El narrador y dramaturgo californiano de raíces armenias William Saroyan (1908-1981) conoció pronto el éxito. En plena Gran Depresión, su literatura, distinta, llevaba optimismo y piedad. Pero también conciencia del presente y de la vida. Saroyan vuelve.

Traduzco: «Pocos minutos después de la medianoche del último día de 1940, William Saroyan bajó al despacho que tenía en el sótano de su nueva casa —una que su oficio de escritor le había permitido comprarse— y empezó a teclear una obra de teatro que quería titular, con el espíritu de esas fechas navideñas, Una taza de bondad, A Cup of Kindness».

»La acción, según había decidido, iba a desarrollarse en una vieja vivienda de madera de Red Rock Hill, cerca de Quintara Woods, en el Distrito Sunset de San Francisco. Era el vecindario donde Saroyan se había asentado, donde fumaba cigarrillos Chesterfield uno tras otro, sin parar, escribiendo a máquina repiqueteando rápidas ráfagas».

»A diferencia de la vieja casa infestada de ratones que se imaginaba para sus personajes —la familia Webster—, la de Saroyan era sólida y moderna, una de las muchas de Sunstream Homes que había construido el promotor Henry Doelger, a pesar de la Depresión, en las últimas colinas bajas de San Francisco, no lejos del mar». 

»En un primer momento, se pensó que la zona resultaría inhabitable a causa de las nieblas densas y pertinaces, pero ahora era un bastión de la clase media, y la casa de Saroyan estaba destinada a convertirse en el hogar permanente para su madre y su hermana soltera, que se encargaba de contestar el teléfono, guardaba los recortes de prensa sobre Willie y que sabía suavizar con su presencia tranquila y sosegada los vaivenes de una familia con rencores bruscos y pasiones directas».

Así comienza la insólita —y dolorosa— A Biography de Saroyan que compusieron el narrador y guionista de largometrajes Barry GiffordPerdita Durango, por ejemplo y el periodista Lawrence Lee (1941-1990). La pieza de teatro construida esa Navidad acabaría siendo La hermosa gente (The Beautiful People). La hermana que no contrajo matrimonio, Colette. La ruidosa máquina de escribir pudo ser una cara Royal que solía alquilar y por fin adquirió. Con originalidad, Gifford y Lee no empiezan por el nacimiento del escritor sino cuando era un hombre maduro y de éxito, en 1940. Se nutren de testimonios y confidencias de personas que lo conocieron de cerca. Era Willie para su familia, Bill para sus amigos y William para el público. Y los autores de esa biografía dejan al aire la parte menos luminosa de Saroyan, sus esclavitudes y sus carencias. Sus nieblas propias. Ya se sabe: «Todo santo tiene pasado, y todo pecador, futuro». Esas primeras páginas biográficas llevan el escueto encabezamiento de «Saroyan», adaptación, al parecer, del apellido persa Sarou-Khan. Y debajo, una rúbrica demasiado grandilocuente: «El mejor escritor del mundo».

William Saroyan no fue el mejor escritor del mundo. Pero sí el hijo pequeño de un matrimonio emigrante de origen armenio. Como muchos de los que se establecieron en Estados Unidos. En la agrícola y próspera California. El padre murió a los treinta y pocos —Willie tenía tres—, y la joven viuda, sin recursos monetarios, se vio obligada a dejar —cinco años difíciles— a sus cuatro hijos en un orfanato no muy separado del domicilio donde tuvo que ponerse a trabajar de asistenta. La familia se reagrupó, y todos redondeaban ingresos con tareas ocasionales. Los chicos vendieron diarios y repartieron telegramas. 

Aprender mecanografía le sirvió de mucho a William, que no estudió demasiado. Se puso a crear narrativa, espoleado por la lectura de Maupassant, rápido y amoldando sus peripecias y las de sus vecinos y parientes, y pronto, en 1934, resonó «The Daring Young Man on the Flying Trapeze». Un cuento novedoso de estilo y símbolos sobre las horas finales de un joven escritor, que se muere de hambre literalmente. Un éxito en aquellos amargos tiempos de la Depresión. Meses después, su primer libro triunfó también. Podía ganarse la vida escribiendo. Y no paró. Cuentos personales y finos, con los que al corazón le cuesta muy poquico reaccionar. Teatro —al que acusan de ternura pegajosa— lleno de héroes normales y a la vez disparatados. Novelas encantadoras que buscan ser sinceras… Saroyan celebra la vida cotidiana, se fija en las maravillas que afloran de la plana realidad, refleja vicisitudes de inmigrantes y testimonia el desarraigo. Y descubre la alegría y el optimismo hermanados con las dificultades. Y la felicidad de volver. Porque el secreto estaba en el amor que se pone. De nuevo. Restaurado.

Tú es que estás loco, papá

Interesadamente —porque la he traducido—, aconsejo una novela no muy larga, «bonita» y apenas conocida de Saroyan: Papa, You’re Crazy (1957), traducida, con consciente anacoluto, Tú es que estás loco, Papá (EUNSA, 2025). La cuenta Pete, un niño de nueve años. Su padre, escritor, cuarenta y tantos, que arrastra una crisis creativa, financiera y matrimonial, se lleva al chico con él a una casa modesta. Los hijos pueden ayudar a quienes los trajeron a la vida. Y de paso descubrir con conversaciones lo esencial para escribir: mirar libremente, averiguar en qué consiste vivir y reflexionar. Soñarse. Buscar la dignidad y lo mejor de todo y todos. 

Saroyan le hizo un año antes el mismo regalo a su hija, Lucy: otra novela —Mama, I Love You— de lo que más le gustaba, ser actriz.

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