Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 711

Laura Ferrero: «El amor se escribe poco a poco y con buena letra»

Texto: Bea Jiménez Nácher [His Com 20]   Fotografía: Íngrid Ribas [Com 12]  

El alma sensible de Laura Ferrero (Barcelona, 1984) casi se sorprende del éxito de sus libros. El último de ellos, La gente no existe, es un breviario de cuentos afilados que ha rendido a la crítica a sus pies. Y, sin embargo, Ferrero es ajena al triunfo. En la mujer que es ahora afloran a ratos la niña que guardó en un cajón —todavía está ahí— su primera novela y la estudiante que en Pamplona vibró leyendo a Carver y escuchando a Alejandro Llano. En esta conversación, llena de dudas, habla de la vida —de la suya—: amor, literatura y corazón universitario.


Cuando Laura Ferrero [Fia Com 04] tiene que rellenar algún formulario en el que se pregunta por la profesión, siempre pone una cruz en la casilla de «Otros». Ha publicado cuatro libros: Piscinas vacías (Alfaguara, 2015), Qué vas a hacer con el resto de tu vida (Alfaguara, 2017), El amor después del amor (Bridge, 2018) junto con el ilustrador Marc Pallarés, y La gente no existe (Alfaguara, 2021). Podría decirse que es escritora, periodista y filósofa, porque se licenció en las dos últimas en la Universidad de Navarra. Pero realmente no es ninguna de las tres cosas. Lo que mejor define a esta barcelonesa, nacida en 1984, es una imagen: el mar. Laura es horizonte de búsqueda, un espejo en el que mirarse para comprenderse y alguien que nada en la cotidianidad. 

Alfaguara llamó a Laura tras el éxito de la venta online de una obra suya que se autoeditó y publicó en la plataforma megustaescribir.com. Fue un salto al vacío desde un acantilado pero, al cabo de una semana, y sin el salvavidas del marketing, el título Piscinas vacías se situó entre los treinta más vendidos de Amazon. Enseguida los lectores conectaron con esa serie de relatos sobre los silencios que todos llevamos dentro. Seis años y tres libros después, Laura se ha convertido en una joven referencia literaria en España. 

Lectora voraz de niña, pronto descubrió que la escritura sería su «forma de estar en el mundo»​​. Puso el punto final a su primera novela con quince años, un texto que permanece en la oscuridad desde entonces. «Nunca la publiqué —dice—. La tengo guardada en el mismo cajón de siempre». En 2013 empezó a coleccionar píldoras reflexivas y literarias en el blog «Los nombres de las cosas». Gracias a ellas fue perdiendo, poco a poco, el miedo a exponerse y compartirse con los demás.

Su último libro, La gente no existe, debería haberse publicado en junio de 2019. De hecho, todos los relatos estaban escritos antes del confinamiento. Salvo uno. A finales de marzo su abuela Elisa «dejó de existir». Estaba ingresada en el Hospital de Sant Pau y una mañana la prueba de coronavirus dio positivo. No pudo despedirse de ella. «Lo único que me quedaba para superar la tristeza eran las palabras», afirmó entonces Laura. «Una trenza» es uno de los diecisiete cuentos en los que la autora se pregunta, como afirmó durante una entrevista concedida a El Cultural en enero, «cuánto estamos vivos, realmente aquí» o, dicho de otra manera, «qué es lo que nos hace estar vivos».

Tras seis años de recorrido en la industria literaria, Ferrero compagina su escritura con otras pasiones, como el cine y los viajes. También escribe guiones. Actualmente, se encuentra centrada en su próxima criatura de papel, que recoge toda una vida en un viaje al presente con tintes muy personales. 

 

Tu forma de escribir tiene algo de inocente y puro que evoca la niñez. ¿Cómo te ha marcado esa etapa iniciática?

Hay unos versos de Louise Glück que dicen «Miramos la vida una sola vez, en la infancia. El resto es memoria». Gran parte de nuestra historia está determinada por esos primeros siete años y por el primer mundo al que pertenecemos, que es la familia. Algunos opinan que nunca es tarde para tener una infancia feliz. Pues yo creo que no: que es la que nos toca y hacemos con ella lo que buenamente podemos. 

La infancia puede ser un paraíso o un infierno. Con los años, a veces hay que volver allí para arreglar determinados capítulos de los que ni siquiera eras consciente de que ocurrieron en ese momento. 

Mis padres se separaron en los ochenta. Entonces la gente no se sabía separar. Ahora hemos aprendido que los niños son lo más importante. He pensado mucho en mi infancia para reelaborarla. He escrito sobre eso para entender a la niña que fui. Desde los once años, me he entendido a través de las palabras. 

 

¿Te acompañó la escritura también durante los años de efervescencia en el campus? 

En esa época sentía la obligación de vivir al máximo, de hacer muchas cosas, y eso, en ocasiones, me complica la escritura. No porque la escritura no me conecte con la vida, sino porque escribo desde otro punto, desde la introspección. La gente con capacidad para estar sola tiene esa ventaja respecto a quienes nos cuesta más. 

Escribí muchos textos de búsqueda. Durante varios veranos colaboré de voluntaria en Chad, Etiopía y la India. Con frecuencia me preguntaba «¿Qué hacemos aquí?». Y me asombraba comprobar cuántas maneras había de vivir. 

Siempre he tenido la sensación de que nos falta pausa, y aquellos viajes me daban la oportunidad de parar. Conservo muchísimos diarios y reflexiones de entonces. La escritura me ha servido para pensar la vida, para vivirla dos veces. 

 

¿Qué emociones sientes al recordar tu paso por la Universidad?

Tengo un gran recuerdo de esa etapa. Estudiar Filosofía me marcó. Aprendí a pensar, me enseñaron que en la vida siempre hay más de un camino... y a no quedarme con el más obvio. Eso me ha llevado a tomar buenas decisiones. Deberíamos dar más peso a las humanidades. La única asignatura que he suspendido ha sido Lógica [Ríe].

 

Laura Ferrero acaba de publicar su último libro, La gente no existe | FOTO: Íngrid Ribas

 

Cuando ajustas el retrovisor, ¿distingues la huella de algunos profesores?

Álvaro de la Rica y Antonio Martínez Illán son dos grandes maestros que me aportaron mucho literariamente. Me hablaron por primera vez de Carver. En mis primeros trabajos literarios me ayudó mucho Álvaro de la Rica. Alejandro Llano me encantaba. Esas personas cimentaron buena parte de mis intereses. 

 

A propósito de Carver, decía sobre la ternura en uno de sus poemas: «Es el don que me conmueve, que me sostiene, esta mañana, igual que todas las mañanas». En tu último libro miras con ternura a tus personajes, como la mujer que se enamora de su vecino al verle regar sus plantas. 

Siempre reivindico la ternura, porque la hemos olvidado y solemos confundirla con la cursilería. La ternura es muda; la cursilería, ruidosa y latosa. En ese relato me parece tierno constatar que muchas veces nos enamoramos de lo que necesitamos encontrar, de lo que nos falta. A esta mujer, en el fondo, le da igual quién sea el tipo, eso es anecdótico: va a comprar hasta el último detalle de la fantasía. Ella enfatiza que se ha separado y que es una mujer nueva pero, en realidad, sigue siendo la misma. Me parece muy tierno ver cómo pasan los años y seguimos siendo los mismos niños que éramos. 

 

Hay un punto nostálgico e incluso doloroso en lo que comentas. 

La única canción que me ha hecho llorar [Se refiere a «Criticarem les noves modes de pentinats» —«Criticaremos las nuevas modas de peinados»—, del grupo Manel] habla de algo que me obsesionaba cuando escribí Piscinas vacías: la posibilidad de casarse con una persona y estar toda la vida pensando en otra. ¡Es una pesadilla! Me dio por esa angustia cuando era más pequeña. Esas dobles vidas que veía en las películas me provocaban terror. 

 

Has citado en alguna ocasión este poema-canción de Cristina Peri Rossi:  «Líbranos, Señor, de encontrarnos años después con nuestros grandes amores». ¿Es el reencuentro uno de tus temas favoritos?

Defiendo las segundas oportunidades, pero no las terceras. No estoy de acuerdo con lo de «las segundas partes nunca fueron buenas». Si realmente te quieres olvidar de algo, debes darle una segunda oportunidad sabiendo que no habrá una tercera. Quedarse con la duda de que algo pudo ser diferente es de las peores cosas. Darle vueltas al qué hubiera pasado sí me parece una forma de no estar vivo del todo. 

 

¿Se ha transformado tu visión del amor?

Supongo que antes lo idealizaba. Había visto muchas películas en las que los trenes pasan solo una vez. Creía en el amor escrito en neones fluorescentes, en los grandes momentos de la vida con alguien, como la boda. Quizá estoy un poco desengañada, pero ahora pienso en el amor en prosa, que se escribe poco a poco y con buena letra. Tiene una parte de milagro encontrar a una persona y decidir pasar la vida con ella, pero es algo mucho más cotidiano y se demuestra todos los días. Ahí está la clave.

 

¿El enamoramiento tiene fecha de caducidad? 

El enamoramiento es como si estuvieras drogado. El cerebro produce una sustancia, como cuentan médicos y psicólogos, que genera esa sensación. ¡Sería insostenible estar en ese estado toda la vida! Es cansado vivir todo el rato en esa intensidad. Aunque sí es un principio para cimentar una historia.

 

¿Cuál fue el primer libro que te marcó?

Uno que se titula El dios de las pequeñas cosas [de la escritora Arundhati Roy]. Había ganado el Premio Booker en 1997 [uno de los galardones literarios más prestigiosos de habla inglesa], aunque con doce años yo no sabía ni lo que era. Lo vi anunciado en unas marquesinas en el metro. Trataba sobre la India y me alucinó. Es la historia de dos gemelos separados durante mucho tiempo. Me pareció espectacular, y por eso nunca lo he vuelto a leer: me da miedo que no sea el mismo libro. 

 

Tus textos también hablan de las pequeñas cosas... 

Con quince años escribí mi primera novela [no la ha publicado], que fue precisamente una respuesta a la obra de Roy. Porque por primera vez pensé en las pequeñas cosas.

 

Incluso en tu forma de hablar del amor. Con gestos desapercibidos.

¿Qué es el amor? Son gestos. Creo que estamos esperando que nos quieran como queremos. Y queremos como podemos. Un psicólogo me preguntó: «¿Te quiere tu padre?»,  y yo le dije: «Por supuesto». Él insistió: «¿Cómo lo sabes?». Y, claro, ¿lo sabes porque te da cincuenta euros?, ¿o por cómo te mira orgulloso? Todo está en los gestos. 

Al hacerte mayor descubres las cosas que dan sentido. Cada uno demuestra el amor como puede, con más o menos suerte. Para mí es un pensamiento liberador porque sabes que no tiene que ver contigo, es un aprendizaje. Y nos pasamos la vida en ello. La frase que más repito es «Cada uno hace lo que puede». 

 

La escritora barcelonesa prepara una nueva novela inspirada en su familia | FOTO: Íngrid Ribas

 

¿Es tu secreto para comprender al otro y sus circunstancias?

Eso se llama empatía: sentarte a escuchar a alguien y entender que hizo lo que pudo. Probablemente no te parezca suficiente. Es un gran aprendizaje y me sirve para no enfadarme.

 

En una entrevista dijiste que hay que «amar a fondo perdido». Pero una cosa es comprender y otra amar.

Hay situaciones para pensar «Mira lo que me ha hecho» y defender el amor propio. Sin embargo, en otros momentos tienes que querer a fondo perdido. Es una frase bonita, en el sentido de saber soltar cosas y mostrar la propia vulnerabilidad. Cuesta hacerlo, pero ahí estamos.

 

Corren rumores de que estás escribiendo otra novela. ¿Es cierto?

Lo de las novelas es un proceso tan largo, tan difícil… Nació hace dos años, pero la dejé. Es una novela autobiográfica que empezó como una investigación familiar. Estoy documentando las cosas y resulta superinteresante trabajar de esta manera. 

 

¿Cómo llevas vivir entre el ayer, el hoy y el mañana?

Me encantaría decirte que me muevo en el ahora, pero yo habito mucho en el pasado. Me di cuenta escribiendo la novela, cuando llevaba ochenta páginas y tenía que definir qué le iba a pasar a la protagonista. Y es raro, porque la protagonista soy yo. A la vez estaba haciendo un guion [para una serie basada en su relato «Sofía», incluido en Piscinas vacías] y en ambos trabajos me pasaba lo mismo: intento saber siempre de dónde vengo pero luego me pierdo en el presente. Reivindico el hecho de estar conectada, me gusta estar presente en cosas, pero a largo plazo no sabría decir nunca hacia dónde estoy yendo.

 

 ¿Han logrado entenderse la niña, la joven y la mujer que eres?

Sí, pero me hubiera gustado hacer determinados procesos en su momento. Y de repente es ahora. Resulta complicado porque, cuanto mayor eres, has dejado que pase más tiempo y se te ha ido más de las manos.

 

¿Escribes para ti o para los demás?

Antes buscaba aprobación: quería gustar. Pero cuando tu trabajo tiene una faceta pública es mejor que te olvides de eso o te pasarás el día preocupada. No puedo controlar lo que los demás piensan de lo que hago. Yo intento hacer las cosas por mí, y hacerlo lo mejor posible. Es algo que me ha costado mucho. Escribir relatos en España implica, de entrada, que vas a vender poco. Y más si no hablas de los temas de los que todos hablan en este momento. Parece que se ha convertido en una moda tratar con demasiada ligereza temas sensibles que se deberían cuidar, como el hecho de haber sufrido una violación. La vida iría mucho mejor si fuéramos capaces de sentarnos a hablar de todo.

 

¿Se podría decir que tu mirada es micro? 

Yo creo que escribo para un público reducido, desde una mirada de empatía y comprensión. Escribir es la manera que tengo de entender el mundo y entenderme a mí, y todo forma parte de un proceso interior. Por eso me da pena que en el panorama literario a veces no se deje espacio a lo minoritario y se preste más atención a lo que hace más ruido, a lo que busca la industria por seguir tendencias. Y no lo digo solo por mí, sino por otras personas que pierden la posibilidad de contarse por ir a contracorriente. Digo mucho que la memoria es el gran editor de nuestras vidas porque lo más natural es que tengamos deseo de contarnos, de mirar atrás y dar con nuestro relato.

 

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