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Lucky

La estafa de la inflación narrativa

29 de julio de 2026 3 minutos


Título original: Lucky
Año de emisión: 2026 (7 episodios de 50 minutos)
Emisión en España: Apple TV y Movistar TV
Creador: Jonathan Tropper

Huir. Huir sin descanso. Por tierra, mar y aire. Huir de la policía, de la mafia y del estupor por la traición amorosa. Escapar por los pelos de todo. Carreras alocadas por un casino, peleas inverosímiles desde un maletero y paladas de adrenalina on the rocks. Semejante frenesí ocupa al personaje interpretado por la fascinante Anya Taylor-Joy (Gambito de dama) durante los 45 minutos del primer episodio de Lucky, una de las apuestas veraniegas de Apple TV. 

Conviene tomar aire durante un párrafo para diseccionar la estrategia de la compañía de la manzana. Es una de las plataformas que, en esta era de sobredosis de oferta, aún ansía labrar una imagen de marca basada en la sofisticación; la calidad sobre la cantidad. El problema es que varias veces sus disparos de prestigio también pasan rozando el poste. Esto no es la HBO de principios de siglo; su ratio es peor y su competencia mayor.

Semejante zigzagueo hace que esta Lucky emparente en su ambición palomitera con, por ejemplo, Hijack —un thriller eficaz sin grandes pretensiones— antes que con conceptos de altos vuelos y ejecuciones lustrosas como Separación, Para toda la humanidad o Slow Horses. La miniserie de esta estafadora —con estirpe familiar al respecto: el siempre interesante Timothy Olyphant ejerce de papaíto timador— actúa como producto de refresco veraniego: trago fácil y distendido, agradable para pasar el rato y ya. 

Al final del segundo episodio, un personaje sentencia: «Solo estás en peligro cuando no tienes el control. Nosotros lo tenemos». Umm. No sé yo. Porque, paradójicamente, quien parece perder el control no son tanto los personajes como el propio relato. Una vez establecido que no estamos ante un relato para la posteridad, la a ratos entretenida y a ratos redundante Lucky también nos sirve como ejemplo de una tendencia cada vez más habitual en el streaming más reciente: la película estirada, el relato chicle. La mejor serialidad no es solo la que gambetea por los picos y valles de la historia haciendo parada y fonda al concluir cada episodio para multiplicar la ansiedad narrativa del espectador. No. Tampoco se trata solo de posponer la resolución porque sí, sino de saber que la medida importa: el caudal narrativo ha de adecuarse al cauce para evitar la impresión de que la peripecia caracolea o de que los personajes pasan varias veces por la casilla de salida. 

Y ahí es donde Lucky se erige en síntoma y acaba retratando un problema que trasciende su propia historia. La primera de las siete horas de esta miniserie transmite urgencia, suspense, dinamismo. Pero nada que no hubiera podido contarse en mucho menos tiempo. La clave de un buen relato no es correr sin aliento, sino encontrar el ritmo que cada historia reclama. La adrenalina es un magnífico combustible, sin duda, pero no debe confundirse con el destino. En Lucky todo quisqui huye, de acuerdo. El problema es que el relato también parece escapar sin descanso hacia delante para no detenerse a comprobar si, detrás de tanto trasiego, tiene realmente algo más sustancioso que contar.

 

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