Algunas veces es una mirada escondida entre los árboles. Otras, una amalgama de rectángulos y trapecios. O un charco de colores. En cualquier caso: el rostro de Marguerite evocado por su padre. El Musée d’Art Moderne de París ha reunido, por primera vez, esta colección de retratos de Henri Matisse.

Cielo encapotado. Fachada cenicienta, desaturada. La llovizna empaña el pórtico del Musée d’Art Moderne. Fuentes secas. Frisos neoclásicos ilustran leyendas indescifrables. Jóvenes skaters se balancean entre escaleras de piedra (grises) y saltan en las rampas (grises). En el interior estalla el morado chispeante de Raoul Dufy, el verde intenso de Sonia Delaunay y el rosado danzarín de Henri Matisse.

Al traspasar aquellas salas, aquellas explosiones de color, el final del pasillo desemboca en «Marguerite y Matisse. La mirada de un padre», la muestra que el museo inauguró a principios de abril. La idea troncal aparenta nimiedad: reunir ciento diez retratos que Henri Matisse (1869-1954) hizo de su primogénita. Un rostro formado por muchos rostros. La historia de dos vidas, en imágenes. La pregunta de quiénes fueron ambos a través de los días, los años, las mudanzas.

«¿Quién es Manet sino el instrumento azaroso de una especie de metamorfosis?», reflexionó el escritor y antropólogo Georges Bataille en un libro dedicado al artista. La pregunta salta a la biografía de Matisse. Niñez en Le Cateau, juventud en París, vejez en Niza, viajes a Tánger y a Collioure, estudiante de Leyes, aprendiz de Moreau, compañero-rival de Picasso, muralista, fauvista, expresionista, iconoclasta, clásico, desnudos, esculturas, découpés, abstracciones. Los métodos de Matisse, sentenció el crítico Roger Fry, «parecen destinados a causar confusión por la violencia de sus paradojas».

Paradojas violentas implican sucesiones violentas. Cambios. ¿Qué permanece ahí? Permanece Marguerite, sugiere la exposición. Permanece el ímpetu por retratarla de forma «tajantemente franca e intensa». Matisse —prosiguen las curadoras— no buscó en Marguerite una musa (etérea, idealizada) o una modelo (sustituible). No. «Pareció ver en ella un espejo de sí mismo», acotan. Porque ella también acarrea su metamorfosis. Hija ilegítima, prisionera de la Gestapo, modista, adolescente callada, voluntaria en la guerra, pintora efímera, responsable del legado paterno. Permanece una cicatriz en el cuello, resto de una traqueotomía. Y la venda negra que la encubre.

En 1906 Marguerite es un remanso en un huracán. Lee un libro a solas. Quieta. Una mancha verde, como fuego, como lava, asedia su figura. Verde luminoso. Verde transparente. Lee imperturbable, anclada; alrededor la estabilidad se derrite, se deforma, se estira. En La lectura sorprende esa ebullición, pero también una sutil unidad. Ella apenas tiene doce años, empieza a vivir con Matisse, toma su apellido. Él lleva a la familia al pueblo pesquero de Collioure, en busca de la luz del Mediterráneo, de otras luces. En la gran ciudad le despreciaron, le llamaron «bestia salvaje». Prueba, indaga. Encuentra. 

En 1915 Marguerite es un mosaico de geometrías. Fragmentos coloridos en un fondo opaco. Un montón de grietas que forman una Cabeza blanca y rosa. Dos ojos hondos desafían, penetrantes. Ojos que, solitarios en ese bosque de rectas espinosas, recuerdan a ciertos versos de Octavio Paz en Hacia el comienzo: «Te meces en el trapecio del miedo / los terrores de tu infancia / me miran / desde tus ojos de precipicio». Una venda oscura cubre el cuello (también oscuro). A ella la rechazan de profesora y vuelve con sus padres. Él abraza la abstracción y la austeridad, le niegan su postulación al servicio militar. Viven en el Quai Saint-Michel, en París. Coinciden. 

En 1945 Marguerite es una línea sobre un papel blanco. Un boceto parco. Cejas, cabellos y ojos. Casi nada más. Ella tiene un hijo, cincuenta años y su futuro comprometido en La Resistencia. Va, prisionera, rumbo a Alemania. A una muerte segura. Consigue escapar y reunirse con Matisse en la Costa Azul, su última morada. Él, después de meses de silencio —lo ignoraba todo—, titula la litografía El rostro del regreso a manera de respuesta. Superviviente de cáncer, en silla de ruedas, ya célebre, en gestación de los découpés y la capilla de Vence, intenta no repetirse a sí mismo. Sus fuerzas físicas decaen, pero su espíritu creativo persiste. O lucha por persistir.

Él la marcó y ella le marcó. También en un sentido literal. Es 1901, cuando la familia vuelve a Le Cateau, incapaz de sostenerse en la capital francesa. Ella, víctima de difteria, tose sin parar, pierde la respiración. Ningún médico en la calle. Ninguna respuesta a los gritos. Él —relata la biógrafa Hilary Spurling en Becoming Matisse— se ve obligado a lo inimaginable. Dañarla para salvarla. Escoger un cuchillo de la cocina y abrirle la tráquea porque, de otra forma, hubiera muerto.

Afuera, la llovizna escala a lluvia. Unos se refugian bajo las columnas del Palais de Tokyo, al frente. Las gotas pintan la piedra. Otros esperan. Un padre y una hija se demoran en la librería del museo, silenciosos.

LO INAGOTABLE

En 2019, a ciento cincuenta años del nacimiento de Matisse, el mundo lo celebró con júbilo. Las exposiciones incluyeron «Como una novela» (Centre Pompidou, 2020), «El estudio rojo» (MoMA, 2022), «Vértigo del color» (MET, 2023), «MiróMatisse. Más allá de las imágenes» (Fundació Joan Miró, 2024), entre otras. «Chez Matisse. El legado de una nueva pintura» abrió en Madrid el 29 de octubre, fruto de una colaboración entre CaixaForum y el Centre Pompidou. La posibilidad de nuevas lecturas delata una herencia inagotable.

Parte de la ola expansiva, la muestra del Musée d’Art Moderne señala una pulsión por entender al pintor desde su intimidad, no como líder de un movimiento histórico. «Incluso si alguien apila juntos los treinta libros publicados sobre Matisse jamás podría conseguir una visión completa de su obra», escribió Alfred Barr, el primer director del MoMA, en su voluminoso estudio acerca del pintor.

RETRATOS

«Cuando yo pinto un retrato, vuelvo y vuelvo una y otra vez a mi estudio, y en cada momento es un nuevo retrato lo que estoy pintando: no uno que improviso, sino uno distinto que comienzo continuamente; en cada momento yo extraigo de la misma persona un diferente ser» 

—Henri Matisse en su ensayo Mirando a la vida con los ojos de un niño (1953), escrito un año antes de su muerte.

LÍNEAS Y ROSTROS

«Descubro entre las líneas de un rostro aquellas que sugieren la profunda gravedad que persiste en todo ser humano. Una obra de arte debe cargar en sí misma su significancia completa, imponerla sobre el espectador antes, incluso, de que reconozca el tema»

—Henri Matisse en Notas de un pintor.

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