Para él, la ciencia no es un conjunto de dogmas, sino una aventura que experimentar. «Una aventura intelectual, humana» y capaz de modificar nuestra concepción del mundo. Licenciado en Física en 1972, Pedro Miguel Echenique (Navarra, 1950) ha dedicado su vida a la investigación y divulgación científica. Experto en energía condensada, fue Premio Princesa de Asturias en 1998 y, desde el 2012, preside el jurado. Es doctor por la Universidad de Barcelona y la de Cambridge. Sobre belleza, burocracia y la lentitud de la ciencia conversó para Nuestro Tiempo con el microbiólogo Ignacio López-Goñi.

En la segunda planta del museo Universidad de Navarra, Pedro Miguel Echenique (Isaba, 1950) e Ignacio López-Goñi (Pamplona, 1962) posan para las fotos de rigor. La luz de la tarde les enfoca sobre la madera dorada de la pared. Hablan de Kant, de unos volúmenes que Echenique prestó y que aún no ha recuperado. López-Goñi bromea: «Mi primera foto contigo… ya soy famoso». «Y además seguramente seas el único que ha leído mi libro», le contesta el físico con una sonrisa. Al rato, ambos entran en una salita recóndita y proceden a romper el silencio de la habitación. 

Echenique visitó el campus pamplonés a finales de febrero para recibir el premio «Pasión por la ciencia», un galardón que reconocía, en palabras de los organizadores, «la trayectoria de un investigador que ha promovido la ciencia fundamental como motor cultural y social». Además, en esas mismas fechas y en la misma universidad, su alma mater, el físico pronunció un discurso para una conferencia organizada por el Instituto Bioma. Un encuentro donde abogó por la responsabilidad estratégica de los científicos en todas las áreas del conocimiento; animó a los más jóvenes a perder el miedo a los grandes retos del futuro y defendió el carácter cultural y la belleza del saber y la investigación científica.

Cuando se le pregunta por su papel en el Donostia International Physics Center (DIPC), el físico explica al instante que no le gusta el título de director («porque la ciencia no se dirige»); prefiere el verbo «presidir». Sobre conceptos, destaca también la diferencia entre sabio y maestro. «El científico Jesús García Vidal me definió en su día como maestro, y eso me gusta mucho», explica Echenique. Asegura que la idea encierra no solo la figura de quien persigue el conocimiento, sino el que posee la capacidad de «crear escuela, de servir como ejemplo y apasionar, no solo enseñar, a las nuevas generaciones».

«LA CIENCIA ES PARTE FUNDAMENTAL DEL HUMANISMO MODERNO, Y HAY QUE TRANSMITIRLA COMO TAL»

Al igual que la de uno de sus referentes —Bertrand Russell—, la vida de Echenique la han gobernado tres pasiones muy claras: la búsqueda del conocimiento, el anhelo del amor y la compasión por el sufrimiento. En el segundo punto, donde reconoce a la familia y a los amigos, incluye enérgicamente su compromiso con la patria y con las instituciones. «Para mí es una lealtad esencial: agradecer a quien te ha enseñado y que permanecerá en el tiempo cuando tú ya te hayas ido».

Especialista en energía condensada, en la actualidad investiga sobre la dinámica de electrones en tiempo de attosegundos, que son la trillonésima parte de un segundo. Cómo se mueven estas partículas por la superficie de sólidos en tiempos tan inconcebibles es su curiosidad más reciente. ¿Posibles aplicaciones? Microscopía, reacciones químicas y otras dudas teóricas. Ahora, sentados en el sofá de una sala recóndita del Museo, el catedrático de Biología López-Goñi inicia una breve tertulia.

Durante tu discurso de la mañana pusiste el foco en la belleza de la ciencia. ¿Qué tiene de bella?

Cuando se habla de belleza en este ámbito, la gente suele pensar en la simetría. Werner Heisenberg habló mucho sobre esto, sobre la simetría y sobre las grandes imágenes del universo, la explosión y formación del cosmos... Pero yo me refería al encanto intrínseco que tiene la ciencia, al que se refiere, por ejemplo, Henri Poincaré en sus trabajos. ¿A qué alude un científico cuando afirma que una teoría es hermosa? Para mí, esto sucede cuando se cumplen una serie de condiciones: una es cuán profundo es el alcance y las implicaciones de la idea; otra es cuán sutiles e inesperadas son las conexiones con otros campos; y la más importante: cuán profundamente penetra en el secreto de la naturaleza. La ciencia versa sobre la realidad, no sobre abstractas invenciones.

¿Qué precisaría este último punto?

Una de las características es que ha de ser, dentro de lo posible, simple. La teoría de la navaja de Ockham [atribuida al filósofo escolástico del siglo XIV Guillermo de Ockham], por ejemplo: si se puede expresar con una idea, no uses cinco.

Otro asunto que mencioné en la conferencia, citando a Michael Faraday, es el del carácter colectivo de la ciencia: el aumento del conocimiento no agota una materia, sino que abre el paso a nuevas características. Se trata de la obra acumulada de un conjunto de comunidades. Es como una catedral. Y esto es bello.

¿Podrías dar algún ejemplo?

La ecuación de Paul Dirac [apodada por la comunidad científica como la «ecuación más bella del mundo»] es bella porque encierra un secreto —o una característica inesperada de la naturaleza— como es la existencia de la antimateria. Las leyes de James Clerk Maxwell son hermosas porque engloban las teorías electromagnéticas. La teoría de la relatividad general es bella porque unifica materia y geometría: la materia le dice al espacio cómo curvarse y el espacio le dice a la materia cómo moverse. Y, probablemente, la teoría de la evolución de Darwin también lo sea por las profundas implicaciones que contiene, aunque yo pueda apreciarla menos.

Fotografía: Manuel Castells

¿Es una belleza distinta de la del arte?

No. Tienen componentes compartidos. Es cierto que no es una belleza estética como puede ser la obra de Fidias o el Partenón. Va más allá. Trasciende. Seguramente los críticos y estudiosos del arte adscribirán al arte atributos que ahora estoy adscribiendo a la ciencia. Lo sublime es una característica del arte, y la teoría de la relatividad es sublime.

El lenguaje de la naturaleza es el de las matemáticas. ¿Cómo lo explicas?

La ciencia se basa en una fe: en pensar que la naturaleza es comprensible. Esta esperanza resulta asombrosa. No es natural que existan leyes naturales, y menos natural todavía es que estas mismas leyes sean reductibles a algoritmos y fórmulas matemáticas. Esa irrazonable efectividad de las matemáticas —de la que habló el nobel Eugene Paul Wigner en su ensayo «The Unreasonable Effectiveness of Mathematics in the Natural Sciences»— es admirable. No sé cómo se explica.

Galileo afirmaba que Dios había escrito el mundo en el lenguaje de las matemáticas, otro ejemplo de esa fe en la comprensión del universo. La misma creencia que llevó a los griegos a abandonar el mito y a describir racionalmente la inteligibilidad. La ciencia posee una cierta belleza de reduccionismo, la atracción de ceñir la realidad a algoritmos.

«HAY QUE ENCONTRAR EL EQUILIBRIO ENTRE LA CREATIVIDAD DE TOLSTÓI
Y EL RIGOR DE NAPOLEÓN»

¿La ciencia debe regularse, dirigirse?

Lo menos posible. El pensamiento debe estar abierto. Ahora bien, se puede utilizar el saber para ejercer el mal, y ahí sí que sería necesaria una intervención. Algo de control sí que ha de haber: no todo lo que es posible es deseable. Creo que las aplicaciones del conocimiento sí deben de estar moderadas —con mucho cuidado—, pero el conocimiento en sí no puede ni debe regularse. Hay gente que discrepará en este asunto, alegando que no se puede predecir el futuro. Pero, si se pudiese predecir, alguien acabaría suprimiendo el cálculo con el argumento de que de él surgen las ecuaciones que llevaron, por ejemplo, a Hiroshima.

De todas formas, la decisión de regular más o menos el conocimiento le corresponde a toda la sociedad, no solo a la comunidad científica.

¿Porque es una obra colectiva?

Sí, y afecta a toda la sociedad, no solo al gremio.

Fotografía: Manuel Castells
Los dos científicos en el Museo Universidad de Navarra, donde Echenique recogió el galardón a su trayectoria

Alguna vez has dicho que la ciencia es una obra del conjunto, pero que el arte no.

Sin Leonardo da Vinci no habría Gioconda, tampoco Chillida Leku sin Eduardo Chillida, ni Guernica sin Picasso. Pero la estructura de doble hélice del ADN o la teoría de la relatividad sí se habrían alcanzado. Sin Einstein ni James Dewey Watson, esos descubrimientos habrían aparecido igual porque forman parte de una obra colectiva de muchos años y muchas personas. Quizás la teoría de la relatividad general hubiese tardado más, pero se habría llegado a ella de todas formas.

¿Y eso?

Representa un adelanto temporal importante, es muy especial, propio de un momento de genialidad. La ciencia es una obra colectiva, sí, lo cual no quiere decir que no haya personas singulares que contribuyen al conjunto de manera singular; como Einstein, por ejemplo, que dio un verdadero salto cuántico. Un salto, también es cierto, que sin los trabajos de los investigadores del siglo XVIII, en especial los de Galileo, no habría tenido lugar.

En el libro Los males de la ciencia, de Juan Ignacio Pérez y Joaquín Sevilla, hay un capítulo que habla de esta idea de «ciencia lenta». La ciencia necesita su tiempo. ¿Tenemos ese tiempo?

Hay un exceso de aceleración. Aunque algo rápido no es necesariamente algo acelerado. Pensemos en las vacunas contra el covid-19. Se hicieron muy rápido, pero la cantidad de conocimiento y de gente que converge para posibilitar esa respuesta rápida es inmenso. Aún no se entiende del todo cómo funciona la historia de la ciencia. Lo que permitió dar este paso gigante fue un conocimiento acumulado y una inversión brutal en capital humano y financiero. Algo similar —aunque no es la mejor analogía— a cuando se formó el Proyecto Manhattan para desarrollar la bomba atómica. Cuando se sabe la ciencia básica, una inversión masiva en acciones concretas puede ser muy eficaz. Pero, volviendo al concepto de ciencia lenta —que no tiene que ver con la respuesta rápida en un momento de crisis—, un científico necesita tiempo para perder el tiempo.

¿Tiempo para pensar?

Eso mismo, eso es perder el tiempo: pensar en teoría. Hay una aceleración que no es buena para el conocimiento y, por lo tanto, para la ciencia. La medida no ha de ser la cantidad, sino la calidad. Pero la competencia exige rapidez en las publicaciones… Son males con los que hay que convivir. Nietzsche habla sobre esto, y Petrarca: leer para asimilar; para leer bien hay que leer lentamente. Sosiego y tiempo para perder el tiempo. Es muy importante. Yo ahora tengo ese tiempo y lo disfruto mucho.

¿Qué hay de esos momentos eureka? Frente a un paisaje, a la luz de la luna…

En los momentos iniciales de la carrera científica, el investigador siempre desea aportar algo nuevo al conjunto. Decía Ramón y Cajal: «Rendimos tributo de veneración a quien añade una obra original a la biblioteca y se lo negamos a quien lleva una biblioteca en la cabeza» [Reglas y consejos sobre la investigación científica]. Pero lo más hermoso es cuando el científico empieza a apreciar la contribución de sus colegas, el trabajo de los otros. Recuerdo esa frase preciosa del físico alemán Pascual Jordan a Eugene Wigner sobre la ecuación de Dirac: «Qué bonito hubiera sido que la hubiésemos descubierto nosotros, pero es bonito que la hayan descubierto ellos».

¿Has tenido tu momento eureka?

No comparable a la relatividad general de Einstein o a la estructura de doble hélice del ADN de Watson, pero sí, he vivido situaciones en que encontré algo que buscaba y que acabé entendiendo, pero son momentos de escala inferior. ¿Qué debió haber sido para Watson descubrir el secreto de la herencia genética en la doble hélice del ADN, el verlo por primera vez? Esto es lo que engancha de la investigación, aunque sea mal pagada: son esos momentos.


Recuerdo que un día dijiste que la universidad y la investigación están sobrerreguladas e infrafinanciadas.

Soy contrario al exceso de regulación porque los comportamientos creativos conviven difícilmente con las directrices. Imposibilitan el avance. La libertad es mejor guía que los éxceles y la burocracia. El desarrollo debe ser armónico, y la libertad ha de ser el criterio. Libertad no solo para contestar las preguntas, sino para formularlas.

¿Quién se beneficia de esta sobrerregulación?

Nadie. Aquellos que aumentan la regulación no creen estar yendo en contra del proceso natural de la ciencia. Algunos no saben ni cuál es este proceso, y creen llegar a este campo como el Espíritu Santo, seguros de que con su aparición y sus normas llegará lo bueno. Es el adanismo. Y lo hacen de buena fe, ese es el peligro.

Sobre la divulgación, pienso ahora en el DIPC y lo puntero que es como centro de investigación y —de esto quería hablar— comunicación de la ciencia.

La comunicación del DIPC tiene unos hitos fundamentales. Uno es la creación del festival Passion for Knowledge, que comenzó en 2010, aunque ya había tenido dos eventos que habían marcado el camino: el simposio de Einstein en el año 2005 y, luego, en el año 2009, la inauguración Atom by Atom.

¿Habéis sido pioneros en comunicación científica?

Cuando presidí el centro, mi equipo y yo teníamos muy claro en qué consistía la comunicación: una sociedad científicamente informada es más culta, y, por lo tanto, más libre. La ciencia es parte fundamental del humanismo moderno, y hay que transmitirla como tal.

¿De qué manera?

De la misma manera en que alguien puede disfrutar de un buen plato sin conocer el proceso completo de la digestión, o puede deleitarse con una sinfonía sin ser capaz de leer la partitura. La transmisión de ese conocimiento no tiene la misma profundidad ni sofisticación que la que nosotros compartimos con otros investigadores, pero sirve para incluir a la sociedad en ese flujo de valores económicos, científicos y de salud. Una sociedad científicamente informada permite que la ciencia avance con más libertad.

La comunicación también es para nosotros, los científicos, que somos muy ignorantes en ramas ajenas a la nuestra.

«LA IA NO ELIMINARÁ A LOS SERES HUMANOS MIENTRAS FUNCIONE CON LO QUE LE ENSEÑAN LOS HUMANOS»

¿Qué es usar bien el conocimiento?

Usarlo para hacer avanzar el propio conocimiento y producir bienes materiales y espirituales para la comunidad, respetando el entorno material y la naturaleza con un ecologismo científico. El ecologismo científico es preguntarse desde la racionalidad si son ciertos los peligros anunciados y cuáles serían las consecuencias de actuar o no, y no caer en alarmismos innecesarios y acabar acelerando el problema. Todo desde una perspectiva racional, con datos y empirismo.

Me gustaría hablar sobre la educación. Ya en la antigua Grecia se quejaban de la mala educación de las nuevas generaciones. ¿Siempre ha estado mal?

Siempre. Y además todo el mundo ha puesto en la educación la esperanza de solucionar todos los problemas… Ilusiones irrealizables. Pero yo creo que cualquier tiempo pasado no fue mejor, sino peor.

¿Y qué recomiendas?

Hay que lograr un equilibrio entre la tensión por la competencia técnica, que exige saber cosas y saber hacer cosas, y una libertad para que ese saber no sea algo que ate e impida explorar territorios nuevos. La creatividad de Tolstói y el rigor de Napoleón.

¿Cómo se aplica esta idea?

Al acertar en lo esencial de las disciplinas: los contenidos mínimos, los principios básicos de las materias y la capacidad de adaptarlos sin rigidez y con creatividad es más importante que contenidos especializados, por determinantes que estos sean. Ahí es donde entran los profesores.

¿Cómo definirías a un buen maestro?

Alguien que transmite conocimiento, hechos y dudas y que, a la vez, despierta el amor por la materia. Un buen profesor es ejemplar. Modifica no solo las opiniones, sino los afectos.

En esta edición, uno de los trabajos finalistas del festival de cine científico #LabMeCrazy!, The Thinking Game, es un documental que cuenta la historia de Demis Hassabis, neurocientífico británico, premio Nobel de Química y cofundador de Google
DeepMind. Hay un momento en la cinta en que se hace una similitud entre la incertidumbre que tuvo Oppenheimer cuando trabajaba con la física nuclear y el miedo a las consecuencias del futuro de la IA.

Oppenheimer, en primer lugar, siempre fue un claro defensor de quitar límites al saber, pero también de regular sus aplicaciones. Él defendió, junto con Niels Bohr y con otros después, que la información atómica se debía compartir con el resto de países. De ahí vendría la famosa frase de Churchill a Bohr: «Scientists should be on tap, but not on top» [«Los científicos deben estar al servicio, pero no al mando»]. Oppenheimer abogó por una regulación que evitara las desconfianzas, los miedos y una escalada armamentística. Algo que no se hizo y que llevó a la elaboración de más de 60 000 cabezas nucleares durante la Guerra Fría. Ahora existen unas 12 000.

Y, respecto a la IA, ¿ves motivos para tener miedo?

Lo que no se hizo con el asunto nuclear se puede aplicar ahora en el campo de la biología molecular y, claro, de la IA. Soy un gran enamorado de la IA, pero también creo que no hay que correr tanto, más allá de nuestras posibilidades. En definitiva, no tenemos mucha prisa por dejar de ser humanos. La IA no eliminará a los seres humanos mientras funcione con lo que le enseñan los humanos. Ahora bien, si aparecen propiedades emergentes… Sí, podría ser un paso siguiente en la evolución.

¿En qué sentido?

Nuestra inteligencia es el fruto de una evolución de millones de años, es el fruto de la química del carbono. Somos el fruto de una serie de situaciones que han dado lugar a la conciencia, la libertad, la vida. ¿Por qué no podrían darse estas circunstancias, por ejemplo, en la química del silicio? Yo creo que sí sería posible. ¿Cuánto tiempo haría falta para que tuviera lugar? ¿Se podría detener? No lo sé. Las reglas de la física, si pueden ser igualmente aplicables para explicar nuestra complejidad, tal vez podrían ser el motor de otra distinta. Pero no sería la inteligencia artificial que nos imaginamos, de la que hemos hablado hasta ahora. Sería una forma peculiar de la inteligencia natural. La inteligencia natural sería una forma específica de otras inteligencias.

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