Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Cárcel, muerte o soledad: gajes del oficio periodístico en Liberia

TEXTO. Fermín Torrano Echeandía [Com 18] FOTOGRAFÍA. Ken Harper

La lucha contra la corrupción, la mutilación genital femenina o la prostitución adolescente han convertido a Rodney Sieh en el periodista más respetado —y amenazado— de Liberia. Tras sobreponerse a varios intentos de asesinato y un doble ingreso en prisión, vive en soledad por mantenerse fiel a sus principios.


Mencionar a Rodney Sieh (Liberia, 1968) en Monrovia es como preguntar sobre un mito. Todo el mundo habla bien de él, pero nadie recuerda su última aparición pública. Desde hace tiempo, tampoco pisa en exceso FrontPage Africa (FPA), el medio que lanzó en 2005 y que ha convertido en la punta de lanza contra la corrupción en Liberia. Las rutinas y las multitudes le vuelven vulnerable ante una larga lista de enemigos que ha ido forjándose en las dos últimas décadas.

Su amor por el periodismo le llegó a los doce años, mientras vendía por la calle ejemplares del Daily Observer, propiedad de su tío, Kenneth Best. Asegura que en esos paseos descubrió qué interesa a las personas y cómo cautivar a la audiencia con un titular. «Yo no elegí el periodismo, el periodismo me eligió a mí», explica Sieh. Sin embargo, Rodney asegura que es «su amor y admiración» por la figura de su tío abuelo, Albert Porte, editor del Crozzerville Observer y primer periodista encarcelado en el país en 1947, lo que le ha inspirado en su carrera.

Por eso en su madurez no le ha temblado el pulso a la hora de publicar contra los políticos a los que sus lectores aman. Primero le tocó al Gobierno de Ellen Johnshon-Sirleaf, la gran esperanza de Liberia, primera presidenta en África y Nobel de la Paz en 2011. Sieh destapó el conocido como Knucklesgate, un escándalo que involucraba a un ministro de su Gobierno. El equipo de FPA obtuvo los correos electrónicos en los que se discutía con unos inversores el porcentaje de mordida que se llevarían a cambio de contratos. Tras publicar esa noticia, se estableció un comité de investigación, aunque los descubrimientos y recomendaciones nunca se ejecutaron.

 

Albert Porte, editor del Crozzerville Observer y primer periodista encarcelado en Liberia en 1947, inspiró a Sieh en su carrera.
 

 

Desde 2018, los periodistas de Sieh vigilan a George Weah, ídolo local convertido en presidente gracias a sus habilidades sobre el verde. Diecisiete años después de su retirada, continúa siendo el único futbolista africano con un Balón de Oro en su palmarés.

«Sin corrupción no hubiera habido guerra», esgrime Sieh, que huyó a Gambia con sus tíos en 1992, a los 24 años, durante el tercero de la guerra civil liberiana. En una infancia robada por el alcoholismo de su padre y la epilepsia sin tratar de su madre, ellos se convirtieron en sus verdaderos progenitores. En Banjul, la capital, continuó su carrera periodística en la nueva cabecera familiar y como corresponsal de la BBC, pero la estabilidad duró solo dos años. Yahya Jammeh dio un golpe de Estado, a su tío lo deportaron y Rodney le siguió a EE. UU. poco después, tras documentar las torturas del régimen.

Como en las películas americanas, comenzó limpiando suelos y ventanas para pagarse los estudios. Ayudó a su tío a dirigir en la distancia el Observer de Monrovia y trabajó en un periódico de New Jersey hasta que en 2005 creó su propio medio online: FrontPage Africa. Dos años más tarde, regresó a Liberia para lanzar la edición en papel y convertirlo en el diario de referencia.

Sus enemigos, cansados de sus intromisiones desde el continente americano, se frotaron las manos con la vuelta de Sieh y decidieron asustarle. La primera semana le quemaron la redacción. Alrededor de la una de la madrugada el ladrido de los perros abortó el primer intento. Dos horas después lanzaron cócteles molotov contra la imprenta. Más adelante, le intentaron matar y pagaron a su prometida para espiarle. Por eso tiene muy pocos amigos.

Su historia —y la de las últimas décadas de Liberia— la cuenta en el libro Journalist on Trial [Periodista a juicio], cuyo título nace de la peor experiencia de su vida. La publicación de un caso de corrupción terminó con una condena de cinco mil años de cárcel, aunque gracias a la presión internacional «tan solo» pasó tres meses privado de libertad, oscilando entre la cárcel, el hospital —contrajo la malaria, fiebre tifoidea y neumonía— y el arresto domiciliario. Este suceso le convirtió en uno de los «100 Héroes de la Información» de Reporteros Sin Fronteras en 2014 y ganador del Premio Internacional Libertad de Prensa de la Universidad de Málaga el pasado año.

Lejos de ser un profeta que no predica en su tierra, la gente le respeta por su firme oposición al olvido de los crímenes de la guerra civil y por reportajes sobre asuntos polémicos en Liberia como las drogas, la mutilación genital femenina o la prostitución infantil.

 

 

 

Cuando en 2007 FrontPage Africa se lanzó en versión impresa, sus historias comenzaron a dominar las discusiones en la radio. Según cifras de Naciones Unidas, solo el 8,4 por ciento de la población en Liberia tenía acceso a internet en 2018.

 

 

El 14 de marzo, dos días antes del primer caso de covid-19 en el país, Rodney Sieh llega discretamente vestido de negro a un hotel de Monrovia con una mochila al hombro. Una semana más tarde se cerrarían los aeropuertos, pero él se lava las manos en el cubo con desinfectante de la entrada y choca el codo en forma de saludo. Lecciones de un país golpeado por el ébola años atrás.

Desde la barra preguntan qué tienen que sacar, hasta que el tipo de negro levanta la cabeza. La camarera se acerca sin decir nada, toma nota y sonríe. Es Rodney Sieh. El mismo que, cauteloso, ha elegido mesa y posición para controlar la puerta de entrada. El mismo que les resta importancia a los «fuegos artificiales» de su biografía con un simple «gajes del oficio en Liberia».

Helene Cooper, liberiana, escritora del New York Times y ganadora de un Pulitzer, dice sobre él: «Si trabajas sobre Liberia y no prestas atención a Sieh, es que no te estás tomando muy en serio Liberia». El suyo es un retrato de una época, de la posguerra de un país lleno de corrupción. De un tipo dispuesto a morir, ir a la cárcel y acabar solo por contar la verdad.

Empecemos por el final. ¿Ha merecido la pena?


Sí [
silencio]. ¿Sabes?… En la vida, si no luchas por algo, cualquier cosa puede doblegarte. Yo he peleado por un motivo y nada me ha derrotado.


¿Ha pensado alguna vez en dejarlo?

No me quita el sueño. Creo que he experimentado todo lo imaginable. Me han amenazado y atacado; he sobrevivido a intentos de asesinato y también a la cárcel. Si me muero mañana, la gente sabrá que me mantuve firme para defender unas ideas. Me puedo ir a dormir sabiendo que hice lo que tenía que hacer.

Hay quien creerá que usted es un estúpido o un loco.
 

[Ríe] Sí, lo sé. Me lo han dicho. Cuando estaba en Estados Unidos con un trabajo fijo, mi entorno no entendió que regresara. Pero sentí que después de la guerra había una vacante para el periodismo de investigación, así que decidí seguir a mi corazón y nada va a pararme.

 

Han pasado trece años desde esa decisión. ¿Qué ve al echar la vista atrás?

Siento que estamos ganando. Hemos hecho un montón de cosas por este país, he formado a multitud de periodistas a los que ahora se les conoce por todo el mundo: Mae Azango, Wade Williams, Samwah Fallah o Al Varney Rogers, por ejemplo.  Así que creo que FPA ha prestado un gran servicio a Liberia. Hemos desenmascarado mucha, muchísima corrupción. Millones de dólares recuperados. Una vez, por ejemplo, la Unión Europea donó trece millones para luchar contra la mortalidad infantil y el Gobierno lo gastó en otra partida. Gracias a nuestro trabajo, la UE pudo reclamarlo.

¿Qué significa para usted el periodismo?

Es la única manera de que los liberianos conozcan la verdad. Sin periodismo no hay Liberia. Se trata de persistir sobre lo que uno mismo quiere hacer en la vida para que las cosas cambien, y el periodismo, para mí, es la forma de cambiar el mundo. Liberia es como un gran círculo. Los mismos problemas que tuvo mi tío entre 1940 y 1950 siguen a la orden del día. Este país necesita una voz que exponga lo que está pasando. Mi tío abuelo Albert abrió el camino, siguió el tío Kenneth y ahora siento que yo estoy continuando esta lucha para asegurarme de que aquellos que sufren no pasen por las mismas circunstancias que la generación anterior.

Sus enemigos no pensarán lo mismo…

Desde EE. UU. habíamos destapado mucha corrupción de amigos y ministros de la presidenta Ellen Johnson-Sirleaf; gente importante. Al volver en 2007 me convertí en el objetivo. Intentaron quemar la oficina dos veces la misma noche, demandarme… hasta que en 2011 consiguieron llevarme a juicio y meterme en prisión.

¿Con qué motivo?

Me citaron a declarar por un artículo de mi periódico sobre la violación de una niña pequeña [El FPA había publicado una carta al director en la que se planteaban dudas sobre los informes forenses del caso]. Pero no me dejaron hablar. Así que, con respeto, les dije a los jueces que estaban actuando como unos dictadores. Y me mandaron treinta días entre rejas. Bueno, me ofrecieron quince si pedía perdón, pero me negué.

Imagino que las cárceles en Liberia no serán agradables.

Aquella vez solo pasé treinta y seis horas. La presidenta iba a dar un discurso orgullosa de que en su primer mandato ningún periodista había sido encarcelado [acababa de recibir el premio «Amiga de la prensa» de la Unión de Editores Africanos] y mi situación era un problema. Así que, horas antes de la intervención, me soltaron. Aún recuerdo el olor insoportable del retrete que había en la esquina. La celda tenía dos literas y un váter sin tapa que servía de ducha. Por la noche me cubría la nariz con una toalla para conseguir dormir unas pocas horas.

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Dos años más tarde, en agosto de 2013, volvió a ingresar en la Prisión Central de Monrovia por publicar una auditoría externa que demostraba la malversación, que encabezó el ministro de Agricultura J. Christopher Toe, de unos fondos millonarios destinados a combatir una plaga de gusanos en dos regiones.

En la última semana del juicio, sorprendieron a los abogados de la otra parte hablando con un jurado. Media hora antes del veredicto, Sieh vio salir al ministro y su equipo legal del despacho del juez celebrando entre risas. La sentencia no fue una sorpresa: multa de millón y medio de dólares por difamación. En Liberia, la falta de recursos se paga con la cárcel. Si no puedes saldar la deuda, ingresas en prisión el número de días que tardarías en abonar la sanción con mensualidades de veinticinco dólares. En su caso, cinco mil años en una celda con tres personas más —un ladrón, un violador y un asesino— en una cárcel que, según Amnistía Internacional, tenía unas condiciones «tan pobres que quebrantan los derechos humanos básicos».

Cuando Rodney puso un pie en el interior, las radios hablaban de él y alcanzó a ver la salida del juzgado en un pequeño monitor. Su impresión fue que nada había cambiado salvo el número de internos: la cárcel estaba todavía más llena. Con un colchón comprado por el gerente de su periódico y «de nuevo soportando el olor más desagradable que uno pueda imaginar», se pertrechó para pasar la noche escuchando las oraciones que escapaban entre los barrotes. La religión es el único consuelo en esta ratonera.

La primera mañana, poco después de despertarse, les hizo saber a los guardias que no iba a comer. Según describe en su libro, se sintió como Fat Ass, el compañero de celda del protagonista Andy Dufresne en Cadena perpetua, su película favorita.

Al quinto día cayó desmayado. Padecía neumonía, fiebre tifoidea y malaria. Al menos no fue uno de los siete que murió aquel año en el interior del penal. Custodiado por la policía en el hospital John F. Kennedy de Monrovia, necesitó tres semanas para recuperarse. Los siguientes meses intercaló regresos a la cárcel, visitas al hospital y un periodo de arresto domiciliario, hasta que el 18 de noviembre de 2013 archivaron el caso. Tres largos meses privado de libertad; el mismo tiempo que clausuraron Frontpage Africa.

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¿Tenía esperanza de ser excarcelado?

Sabía que tenía que llegar el momento. Había mucha presión. Además, escribí un artículo en el New York Times. Fíjate, a la presidenta le preguntaron en la India por mi caso. Viajó a Canadá y aparecí en la portada del Toronto Star. En América la recibieron con protestas y se reunió con veinticinco periodistas occidentales… Ella fue la que ordenó al ministro de Justicia que encontrara una manera de sacarme de la cárcel.

¿Se volvió a encontrar con el ministro que le denunció?

Solo le vi una vez, en el aeropuerto de Bruselas [ríe], pero estaba lejos y decidí evitarle. Sentí que se avergonzaba al mirarme. Aunque no se arrepienta, estoy seguro de que sabe que se equivocó. Creo que fue la marioneta de otros que me odiaban y que utilizaron nuestro nefasto sistema judicial para ir a por mí.

¿Ha mejorado la situación con el nuevo Gobierno?

Muchos presos llevan en la cárcel años sin haber pisado la sala del tribunal. Eso lo he visto yo y no ha cambiado. Y la prensa está bajo amenaza. Liberia se ha convertido en un terreno peligroso para los periodistas. ¡Si hasta los guardaespaldas del presidente son famosos por dar palizas a reporteros!

Desde el inicio hemos recibido numerosas amenazas y ataques. Mae Azango se vio forzada a esconderse cuando destapó la sociedad secreta donde se mutila a las mujeres. A mí mismo me atacaron simpatizantes de George Weah durante las elecciones de 2011 por una investigación sobre un acuerdo con un grupo guineano para causar disturbios si no ganaba, y en muchas otras ocasiones nuestros reporteros se han visto perseguidos y sus cámaras han acabado dañadas.

¿Qué opina de George Weah?

Como la mayoría de mandatarios africanos, ni Johnson-Sirleaf ni Weah han tenido los mejores asesores. Eso está llevando al presidente a tomar malas decisiones. Me gustaría que abriera los ojos y viera que la población sufre en 2020 para comprar arroz, azúcar o gasolina. La mayoría vive sin electricidad en Monrovia y lucha por sobrevivir. Ese es el principal reto de este Gobierno, no las carreteras.

Hablando de ambientes, ¿de quién se rodea Rodney Sieh?

Tengo muy pocos amigos. La gente quiere saber qué sabes y quién te ha dado la información. Si alguien me filtra un documento, antes de escanearlo me aseguro de que no se vea nada más allá de la hoja porque podrían identificar el lugar y otras personas sufrirían las consecuencias. Me he vuelto paranoico. Cuando la gente no puede llegar a ti, usa a tu círculo más cercano. A mí no me verás en bares o clubs. Algunos piensan que soy una leyenda, pero es la única manera de sobrevivir en este país.

¿Tiene familia, aquí, en Monrovia?

No. Me gustaría tener hijos, pero… estuve prometido una vez y no salió bien. Intentaron espiarme a través de ella para saber qué papeles había recabado sobre un caso. No tengo miedo, pero soy muy cauto con mi entorno.

¿Qué pasó exactamente?

Empecé a recibir emails de alguien de Washington que demostraba cómo ministros de Liberia hablaban sobre quedarse con un 10 por ciento de las concesiones. Eran alrededor de cuatrocientos o quinientos correos. Decidimos publicarlos y el Gobierno empezó a asustarse. Quisieron ver cuánto les podía afectar. Así que pagaron dinero para descubrir qué sabía yo.

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Rodney apenas hace concesiones sobre su vida privada, y se nota que es un asunto que no suele compartir con nadie. Cuando cae la barrera que construyó hace años, sus ojos se emocionan y la garganta le falla. Mira como queriendo comprobar la atención de su interlocutor y cuenta que su mayor pena fue no despedirse de su madre, que murió joven al poco de llegar él a Estados Unidos. De su padre, alcohólico y fallecido antes de la huida a Gambia, recuerda su entrega por un trabajo que le llevó a cartografiar y documentar los bosques de Liberia hasta que su idilio con la botella lo mató de manera prematura. Sieh supone que, de haber seguido vivo, su tío hubiera ejercido menos influencia sobre él y su historia sería diferente. «Si mi padre no hubiera bebido, yo no habría querido ser periodista», ríe con nostalgia.

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En esta vida que describe, ¿cuál es su mejor recuerdo?

Mi madre. Padecía epilepsia. Cuando tenía quince años, jugando en un árbol, se cayó y nunca volvió a ser la misma. Era muy inteligente. En 1969 [un año después de nacer él], no la podían encontrar y finalmente dieron con ella en la playa. Quería esperar a que se fuera el sol para hundirse en el agua y no regresar. Pero gracias a mi madre nacimos mis cinco hermanos y yo. En ella veo una luz que me guía. Alguien que, a pesar de estar enferma, se sacrificó para traerme al mundo. Tal vez no es un recuerdo, pero es algo que nunca olvidaré.

Si le pudiera mandar un mensaje ahora, ¿qué le diría?

Que sigo brillando. La llama continúa ardiendo para mí y es gracias a ella.

¿Cuánto tiempo cree que va a seguir brillando?


Tanto como Dios me permita seguir escribiendo y desenmascarando la corrupción.

¿De verdad se imagina veinte o treinta años más en primera línea?


No soy un tipo con cara de currar para el Gobierno. Tampoco político. Soy periodista. Me han ofrecido otros trabajos, pero no sirven para mí [después de las elecciones de 2011,
Ellen Johnson-Sirleaf le propuso ser ministro de Información]. Mi misión en la vida, lo que Dios ha querido que vigile, es que las cosas funcionen bien. Y eso hago.

 

 

 

 

 

 

 

Un final de siglo sangriento

 

La historia reciente de Liberia no se puede entender sin su origen en la colonia que Estados Unidos fundó para esclavos liberados entre 1821 y 1847, fecha de la independencia de la joven república. Durante más de 130 años, los americo-liberianos, descendientes de los llegados desde EE. UU., fueron los únicos en ostentar el poder político, a pesar de representar al 5% de la población. Esta y otras desigualdades raciales derivaron en un golpe de Estado militar en 1980.

 

Samuel K. Doe, de la tribu Krahn, instauró durante diez años una dictadura hasta que perdió el monopolio de las fuerzas armadas. Desde Costa de Marfil, Charles Taylor y el Frente Patriótico Nacional de Liberia comenzaron la conquista del país en 1989 con el apoyo de tribus perseguidas como los gio y los mano y se desató la primera guerra civil liberiana, que concluyó ocho años después.

 

En 1997, Taylor ganó los comicios fijados en el acuerdo de paz y continuó un régimen de violencia hasta terminar exiliado en 2003, cuando huyó de la justicia de Sierra Leona que le acusaba de crímenes de lesa humanidad. El mismo año finalizó la segunda guerra civil, que había estallado en 1999, y se estableció un Gobierno de transición que dio paso, en 2005, a las primeras elecciones plenamente democráticas en la historia de Liberia.

 

La execonomista del Banco Mundial y graduada en Harvard Ellen Johnson-Sirleaf (Monrovia, 1938) se convirtió en la primera mujer en dirigir un Estado africano. En 2011 recibió el premio Nobel de la Paz por su lucha no violenta en defensa de los derechos de la mujer, y cinco años más tarde, reelegida en su país, rompió otra barrera de género al ser nombrada presidenta de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental.

 

George Weah (Monrovia, 1966) es también el primer indígena en llegar democráticamente al poder. En las elecciones de diciembre de 2017 recibió el apoyo de la presidenta, que le había vencido en los comicios de 2005. Las manifestaciones contra su Gobierno son hoy notorias en las calles liberianas. Los ciudadanos crítican la inacción política en materia de corrupción y la situación económica en la que se encuentra sumido el país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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