Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 710

Cine de entretenimiento, cine de reflexión

texto Jorge Collar, periodista y decano de los críticos del Festival de Cannes 

Toda producción cinematográfica busca la piedra filosofal del triunfo mientras se encuentra ante el enigma que determina el destino de cada película.  


¿El éxito en el cine obedece a reglas precisas? ¿Existe una fórmula perfecta para transformar el esfuerzo creador en resultados de taquilla? ¿El destino del cine está necesariamente unido a las sagas? 

Los resultados de taquilla, que mejoran a ritmo moderado desde hace varios años, se han acelerado por las producciones del imperio Disney-Lucasfilm-Marvel-Pixar, que multiplica los estrenos y los éxitos. A título comparativo baste pensar que La Pasión de Cristo de Mel Gibson se situaba en 2010 en el puesto 14 de los éxitos en Estados Unidos con 370 millones de dólares, mientras que hoy, con más de 400 millones de explotación en los cines, Han Solo: una historia de Star Wars se considera un fracaso. El Episodio VII (El despertar de la fuerza), que marcaba en 2015 el retorno de la saga a los cines bajo la bandera Disney-Lucasfilm, llegó a los 2 000 millones de dólares en el mundo.

Hace solo unos meses, Disney obtenía 1 300 millones de dólares por Black Panther y 1 900 por Avengers: Infinity War. Todas estas películas pertenecen a una cultura coherente, con base en los cómics americanos, y plantean temas de ciencia ficción con personajes con los que un público joven —y menos joven— se siente identificado.

Disney parece haber encontrado la fórmula infalible. Desde hace varios años su maquinaria funciona de lleno: con un bombardeo intenso de noticias a través de las redes sociales logran multiplicar el interés en torno a una película desde el proyecto al estreno en los cines. El último ejemplo: el retorno de Star Wars en 2015. Hoy ya estamos esperando el tercer y último episodio de la trilogía programado para 2019. La búsqueda del triunfo acompaña naturalmente a este cine de entretenimiento, sin pretensiones de cambiar el mundo, y que se contenta —y no es poco— con asegurar la vida de la industria cinematográfica mundial. Además, este tipo de producciones estará siempre en vanguardia de los valores de la familia, ofreciendo un cine limpio y sin exceso de violencia. Actitud suficiente para tener muchos enemigos.

Los detractores del cine de diversión lo consideran como reaccionario y ponen de relieve ciertas limitaciones evidentes, como la de repetir siempre los mismos esquemas sin apartarse de líneas narrativas clásicas. Ahora es posible resucitar los dinosaurios o pulverizar ciudades enteras. Filmar lo imposible resulta fácil; así se sucumbe al empleo masivo de efectos especiales. La expansión en los últimos años del cine de entretenimiento conduce a la desaparición progresiva del cine de reflexión. Es cierto que la defensa sin matices del llamado cine de autor ha dado lugar a equívocos lamentables. No conviene olvidar que las grandes tradiciones cinematográficas nunca se han vivido de espaldas al público. Para el público trabajaban Capra, John Ford o Mankiewicz. Y los grandes autores de los años 50 y 60 —Visconti, Fellini o Bergman— siempre estuvieron respaldados por un público numeroso.

Al evocar a estos autores, ¿nos equivocamos de época? No, ciertamente, porque ellos, ente otros muchos, han cimentado el cine como el arte del siglo xx. Un eco que no se ha apagado: baste recordar la Palma de Oro del último Festival de Cannes que coronó a Un asunto de familia, del japonés Hirokazu Kore-eda. La recompensa supone en este caso el reconocimiento de toda una obra de alguien que ha hecho de la familia y sus problemas el núcleo central de su cine. Kore-eda había emocionado a Japón con el suceso de la supervivencia de unos niños abandonados por su madre (Nadie sabe, 2004). De tal padre tal hijo (2011) opone dos estilos educativos. Las separaciones matrimoniales y sus consecuencias sobre los hijos inspiran I Wish (2011) y Después de la tormenta (2016). Una de sus obras mayores, Un día en familia (2008), cuenta la visita del hijo no amado a sus padres sobre el fondo de un antiguo drama familiar: la muerte heroica del hijo preferido. Aquí, como en otras ocasiones, el arte depurado de Kore-eda recuerda a uno de los grandes del cine japonés: Yasujiru Ozu (1903-1963).

Estas divergencias que agitan el cine del siglo xxi no deben conducir a una confrontación excluyente. Las dos formas de cine, entre las que no hay fronteras, deben cohabitar y entenderse. Las dos testimonian la vitalidad del séptimo arte desde hace más de un siglo.