Una luz mediterránea

9 de octubre de 2026 4 minutos

Daniel Capó Biografía

Daniel Capó (Mallorca, 1973) es ensayista y editor. Se graduó en Derecho por la Universidad de Navarra en 1996. Sus columnas de opinión aparecen semanalmente en The Objective y en los periódicos del grupo Prensa Ibérica. También ejerce de crítico literario en La Lectura de El Mundo. Desde su fundación forma parte del Consejo Asesor de la editorial Libros del Asteroide. 


«No hace falta destruir un espacio para vaciarlo de sentido: basta con reducir su complejidad a una sucesión de likes más o menos intercambiables. Tanto nos da Capri como Mallorca, Cracovia como Praga. Son territorios sin relato, mera estética»

Hace unos años, bajé con mi familia hasta el puerto de Valldemossa para almorzar en casa del escritor José Carlos Llop. La villa —ha escrito sobre ella en su aclamado Si una mañana de verano, un viajero— es un lugar idílico, con los acantilados descendiendo en vertical sobre el Mediterráneo y las casitas de los pescadores que recrean el sueño de un paisaje muy particular. Uno piensa en Leonard Cohen en la isla griega de Hydra, en la diosa blanca que inspiró a Robert Graves no muy lejos de estas costas. Es la gran belleza y la sensualidad del color y la juventud que se reinventa a sí misma, casi como en la eternidad. El Mediterráneo es una inacabable reserva de luz. Incluso una conocida campaña publicitaria acuñó el concepto de «vivir mediterráneamente» para celebrar la promesa de la felicidad. Pero la gran literatura sabe que esto no siempre es así: la luz es hermosa, pero puede ser fugaz, terrible, extraña.

Pensemos en Homero, por ejemplo, ahora que Nolan ha devuelto la Odisea al imaginario popular. En la Ilíada, la guerra transcurre bajo un cielo claro donde destellan las armas y los cuerpos caen ensangrentados. Pensemos en el poeta Cavafis, cuya Alejandría natal conservaba la belleza incluso cuando su esplendor empezaba a decaer. Y en Albert Camus, que convirtió la luz de Argel en una experiencia moral. El paisaje puede ser hermoso y aun así resultar insuficiente.

Tal vez por esto los clásicos sean tan conscientes de la fugacidad. Entre sus páginas, la luz visibiliza el tiempo, sus heridas y cicatrices, sus engaños. La belleza nos obliga a recordar. Quiero decir que no admite fácilmente el olvido. Y el tiempo ejerce de este modo una sutil pedagogía. En nuestras ciudades, las capas de la historia se amontonan unas sobre otras: las iglesias sobre los templos griegos o sobre las mezquitas árabes, los palacios sobre las murallas derruidas, los barrios de nuevo cuño sobre los antiguos puertos. Detrás del presente se oculta algo anterior. Las ruinas nos recuerdan que nosotros desapareceremos algún día. Junto a la luz del Mediterráneo, late una advertencia.

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Este es, de hecho, uno de los grandes valores de la literatura. Lo hablamos aquella mañana en casa de los Llop. Los temas se repiten una y otra vez: la casa perdida, la ciudad que cambia, el amor que nos justifica, el viaje y el exilio, la muerte inexorable, las palabras que custodian la memoria y que convierten nuestra vida en experiencia. No hablo de nostalgia, porque la nostalgia sueña con recuperar intacto aquello que el tiempo ha destruido. La memoria literaria sabe que es imposible hacerlo. Lo que busca, en cambio, es dar forma al tiempo y a la luz para impedir que el pasado quede reducido a nada. De este modo, preserva los lugares y las gentes del olvido. Nos recuerda una y otra vez quiénes somos, qué somos y cuál es nuestra verdadera condición.

La literatura devuelve la vida a determinados lugares. Cierta mirada contemporánea, en cambio, hace lo contrario. Esto se reconoce con facilidad en el fenómeno del turismo de hoy en día y en sus fotos de Instagram: una terraza mona, una puesta de sol, una calle convertida en decorado, una pose ante la Torre Eiffel… En realidad, no hace falta destruir un espacio para vaciarlo de sentido: basta con reducir su complejidad a una sucesión de likes más o menos intercambiables. Tanto nos da Capri como Mallorca, Cracovia como Praga. Son territorios sin relato, mera estética.

Cuando salimos del Puerto de Valldemossa, carretera arriba, el sol se reflejaba en las montañas desnudas de la sierra de Tramuntana. Caía la noche, pero el tiempo aún permanecía suspendido. Íbamos dos matrimonios amigos con nuestros hijos. Recuerdo que hablamos de la belleza del mundo y de cómo desaparece. Recuerdo que dijimos que la luz se posa sobre las cosas y les da precisión, y que justo por eso podemos ver cómo envejecen. Nos preguntamos si el Mediterráneo expone la muerte o la ignora. Todos sabíamos la respuesta: no hay vida sin muerte, no hay belleza sin pérdida, no hay realidad sin una tensión latente. Tal vez sea este uno de los privilegios auténticos de la buena literatura: enseñarnos a mirar la belleza sin exigirle que nos mienta.

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LA PREGUNTA DEL AUTOR

¿Hasta qué punto el turismo de Instagram vacía los lugares? ¿Basta con encuadrarlos en cierta estética para que pierdan su identidad?

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