Pensar a contracorriente

28 de mayo de 2026 4 minutos

Ignacio Uría Biografía

Ignacio Uría (Gijón, 1971) es historiador, periodista y profesor de la Universidad de Alcalá. Estudió Derecho en la Universidad de Navarra y fue editor de Nuestro Tiempo de 2012 a 2018. Colabora con distintos medios en la sección de política internacional. Ha publicado cinco libros y dos centenares de artículos de opinión y divulgación histórica. Lector omnívoro –con predilección por el ensayo y la poesía–, le apasionan el cine, la conversación y los viajes en Vespa, con la que ha recorrido media Europa y el norte de África. 


«Eran tiempos en los que había que leer el Libro rojo, infumable colección de citas maoístas, tener un póster del Che y peregrinar a la tierra santa china, variante del paraíso comunista con todos los gastos pagados (por el Partido)»

Acaba de publicarse un libro magnífico, y esto es noticia. Se titula El paraguas de Simon Leys (Acantilado) y lo ha escrito el periodista Pierre Boncenne, colaborador de Bernard Pivot en el programa Apostrophes de la televisión pública francesa, referente de toda persona culta o cultureta de los años ochenta (algo así como La clave de José Luis Balbín, pero en francés, que es más chic). Con esta monografía, Boncenne ganó en 2015 el Gran Premio de la crítica literaria francesa, que sumó al Renaudot de ensayo, hermano del Goncourt, obtenido unos años antes. 

La obra recupera al escritor Simon Leys (pseudónimo de Pierre Ryckmans), especialista en la China comunista y voz discordante por sus feroces críticas a la dictadura de Mao Zedong y a sus palmeros occidentales. Una década después, llega a España.

Leys/Ryckmans nació en Bruselas en 1935 y estudió Derecho e Historia en la Universidad Católica de Lovaina. En 1971, publicó El traje nuevo del presidente Mao, donde desolló sin piedad y con humor (amarillo) aquella perversión totalitaria llamada Revolución Cultural (1966-1969). Escrito en Hong Kong, este ensayo también cuestionaba la sumisión pro-China de la izquierda francesa, que no se lo perdonó nunca (ni China ni la izquierda). En gran medida, porque Leys desnudó la indignidad voluntaria de intelectuales como Roland Barthes o Sartre (el bueno de Jean Paul, siempre al rescate de tiranos como Castro, Pol Pot o hasta Simone de Beauvoir) y el cinismo de presidentes como François Mitterrand Mao no es un dictador, es un humanista») o, incluso, un liberal de trajes impecables —al César lo que es del César— llamado Giscard d’Estaing: «El presidente Mao es un faro del pensamiento mundial». Eran tiempos en los que había que leer el Libro rojo, infumable colección de citas maoístas, tener un póster del Che y peregrinar a la tierra santa china, que era una variante del paraíso comunista con todos los gastos pagados (por el Partido). 

En las letras españolas también tuvimos lo nuestro. Por ejemplo, Rafael Alberti y María Teresa León, autores de la estalinista Sonríe, China publicada en 1958 (ya con Stalin embalsamado, mira tú qué necesidad). O un Pablo Neruda en busca de patrocinios para su fantasmagórico Instituto Chileno Chino de Cultura, regado con fondos del Gran Timonel. Tres veces, tres, le rindió pleitesía el poeta, pero nunca se estableció en Pekín, una urbe «demasiado provinciana» (y donde no se bebía champán). La revolución brilla más desde una terraza de Saint-Germain-des-Prés y eso lo sabían Neruda y Alberti, que preferían vivir en cualquier democracia capitalista, con buenos derechos de autor y sin tener que desplazarse en bicicleta (una cosa es ser comunista y otra imbécil y arriesgarte a desaparecer a medianoche por no hacer las reverencias oportunas). 

Leys desmontaba a estos personajes con precisión de metrónomo, pero su íntegra arrogancia le costó la carrera académica y el ostracismo literario, por lo que terminó «exiliado» en Australia (más lejos no podía irse). Su amigo René Viénet lo resumió todo con una frase imbatible: «La verdad engendra odio». Y con la verdad y una maleta se fue Leys a Camberra, donde falleció en 2014 después de escribir un puñado de buenos libros. 

Vuelvo a Sartre, admirador confeso del terror impuesto por Robespierre, cuando afirmaba: «El sueño maoísta representa el horizonte político y filosófico ineludible de los verdaderos intelectuales». Hombres y mujeres con una superioridad moral a prueba de bomba, capaces de jalear los crímenes de masas al tiempo que dictaban —huelga decirlo, pero lo diré— sentencias letales contra los indefensos. Por ejemplo, la cursi Maria Antonietta Macciocchi, famosa por sus genuflexiones: «Del pueblo chino emana la gran fascinación de los hombres puros y sin pecado» (luego se le pasó la fascinación y se hizo eurodiputada). La increíble aparición de una voz discordante les permitió a todos ellos desplegar su oscura vocación de comisarios políticos y/o inquisidores de la religión totalitaria a mayor gloria de Mao, ese Atila del siglo XX. 

El paraguas de Simon Leys recupera aquellos años de ceguera voluntaria en universidades y medios de comunicación de Francia. De paso, nos resume medio siglo de contorsionismo internacional izquierdista ante el espejo deformado que fue —y sigue— la China comunista. Pero también es una obra actual sobre nuestro apego a creer solo lo que deseamos creer y a opinar al margen de la información. Un grito, en fin, contra las dictaduras, pasadas y presentes, diestras o siniestras (valga la redundancia) y, sobre todo, contra sus lacayos, vivan donde vivan. Cooperadores necesarios para que el mal se extienda, una canalla sin principios sólidos (ni líquidos ni gaseosos).

Si Leys viviera, lo denunciaría. Como no vive, hay que leerle, aunque sea vía Boncenne.

LA PREGUNTA DEL AUTOR

¿De dónde procede la fascinación por el mal?

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