Grandes temas Vida buena Ciencia y tecnología Nº 726
Mi despensa está (ultra)enferma

Grandes temas Vida buena Ciencia y tecnología Nº 726

—En términos de salud pública, ¿cuál es la magnitud de la crisis actual comparada con la del tabaco? —pregunta Bill Whitaker en CBS News.
—Esta crisis nos afecta a todos. No solo a los fumadores —responde David A. Kessler, pediatra y abogado de 75 años—. Observen la cantidad de personas que consumen productos ultraprocesados.
—¿Le gustaría ver a los CEO de las grandes compañías alimentarias presentarse ante el Congreso y levantar la mano derecha como hicieron los de las tabacaleras? —plantea el periodista.
—Este país está enfermo —afirma Kessler—. Las empresas deben comprender las consecuencias de lo que están haciendo y tomar medidas. Cambiamos la perspectiva sobre el tabaco; ahora necesitamos invertir la perspectiva sobre los ultraprocesados.
El domingo 15 de febrero, desde el programa de noticias más exitoso de la televisión estadounidense —60 Minutes— y en prime time, las palabras del Dr. Kessler desadormecieron la conciencia americana.
La suya no es una voz cualquiera. Desde noviembre de 1990 hasta febrero de 1997 capitaneó la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA). Su arrojo resultó clave para regular la fabricación, el etiquetado, la venta y la publicidad del tabaco.
En 1994, la FDA promovió una investigación acerca de los efectos de la nicotina en el cerebro. Si resolvían que se trataba de una sustancia «destinada a alterar la estructura o cualquier función del cuerpo», según contempla la Ley Federal, la Agencia tendría jurisdicción sobre los cigarrillos y el tabaco sin humo como dispositivos que suministraban la droga.
Pesquisas, testimonios y documentos confidenciales desvelaron las prácticas de esta industria. A sabiendas de su potencial adictivo, los fabricantes llevaban tres decenios manipulando los parámetros de alquitrán y nicotina que liberaban los cigarrillos para satisfacer la necesidad de los consumidores. Por ejemplo, usaban aditivos químicos, como mostró un informe especial del New England Journal of Medicine.
En agosto de 1995, el presidente Clinton anunció las conclusiones del análisis y dio luz verde a un programa regulatorio enfocado a romper el ciclo de adicción, que se originaba en la adolescencia. Las empresas impugnaron y, tras catorce años de litigios, la Ley de Control del Tabaco se aprobó en 2009. Aunque no prohibió los cigarrillos ni rebajó los niveles de nicotina a cero, cambió «cómo funciona Washington y para quién trabaja», subrayó el presidente Barack Obama en su comparecencia tras la votación.
La normativa facultó a la FDA para alejar de escuelas y parques la publicidad, aumentar las sanciones sobre las ventas de tabaco a menores, rediseñar las etiquetas de advertencia en las cajetillas, desterrar términos promocionales engañosos y vedar algunas sustancias químicas y la mayoría de los saborizantes.
Estas medidas históricas se desencadenaron a raíz de una petición ciudadana que Scott Ballin, presidente de una coalición antitabaco, firmó en octubre de 1994. Al Dr. Kessler, que entonces dirigía la FDA, le tocó buscar respuestas. Tres décadas después, y por esa misma vía, es él quien abandera una nueva causa: el 6 de agosto de 2025 elevó una solicitud al Departamento de Salud para limitar la exposición a los carbohidratos refinados utilizados en el procesamiento industrial con el fin de prevenir la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares.
Gracias al marco federal que alumbró el Congreso en los años noventa, «el mundo ha cambiado», reconoció Kessler a The New York Times, y ahora espera que su petición «impulse un replanteamiento de cómo se elaboran los alimentos y de qué es lo que comemos».
El paralelismo entre el tabaco y los productos ultraprocesados traspasa lo anecdótico. Sustancias que no son seguras, efectos farmacológicos en el cerebro, manipulación intencional de procesos productivos, estrategias de marketing capciosas, negocios billonarios, grupos de presión intocables… Como ocurrió con la nicotina, hoy las evidencias científicas también se agolpan. La serie sobre «Ultraprocesados y salud humana» que la revista The Lancet publicó en noviembre de 2025 concluye que ha llegado el momento de pasar a la acción.
El artículo que ha revolucionado la nutrición se presentó en noviembre de 2010 en la revista científica brasileña Cadernos de Saúde Pública. Lo firmó un quinteto encabezado por Carlos Augusto Monteiro, fundador del Centro de Estudios Epidemiológicos en Nutrición y Salud de la Universidad de São Paulo.
A mediados de los noventa, indagaron las causas de una alarmante escalada de la obesidad en su país. Observaron que la comida tradicional —como arroz y frijoles— se veía amenazada por un patrón compuesto de bebidas gaseosas, galletas dulces, postres preparados, fideos instantáneos y cereales. Al preguntarse en qué se parecían esos productos, descubrieron que se fabricaban con ingredientes deconstruidos, modificados, mezclados con aditivos y, además, se publicitaban. A estos alimentos los llamaron ultraprocesados (UPF, por sus siglas en inglés).
Para penetrar en este cambio cultural, el médico británico Chris van Tulleken desanda la historia evolutiva en el libro La epidemia de los ultraprocesados (Urano, 2024). «En los últimos 150 años —afirma—, los alimentos han dejado de serlo». Desde finales del siglo XIX, se han ido incorporando en la dieta sustancias creadas mediante moléculas y procesos nuevos: los almidones se modifican, los azúcares se invierten, los extractos de proteínas se hidrolizan y los aceites de semillas se refinan, decoloran, desodorizan, hidrogenan e interesterifican (se varía su textura).
Después se combinan con aditivos sintéticos «a los que nuestros sentidos nunca habían estado expuestos»: emulsionantes, edulcorantes, espesantes, estabilizadores, quelantes, saborizantes, acentuadores del sabor, reguladores de la acidez, colorantes, blanqueadores, fijadores de color, clarificantes, agentes de glaseado, humectantes, gasificantes, espumantes, gelificantes, agentes endurecedores, incrementadores y reductores del volumen, leudantes, conservantes, antioxidantes… Para rematar el cocinado, los ingredientes se unen por medio de técnicas industriales que dan forma, textura y sabor.
El desarrollo de los UPF se generalizó a partir de 1950, cuando se establecieron los requisitos de aprobación de aditivos alimentarios. La enmienda que ratificó el Congreso estadounidense en 1958 permitió una excepción: algunas sustancias debían considerarse «Generally Recognized As Safe» (GRAS) para ahorrar trámites a los productores de vinagre, sal de mesa y otros ingredientes comunes. El resto de empresas, que también querían saltarse el proceso de revisión de inocuidad, hicieron de la dispensa una ley a su medida.
La FDA desconoce cuántas sustancias se han agregado a los alimentos por la vía de la autodeterminación, pero, según apunta Van Tulleken, se calcula que hay cerca de diez mil. En el Viejo Continente, en cambio, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria aplica un enfoque preventivo; revisa los aditivos de manera periódica y actualiza una base de datos.
Los UPF representan hoy más del 50 por ciento del total de calorías diarias que se consumen en Estados Unidos, el Reino Unido y Australia. En España, su impacto se ha triplicado en las últimas tres décadas, y ha pasado del 11 al 32 por ciento, y se encarama hasta el 40 por ciento en niños. Estas cifras, pertenecientes a una serie de artículos publicada en The Lancet, retratan una transición global: cómo los UPF arrinconan a los alimentos frescos y mínimamente procesados.
Una pizza es una pizza: harina, tomate y queso. Si se elabora como una receta casera, no suele llevar más de seis ingredientes. La lista crece en las versiones de supermercado, aderezadas con conservantes, estabilizadores y antioxidantes. Ambas, comenta Chris Van Tulleken en su libro, tienen casi la misma cantidad de calorías, grasa, sal y azúcar, pero la perspectiva del equipo del Dr. Monteiro deja al descubierto la línea roja que las separa. NOVA, la clasificación de alimentos que presentaron ya hace dieciséis años, partió de dos hipótesis. Primera: los ultraprocesados deterioran la calidad de la dieta. Segunda: contribuyen al aumento de enfermedades crónicas.
El procesamiento no resulta malo en sí. «Ha sido necesario para nuestra supervivencia», defiende Van Tulleken. Hasta tal punto que el neurocientífico australiano John B. Furness propuso catalogar al ser humano como cucinívoro, por su dependencia de la cocción y de otras técnicas para preparar y conservar comida.
En la era industrial, los métodos tradicionales (refrigeración, congelación, pasteurización, fermentación o enlatado) se orientaron a prolongar la durabilidad de los alimentos —preservando en gran medida su estructura natural— y a mejorar las propiedades sensoriales.
Sin embargo, la llegada de nuevas tecnologías de procesamiento despertó recelos. Estados Unidos creó en 1951 una comisión para investigar el uso de compuestos químicos. Contabilizaron más de 700, pero tan solo de 400 se conocía que eran inocuos. Uno de sus informes reflejaba una inquietud muy actual: «Que muchos de los productos químicos que se agregan a los alimentos no hayan sido probados lo suficiente como para determinar si son aptos». Les preocupaban especialmente las sustancias «cuyos efectos nocivos se manifiestan al cabo de meses o años de consumo».
Las pruebas que aglutina la serie disponible en The Lancet han ratificado las dos teorías que sustentan NOVA.
Primera: el ultraprocesamiento altera la matriz de los alimentos y destruye su complejidad química. Las consecuencias de esta dieta incluyen desequilibrios nutricionales, comer en exceso, una menor ingesta de fitoquímicos protectores de la salud y una mayor exposición a contaminantes tóxicos del envasado y a mezclas de aditivos potencialmente dañinos.
Segunda: los sustitutos —vacíos de nutrientes— de los alimentos integrales aumentan el riesgo de padecer múltiples enfermedades crónicas. El dosier divulgado por la revista británica asocia el consumo de UPF con índices más elevados de obesidad y sobrepeso, diabetes tipo 2, patologías cardiovasculares, afecciones renales y gastrointestinales, depresión y mortalidad prematura.
Quizá sería más apropiado dejar referirse a los UPF como alimentos. Según la investigadora de la Universidad de São Paulo Fernanda Rauber le advirtió a Chris van Tulleken, convendría decir que se trata de «sustancias comestibles producidas químicamente».
Evolución temporal entre 2007 y 2022 de los datos de ventas globales de alimentos (en kg per cápita) de Euromonitor International correspondientes a diez categorías de productos ultraprocesados en 93 países agrupados según sus niveles de renta. Estos cuatro bloques se basan en su renta nacional bruta per cápita en 2022 y en la clasificación de renta del Banco Mundial (apéndice, pp. 4-5).
Ventas en kg por persona y año. Desliza para ver los cuatro grupos de renta.
Ingresos bajos
Ingresos medios-bajos
Ingresos medios-altos
Ingresos altos
Oyó hablar de los ultraprocesados por primera vez en 2017, cuando el término emergía en la prensa. Un ejecutivo de Pepsi le pidió su opinión sobre una nueva manera de ver los alimentos que les preocupaba, el sistema NOVA. «¿Cómo puede alguien tomarse eso en serio?», reaccionó.
El protagonista de la escena que relata Van Tulleken es Kevin Hall, entonces investigador de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos. Su escepticismo le empujó al laboratorio: dirigió el primer ensayo clínico que analizó la respuesta del cuerpo a los ultraprocesados. Comparó dos dietas idénticas en sal, azúcar, grasa y fibra. Una a base de UPF y la otra no. Hall descubrió que los veinte participantes ingirieron 500 calorías más al día con la dieta UPF, ganaron un promedio de un kilo y comieron más rápido.
Los resultados del ensayo, difundidos en 2019, catalizaron la investigación alrededor de la teoría de Monteiro. Aunque en este debate predominan los argumentos nutricionales, un artículo publicado en la revista The Milbank Quarterly examina los UPF desde la ciencia de la adicción: cómo se optimizan para instigar al consumo compulsivo. Los autores, entre los que se encuentra Ashley Gearhardt, profesora de Psicología en la Universidad de Michigan, trazan un paralelismo con el tabaco: «Muchos UPF comparten más características con los cigarrillos que con las frutas o verduras mínimamente procesadas».
La analogía, aseguran, radica en su origen común. Las tabacaleras Philip Morris y R. J. Reynolds adquirieron compañías alimentarias —como Kraft (que se fusionó en 2015 con Heinz), General Foods y Nabisco (hoy propiedad de Mondelez)— y fueron los principales fabricantes y comercializadores de UPF desde 1980 hasta los años 2000. Estas empresas replicaron su experiencia; solo reemplazaron la nicotina por un cóctel irresistible —y antinatural— de carbohidratos refinados y grasas.
Los ingenieros del sabor ajustan las dosis de estos ingredientes hasta dar con la mezcla que maximiza los efectos placenteros y refuerza la conducta. También controlan la velocidad a la que las sustancias gratificantes llegan al cerebro. Por eso diseñan los UPF para que se digieran en segundos: al despojarlos de la fibra, la proteína y el agua se vuelven tan suaves que se les considera premasticados.
Si también te preocupan las secuelas en el organismo de los alimentos ultraprocesados (UPF) y quieres reemplazarlos por alternativas más saludables, pero te preguntas por dónde empezar, este es tu sitio.
Su potencial adictivo se multiplica gracias al «tiempo de suspensión corto». Los expertos se refieren así a las impresiones muy intensas pero fugaces que desencadenan el deseo renovado. Los saboristas amplifican el estallido sensorial —gustos, aromas, texturas— incorporando aditivos a la fórmula.
Además de estas tácticas, que, como advierte Gearhardt, contribuyen a «secuestrar nuestra biología», a hackear los sistemas de recompensa y los mecanismos reguladores de la saciedad, las industrias del ultraprocesamiento se valen del marketing. Si las etiquetas «light» o «bajos en alquitrán» lavaron la imagen de los cigarrillos, ahora recurren a los rótulos «bajo en grasa» y «sin azúcar» para blanquear la percepción pública de los UPF. Sucede igual con los aditivos funcionales —probióticos y vitaminas agregadas— o los edulcorantes sin azúcar. Bajo esa apariencia saludable, las reformulaciones de productos, en realidad, mantienen intactas sus propiedades adictivas.
Para combatir la epidemia de los ultraprocesados, muchos países han puesto en marcha políticas saludables: etiquetados frontales, impuestos especiales, medidas que regulan el aspecto alimentario en las escuelas públicas y restricciones a la publicidad de este tipo de alimentos. En este mapa puedes explorar qué medidas toma cada país.
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Los 61 países del mapa, por orden alfabético. Toca uno para ver su norma.
España aparece en verde: el Nutri-Score es voluntario y funciona por compensación, de modo que un producto con nutrientes beneficiosos puede obtener buena nota aunque sea ultraprocesado. Los expertos consideran más eficaces los octógonos negros latinoamericanos, que advierten del exceso sin compensarlo. Sudáfrica figura en ámbar porque, además de su etiquetado voluntario, tramita ya una norma obligatoria.
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Los 18 países que regulan a la vez el comedor, la venta y la publicidad en las escuelas.
Otros muchos países regulan uno o dos de esos tres frentes; aquí solo figuran los que cubren los tres. España, por ejemplo, limita lo que se vende fuera del comedor y la publicidad en los centros, pero no los menús escolares por norma nacional obligatoria.
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Los 11 países con normas obligatorias sobre publicidad de alimentos dirigida a menores.
Solo once países del mundo protegen a los menores de la publicidad alimentaria con normas obligatorias de alcance nacional. La Organización Mundial de la Salud recomienda que cubran a todos los menores de 18 años: hoy lo hacen Argentina, Corea del Sur, Irlanda, Noruega y Turquía.
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Los 22 territorios que gravan a la vez las bebidas y los alimentos poco saludables.
Cerca de cien territorios gravan las bebidas azucaradas, pero solo estos veintidós extienden el impuesto también a los alimentos. Paraguay hace el camino inverso: grava los alimentos y no las bebidas.
Chris van Tulleken es padre. Mientras participaba en un experimento dietético de sus colegas del University College Hospital de Londres, Lyra tenía 3 años y Sasha, 1. Trasladaron el estudio de Kevin Hall al mundo real; dejó de comer ultraprocesados cuatro semanas y durante las cuatro siguientes el 80 por ciento de las calorías provino de UPF.
El autor inauguró su segundo mes en el ensayo con un tazón de Choco Krispies. Había sido el desayuno de su niñez, y el producto que Kellogg’s inventó en 1958 le parecía un alimento «tradicional». Su hija Lyra nunca lo había probado, pero, tan pronto vio el paquete, abandonó sus gachas de avena. «¡Quiero los cereales de Mickey Mouse!», gritó señalando al Mono Coco. El dibujo de un simpático personaje había secuestrado su atención. Antes incluso de sentir por primera vez los hipnóticos estallidos del arroz inflado.
La caja, revestida con mensajes como «50 % de tu dosis diaria de vitamina D» y «30 % menos de azúcar», parecía indicar que se trataba de un desayuno infantil idóneo. Sin embargo, entre los ingredientes, Chris reconoció sustancias que se ajustaban a la definición de UPF: jarabe de glucosa, pasta de cacao, extracto de malta de cebada y saborizantes.
En pocos minutos, Lyra engulló el doble de la ración para adultos que recomendaba el envase; ni rastro de la cantidad específica adecuada para ella. Chris reparó en la tabla de información nutricional. Logró averiguar que estos sabrosos cereales llevaban un 20 por ciento más de sal por gramo que las lasañas de microondas. «¿Por qué no incluyen una advertencia?», se planteó. Joan Matji, directora de Nutrición y Desarrollo Infantil de Unicef, ofrece una respuesta en el estudio que su agencia publicó en diciembre de 2025: «Los UPF están formulados para maximizar las ganancias de la industria, no para nutrir a los niños».
La escalada de consumo ha motivado que Unicef considere los UPF «elementos básicos de la dieta de los adolescentes». Representan más de la mitad de su ingesta calórica diaria en muchos países de ingresos altos y están calando con rapidez en los de ingresos bajos y medios, donde las grandes empresas transnacionales lanzan ahora sus cebos. El informe alerta sobre esta expansión: los entornos alimentarios modernos «perjudican el bienestar de la infancia». Desnutrición, retraso del crecimiento, alteraciones metabólicas, depresión, hiperactividad y niveles mundiales históricos de obesidad —el índice entre los 5 y los 19 años alcanzó en 2025 el 9,4 por ciento, frente al 3 por ciento del 2000— son algunas de las consecuencias que recopila.
Del documento de Unicef se desprenden tres razones por las que los UPF preocupan en la infancia: porque constituye una etapa decisiva para el desarrollo físico y neurológico; por el carácter prolongado de la exposición a estos alimentos —desde las tempranas leches de fórmula para bebés, en su mayoría ultraprocesadas—; y porque este perfil, debido a la limitada capacidad para reconocer la intención persuasiva, resulta particularmente vulnerable a las estrategias del marketing que hacen hiperapetecibles estos productos.
Las consignas publicitarias inundan las calles y se cuelan en casas, colegios y plataformas digitales. Ubicuas, estas tácticas, además de normalizar el consumo diario de UPF, «violan los derechos de los niños a la salud, a una alimentación adecuada, a la información y a no padecer explotación comercial. Protegerlos —advierte Matji— no es solo un imperativo de salud pública, sino también una obligación ética y legal para los Gobiernos».
Porcentaje de la ingesta energética diaria que procede de alimentos ultraprocesados en cada país, de menor a mayor consumo, con el año del dato más reciente disponible.
El dato de España corresponde a 2013 y es el más reciente recogido en esta serie. Estimaciones posteriores, citadas en este reportaje, elevan la cifra hasta cerca de un tercio de la ingesta diaria en adultos.
Nivel de consumo de alimentos UPF (porcentaje de la ingesta energética total) en 36 países que cuentan con un Servicio Nacional de Nutrición, analizado con el sistema NOVA. Los datos se corresponden con las estadísticas más recientes en cada caso. La tabla se presentó el 10 de abril durante el seminario web «Alimentos ultraprocesados: una agenda One Health para la acción y la rendición de cuentas», organizado por la OMS.
© C. Monteiro. 2026.El Dr. Monteiro publicó el 19 de mayo en LinkedIn el mensaje que llevaba tres décadas esperando: «Um momento muito importante para a ciência!». En 1990 había fundado un centro de investigación en São Paulo y Patricia Jaime, su coordinadora científica, acababa de intervenir en un evento de la 79.ª Asamblea Mundial de la Salud. Era la primera vez que se hablaba de los ultraprocesados en este foro.
Patricia Jaime acudió a Ginebra en nombre de los 43 autores de la serie publicada en The Lancet, entre los que se encuentran el propio Monteiro, Ashley Gearhardt, Chris van Tulleken y Maira Bes-Rastrollo, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra y la única española del plantel. El encuentro se enmarcó en una agenda estratégica que lidera Brasil con el respaldo de Francia, México y Uruguay.
Ante delegados de más de 190 países, el ministro de Salud brasileño, Alexandre Padilha, propuso establecer una normativa conjunta para contrarrestar el avance de los UPF en los sistemas alimentarios. Persigue desarrollar un modelo que pueda someterse a votación en la próxima Asamblea.
Pese a su efectividad, las iniciativas nacionales aisladas son insuficientes. «Ahora necesitamos una acción global más sólida y coordinada», urgió Patricia Jaime, y resaltó la responsabilidad seminal de los científicos. Las evidencias que recaban sobre el impacto de los UPF en la salud sirven de sustrato para las medidas regulatorias.
En junio se cumplió una década del principal referente, la Ley de Etiquetado y Comercialización, que entró en vigor en Chile en 2016. Los expertos la consideran una de las más completas porque obliga a colocar advertencias octogonales negras en el frente de los envases de alimentos y bebidas con un alto contenido en azúcares, sodio, grasas saturadas y calorías; prohíbe la venta y promoción de UPF en las escuelas; y restringe el marketing dirigido a niños. Como apunta Van Tulleken en su libro, se retiraron los juguetes de los Kinder Sorpresa y también las mascotas de las cajas de cereales. El elefante Melvin, embajador chileno de Choco Krispies, perdió su trabajo.
Hoy en día, la trayectoria de México resulta ejemplar. El 1 de enero de 2014, se convirtió en el primer país que introdujo un impuesto sobre las bebidas azucaradas y los alimentos de alta densidad calórica. Ese mismo año, presentó la restricción de sus anuncios en horario infantil. En 2020 implantó el etiquetado frontal obligatorio. La presencia de al menos uno de estos sellos acarrea, desde 2021, el veto de las confusas «declaraciones de propiedades saludables» sobre nutrientes. Por último, en 2023 reguló las comidas escolares, y la venta y la promoción de alimentos y bebidas en los centros educativos.
Estas experiencias reflejan solo algunas de las acciones clave que detallan Unicef y la OMS en el Informe de nutrición infantil 2025. Pero, según remarcó en Ginebra Simón Barquera, director del Centro de Investigación en Nutrición y Salud de México y presidente de la Federación Mundial de Obesidad, demuestran que se puede proteger el bienestar público priorizándolo sobre cualquier interés comercial. El también coautor en The Lancet, a propósito de la Cumbre One Health de la OMS celebrada en abril, señaló la causa de esta crisis sanitaria: «El creciente poder económico y político de las corporaciones alimentarias transnacionales».
Red global de influencia política de la industria de los ultraprocesados, formada por 207 grupos de interés en todo el mundo. El tamaño de los círculos es proporcional al número de conexiones con grupos de interés en la red. Y las líneas representan las afiliaciones declaradas.
Ocho empresas ocupan un lugar central, lo que indica su función coordinadora: Nestlé (137 afiliaciones), Coca-Cola (114), Unilever (106), PepsiCo (105), Danone (91), Mars (74), Mondelez (72) y Ferrero (69). La mayoría de los grupos tienen su sede en las capitales de los principales mercados y de los centros de decisión; casi la mitad de ellos ubicados en Washington D. C. y Bruselas.
Los grupos de interés desempeñan diversas funciones: las asociaciones de fabricantes ejercen presión sobre los responsables políticos; las asociaciones de marca y publicidad abogan por la libertad de comercialización y la autorregulación; y los grupos de la industria agroalimentaria actúan en nombre de los productores de ingredientes.
Para sembrar la duda y restar importancia a las preocupaciones sobre la salud, la industria de UPF influye en la producción de conocimiento y en el debate científico a través de investigaciones patrocinadas. El estudio identifica cerca de 3800 artículos publicados entre 2008 y 2023 que revelaban financiación o intereses en los que se mencionaba a fabricantes de UPF. Estos artículos fueron redactados por más de 14 000 personas afiliadas a empresas, universidades, Gobiernos y grupos de la sociedad civil, principalmente en Estados Unidos y la Unión Europea.
Para blindar sus beneficios y obstaculizar cambios normativos, estas empresas —Nestlé, Unilever, PepsiCo, Coca-Cola, Danone, Mondelez...— despliegan métodos sibilinos. Presionan a los políticos, se infiltran en los organismos reguladores, interponen demandas contra las leyes de salud pública y generan dudas científicas, enumeró Barquera. Por eso, «desmantelar el modelo de negocio UPF exige crear sólidas salvaguardas contra las injerencias y los conflictos de intereses», sentenció.
Estas medidas, señala un informe de Unicef, deben complementarse con otras que incentiven la producción, distribución y consumo de alimentos nutritivos —frescos o mínimamente procesados—, seguros, asequibles y sostenibles. Medidas que mejoren el acceso a los «alimentos de verdad», resume Van Tulleken, y vigilen que la industria no remedie el ultraprocesamiento con hiperprocesamiento.
Las respuestas a los UPF van muy rezagadas respecto a la ciencia, alerta Monteiro en un artículo coral del número que el American Journal of Public Health dedica a este desafío. Y cada vez más voces reclaman normas urgentes. El Dr. Kessler aguarda desde agosto de 2025 una respuesta a su petición ciudadana. La FDA le comunicó el 9 de febrero que aún no había tomado una decisión definitiva. Durante todos estos meses, el debate ha ascendido en la escala de prioridades sanitarias y quizá el mundo se encuentre listo para que, como sucedió con el tabaco, las cosas estén a punto de cambiar de nuevo.
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