Campus Entrevista Historia y religión Nº 720
Manuel Reyes Mate: «La memoria es la gran abogada de las víctimas»

Campus Entrevista Historia y religión Nº 720

El filósofo Manuel Reyes Mate llegó a Alemania en la década de los sesenta, cuando la sociedad aún se resistía a asomarse a la historia del Holocausto. La educación después de Auschwitz se convirtió entonces en uno de los ejes de su investigación, que se ha ocupado también de la memoria de la barbarie, de la visibilización de las víctimas y su sufrimiento, y de la recuperación de los verdugos.
Manuel Reyes Mate Rupérez (Pedrajas de San Esteban, Valladolid, 1942) ha dedicado buena parte de su vida a desbrozar el sufrimiento de los inocentes. Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y por la Wilhelms-Universität de Münster de Alemania, impulsó la creación del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y dirige la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía. En 2009, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo con La herencia del olvido. Cualquier estudio sobre la memoria, el Holocausto y la educación después de Auschwitz recala inevitablemente en su obra.
Este curso, visitó la Facultad de Comunicación para impartir la sesión inaugural de la II Jornada Contar el Terror. Relatos en Primera Persona, que organiza el grupo de investigación «Narrativa, violencia y memoria» con la colaboración de la Fundación Víctimas del Terrorismo y la Fundación Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo. El filósofo abordó el asunto que, en su opinión, más atención y debates ha acaparado después de la Segunda Guerra Mundial: cómo contar Auschwitz y, por extensión, la violencia. Sus reflexiones discurrieron por la pregunta provocadora de Theodor Adorno sobre si se puede hacer poesía después de Auschwitz, las precisiones de Primo Levi sobre la impotencia de los supervivientes para contar el padecimiento de quienes no han sobrevivido o la apuesta de Jorge Semprún, que defendía que el arte era la única manera de transmitir la experiencia del horror. ¿Puede contarse todo y se puede dar voz a todos, víctimas y verdugos? Esta entrevista recoge algunas de las ideas que Manuel Reyes Mate compartió aquel día.
¿Qué papel han ocupado las víctimas a lo largo de la historia?
Víctimas ha habido siempre, pero eran invisibilizadas. Hegel explica la historia de la humanidad como una historia de violencia construida sobre cadáveres y escombros. Esto parece contradecir lo que podría esperarse del Homo sapiens. Sin embargo, no provocaba entonces ninguna indignación y se argumentaba tranquilamente que las víctimas eran el precio necesario del progreso. Al hecho de no haberles dado importancia a las víctimas en aras de algo que se entendía como un bien mayor, lo llamamos invisibilización.
¿Cuándo comenzaron las víctimas a hacerse visibles?
Esta reflexión se produce en torno a los años setenta en Europa. Contra todo pronóstico, después de la guerra y de que fueran liberados los supervivientes de los campos de exterminio, Europa, Alemania y el mundo entraron en una fase de olvido. Varias décadas después se empieza a tomar conciencia del Holocausto. Su singularidad no es el número de víctimas, que se calcula en seis millones, sino que se trata del mayor proyecto de olvido: no podía quedar nada. La idea del nazi era que el judío tenía que ser destruido primero físicamente y su cuerpo debía quemarse. Por eso, en los campos de exterminio, junto a los hornos crematorios, había unos molinillos para triturar los huesos y convertirlos en polvo. El hitlerismo pensaba que, sin rastro físico, la humanidad acabaría desprendiéndose de la aportación cultural del pueblo judío. Cuando se toma conciencia de ese acontecimiento, la respuesta a un proyecto de olvido solo puede ser un proyecto de memoria.
¿Por qué?
Porque las víctimas ponen en evidencia la falsedad del discurso del progreso. Muchos de los supervivientes, tras su liberación, piden el «nunca más», que no se vuelva a repetir. Hay un abismo entre la violencia que habían sufrido y su respuesta: piden memoria.
¿Cómo fue posible que la idea del olvido perdurase tanto tiempo?
La cultura occidental es profundamente amnésica. Todo está cifrado en el presente: el pasado y el futuro nos interesan en función del presente, que lo legitima todo. En una cultura así, la memoria resulta peligrosa porque nos recuerda que el mundo está construido sobre el sufrimiento. La memoria es la gran abogada de las víctimas. No es un sentimiento o una vivencia, sino que nos permite descubrir la parte más resistente al conocimiento de la realidad, que es la historia del sufrimiento. Cuando eso se pone sobre la mesa, incomoda. Avanzar en materia de memoria cuesta tanto porque tiene enemigos poderosos.
¿Cuál es el objetivo de la memoria?
El «nunca más». Solemos identificar memoria con justicia, y es verdad: sin memoria no hay justicia. Sin embargo, aunque gracias a la memoria hacemos presentes las injusticias, es mucho más. Cuando hablamos de leyes de memoria histórica, nos centramos en reparar los daños de las víctimas o en castigar al culpable, pero entonces bastaría con aplicar el Código Penal. Estas leyes deben incluir el aspecto memorial, que apunta al «nunca más». Convocamos la memoria para que nos ayude a crear las condiciones para que el pasado no se repita.
¿Qué nos hace más sensibles al sufrimiento de unas víctimas que al de otras?
Las víctimas son todas iguales; quien entienda a una víctima debería entender a todas… o no ha entendido a ninguna. Lo que las caracteriza no es la ideología, sino algo mucho más profundo: el hecho de que un ser inocente sea objeto de una violencia inmerecida. Eso no presupone que todas las víctimas tengan igual significación política. No es lo mismo una víctima de la represión franquista, que forma parte de una estrategia de exterminio, que una víctima de anarquistas desaforados, que cometían un delito que el Estado perseguía. Tampoco es lo mismo una víctima de ETA, que despliega un planteamiento en que la acción se premia, que una víctima de los GAL, que, aunque los aparatos estatales se vieran involucrados, cometieron delitos por los que un ministro acabó en la cárcel.
¿Qué distingue a las víctimas de violencia política?
La politización de la violencia no es un eximente, sino un agravante. Porque aceptar que el crimen forma parte de una estrategia política no es defender una idea: es cometer un crimen.
En casos como la memoria del Holocausto o de las víctimas de la Guerra Civil, han sido los nietos quienes han preguntado por sus abuelos. ¿Por qué la memoria silenciada durante generaciones sale finalmente a relucir?
Es un hecho contrastado que la generación de los hijos sabe, pero no quiere saber; y los nietos intuyen que no saben, quieren saber y preguntan por lo que hicieron los abuelos mientras todo eso ocurría. Para comprender por qué tarda tanto la memoria en imponerse habría que analizar cada caso. En Alemania acabó la Segunda Guerra Mundial, empezó la Guerra Fría y no le interesó a nadie recordar. Los estadounidenses habían sido aliados contra los nazis y querían apoderarse del capital alemán, por eso pensaban que entretenerse en el pasado era perder energías. Tampoco los judíos recordaron: había una especie de vergüenza generalizada porque se habían dejado matar como corderos. La política de Israel tampoco fue nada acogedora con los supervivientes, porque no respondían al ideal del judío luchador que intentaba crear un Estado.
Algunos tardaron mucho en recordar porque el olvido fue terapéutico y otros, como cuenta Primo Levi, porque nadie quería oírles. La memoria es muy exigente, va en contra de la forma en la que queremos vivir el presente: pasar página, que es lo más cómodo, y no hablar del duelo.
Las sociedades que han vivido una experiencia violenta ¿pueden hacer un duelo colectivo?
Recuerdo que yo acababa de llegar a Alemania y en 1966 se publicó un libro que conmocionó a la opinión pública. Lo escribió un matrimonio de psiquiatras, Alexander y Margarete Mitscherlich, y se titulaba La incapacidad de los alemanes para el duelo. Habían pasado veinte años del final de la Segunda Guerra Mundial y estos dos autores denunciaban que los alemanes no habían hecho duelo. El duelo significa llorar la pérdida de un ser querido, que en este caso había sido Hitler, pero al vencido no se le llora. Nadie quería enfrentarse a reconocer lo que había hecho ni lo que habían hecho ellos. Como resultado, la sociedad alemana de los años sesenta era igual de autoritaria, igual de antisemita, igual de anticomunista e igual de xenófoba que durante el hitlerismo. Para cambiar había que hacer el duelo. En lugar de eso, se volcaron en el «milagro alemán» y buscaron en el éxito económico y social una razón de olvido. La incapacidad de una sociedad para el duelo es muy grave porque, si no se asumen las responsabilidades y se toma distancia frente a ellas, corremos el riesgo de continuarlas.
¿La sociedad vasca ha completado el duelo tras el final del terrorismo de ETA?
Es evidente la incapacidad de la sociedad vasca para el duelo. Al menos una parte de ella ha quedado muy afectada por la violencia terrorista. Lo que llama la atención es el envilecimiento de la ciudadanía, la traición, el chivatazo, la miseria, la facilidad con la que se abandona a los amigos… Eso se soluciona enfrentándose al pasado, y hacer duelo es fundamental para poder superarlo.
La violencia no solo afecta a quienes la ejercen y a quienes la sufren. También incide en el espectador. Algunos se muestran indiferentes. Otros incluso obtienen beneficio del estado de cosas. ¿Por qué algunas personas pueden, como dice Géraldine Schwarz en Los amnésicos, «abdicar de humanidad»?
El papel de los espectadores es decisivo. El terror no lo producen cuatro locos; solo es eficaz si consigue contagiar a toda la sociedad. Por eso el duelo no tiene que implicar únicamente a los victimarios, sino a esa comunidad que fue indiferente o que los apoyó de modo indirecto.
¿Qué papel tienen los perpetradores en una sociedad posviolenta?
La segunda víctima del crimen es el propio asesino, que, deshumanizado, pierde parte de sí mismo. El criminal pierde conciencia del daño que hace porque disminuye su capacidad humanizadora. Creo que forma parte de la sabiduría occidental una distinción que no deberíamos perder de vista jamás: el que comete un crimen no es un criminal. No hablo desde una perspectiva legal, sino desde el punto de vista de que quien comete un crimen no agota sus posibilidades humanas, sigue siendo un sujeto capaz de corregirse y de actuar de otra manera, de hacer el bien, si se le da una segunda oportunidad y él la busca y la pide.
¿Cuál debe ser la actitud de los ciudadanos hacia los perpetradores?
A los victimarios hay que transmitirles la idea de que no solo queremos castigarles, sino que les esperamos. Es imposible conseguir un nuevo tiempo sin contar con ellos. Para empezar a crear las condiciones que lo posibiliten, tienen que tomar distancia del tiempo antiguo, hacer un trabajo de elaboración de su responsabilidad y entender que asesinar no es un acto heroico: es un crimen. Cuando el victimario alcanza ese relato, se arrepiente. No sé si el final pasa por el perdón llamado así o segunda oportunidad.
¿Cómo se educa después de Auschwitz, de la guerra o del terrorismo?
Tratamos de llevar a la formación de los jóvenes una mirada científica, pero la racionalidad de la ciencia es muy limitada porque solo ve los hechos, no la dimensión oculta de la realidad: no ve el sufrimiento sobre el que está construida la humanidad. Por eso, educar no significa añadir una unidad didáctica, sino que implica entender que hablar del sufrimiento es la condición de toda verdad, que el sufrimiento no es un asunto solo moral o sentimental, sino que es epistémico. Se trata de un giro educativo en el que debemos llevar la conciencia de una dimensión normalmente oculta. El logos, la ciencia, la razón, está especializado en hechos (hecho es el pasado que ha llegado a realizarse). Pero hay hechos que no llegan a realizarse, que son frustrados, que quedan arrumbados, que fracasan… En eso se especializa la memoria: en ver la parte invisible de la realidad, que es la historia del sufrimiento.
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