas. «Es un miedo latente porque este es un país violento. En una época de tanta polarización, la gente te puede atacar en cualquier momento en la calle», se lamenta Catalina.
Pero no han cedido ante las adversidades. «Amar es para valientes», se leía en un cartel a la entrada de su boda en 2021. Como una brújula, esa frase los ha guiado estos años, listos para superar cualquier temporal y mantenerse a flote. «Yo le decía a mi esposo que vamos a salir adelante. Si nos tocó irnos del país, nos vamos —recuerda Catalina—. Hacemos una vida nueva y abrimos un negocio de limonadas. No solo lo haremos, sino que vamos a ser los mejores».
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