Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 710

Una cultura milenaria a prueba de explosiones

Texto: Miguel Medarde

Miguel Medarde [Der 98] lleva ocho años en Beirut. A pesar de las guerras y los conflictos, es optimista con un país que sabe ver retos en los problemas, como el estallido sufrido el verano pasado en el puerto, que dejó su casa muy deteriorada.


«Hi, kifak, ça va?». Así es como te suelen saludar en el país de los cedros. Estas tres expresiones —el inglés Hi, el árabe kifak y el francés ça va— equivalen más o menos al hola castellano.

Como muchas personas de mi generación, conocía el Líbano porque pasé la infancia escuchando noticias sobre las guerras que se libraban allí. Lo que no sabía era que, al cabo de unos años, acabaría instalándome en este país después de dar algunas vueltas. Terminé Derecho en la Universidad en 1998 y, tras vivir en Logroño, Pamplona y Sevilla, me trasladé a Roma en 2010. Dos años después, ya con la decisión de irme al Líbano tomada, pasé en París tres meses para hacer un intensivo de francés y llegué a Beirut en septiembre de 2012.

Quizá recordéis uno de los sucesos más duros que padecimos el año pasado. El 4 de agosto, mientras callejeaba por Biblos, una ciudad antigua de gran interés histórico, a unos cuarenta kilómetros de la capital, escuché dos explosiones. Acompañado de José Antonio, un amigo español, buscaba una tienda para arreglar mi móvil. Segundos después del estruendo, nos miramos pensando: «¿Qué habrá sido esta vez?».

Para entender el porqué de nuestra pregunta basta mirar por el retrovisor. Entre 1975 y 1990, el Líbano sufrió una guerra civil y regional; civil porque lucharon libaneses contra libaneses y regional porque participaron, además, Siria, Israel y Palestina. Desde entonces, se alternan periodos de relativa calma con momentos de combate abierto, principalmente entre Hezbolá —grupo islámico político y paramilitar libanés— e Israel. Otro foco de tensión más reciente brotó el 17 de octubre de 2019, cuando miles de ciudadanos salieron a la calle para protestar por las medidas que el Gobierno estaba tomando para afrontar la crisis que atraviesa el país. Además, durante las últimas semanas de julio de 2020 cazas israelíes habían violado el espacio aéreo libanés.

 

En familia. Miguel y sus padres, que viajaron al Líbano con ocasión de su cuarenta cumpleaños, disfrutan de una escapada al puerto de Biblos.

 

En Biblos nos enteramos de que los ruidos se debían a un estallido con epicentro en el puerto de Beirut. Lo primero en lo que pensé fue en mi casa. Vivo tan solo a un kilómetro y medio de la zona cero de aquel accidente, en una residencia del Opus Dei en el barrio de Achrafieh, y tras algunas llamadas supe que, alhamdulillah —gracias a Dios—, todos estaban bien. Eso sí, los cristales de nuestro edificio, que tiene tres plantas, quedaron hechos añicos, y las paredes y los muebles parecían un queso gruyer. Los falsos techos se vinieron abajo y algunas puertas se volatilizaron. En cambio, la estructura del bloque no sufrió daños ni tampoco la instalación eléctrica ni las tuberías.

Realmente, las tareas de rehabilitación de la ciudad darían para otro artículo, aunque el balance podría haber sido todavía peor. Justo la semana de la explosión,  debido al confinamiento, la mayoría de las tiendas estaban cerradas, muchas personas trabajaban desde casa o terminaban antes su jornada y el tráfico era escaso. Esto redujo el número de víctimas a alrededor de doscientas, y el de heridos a unos cinco mil. Sin la situación creada por el coronavirus, habrían muerto muchas más personas, seguro.

UN PAÍS ENCRUCIJADA

Cuando llegué al Líbano hace ocho años descubrí una tierra maravillosa: sin los desiertos y camellos que la gente imagina; con mar y pistas de esquí; con ruinas romanas, fenicias, bizantinas y de tiempos de las Cruzadas; con una gastronomía increíble; un país abierto donde las religiones —dato que aparece en el documento de identidad— son respetadas y conviven varias lenguas. El idioma oficial es el árabe, pero tengo alumnos de doce años que, además, se comunican en inglés, francés, español y muchos también en armenio. Yo me manejo con el inglés y el francés. Durante los primeros seis meses aquí invertí mucho tiempo en estudiar esta segunda lengua, muy hablada en el Líbano porque fue un protectorado galo de 1923 a 1943, año de su independencia.

Antes de llegar a mi casa actual en septiembre de 2019, pasé siete años en la sede del club juvenil Alanir, en Baabda, al sureste de Beirut. Me dediqué a dar clases de español en colegios de la zona y a organizar actividades culturales y de tiempo libre: torneos de fútbol, campamentos, excursiones e incluso concursos de MasterChef, aunque mi favorita es un campo de trabajo humanitario. Por cierto, en el último, en julio de 2019 —en 2020 se suspendió por la pandemia—, participó un grupo de ocho estudiantes de la Universidad de Navarra, junto a otros franceses y libaneses. Me apasiona porque hemos conocido a refugiados cristianos y musulmanes de Irak, Siria y Palestina. Básicamente intentamos que olviden miedos y penas a través de juegos, repartiendo comida, ropa o medicinas y escuchándoles.

Desde marzo de 2020 la pandemia ha roto nuestras rutinas. Como en tantos sitios, teletrabajamos. Si no, seguiría haciendo mi recorrido diario de veinte minutos en moto entre mi casa y el Sagesse High School, donde soy profesor de Español de unos cien alumnos entre 10 y 16 años.

 

Fractura social. Descontento en las calles por la crisis económica y la corrupción política.

 

Considero el Líbano como mi país, una tierra acogedora, de comerciantes y de contrastes: en Beirut, puedes ver vehículos de lujo al lado de coches desastrosos, rascacielos y edificios bien construidos junto a barrios casi abandonados. Algunas limitaciones resultan evidentes: no tenemos alumbrado público ni agua potable corriente, y el transporte público casi no existe, por lo que el tráfico es infernal —hay hogares que tienen hasta cinco utilitarios—; y la autopista, si es que merece este nombre por la mala calidad de su asfalto, está rodeada a ambos lados por tiendas, cafés y vendedores ambulantes. Sin embargo, en general, es un país seguro. Me siento más tranquilo aquí que en grandes ciudades de Europa, incluso caminando de noche. Este comentario me lo hicieron también mis padres cuando me visitaron en 2015 por mi cuarenta cumpleaños.

Da pena que todo esto —las protestas, el covid, la explosión y la crisis económica— se haya juntado, ya que ha provocado una emigración enorme de jóvenes y familias enteras. Es cierto que el libanés, dados sus orígenes fenicios, siempre se ha caracterizado por ser un pueblo de emigrantes —por ejemplo, Wikipedia calcula que en el mundo hay unos veinte millones de libaneses, de los cuales solo cuatro viven aquí—, pero la fuga de jóvenes que ha generado la situación no tiene precedentes salvo la guerra de 1975-1990. Pero, a la vez, son personas que miran a sus raíces y, con el tiempo, volverán. Hablando con mis amigos, los más optimistas aseguran que dentro de cinco o diez años nos habremos recuperado. Como dicen en árabe, imchalah, ojalá.

Yo pienso que tenemos una oportunidad para lograr que esta zona de Tierra Santa sea más próspera. La solidaridad que se vivió en las semanas posteriores a la explosión da fe de ello: jóvenes limpiando las casas de los afectados, familias acogiendo a los que se habían quedado sin techo, voluntarios repartiendo gratuitamente comida, ropa, medicinas y muebles, cirujanos realizando intervenciones sin cobrar, empresarios que han aumentado el sueldo a sus empleados o incluso pagado la reconstrucción de sus casas... Pero los edificios no son lo único que hay que reconstruir. En este país de equilibrio inestable, es el momento de cerrar heridas políticas y sociales, de que algunos vecinos nos dejen tranquilos y de recuperar una unidad perdida durante décadas de conflictos.

 

 

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