Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 710

¿Dónde están los intelectuales cristianos?

Texto: Redacción NT

En los últimos meses se ha planteado en ámbitos académicos y periodísticos un debate sobre la ausencia de voces cristianas en la vida pública. El Instituto Core Curriculum de la Universidad organizó en febrero una mesa redonda en la que se analizó la conversación generada y se procuró aportar pistas sobre este tema. 


El aula magna completa y los cientos de inscripciones online mostraron el interés despertado por la mesa redonda celebrada el 3 de febrero con el título «Un debate actual: intelectuales, cristianismo y universidad». La Universidad de Navarra, a través de esta iniciativa del Instituto Core Curriculum (ICC) en colaboración con la Facultad de Filosofía y Letras, se sumó así a la conversación mantenida en varios medios y redes sociales sobre la identidad y la visibilidad de los cristianos, en particular de los dedicados a tareas intelectuales.

El diálogo tuvo un planteamiento multidisciplinar. Para ello contó con la presencia de Juan Arana, catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla, experto en las relaciones entre ciencia, razón y fe; el escritor y articulista Juan Manuel de Prada; y el profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra Miguel Brugarolas. Moderó el acto el catedrático de Filosofía y director del ICC José María Torralba.

 

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Diego S. Garrocho

«Muchos pensadores cristianos se destacaron como interlocutores imprescindibles en su tiempo. En cambio, hoy nadie esgrime en público el rendimiento conceptual del perdón o la misericordia»

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En su introducción, el profesor Torralba centró el debate y lanzó algunas preguntas que más tarde sus compañeros de mesa abordaron aportando ideas y experiencias. A modo de contexto, el moderador describió a los cristianos como «una nueva minoría» dentro de una sociedad secularizada marcada por guerras o batallas culturales en torno al comienzo y el final de la vida, las leyes educativas o los modelos familiares. José María Torralba mencionó los dos extremos que, en su opinión, deben evitar los cristianos ante estas cuestiones: «el buenismo» —la inhibición o la falta de valentía— y «la oposición destructiva», la actitud de quienes no buscan el diálogo con aquellos que piensan de maneras diferentes y solo ven enemigos. En referencia a los centros educativos de inspiración cristiana, señaló que lo más importante es que sean capaces de responder adecuadamente a la pregunta «¿Qué formación necesitan hoy los cristianos más jóvenes?». Más allá de iniciativas que una universidad pueda realizar institucionalmente en la sociedad, «lo decisivo —según el profesor Torralba— es pensar en las nuevas generaciones que se educan en sus aulas».

La mesa redonda retomaba de este modo la discusión de los anteriores meses en que varios académicos y periodistas habían mantenido un intenso intercambio de opiniones. 

 

DEBATE PREVIO EN LOS MEDIOS

La chispa de la que surgió el debate fue un artículo del profesor de Ética y Filosofía Política de la Universidad Autónoma de Madrid Diego S. Garrocho, que el 16 de noviembre de 2020 escribió en Twitter : «¿Dónde están hoy los intelectuales cristianos? En una guerra cultural donde todas las identidades están representadas, me pregunto por qué no tenemos hoy una intelectualidad cristiana visible y reconocible». Ese tuit remitía a un artículo de El Mundo en el que Diego S. Garrocho, con tono moderado y autocrítico, pues el autor se reconoce cristiano, echaba en falta la presencia de figuras de referencia en nuestro país: «Muchos pensadores cristianos se destacaron como interlocutores imprescindibles en su tiempo. El propio Joseph Ratzinger o filósofos como Gianni Vattimo o Rémi Brague supieron prolongar la influencia cristiana en el marco de la discusión pública. [...] En cambio, hoy nadie esgrime en público el rendimiento conceptual del perdón, la misericordia o la esperanza de las bienaventuranzas».

 

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Juan Manuel de Prada

«A veces veo en algunos ambientes que los cristianos se esfuerzan por mimetizarse, por no decir algo que chirríe en la sociedad, y eso me parece un error»

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El 19 de noviembre se publicó en The Objective el texto que aceleró e intensificó el diálogo. En él, Miguel Ángel Quintana Paz, profesor de Ética en la Universidad Europea Miguel de Cervantes, fiel a su estilo polemista e incisivo, lamentaba que algunos lectores del artículo de Garrocho se hubiesen sentido «ofendiditos con el planteamiento de ese joven profesor». Según Quintana Paz, la pregunta sobre la ausencia de los católicos era muy oportuna y, dando un paso más, los culpaba por no aprovechar los instrumentos a su disposición: medios de comunicación propiedad de la Iglesia y, principalmente, dieciocho universidades de identidad cristiana. Según él, esos centros tienden a estar demasiado cerrados en sí mismos: «No proliferan conversaciones entre ateos y cristianos en las facultades católicas. O entre cientificistas y humanistas. No son frecuentes tampoco entre visiones contrapuestas de la fe. […] Todo se despacha a menudo con un par de jornadas en que unos cuantos amigos repiten entre sí ideas que ya todos ellos conocen; o algún homenaje simbólico a algún autor de renombre, que rara vez tiene más alumnos entre el público que ponentes invitados».

Al final de sus líneas, Quintana Paz pulsó el detonador de la cascada de artículos posteriores: «Un buen modo de mostrar que Diego S. Garrocho y yo estamos equivocados sería que radios, televisiones, colegios, universidades, editoriales, museos católicos recogieran este guante. No como lo recoge una damisela ofendida; sino como un reto de batirse en duelo intelectual».

Pocos días después en distintos medios, pódcast, redes y otras plataformas, varios autores respondieron al desafío de Quintana Paz. Entre ellos, Fernando de Haro, director de La Tarde en la cadena COPE; José Francisco Serrano Oceja, periodista y profesor en la Universidad CEU San Pablo; Ricardo Calleja, profesor del IESE de la Universidad de Navarra y articulista, y José María Rodríguez Olaizola, secretario de Comunicación de la Compañía de Jesús en España.

Tres de los participantes en la mesa redonda de la Universidad de Navarra —los profesores Arana, Torralba y Brugarolas— hicieron sus aportaciones a ese intercambio de ideas. A ellos se sumó en Pamplona Juan Manuel de Prada, quizá uno de los autores más reconocidos como católico en nuestro país.

 

Para seguir pensando

 

Selección de artículos en torno al debate sobre los intelectuales cristianos.

 

Diego S. Garrocho, «¿Dónde están los cristianos?», El Mundo, 13 de noviembre de 2020

 

Miguel Ángel Quintana Paz, «¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?», The Objective, 19 de noviembre de 2020

 

José María Torralba, «¿Dónde estamos los cristianos?», El Español, 26 de noviembre de 2020

 

Ricardo Calleja, «Cristianos intelectuales cristianos», The Objective, 29 de noviembre de 2020

 

Fernando de Haro, «Sobre la aportación de los cristianos», paginasDigital.es, noviembre de 2020

 

José María Rodríguez Olaizola, sj, «¿Dónde están los intelectuales?», Pastoralsj, noviembre de 2020

 

Miguel Brugarolas, «¿Dónde se debaten los intelectuales cristianos?», El Independiente, 1 de diciembre de 2020

 

Jaime Nubiola, «La lógica del poder y la lógica del amor», Filosofía para el Poder en el Siglo XXI, 1 de diciembre de 2020

 

Rafael Lafuente y Javier García Herrería, «¿Por qué no salen intelectuales de los colegios católicos?», Minorías Creativas, 2 de diciembre de 2020

 

Juan Arana, «¿Hacen falta más “intelectuales cristianos”?», Aceprensa, 3 de diciembre de 2020

 

José Francisco Serrano Oceja, «Se buscan intelectuales católicos», ABC, 13 de diciembre de 2020

 

Santiago Fernández Gubieda, «Intelectuales cristianos: contraseñas para una seducción», El Español, marzo de 2020

 

José María Sánchez Galera entrevista a Alfonso Sánchez-Tabernero en El Debate de Hoy, 29.3.2021

 

 

 

MEJOR SIN ETIQUETAS

Planteada la cuestión de cómo prepararse para las confrontaciones de ideas, Juan Arana y Juan Manuel de Prada coincidieron en su rechazo de la expresión «intelectual cristiano». Para el primero, resulta «problemática» porque, aunque parece útil para crear comunidad con otros profesionales que comparten su fe, corre el riesgo de convertir a la persona en una especie de portavoz oficial o confesional. «Prefiero —señaló el catedrático de la Universidad de Sevilla— definirme como un católico que, como profesor que soy, se dedica a tareas intelectuales. Además, creo que esto no es lo más importante; lo fundamental es que seamos buenos intelectuales y en eso reconozco que quizá no estamos a la altura de nuestra época». En un artículo anterior, Arana había señalado como referencia para explicar esta postura al autor de El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien, «quien sostenía que ese libro era una novela católica, a pesar de que ni el nombre de Dios, ni mucho menos el de Jesucristo, aparecen en ella ni una sola vez». 

Por su parte, De Prada dijo que procura huir de la etiqueta de «escritor católico» porque es una denominación «que sirve al enemigo dialéctico para descalificar previamente a alguien y recluirle en un gueto dualista que considera que la fe queda en un reducto personal y la vida misma va por otro lado». En este punto, la cuestión de fondo es, según apuntó Miguel Brugarolas, la secularidad, un concepto teológico que explica que el cristiano concibe el mundo como «un lugar idóneo de encuentro con Dios», sin enfrentar las realidades naturales a las espirituales. «Por eso, ve el mundo desde dentro y no renuncia a nada auténticamente humano cuando vive con plenitud  su fe. Así —concluyó—, si el hombre deja espacio a Dios, solo gana».

Los tres ponentes subrayaron también la importancia de considerar de nuevo y mostrar con creatividad ejemplos de personas que, con su vida y con su uso de la inteligencia y el lenguaje, llegaron al corazón de sus coetáneos, impactaron en ellos y provocaron cambios en sus existencias; de manera más clara Jesucristo, y —como señalaron Juan Manuel de Prada y Miguel Brugarolas— los primeros cristianos. Un modelo mencionado por el ganador del Premio Planeta de 1997 fue san Pablo, un hombre totalmente comprometido con la fe que testimoniaba, y el caso de su predicación en Atenas: comenzó dirigiéndose a su auditorio empleando términos filosóficos que podían comprender y, después, no tuvo miedo para utilizar otros que estaban más allá de su entendimiento (la resurrección de Cristo), lo que le llevó al rechazo de la mayoría. «A veces veo en algunos ambientes un esfuerzo por mimetizarse, por no decir algo que chirríe en la sociedad, y me parece un error», concluyó De Prada.

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Miguel Brugarolas

«Podemos encontrarnos con centros educativos de inspiración cristiana que, preocupados por los rankings y la reputación, descuidan su alma»

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CRISTIANOS, GUERRA CULTURAL Y EDUCACIÓN 

Otro punto de coincidencia de los tres invitados fue afirmar que vivimos en un entorno crispado lleno de batallas de ideas e ideologías en el que el cristianismo está fuera de la corriente principal. Ante este panorama, Juan Manuel de Prada se mostró convencido de la fuerza del cristianismo para crear un discurso nuevo y estimulante, que deje atrás las ideologías actuales, que comparecen en la guerra cultural y «orientan el uso de la razón al poder y no a la verdad, que hoy está totalmente en crisis». Para eso, apuntó como fundamentales dos elementos: la presencia en los foros de discusión y la paciencia. «Es necesario estar en el campo de batalla y, al mismo tiempo, crear uno nuevo. Y, como en toda guerra, hacen falta inteligencia, dedicación, apuestas económicas, un ejército... y tiempo. Las mentalidades no cambian de un día para otro y quizá nosotros no veamos la tierra prometida».

La parte final de la mesa redonda se centró en la educación de los más jóvenes y su preparación para desenvolverse en una sociedad tan plural como la nuestra. Sobre este asunto, Miguel Brugarolas desarrolló ideas acerca de las que había publicado semanas antes en El Independiente, principalmente la necesidad de combatir el utilitarismo en los centros de inspiración cristiana: «Podemos encontrarnos —había escrito— con instituciones educativas que, preocupadas por ocupar espacios en los rankings y por su presencia en las agendas de reputación, descuidan su alma. […] Programas de enseñanza de la fe y de la teología —a todos los niveles— que acaban reconvertidos en planes de estudios descafeinados, incapaces de poner en vibración la vida espiritual de estudiantes y profesores. Es el momento de repensar estas cosas».

Juan Manuel de Prada completó esa intervención destacando la importancia de que los jóvenes se sientan acogidos por una tradición cristiana milenaria, según el concepto chestertoniano de tradición: «Aquella que consiste en transmitir fuego y no en honrar las cenizas». «En un mundo envuelto en brumas —aseguró De Prada—, el ejemplo de los cristianos llamará la atención. Además, estoy convencido de que hay millones de personas de buena voluntad y muchos ámbitos donde cabe el diálogo sin transigir en lo esencialmente cristiano».

En cualquier caso, esta mesa redonda celebrada en febrero y el debate mediático y académico que la precedió y continúa abierto ponen de manifiesto que quizá la única actitud no concebible en un cristiano de hoy es la pasividad, lo que el papa Francisco ha denominado «cristianismo de sofá». Se ve que tenía razón el filósofo y antiguo rector de la Universidad de Navarra Alejandro Llano cuando hace exactamente veinte años publicó un libro con un título algo provocativo: El diablo es conservador.

 

 

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