Alumni Precariedad Milenials Literatura Nº 726

María Treviño, librera: «La vocación, cuando llegas a fin de mes, no te vale para nada»

9 de septiembre de 2026 16 minutos

Daniel Dols Bruno

María Treviño, copropietaria de Pérgamo, la librería más antigua de Madrid.

Fotografía: Samuel De Román

Pérgamo es la librería más antigua de Madrid y una de las más seguidas en redes sociales. También es un negocio que lucha por cuadrar las cuentas. Desde hace tres años, María Treviño lo sostiene como copropietaria junto a su socio, Pablo Cerezo.

A María Treviño le quedaba un mes y medio para encontrar trabajo en España o se le acabaría el permiso de residencia y tendría que volverse a México. Había estudiado el grado en Literatura y Escritura Creativa en la Universidad de Navarra y, después de graduarse, hizo lo que muchos: irse a Madrid. Allí se sacó el máster en Historia y Antropología de América por la Complutense. Lo de encontrar trabajo, tras más de cinco años de formación, fue una odisea. Se sometió a más de cuarenta entrevistas entre Madrid, Bilbao y Pamplona en las que no salía nada relacionado con la edición o la corrección. Cuando parecía que ya no había más sitios donde buscar, hizo algo que ya no se hace: abandonar el PDF y el correo electrónico e imprimir su currículum. Lo llevó a todas las librerías de Madrid, incluida Pérgamo, la más antigua de la capital.

El espacio situado en el número 24 de la calle General Oráa llevaba abierto desde 1946, cuando lo fundó Raúl Serrano, un catedrático de Derecho represaliado por el franquismo que no pudo tomar posesión de su plaza. Decidió vender libros en unos años en los que el poco dinero que había se gastaba en comida. Después, el negocio lo heredaron sus hijas, Lourdes y Ana. Unos meses antes de que llegara María con su currículum, Pérgamo se había salvado, gracias a un inversor anónimo, de convertirse en una pizzería.

Al mexicano Jorge F. Hernández, autor de novelas que ese mecenas admiraba —como La emperatriz de Lavapiés o Alicia nunca miente— lo buscó el donante para liderar esta etapa. La suerte quiso que el nuevo librero de Pérgamo conociera a Pablo Cerezo, estudiante de último año de Sociología en la Complutense, durante una conferencia sobre literatura latinoamericana. Se llevaron bien, quedaron alguna vez más para echar un café y Jorge, que no tardaría en regresar a su país, le ofreció hacerse cargo de la librería. Pablo no tenía ninguna experiencia y la chica que acababa de dejarle el currículum tampoco. Ambos sabían mucho de libros pero nada de la industria que hay detrás. ¿Qué es una distribuidora? ¿Qué es un libro en firme? ¿Con cuánto te quedas? Es septiembre de 2022.

Casi un año después, el inversor les ofreció gratis el 33 por ciento de la librería a cada uno. Lo pensaron durante todo el verano y, a la vuelta de las vacaciones, firmaron. Él tenía 24 años y ella 26. Sin haberlo buscado, eran copropietarios de una librería que el año pasado celebró su ochenta cumpleaños. Hoy, Pérgamo dirige cuatro clubes de lectura mensuales —en los que analizan literatura, ensayo y poesía—, cuatro talleres donde se sumergen en profundidad en una obra, un autor o una corriente literaria, y una agenda regular de presentaciones y tertulias. Han apostado por un fondo de editoriales independientes en un mercado en el que Penguin Random House y Planeta acaparan más del 60 por ciento de la cuota.

¿Cómo fue empezar tan jóvenes y sin experiencia en el sector?

Pablo y yo teníamos muchas ganas de que esto funcionara. Además, nos arroparon mucho en el gremio de libreros, gente muy chida que siempre nos echó una mano para saber cómo funcionaba todo y se interesaban por nosotros. Ahí descubres que, aunque vendamos lo mismo, no vendemos lo mismo: cada librería tiene una personalidad muy distinta.

¿Qué es lo que más te ha sorprendido de este oficio?

Que el verdadero trabajo de un librero no es leer. Cuando viene alguien y te dice «Me encantaría dedicarme a esto porque solo leería», rápidamente le rompo el cuento: el único día que vas a leer en tu vida de librero es el domingo en tu casa. Te llevas diez novedades de las quince o treinta que han llegado esa semana. Algunas te apetecen, otras no. Pero ese es tu trabajo: tienes que saber de qué va ese libro y cómo lo puedes recomendar, cómo lo puedes conectar con otros de una misma corriente. No hace falta que te lo hayas leído, pero sí que puedas decirle al cliente: «Si te gusta esto, te va a encantar esto otro». Hacer conexiones mentales con los libros de todas las épocas y lugares del mundo. ¿Te los sabes todos? Obvio que no. Pero hay que echarle ganas y que parezca que sí. Tienes una especie de Excel mental donde vas colocando libros y lectores. Tú me cuentas lo que te gusta, y yo ya pienso en ti cuando llega el boletín de novedades. Si hay una autora española haciendo algo de corte victoriano ambientado en el Madrid de ahora, yo pienso: esto le puede gustar a Fulanito.

«EL VERDADERO TRABAJO DE UN LIBRERO NO ES LEER. EL ÚNICO DÍA QUE VAS A LEER EN TU VIDA DE LIBRERO ES EL DOMINGO EN TU CASA»

Acertáis más que un algoritmo.

Leer —ya lo dijo María Pombo— no te hace mejor persona. Tiene toda la razón. Es un ocio que te puedes permitir. Por eso, si decides comprar un libro, lo suyo es que vengas y puedas asesorarte para encontrar algo que te guste.

Vosotros ahora tenéis una comunidad muy leal, que viene y os pide recomendaciones. ¿Fue así desde el principio?

Al principio, cuando Pablo y yo nos hicimos cargo de Pérgamo, hubo un poco de todo: gente que siguió viniendo y nos acogió de maravilla y otra más reticente. Yo lo entendía: un librero se convierte en parte de tu vida, haces también de psicólogo, conoces a alguien a la perfección. Hubo quien prefirió quedarse con un buen recuerdo de la librera anterior, y lo respeté siempre.

Comparte
¿En quién estás pensando mientras lees esto?
Envíaselo, no te cortes.
Compartir por WhatsApp

Llegasteis a mucho más público gracias a las redes.

Innegable el cambiazo. En poco tiempo pasamos de 8000 a 40 000 seguidores. De pronto tienes habilitada la venta online, que no te hace mucha diferencia al mes, pero ya vendes aquí y allá. El otro día vinieron unas personas de República Dominicana que nos siguen en Instagram. Te dicen: «Tú eres María» y no sabes cómo procesar eso. Pablo lleva las redes al cien por cien. Es un trabajo muy mal pagado, pero hay que hacerlo. Gracias a eso no solo hemos conseguido más público, sino también premios, como el Archiletras [Premio a la iniciativa lingüística en el ámbito privado], y este año el 8M nos galardonaron La trastienda de Pérgamo [premio Sororidad Cultura de la UGT], el pódcast en el que entrevisto a escritoras. ¿En qué momento de tu vida te va a pasar eso, güey? Ahora mismo la mitad de nuestros clientes son del barrio de Salamanca y la otra mitad viene de cualquier parte: los hay que vienen de Córdoba que aparecen una vez cada tres meses a comprar todo lo que quieren.

¿Cómo construisteis vuestro fondo?

Intentamos apostar por lo independiente. De Planeta tenemos muy poquita cosa, de Penguin Random House lo necesario, y del resto prácticamente todo lo que nos podemos permitir. Hay gente que viene desde lejos porque sabe que aquí va a encontrar cosas diferentes. Tengo, por ejemplo, obras de escritores yugoslavos porque me encanta ese periodo. Este espacio es una construcción de nuestras personalidades, nuestros gustos, de escuchar mucho qué quiere la gente. Si alguien me pide algo que no tengo, lo encargo sin problemas, lo recibo en dos días y se lo vendo. Pero si me pides una recomendación, yo tengo mi lista concreta de lo que querría que descubrieras. No es como en El Corte Inglés: allí venden libros, pero no son una librería. Los de la editorial Barret nos contaban que en una feria pusieron una pantalla que decía «El Corte Inglés no es una librería» y se les fueron a quejar. Lo quitaron y pusieron que sí lo era. Volvieron a quejarse. Esa anécdota me parece muy ilustrativa de dónde está el problema con las cadenas.

«INTENTAMOS APOSTAR POR LO INDEPENDIENTE. HAY GENTE QUE VIENE DESDE LEJOS PORQUE SABE QUE AQUÍ VA A ENCONTRAR COSAS DIFERENTES»

¿Cómo lucháis contra las grandes superficies?

Es difícil. Esa gente puede comprar un volumen de ejemplares en firme [aquellos que se venden a la librería y, a diferencia de los prestados en depósito, se pagan por adelantado, lo que obliga a venderlos para recuperar la inversión, pero también otorga prioridad frente a los pedidos en depósito] que nosotros no, y, mientras ellos los tienen, a los demás nos dejan bloqueados. Ha pasado con los dos últimos Premios Nobel: no recibimos ejemplares hasta dos semanas después y en cambio la Casa del Libro estaba empapelada con ellos. Además, tienen el 5 por ciento de descuento permanente, que por ley es lo máximo que se puede. He tenido clientes que me han dicho que allí les venden un libro por un euro menos y lo respeto, porque en los tiempos que vivimos el dinero escasea y para ganártelo hay que trabajar mucho. Pero a mí sí me hace la diferencia ese euro si decides comprar aquí y apoyar una librería independiente. A la Casa del Libro no, por eso te lo pueden hacer.

Fotografía: Samuel De Román
María Treviño, frente al escaparate de la librería, fundada en 1946.

¿Con cuánto os quedáis de cada ejemplar vendido?

En primer lugar, el autor se queda con el 10 por ciento. Es el que menos percibe. Esta cosa de que escribes y te vuelves millonario solo les pasa a unos pocos. Su porcentaje va dentro del que recibe la editorial, un 30 por ciento: publican, maquetan, editan, corrigen… Y entran las distribuidoras. Antes no existían: los sellos iban librería por librería con su catálogo y volvían seis meses después a ver qué se había vendido. Ahora, la distribuidora media entre las dos: facturación, distribución, estadísticas de cómo se mueve el libro, entregas en dos días. Pero se llevan el 40 por ciento. La cadena suele ser: editorial 30 por ciento, distribuidora 40 por ciento, librería 30 por ciento. ¿Haríamos algo sin las distribuidoras ahora? No lo sé. Pero hay que reajustar los márgenes porque, si no, es muy complicado llegar a fin de mes.

«SI ESTO YA NO TIRA, NUNCA SERÁ PORQUE LA GENTE NO LEA. LA GENTE LO QUE MÁS HACE ES LEER, EL TEMA ES QUE EL PORCENTAJE DE LA GANANCIA SE VA A OTRAS CLOACAS»

Desde fuera parece que os va muy bien. ¿Os salen las cuentas?

No, para nada. Nosotros pagamos tres mil euros de alquiler con los gastos ya incluidos. Tú piensa que de cada mil euros en caja son trescientos con los que yo me quedo, porque me llevo el 30 por ciento. Para pagar esos tres mil de renta necesito vender, en bruto, unos mil euros diarios durante diez días seguidos. Son diez mil euros en caja para quedarme con tres mil netos que van solo al alquiler. Es una burrada. Y luego están los costes. El salario es lo último. El orden es: alquiler, costes fijos, seguridad social, distribuidoras… y después ya vemos qué queda para nosotros. Aquí somos dos y medio: Pablo y yo no contamos porque somos socios, y Nicole Duggan [única empleada de la librería] está a media jornada porque no se puede más. Necesitamos entre 27 000 y 30 000 euros brutos al mes para cubrir todo. Nunca lo hemos conseguido.

¿Y cómo lo hacéis?

Aplazando deudas, haciendo actividades, cobrando los clubes de lectura. Todo esto suena como una tragedia, pero es que no: es la realidad. Es el modus operandi. Yo todos los días vengo, trabajo, estoy encantada de la vida. Pero cuando alguien te pregunta, hay que contar la verdad, y no pasa nada. Las cosas han cambiado y una librería ya no vive únicamente de vender libros. Hay que hacer otras matemáticas. Yo gano más cobrando diez euros si vienes a mi club —que es una cantidad que entra en caja y que va directa para la librería— que vendiendo un libro del mismo importe, del que me quedo con tres. Tenemos cuatro clubes de lectura en activo, más cuatro talleres que cambian cada semestre. Y luego nos ayudan los eventos externos: cuando, por ejemplo, nos contrata Fundación Telefónica para cubrir una presentación, nosotros nos llevamos esa venta.

Suscríbete
Si has llegado hasta aquí, esto te interesa de verdad
Apúntate a la newsletter: cada lunes te mando un artículo como este, además de las recomendaciones culturales que de verdad me parecen buenas. Gratis.

Sin embargo, cada vez más gente se queja de que los libros son caros.

Sí, y me sorprende. ¿En qué momento hemos precarizado la cultura? Tú vas al cine, pagas. Vas a un museo, pagas. Vienes a una librería y me pides un descuento. ¿Cuál es la diferencia, güey? Hay una idea preconcebida de que los libros se pueden robar, de que son papel, de que ese valor simbólico no equivale a nada cuantitativo. Yo estoy totalmente en desacuerdo. Un libro ha requerido mucho esfuerzo de un chingo de partes y esos veinte euros que cuesta son mínimos. Cada quien se queda con nada. Lo del descuento yo nunca lo hago, más que en la Feria del Libro, que es obligatorio. Cuando alguien se queja de los precios, no tengo problema en explicarle a dónde va cada céntimo de lo que paga.

«¿EN QUÉ MOMENTO HEMOS PRECARIZADO LA CULTURA? TÚ VAS AL CINE, PAGAS. VAS A UN MUSEO, PAGAS. VIENES A UNA LIBRERÍA Y ME PIDES UN DESCUENTO. ¿CUÁL ES LA DIFERENCIA, GÜEY?»

En Madrid ha cerrado Tipos Infames, una librería mítica de Malasaña. ¿Qué te produce?

Mucha tristeza, pero también bastante claridad sobre por qué ocurre. Les ha pasado que se han quedado sin vecinos. Vender libros en un barrio gentrificado es una cosa muy, muy complicada y las cuentas no dan. Cuando a las personas que llevan ahí toda la vida las reemplazan por pisos turísticos, entra muchísima gente a curiosear o a hacer fotos, pero esos turistas no cubren la venta. Y encima el alquiler sube. Que el alquiler suponga dos o tres semanas de tus ingresos mensuales, con cuatro que tiene el mes, es muy jodido. No dan los números.

¿No hay futuro más allá de sobrevivir?

No, no existe. Ni casa, ni coche, ni nada. Yo genero cero ahorro. Voy para adelante. Pero por otro lado está una cosa que te pega muy fuerte y es enriquecedora, intangible: las personas. Saber que tú estás manteniendo la parte cultural de un barrio. Eso cada vez que lo pienso me dan ganas de llorar, güey, porque hay mucha gente que depende de un lugar como este. Hay personas que vienen solo a charlar, y si esto lo eliminas, con ello se va una arteria importante para alguien. Es un espacio donde se hace política, también sociedad, se dan conversaciones de poesía, de filosofía, de lo que quieras. Lucía Solla Sobral tuvo aquí su primera presentación de Comerás flores, hizo sold out, una cosa nunca antes vista. Y está muy cabrón saber que tienes un lugar como este, que tiene todo ese peso, pero que a pesar de todo no genera. Paso quince horas al día aquí. Cierro la librería a las 20:30, en lo que hago la caja son las 21:30, y en lo que salgo son las 22:00. Ese tute todos los días es mucho. Pero, como es tuyo, quieres que funcione. No quiero que sea un relato victimista. Es una imagen sincera de una situación que se vive en las librerías.

¿Qué es lo que te hace volver cada mañana?

Desde luego no es vocación, es decisión. La vocación, cuando llegas a fin de mes, te das cuenta de que no te vale para nada. Esta cosa romántica de que uno tiene que dedicarse a lo que le apasiona: estoy totalmente en desacuerdo. Tú tienes que hacer algo que te saque las cuentas y puedas tener tu vida también. Si luego de lo que trabajas es algo que te gusta, chingón, ya ganaste. Pero la estabilidad no es eso. La decisión no es algo negativo, es algo maduro.

Fotografía: Samuel De Román
Pérgamo dirige cuatro clubes de lectura mensuales y una agenda regular de presentaciones.

¿Cada cuánto paráis y os planteáis si tiene sentido seguir?

Después de la Feria del Libro, en julio, nos sentamos y valoramos los porcentajes de venta del año anterior frente al actual. Vemos que cada año hemos crecido, que está increíble, pero que seguimos sin llegar a fin de mes. Entonces viene agosto, que es el único momento en el que descansamos de verdad, porque nos cogemos tres semanas de vacaciones. Y, a la vuelta, en septiembre, siempre tenemos una conversación que parte de la misma pregunta: ¿Seguimos? Hasta ahora hemos aceptado seguir. Aceptamos que quizá no vamos a llegar a fin de mes nunca, porque un negocio como este no llega. Aceptamos que vamos a tener una vida un poquito más sacrificada de manera muy silenciosa. Mucha gente no lo sabe, porque asume que, como ve a muchos clientes comprando libros, nos va con madre. Pero si preguntas, no creo que ninguna librería te diga que les va bien. Aceptamos que, en un corto plazo, trabajando aquí ni de broma vas a poder acceder a nada: casa, hipoteca, coche… Me da mucha pena no poder ni siquiera contemplarlo. Aceptamos que, como mucho, vamos a poder llevar una vida común, que nos dará para pagar el abono transporte, el alquiler, el súper y salir a cenar de vez en cuando con la gente que quieres. Mi pareja, que es una persona maravillosa, también lo ha aceptado. Él es panadero y yo soy librera. Ese apoyo y saber la realidad viene muy bien. Conozco a mucha gente del sector con parejas que no aguantan este ritmo: una parte de ti está siempre aquí, aunque lo separes. Yo hago el ejercicio de separar, pero no puedo. No pasa nada.

¿Y si un día ya no se puede?

Si esto ya no tira, nunca será porque la gente no lea. La gente lo que más hace es leer, el tema es que el porcentaje de la ganancia se va a otras cloacas. Pero, si no funciona más para nosotros, lo suyo sería darle esto a una generación venidera. Prepararla con mucha amabilidad, mucho entusiasmo y las ganas que tenemos los jóvenes de trabajar en un mundo en el que las cosas ya no nos vienen. Pablo y yo éramos esos jóvenes sin empleo y con ganas de trabajar que nos curtimos sin saber nada. Que a otra generación no le toque buscarse cómo hacerlo todo desde cero. Una librería tiene que ser política. Echar en cara cosas que hay que cambiar. Tener un altavoz. Y si por cansancio hay que dejar esto, que no se pierda el espacio. Ese es el mal del mundo en el que vivimos: perder este tipo de espacios.

Nuestro Tiempo es la revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, una universidad que lleva a cabo su actividad docente, investigadora y asistencial sin ánimo de lucro.

En consonancia con ese espíritu de servicio, Nuestro Tiempo es una revista gratuita. Su contenido está accesible en internet, y enviamos también la edición impresa a los donantes de la Universidad

Haz una donación

descubre el papel

Artículos relacionados


Newsletter