
Jane Austen
Alba, 2021
424 páginas, 14 euros
Antes de convertirse en la novela más famosa de Jane Austen, Orgullo y prejuicio fue la primera de sus obras que intentó ver la luz, en 1797, pero el editor londinense a quien la envió el señor Austen la rechazó. Tras publicar Sentido y sensibilidad en 1811, la escritora inglesa se volcó en la corrección y preparación de Orgullo y prejuicio, que saldría finalmente a la venta en 1813.
La historia es conocida: la llegada del muy rico soltero Mr. Bingley perturba la paz del vecindario, en especial la de la casa de los Bennet. Con cinco hijas por casar, la señora Bennet no está dispuesta a perder la ocasión. Están las dos mayores: Jane, dulce, tímida y siempre pensando bien de todo el mundo; y Elizabeth —Lizzy—, de carácter vivo y mente rápida, con unas ideas muy claras —o eso cree ella—, sin miedo a decir lo que opina. Luego las dos pequeñas: Kitty y Lydia, atolondradas y con la cabeza siempre en fiestas y en coquetear con oficiales de uniforme. Y, en medio, Mary, la hermana anodina. Pronto aparecerá en escena Mr. Darcy, amigo de Mr. Bingley, y cotizado soltero también. Pero las primeras impresiones —así se titulaba el manuscrito que Austen escribió— no van a ser muy halagüeñas.
Con este planteamiento, la historia podría parecer una comedia romántica, con un libreto similar al de las películas de sobremesa de los fines de semana, con sus enredos, su plot twist, sus protagonistas guapos, sus antagonistas despreciables —el repelente Mr. Collins; Miss Bingley, con su cortesía forzada—. Pero si, sobre esta trama, Jane Austen construye un clásico de la literatura, es por su mirada aguda hacia la realidad y el interior de las personas, por el desarrollo del estilo indirecto libre, por el uso inteligente de la ironía.
Contra los convencionalismos de la época, critica el matrimonio sin amor, pero su concepto de amor no es la idea romántica de pasiones incontrolables. «Esa expresión, “amaba con vehemencia”, es tan manida, tan ambigua, tan indefinida, que no me dice nada. Lo mismo se aplica a sentimientos que brotan a la media hora de conocerse que a efectos reales y profundos», afirma Mrs. Gardiner en una conversación con Lizzy. Gratitud, aprecio, respeto, confianza y «un verdadero interés por su felicidad» son las expresiones que Austen vincula a la noción de amor. Esto sin renunciar a momentos de gran intensidad entre los protagonistas, con diálogos ingeniosos y elegantes. Lizzy no es una dama en apuros. Darcy no es un príncipe azul.
Pero el amor no es el único tema de Orgullo y prejuicio. La novela pone en entredicho, sin abandonar el humor —que a veces estira hasta la carcajada—, convencionalismos y estructuras sociales, como el mayorazgo, que, en muchas ocasiones, conducían a graves injusticias. También critica la hipocresía y el disimulo, la falta de una educación del carácter adecuada (un problema que, como señala, no depende de la cantidad de libras que uno posea) y los vicios que dan título al libro.
¿Quién encarna el orgullo y quién el prejuicio? La pregunta está mal formulada y la posible respuesta habla de la complejidad de las historias que creó Jane Austen. Mucho más que novelas rosas.




