Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Y aprender a mirar

Joseluís González [Filg 82], profesor y escritor

Saber ver —saber percibir— ayuda a la vida. Desde quehaceres profesionales y oficios, desde informar, anunciar, escribir con arte… a ser joyero o taxista o vendedor de repuestos de automóvil. Haber aprendido a ver facilita el trabajo y también la convivencia. Incluso la contemplación. Que es un descubrimiento. A los aprendizajes de leer inteligentemente, comprender, expresarse con eficacia, escuchar, pensar, ser… se hace necesario añadir el de saber mirar.


La palabra con que se despiden las cartas comerciales o los mails de empresa, «Atentamente», se ha quedado endurecida como un fósil y apenas significa nada. En su origen esa especie de trámite expresaba un sencillo «Con atención». Es decir, según el Diccionario de la lengua española, con «cortesía, urbanidad, demostración de respeto…». Todavía hoy, tener una atención equivale a tener un detalle, hacer un obsequio no muy llamativo. Como los amenities y toiletries que ponen en los hoteles: una libreta, el tubito de dentífrico, el champú, una esponja lustrazapatos o un par de pantuflas. 

Pero la atención es mucho más.

 

Llamar la atención

 Quizá no exista manual de Pedagogía —aunque postule una educación personalizada o por el contrario colectivista, aunque demande una orientación formativa anárquica, libérrima o en cambio autoritaria, intensa, o incluso si propugna el método Montessori— que no dedique un buen capítulo a la atención.

Condición —cualidad— imprescindible para desarrollar las facultades cognoscitivas, intelectuales, artísticas, empresariales…, cuesta definir el concepto de ese talante de la percepción que es la atención. «La aplicación de la mente a un objeto» condensaba en las primeras páginas de El criterio Balmes (1810-1848) a mediados del lejanísimo siglo XIX. Hoy se sabe que la atención no es un concepto único, sino el nombre atribuido a una red de relaciones entrelazadas de fenómenos y circunstancias y estímulos. Pero en esencia aquella aproximación decimonónica hace sobrevivir el núcleo. Dirimir detalles y establecer ilaciones después. Y abstraer. Y retener esa adquisición en alguna dependencia del complejo sistema cerebral. 

Se recurre a las analogías para acercarse a la idea de atención: un haz de luz enfocado en un objeto, en un ser, en un algo, que deja lo demás casi en penumbra. Un mecanismo para aislarlo del resto del universo. La idea de priorizar el enfoque, de erigirlo en centro de la consciencia, de concentrarlo, forma el nudo de la noción. «Sin la atención, nuestro espíritu se halla en otra parte, y no ve lo que se le muestra», aseguraba también —he abreviado la cita— Balmes. Y confirmaba que el hábito de la atención puede adquirirse.

Y conviene conquistarlo, porque posiblemente sea cierto que «L’attention, en tout, c’est ce qui nous sauve». Ese poder salvador de estar atentos. Atendidos. Pero ¿cómo se alcanza ese dominio liberador que Bossuet apuntaba? ¿Repitiendo actos, gestos, actitudes? ¿Fortaleciendo tan solo la mirada? ¿Ayuda el entorno actual? ¿Merece la pena? ¿Sirve? ¿Sirve salvarse? ¿Les sirve a los demás, a la sociedad? Nuestro idioma ha heredado del latín y ha rehecho parejas de participios que esbozan ciertas diferencias, y diferencias ciertas, como concepto y concebido, correcto y corregido, expreso y expresadoAtento y atendido están con esos pares.

Si nos remontamos hasta aquella aspiración ilustrada que desde Jovellanos (1744-1810) seguimos transmitiendo, el mapa o incluso el territorio acaba planteándose una cuestión determinante: «¿Y de qué servirá que atesoréis muchas verdades, si no las sabéis comunicar?». Ese «expresar rectamente nuestras ideas» lo pronunció Jovellanos en las postrimerías de su centuria, durante un acto académico: la clausura de la primera promoción de titulados en un novedoso establecimiento educativo que él mismo había fundado en su Gijón natal, el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía, en unos tiempos difíciles en que menos de la cuarta parte de la juventud del país recibía instrucción. El ilustre ilustrado defendía «la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las ciencias» y consideraba imprescindible para aquellos jóvenes técnicos la formación humanística, aunque renovando los métodos de aprendizaje y asimilación. Aconsejaba vivamente a aquellos muchachos conceder más relevancia «a la observación y a la meditación que a una infructuosa lectura». Jovellanos sintetizaba en qué consiste la formación humanística: en aprender a pensar, a hablar y a escribir bien. 

Pero también conviene detenerse a mirar. Averiguar por fin qué significa observar. Y llevarlo a la práctica. Asimilarlo. Hacerlo similar, parecido, propio, hacerlo de cada cual, aunque uno deba cambiar en ciertos aspectos. Conviene desacelerar, parar los ojos. El espesor del tiempo siempre cuenta.

 

Andarse con mil ojos

 El diplomático de México Francisco Asís de Icaza parece el autor —en 1898, en su viaje de novios— de esa copla memorable que se repite en azulejos en el paraíso de la Alhambra: «Dale limosna, mujer,/ que no hay en la vida nada/ como la pena de ser/ciego en Granada».

Ver la belleza. No dejarla irse si es posible. También guardarla en la memoria. En el santuario de la memoria.

Un diario español, consciente de que estamos hoy rodeados por todas partes de imágenes —marcas, símbolos, objetos que encarnan como nosotros la vida cotidiana—, sospechó que en ocasiones las propias cosas y personas y circunstancias nos pasan inadvertidas entre esa avalancha de imaginería que parece rehuir de una existencia plana y en blanco y negro como los escaques de un tablero de ajedrez. Preguntaba el periódico, en una época donde lamentamos la escasa inclinación a practicar el razonamiento abstracto, si sus posibles lectores —en especial posibles lectores jóvenes— se fijaban en los detalles. Mediante una cadena de preguntas aparentemente tontas y fáciles, como cuántas cuerdas tiene un violín, salpicaba estas otras, de puro cromatismo: ¿de qué color es la ele del logo de Google? ¿Y el traje del payaso Ronald McDonald? ¿Y los dos círculos del logo de Mastercard, pegatina de tantos escaparates? Y el aro del extremo derecho del símbolo de los Juegos Olímpicos ¿de qué color es? Por cierto, según su ideador, Coubertin, los colores de la bandera olímpica, con cinco aros entrelazados, son seis.

Memoria… No solamente ingenio ni atención.

Y no solo memoria sino también capacidad de relacionar. Por ejemplo: ¿qué tienen en común estas cinco palabras: cooperativa, ballena, acción, creer, parra? ¿Y estas otras: suplicio, llave, tortilla, pastor? (En vez de suplicio podría ser cuento).

El diccionario oficial reúne veinticinco acepciones de ojo. La primera se limita a consignar que se trata del «órgano de la vista en el ser humano y en los animales», y las siguientes ensartan metáforas lexicalizadas con la significación de agujero o espacio abierto o hueco o cavidad: el ojo de una aguja, de una cerradura, de un puente, de un queso… 

El ojo era para Aristóteles el sentido más noble del organismo humano. Argumentaba dos razones. «La vista, mejor que los otros sentidos, nos da a conocer los objetos y nos descubre entre ellos gran número de diferencias». Son palabras nada menos que del primer párrafo de lo que aceptamos titular Metafísica, pocas líneas después de esta célebre y esperanzada generalización de que «Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber» con que se abre ese libro. Y la vista llega más lejos que los otros sentidos corporales. Vencer distancias y reconocer matices enaltecen la facultad de ver. Sin embargo, la esencia del saber nuclear no se limita a haber averiguado que las cosas son de determinada manera, a percibirlas sensorialmente, sensiblemente, sino que además resulta necesario que se hayan alojado en la memoria de quien mira. El saber sí ocupa lugar, sitio. Aunque tampoco la sola percepción y el sedimentarse en la jurisdicción de retener y memorizar garantizan la sabiduría. Para aquel filósofo del siglo iv antes de nuestra era —antes de Cristo, si lo prefieren— los sabios son capaces de enseñar porque dominan el porqué de las cosas.

Los matices y las lejanías propias de esas ventajas de los ojos las registra el propio idioma. Pero, por fortuna, con gamas y con irisaciones. Y no únicamente centrándose en los porqués. Para qué, cómo, cuándo, cuánto, con quiénes, con qué… y un etcétera mayor subrayan aspectos del conocer y se internan en su entraña y esencia. Por volver al núcleo de estas consideraciones, ¿equivale atisbar a divisar o a vislumbrar o a fijarse o a examinar o a inspeccionar…? Permítanme la siguiente —aunque larga y pelma— digresión sobre palabras y significados, recargada de ilustraciones. Adelanto la conclusión primaria, y superconocida, sobre el quid que diferencia ver y mirar u observar: la acción volitiva y analítica de la mirada. Querer buscar minuciosamente, deslizarse hasta los pormenores.

 

Ojo con las palabras

 El verbo divisar entraña percibir confusamente, de lejos, dividido. Fijarse requiere clavar la mirada. Otear es la acción de desplegar la vista hacia abajo desde un lugar prominente. Vislumbrar —en latín vix significa ‘apenas’  y luminare ‘alumbrar’— se aplica a las imperfecciones de ver a distancia o con escasa luz. No siempre descendemos al detalle puntualizado. En el caso de que algún recalcitrante reclamara una precisión léxica exhaustiva y afeara a quien escribiera cosas y no objetos, enseres, artículos, utensilios, factores, realidades o qué sé yo…, habría que impugnar esa escrupulosidad de vocabulario recordándole que, si para comunicarnos, tuviéramos que distinguir olmos de alisos o de chopos en la ribera de un río y no valernos de salvoconductos como esa palabra inmensa como un bosque que es árbol, podríamos dar en locos rematados. Lo cómodo del lenguaje es su carácter convencional, lo útil, su pacto, su quedar de acuerdo. En una era de digitalización y de inteligencia artificial como la nuestra, la tarjeta gráfica de un ordenador es capaz de —como recuerda un experto, J. M. Castillo— reproducir dieciséis millones de posibilidades de color; sin embargo, el idioma apenas dispone de una treintena de palabras para referirse a esos prodigios tecnológicos. Y recurre a trucos como «verde botella» o «verde esmeralda» o «verde musgo» o «verde ciencia-ficción». Recurre a las relaciones. Y a las experiencias comunes o a expandirse por lo imaginativo. 

Entonces: ¿cuál es el papel de los ojos?

Para alguien que se sienta a escribir —narrativa, lírica, información, ensayo, un informe de empresa, el acta de una reunión, una carta enamorada...— se levanta la veda de la realidad: hay que redescubrirla. Es fácil decirlo. Dorothea Brande, en su libro Becoming a Writer (1934), insistía en que había que poner en todo de nuevo los ojos con la avidez de cuando teníamos cinco años. Abriendo, además, las fronteras de la superficie y recuperando la fuerza de la fabulación. Para escribir hace falta saber mirar bien. 

Me sostendré en un ejemplo que desde hace años propongo a mis alumnos de talleres y cursos de escritura creativa: los primeros párrafos de uno de los cuentos policiacos que más le seguían gustando a su autor, el escritor y médico escocés Arthur Ignatius Conan Doyle: «The Red-Headed League» («La liga de los pelirrojos»), publicado en agosto de 1891 en The Strand Magazine.El narrador —otro titulado en Medicina: el Dr. John H. Watson— llega una mañana de otoño de 1890 al domicilio de su amigo Sherlock Holmes. Holmes ha recibido a un hombre al que, tras la escueta presentación, el cirujano retrata como un grandullón convencional, aunque llamativamente pelirrojo, de indumentaria descuidada y expresión de desagrado. No mucho más. Nada notable. Se fija —como quienes recelan o inspeccionan— en los ojos y en la condición de la mirada de ese cliente. Pero el detective, inquisitivo, media página después, en los mismos minutos intensos, plasma a su visita con unas contundentes inferencias: «Fuera de los hechos evidentes de que hace tiempo usted se dedicó a trabajos manuales, de que consume rapé, de que es usted francmasón, de que estuvo en China y de que en estos últimos tiempos ha estado muy atareado escribiendo, no puedo sacar nada más en limpio». La sorpresa, por supuesto, hace que la visita, Jabez Wilson, se levante de su asiento y le pregunte a Holmes cómo ha averiguado esa 

información. Holmes contesta que se ha fijado en las manos de ese hombre grandullón: la derecha es mayor, más musculosa, que la izquierda. Y es cierto: el primer oficio de Wilson fue carpintero de barco. Ha advertido que es masón porque ha cometido un descuido: no se ha quitado un peculiar adorno geométrico de la corbata. Deduce que Wilson estuvo en China por el estilo de un tatuaje característico: el dibujo de un pez con las escamas levemente sonrosadas. La perspicacia de Holmes. Se fija, relaciona, asocia, concluye.

Unir cabos es imprescindible. Suele costar dibujar el mapa de Polonia o el de Uruguay, pero todos somos capaces de perfilar el de Italia: tenemos consolidada la imagen de una bota dándole un puntapié a Sicilia. 

Pero Wilson no concede mérito a la sagacidad holmesiana. Y el agudo detective se lamenta: «Omne ignotum pro magnifico», «Todo lo desconocido parece magnífico». 

 

¡Cómo aprender a mirar de una vez!

 Las prisas acuciantes, o el afán de dominio intelectual, el querer aprender cuanto antes apremian casi avasallando: «¿Y cómo se hace eso?». Precisamente la pausa, la quietud son las condiciones para fortalecer la capacidad de observar. A mis alumnos —a quienes se dejan— les propongo ejercicios banales. Uno es ponerse a mirar dos huevos despacio, o dos botones, para encontrar las diferencias. Las gotas de agua que se redondean en los cristales de ventanas los jueves de aguacero también sirven. No hay fórmulas magistrales. Ni siquiera ejemplos: consiste en actuar. Para combatir el exceso de sudoración podal de un adolescente en verano un farmacéutico puede recetar derivados de sales de boro. Pero en esto del observar la receta tiene el nombre propio de cada quien.

La vista revela diferencias, y la imaginación, en cambio, semejanzas, analogías. ¿A qué se parecen esas manchas en la piel de las manos que aparecen cuando alguien va cumpliendo años y vida? ¿A unos granos de café? Acabo de leer en una novela italiana esta comparación: «Siempre estaba ceñudo como…». ¿Cómo qué, como quién…? «Como un samurái». Y que un chaval es un cobardica, que se parece a una pila descargada. Y alguien se abraza a otro fuerte, «como si temiera perderlo». O esta sorpresa: «Mi madre me miró como si me hubiera salido rabo».

La teoría de las diez mil horas. Quizá haya que aplicarla. El talento de la tenacidad. Tiempo de dedicación. El psicólogo sueco Anders Ericsson calculó esa duración. Difundida, popularizada, más tarde por Malcolm Gladwell en su libro Los fuera de serie: la clave del éxito, o sea, Outliers: The Story of Success. O sea, los excepcionales. O sea, los ojos alegres de Cervantes o los ojos apagados pero deslumbrantes de Borges. Prodigiosos. Como esa enumeración portentosa de El aleph: «Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó…». 

 

Y contemplar

 Quien diseccione el origen del verbo contemplar adivinará la voz templo en su interior. Contemplar indica mirar con atención un espacio limitado. El templum en la primera Roma era un lugar que había delimitado el augur. Ese recinto se hacía sagrado. En los tiempos arcaicos, buscaban claros del bosque o zonas propicias. Al augur le correspondía la misión de vaticinar el porvenir inspeccionando los graznidos y chillidos de las aves y sus vuelos, si entraban por la mano derecha o por su contraria, si el número de pájaros era par o impar. El augur averiguaba el futuro —lo que iba a ser— también interpretando, desentrañando las vísceras de animales sacrificados o fijándose en otras señales que trazara el firmamento, como las tormentas o el precipitado descenso de los rayos. El templum era en definitiva un lugar sagrado para ver el cielo, un sitio acotado, cortado, delimitado y bien elegido. Si el suelo era favorable, se levantaba el santuario, con una orientación determinada, también providencial, bien vista.

Josef Pieper (1905-1999) escribió un conciso y fecundo artículo titulado «Contemplación terrenal» cuando había cumplido sesenta años. Aun siendo consciente de que su reflexión se desviaba, hace medio siglo, del tenor filosófico de aquellas décadas, Pieper concluye sugiriendo que la contemplación es atributo de la felicidad. Contemplar consigue —lucra— plenitud y paz, dicha y sosiego. Guarda la convicción de lo necesario que es el conocimiento contemplativo para el género humano, cuyo «modo de asegurarse la realidad no consiste exclusivamente en el pensar, en el esfuerzo del concepto y en el trabajo intelectual». 

El hombre necesita mirar. El descanso suficiente para mirar. Descanso, no solamente interrupción o pausa. La contemplación terrenal tiene un modo incompleto de acceder. Requiere de la mirada amorosa. De la estimación. «Ubi amor, ibi oculus». Donde está el amor, ahí mismo están los ojos. En las minucias de la vida. Desde tomar sedientamente agua fresca o valorar el sabor de una manzana o quedarse frente a una rosa quieta o mirar de repente a alguien que nos mira. Las grandezas de la existencia. Son ejemplos de este pensador alemán. La certidumbre que Pieper exalta entre signos de exclamación: «¡Todo lo que existe es bueno, digno de que se le ame, y Dios lo quiere!» Han experimentado tal vez esa dicha los paseantes calmos, los excursionistas, y quienes ven películas majestuosas aunque se rodaran en blanco y negro, la persona que recorre dócil una sala o dos de un museo una mañana libre. Lo saben cuantos reconocen un abedul sin sus hojas solo por el blanquecino platear de su corteza, quienes desde el asiento del copiloto celebran una extensión de amarillo vivaz en sembrados de colza. O el que se queda embobado con el verde acristalado de un río lento o con la prestancia de una ropa grácil en alguien más grácil. Lo descubrimos quienes ascendemos mil metros o más y hallamos no solo un paisaje que ya existía antes de nosotros —más todavía: sin nosotros, sin que lo viéramos— y somos testigos de la desproporción maravillosa que tal panorama despliega: lejanías azules, franjas de bosques, líneas de cielo, la quietud de la vida. El tamaño, la grandeza monumental de todo lo demás, el imperio apacible de la luz, componiendo o restaurando el vivir. 

También ofrecen espectáculos los vertederos o los cementerios de coches desguazados. Y la belleza se descubre hasta entre esos hierros desfigurados. En la destrucción y la deformidad. Y en las manos que piden lo que sea o en la voz ininteligible. En quien no olvida —de nuevo Josef Pieper — «la contemplación de lo creado». Ese rectángulo para ver el cielo desde nuestros pies, desde abajo. Y restaurar esa extraña certeza de que «en el fondo de las cosas hay, a pesar de todo, paz, salvación, gloria. Que nada ni nadie están perdidos». Y se ve y se es feliz.

Y a quien tiene la fortuna de haber aprendido a mirar, de creerse capaz de los primeros, torpes pasos, quizá solo le queda la otra certidumbre: la de callar ante tanta grandeza extraordinaria.