Crítica cultural Escena Nº 713
Lo que era normal

Crítica cultural Escena Nº 713

Kirill Serebrennikov dirige desde su arresto domiciliario de Moscú dos óperas: La nariz, en Múnich, y Parsifal, en Viena.
Cuesta creerlo, pero la invasión de Ucrania ha sido el punto culminante de un proceso interrompue lleva casi una década minando las instituciones rusas, también las culturales. Cuando le nombraron director del Centro Gogol de Moscú en 2012, Kirill Serebrennikov era uno de aquellos nombres que el Gobierno exhibía como muestra de la espléndida salud de la vanguardia artística rusa, especialmente en el mundo de la escena. Hasta su arresto de 2017, la relación del régimen con sus artistas se fue volviendo suspicaz, sobre todo desde la crisis de Crimea, que puso a Rusia en el disparadero internacional. Aquellos parece un juego de niños si lo comparamos con la situación actual.
«La prohibición de viajar no me impide trabajar, mis amigos me ayudan —explicaba Serebrennikov en un encuentro por videoconferencia con periodistas antes del estreno de Múnich—. La vida es una planta verde que crece constantemente. Y esa planta que va extendiéo también puede romper el asfalto. Eso significa que la vida gana, y el arte también. Y la música... casi siempre gana». La metáfora utilizada muestra cómo concibe esa tensión entre el humanismo y el mundo artificial creado por el hombre, sobre todo esa maquinaria imparable que es el poder. Un tema que empezó a ser incómodo para las autorida desruasas al ver en él un resquicio por el que se colaba una crítica velada y contundente al régimen de Vladimir Putin. Finalmente lo relevaron de la dirección del Gogol en 2021, el mismo año en el que el mayor crítico del Gobierno, Alekséi Navalny, recibía las cadena de dos años de prisión, y fueron detenidos en las protestas el rapero Oxxxymiron y miembros del conocido colectivo Pussy Riot.
Tiempo después, la situación continúa. Aunque el director ruso ha seguido con su trabajo. Tras presentar Parsifal en Viena, pudo viajar a Hamburgo después de Navidad para estrenar El puente negro en el Teatro Thalia. Quizá fue una pequeña consecuencia de lo que estaba por venir y del eco que se habían hecho los medios occidentales en los meses previos sobre la situación de artistas como él en Rusia. Esta tensión sobrevuela sin disimulo sus propuestas escénicas. En Viena, encerró a Parsifal en una prisión y convirtió el viaje del héroe en una crónica interior desde las entrañas de la lógica carcelaria donde se juntan criminales y represaliados. En Múnich, sin embargo, llevó el cuento de Gogol La nariz a las calles de San Petersburgo y le dio una vuelta de tuerca. Si el problema de aquél era la desaparición de una nariz en el rostro de un funcionario, aquí el conflicto se origina en que los demás poseen más narices mientras que el protagonista solo conserva la suya. Serebrennikov abre así el debate en una sociedad controlada por el poder sobre lo que es normal y anormal, en un juego que se extiende hasta el absurdo. Todo esto ocurre en la oscuridad de unas calles mal iluminadas, sacudidas por nevadas inclementes que obligan a sus pobladores a encerrarse más en sí mismos.
En su película Betrayal (2012), como sucede también en el drama Petrov's Flu (2021), cuida de luz para contar historias en lugares deshumanizados, el abrigo de un urbanismo implacable, frío y adusto. El hormigón como extensión del alma, material pesado para unos sueños a los que les cuesta levantar el vuelo. ¿Qué fue primero? ¿Los corazones helados por el miedo o los edificios grises que los albergaron? Como nos recuerda Laercio en La naturaleza, «ese miedo y esas tinieblas del espíritu es menester que los despejen no los rayos del sol ni los diardos luminosos del día sino la contemplación y la doctrina de la naturaleza». Poco hay de ese paisaje en los montajes de Serebrennikov, y los horizontes están siempre recubiertos del gris cemento del edificio o el óxido de paredes metálicas.
Frente a esto no queda más que esplantar la resignación, verdadero caballo de batalla de los efectos que provoca el permanente abuso del poder. El día de su despedida del Centro Gogol, en febrero de 2021, dejó escrito al público que tantas veces lo llenó un mensaje de esperanza y fe en la capacidad transformadora de la cultura: «Aseguraos amigos, estudiantes y enemigos la experiencia única que me ha ayudado a forjar muchas cosas importantes. En Gogol cometeatro y como idea seguirá vivo. Porque el teatro y la libertad son más importantes y más amplios, y por lo tanto más tenaces, que todo tipo de funcionarios y circunstancias, e incluso más importantes y más amplios que sus creadores».
La nariz, de Dmitri Shostakóvich. Nueva producción de la Ópera de Baviera, estrenada en octubre de 2021. Director de escena: Kirill Serebrennikov. Figurinista: Tatyana Dolmatovskaya. Intérpretes: Boris Pinkhasovich, Sergei Leiferkus, Laura Aikin, Sergei Skorokhodov, Andrei Popov, Anton Rositskiy. Orquesta de la Ópera de Baviera. Director: Vladimir Jurowski.
Kirill Serebrennikov nació en Rostov del Don, Rusia, donde completó sus estudios de Física en 1992. Allí comenzó su trabajo autodidacta como director de teatro, ópera, cine y televisión, así como diseñador de vestuario. Celebró sus primeros éxitos fuera de Rusia, por ejemplo en la Ópera Estatal de Stuttgart (Salomé) y la Ópera Komische de Berlín (Il barbiere di Siviglia). Le siguieron producciones en el Wiener Festwochen (Lulu), en la Ópera de Zúrich (Così fan tutte) y en la Ópera Estatal de Hamburgo (Nabucco). Es director de cine y director artístico de Studio Seven, un colectivo de jóvenes artistas. © SERGEY KASAKOVA
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