Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 711

Enseñar a argumentar. Gatos, cascabeles y grietas

Texto: Joseluís González [Filg 82], profesor y escritor Ilustración: Sr. García

¿Se nos enseña —en el colegio, en el instituto, en las facultades, en la vida— a organizar nuestro discurso y orientarlo a conseguir que el auditorio se adhiera a nuestras tesis y acabe compartiendo las opiniones que sostenemos? ¿Por qué existen todavía asuntos controvertidos? ¿Somos capaces de aceptar razones de los demás? ¿Detectamos quiebros de la lógica en el curso de la argumentación? ¿Buscar la verdad implica exigencias personales? ¿Es solo una vieja casualidad que verbos como debatir y rebatir tengan en su raíz batir, es decir, «golpear», por no hablar de impugnar o empuñar? ¿Puede enseñarse bien a argumentar bien? ¿Alguien ha vuelto a intentarlo?

 


En el primer minuto del vídeo Un viaje por el arte y la música a través de las emociones, Ramón Gener, divulgador de ópera, cuenta una historia personal con esta conclusión: la tercera vez que la música llegó a su vida fue la definitiva. Tras una infancia de lecciones de piano en el conservatorio de Barcelona, y una segunda fase —unos cuantos años— siendo barítono (antes había trabajado en fiestas imitando a Julio Iglesias y a Bosé), acabó descubriendo que el verdadero valor de las partituras, y de la cultura en sí, se basa en compartirla con los demás.

Contar… Pero ¿consiguen convencer las historias? El storytelling —narrar para sujetar la atención de la audiencia, hacerla pensar, incluso identificarse con quien las cuenta o con su protagonista, y dejar modelada en su retentiva una idea aleccionadora y útil o que guarda conexión con la idea medular— se convierte en un convincente recurso. La CEO de una multinacional o un ponente de TED pueden empezar su intervención relatando significativamente. Los tres episodios definitorios de Steve Jobs en su célebre discurso en el campus de Stanford en 2005 siguen con vida. Es, además, un recurso milenario, como lo sabrán personas medianamente leídas que conozcan la parábola del hijo pródigo o cualquiera de las fábulas heredadas de Esopo, como una que acaba preguntando a todos los presentes, un corro de ratones, quién le pone el cascabel al gato. Es decir, la reunión termina sin haberse adoptado ningún acuerdo o, quizá aún peor, las soluciones planteadas parecen inviables.

Escrito en 1335, trece años antes que el Decamerón de Boccaccio, El conde Lucanor es un venerable cofre de joyas. No solo por la cincuentena de sus cuentos exempla— concebidos como un «espejo de príncipes», una especie de manual destinado a la alcurnia sobre cómo obrar con acierto (asesorado por otros). El libro compuesto por don Juan Manuel guarda dentro un tesoro más en las siguientes páginas: un repertorio de aforismos, de proverbios, no tan conocidos como las instructivas y nítidas narraciones que refiere Patronio a su señor, tras haberle pedido el noble su consejo para decidir ante una dificultad, un imprevisto, una complicación o una contingencia. Aquí va uno de esos proverbios que exigen de quien lo lea hacerlo con «sotil et buen entendimiento»: «El mejor pedaço que ha en el omne es el coraçón; esse mismo es el peor». O este otro, adelantado también unos cuantos siglos y que de paso enlaza con frecuentes accesos del conocer: «La dubda et la pregunta fazen llegar al omne a la verdat». Se trata de pensar, de recapacitar. De aspirar a captar lo que es. De ver y averiguar incluso las contradicciones con que la realidad crece (¿o se pudre?). O avisa sobre la rotundidad con que esa realidad suele dividirse en mitades sin fácil conciliación. Una penetrante intuición puede sondear el contenido de estas conclusiones. Explicarlas requiere esfuerzo y tiempo y espacio. Es lo que tiene abrir con la conclusión, con la tesis que se propugna: corresponde al receptor construir las demostraciones.

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El storytelling es un recurso milenario, como lo sabrán personas leídas que conozcan la parábola del hijo pródigo o cualquiera de las fábulas heredadas de Esopo.

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En ese libro medieval el exemplum titulado «Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo» recalca que, al igual que les ocurre a ese padre y a ese muchacho que van a la feria en burro, montados los dos en el animal, o montado solo el joven, o montado únicamente el mayor, o sin montar ninguno, son determinaciones y posibilidades de actuar que no contentarán siempre a todo el mundo: continuamente les afeará alguien su decisión o verterá algún reproche o tachará con una crítica. En el cuento, como en la vida. Antes, como el presente.

La ficción aclara algunas facetas de la poliédrica y heterogénea realidad: nunca se hace o se deja de hacer algo al gusto de todos. Patronio alarga sus explicaciones y juicios: conviene calibrar antes daños y provechos, tener la prudencia de dejarse aconsejar, no guiarse por los impulsos ni deseos y otras recomendaciones de carácter más bien moral, ético. E interesado, unilateralmente utilitario. Podría rescatarse del pragmatismo encerrado en este exemplum alguna línea: de no encontrar quien aconseje, no debe uno precipitarse nunca en lo que se tiene que hacer, mejor «que pasen al menos un día y una noche, si son cosas que pueden posponerse». Las colecciones de autoayuda cultivan paradigmas parecidos. Hablamos de otro asunto. 

 

REENCONTRARSE CON EL ARGUMENTAR

Crece la seductora idea de que todo empleo lingüístico es en sí mismo argumentativo. Catalina Fuentes, catedrática de la Universidad de Sevilla, defiende que «la argumentación es una dimensión que puede afectar a cualquier tipo de textos: coloquial, jurídico, publicitario, administrativo, narrativo, etcétera». Quien habla, quien escribe, «puede construir su mensaje con el objetivo de guiar al oyente hacia determinadas conclusiones». Parece cierto que el universo que modela una novela o una serie, y sus convenciones, desde el tiempo o el espacio a otros elementos constitutivos, debe aceptarlos el lector o el espectador. Pero no todos los mensajes —necesario el libro del filósofo británico J. L. Austin  Cómo hacer cosas con palabras— logran sus objetivos. Un cartel de «Prohibido echar pan a los patos» no impedirá que alguien tire al estanque mendrugos y acabe provocando la deshidratación de esas aves por dejar de ingerir flora y fauna de su hábitat.

No obstante, para quienes se basan en fundamentos de filosofía, no está aún elaborada una teoría de la argumentación «en el sentido de teoría como cuerpo establecido y sistemático de conocimientos al respecto», como asevera uno de los mayores especialistas, el catedrático emérito de Lógica e Historia de la Lógica Luis Vega. Sin embargo, según apunta otra de las mentes capitales en esta materia, Humbert Marraud, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Luis Vega ha aportado sustanciales avances en ese sentido. Suya es «la definición ya canónica de argumentar como actividad de dar cuenta y razón de algo a alguien o ante alguien con el fin de lograr su comprensión y su asentimiento». Para Marraud, que a mediados del siglo XX «reemergiera» el interés por esos estudios se relaciona con la dialéctica entendida como disciplina que se ocupa de las argumentaciones y con los distintos sentidos que ha alcanzado esa palabra. No solo la reflexión sobre «los procedimientos que gobiernan —o deberían gobernar— los intercambios argumentativos» sino además «la parte de la teoría de los argumentos (o lógica, en sentido lato) que trata de las relaciones entre argumentos, y especialmente de las relaciones de oposición entre argumentos», y abre paso a la operación de contraargumentar.

Empleando una clásica comparación de Vaz Ferreira, hoy se pide renovar los estudios de lógica y argumentación y de las falacias (es decir, los pseudoargumentos o argumentos fallidos o fraudulentos) con los modos de estudiar zoología: con animales vivos, no con objetos embalsamados o clavados con alfileres o hechos de plástico.

Por eso se concibe ahora la teoría de la argumentación como un campo multidisciplinar, con la dificultad de integrar enfoques distintos y abarcar áreas diversas, algunas nuevas. ¿Requiere iguales métodos argumentar en una consulta pública, en una encuesta de intención de voto, negociar un convenio o un contrato o defender a un acusado de homicidio? ¿Difieren los procedimientos en la deliberación de un premio de novela, redactar una tribuna o un editorial, intervenir en un debate parlamentario, comprar un coche eléctrico o en cambio un modelo de gasolina, producir un spot de un operador de telefonía móvil, elegir un grado o una universidad o decidir ir de vacaciones a un sitio de playa o a una casa rural en los Pirineos? En realidad, pueden encuadrarse en cuatro modalidades cardinales que Marraud ilustra con sendas imágenes. Primera, un combate. Segunda, construir —ir levantando, digamos, una pared—. Tercera, presentar (ofrecer una intervención amparada en la lógica). Y cuarta, la balanza que logra mantener en su punto exacto la aguja del fiel de los dos platillos equilibrados. Como paradigmas, esas dos parejas de imágenes se refieren a la discusión crítica, a la demostración, al discurso convincente y a la deliberación o debate público. Las áreas que cubren no son tan solo la dialéctica y la lógica, sino que comprenden ámbitos de retórica e incluso de la pragmática o lingüística y teoría del discurso, donde también la terminología encuentra versiones.

 

CATÁLOGOS DE ARGUMENTOS

Pero quizá haya que extender o descender a los niveles básicos y empezar por el fin. Por la finalidad, por lo teleológico, con que se hace o se dice o se calla algo. Y practicar, ejercitarse. Y prevenir contra el espectro de la sofística que degeneró en embaucar. Y reconocer en qué se ampara quien defiende una idea o pretende desmoronarla. Al argumentar se busca en esencia convencer al receptor, inclinarle a que actúe de determinada manera en los múltiples aspectos de la vida —ponerse el casco para ir en moto, hacer diariamente deporte…, por poner ejemplos medianos— o comparta lo que se afirma (la necesidad de contratar a una profesora más horas lectivas, es mejor la paz que la guerra, leer tiene más ventajas que no leer, hay que posicionarse contra la prisión permanente, o a favor, o en ninguna orilla). 

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¿Requiere iguales métodos argumentar en una consulta pública, en una encuesta de intención de voto, negociar un convenio o un contrato o defender a un acusado de homicidio?

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A través de la argumentación se expresan ideas u opiniones, se defienden las propias y se rechazan (racionalmente) cuantas se oponen a ellas. Y, por elemental que resulte, conviene también no olvidar que, si nos convencen, también acabamos aceptando los pensamientos ajenos, por supuesto, y modificando nuestra perspectiva. 

Las introducciones a adiestrarse en esa habilidad de convencer y de persuadir enumeran tipologías de argumentos o técnicas. Aunque los nombres pueden variar, los más habituales y elementales suelen ser estos: argumento de prestigio o de autoridad, de ejemplificación, los datos objetivos o estadísticos, el testimonio personal, la comparación (no exactamente analogía), la posibilidad de recurrir al contraste, invocar la universalidad o las verdades o aseveraciones de alcance colectivo, recurrir a la no siempre evidente ni sencilla relación causa-efecto que establece una conexión producida entre dos hechos (no siempre son casos sencillos, con una sola causa definida, que debe ser necesaria y suficiente: puede intervenir una constelación de razones). Cabría añadir más, y abrir un filón inacabable: las razones —casi siempre síntesis o condensaciones o elipsis— afectivas o emocionales. Para conmover, se vierte hacia los sentimientos del auditorio: remueven sus dudas, deseos, temores, expectativas, convicciones... También de larga y razonable tradición: «Nos duele el dolor de un hijo». «Dos cabezas piensan más que una». Abunda en publicidad, que no vende zapatos sino pies bonitos, pies cómodos. 

Mejor no aplicar la rigidez taxonómica, la clasificación estática: conviene tener en cuenta que —como las fichas del tres en raya— determinado argumento puede servir de ejemplificación y actuar a la vez como alusión al prestigio. Más que piezas plurifuncionales, los argumentos forman un sistema, una red de interrelaciones. Tomás Llorens abrió una tribuna en El País con una alusión testimonial seguida de un caso ejemplar mediante personajes de la novela del inglés Charles Dickens Historia de dos ciudades (1859), el médico Alexandre Manette, que ilustra —tesis del articulista— la ineficacia social de condenar a alguien a cadena perpetua. Desde luego, valerse del argumento de autoridad para reforzar la idea —la tesis— que el emisor sostiene o para adelantarse a posibles argumentos no se limita a citar a alguien con notoriedad o una institución reconocida. Para alcanzar fuerza, el argumento de autoridad debe reunir unos rasgos: ser fidedigno y concreto y competente, objetivo, correctamente interpretado y coherente con lo que afirman otras autoridades del mismo campo.

Narrar un caso concreto y específico —y cierto— explica o ilustra la tesis que se pretende respaldar. Su poder visual y de concreción ayuda a convencer. Un tipo particular consiste en confiar la propia experiencia, compartir, más que airear, el testimonio personal. Declarar: «Yo misma, y algunos de mis amigos, lo hemos probado y funciona» podría servir. La credibilidad de quien habla es determinante, y su coherencia, su sinceridad... Aunque no suele ser un argumento plenamente riguroso, conecta emocionalmente con buena parte de receptores, que conceden verosimilitud al testimonio y se sienten comprendidos o solidarios. «Estuve tomando ese jarabe tres semanas y no mejoré». O este: «Hasta que no me hice un esguince de tobillo no comprendí el dolor que produce una luxación», puede decir un traumatólogo (que añade la dimensión de autoridad en este caso).

 

Ilustración: Sr. García

 

Contar episodios no es el único procedimiento para intentar persuadir. Tenemos, asimismo, una fe inquebrantable en los números y en los hechos, que suelen hablar por sí solos. «Los hechos son sagrados y las opiniones libres», sentencia atribuida a quien fue director de The Guardian, Charles P. Scott. Aquí va un hecho convertido en estadística: según los responsables de la seguridad del tráfico en las carreteras españolas, el riesgo de fallecer o de resultar herido grave se duplica elocuentemente en los accidentes ocurridos con vehículos entre diez y quince años, en comparación con los de menos de cinco de antigüedad. Duplicarse, el doble, se cifra en el cien por cien más. Pero ¿se trata solo de que un vehículo viejo tenga en peor estado los neumáticos, el motor, los sistemas de frenado y de protección? ¿No influyen la edad de quien conduce, sus reflejos al volante y condiciones físicas, la hora en que sucedió el percance, el estado de la carretera, si es secundaria o una autopista, su trazado, la velocidad, las condiciones atmosféricas…? Cierto que para tomar decisiones hay que despejar datos y factores que no resultan del todo pertinentes. ¿Más cascabeles que gatos?

Las aseveraciones de alcance universal apelan al parecer de la sociedad en conjunto —o incluso de un grupo social— o sus convicciones con la intención de defender o asentar determinada tesis y reforzar el convencimiento. El argumento invoca la cantidad y también la experiencia compartida por mayorías. La «sabiduría popular» —refraneros, máximas— suele entrar en esta modalidad de argumentación. «Después de la tempestad viene la calma». «¿Quién prefiere la tiranía a la libertad?». Lemas como «Cuanto peor, mejor» o «Menos es más» condensan extensos idearios. 

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No solo el contenido encarna un decisivo papel en el argumentar. También la actitud. 

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Fíjense con qué comparaciones nos hace entender un físico la cosmogonía: «Según los datos más aceptados hoy, el big bang aconteció hace 13 800 000 000 años, un periodo increíblemente grande, mientras que la aparición del homo sapiens ocurrió hace solo 300 000. Si comprimiéramos la evolución completa del universo en un año natural, el big bang sucedería a las 00:00 h del día 1 de enero, y el homo sapiens se dejaría ver diez minutos antes de la medianoche del 31 de diciembre. El Sol se creó hace unos 4 600 millones de años, hacia el 1 de septiembre. Toda nuestra historia transcurre, por tanto, en los últimos segundos de ese lapso imaginario».

 

VOLVER A EMPEZAR

Una iniciación útil sigue siendo Las claves de la argumentación, A Rulebook for Arguments (1986), de Anthony Weston. Propone el orden de los pasos y condensa las nociones. «1. Distinga entre premisas y conclusión. 2. Presente sus ideas en un orden natural. 3. Parta de premisas fiables. 4. Use un lenguaje concreto, específico, definitivo. 5. Evite un lenguaje emotivo. 6. Use términos consistentes. 7. Use un único significado para cada término».

Hace decenas de siglos, los juristas aprendían el proceso de elaboración de un discurso, bien conocido. En esquema, eslabonaba estos pasos: 1.º intellectio: seleccionar el asunto y el modo de discurso, el género y sus peculiaridades (la técnica, el estilo y el aire del editorial difieren de la intervención política para rechazar una moción parlamentaria); 2.º inventio: encontrar las ideas y los argumentos que lo sostienen. Los topoi, los asuntos frecuentes, ayudaban. Lo enseñaba un hexámetro latino que reunía las cuestiones claves: «Quis, quid, ubi, quibus auxiliis, cur, quomodo, quando», que tuvieron su parangón anglosajón en «Who, What, Where, Why, When», en especial en las redacciones de periódicos; 3.º dispositio: organizar, priorizar las ideas y el cuerpo argumentativo; 4.º elocutio: su verbalización; 5.º memoria: la recordación y la fijación; 6.º pronuntiatio: decir el discurso, articulación y actuación ante el auditorio.

No solo el contenido encarna un decisivo papel en el argumentar. También la actitud. ¿Convencería mucho un párroco que hablase de la existencia de Dios sin un hilo de entusiasmo? ¿Arregla la situación un médico que en el servicio de urgencias derrame nerviosismo, inseguridad, irresolución? El orden de la presentación influye poderosamente; una frase lo ilustra de modo algo tosco: «Decidí descansar un rato y terminar el trabajo» difiere de esta otra: «Decidí terminar el trabajo y descansar un rato». Somos tiempo. Sucesión.

Es costumbre entre abogados repetir que para ganar un juicio deben darse tres condiciones: tener razón, saberla pedir y, finalmente, que te la den

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Dejo ese ancho hueco, esa grieta, donde resuena el ruido del cascabel: ¿quién está dispuesto a que nos enseñen a argumentar? ¿Dónde?

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Propongo revisar un estudio de primera madurez de don Álvaro d’Ors sobre la Defensa del poeta Arquías, nacido en Siria, a cargo de Cicerón, aún actual: reivindica que le corresponde el derecho a la ciudadanía romana y ese discurso es una brillante laudatio del oficio de las letras, un elogio a las humanidades.

 

LA SUERTE DE LAS GRIETAS

Dejo otra invitación para estudiar casos vivos y no embalsamados, presentes en la práctica, sobre un aspecto crucial, los errores en el proceso de argumentación, los argumentos fallidos o fraudulentos: un ensayo de nuevo de Luis Vega, La fauna de las falacias, ofrece una mirada histórica y no se limita a concatenar un catálogo (ad hominem o la descalificación, ad baculum, el falso dilema, la generalización apresurada, la afirmación del consecuente…). Y también dejo ese ancho hueco, esa grieta, donde resuena el ruido del cascabel: ¿quién está dispuesto a que nos enseñen a argumentar? ¿Dónde? ¿Conoce un país que levante estatuas al soldado desconocido? Por supuesto que sí. ¿Y alguno que erija monumentos a traidores? Desconsuela gritar «Que alguien haga algo».

Acabo lanzando este mensaje no dentro de una botella sino al exterior del aire. Uno es consciente de que las cosas aún pueden empeorar. Sobre todo si las dejamos correr solas, a su soplo sin rumbo, arrastradas. Pero no todo está perdido, quiero creer, aunque lleve una reata de siglos aguardando y dando vaivenes y repitiendo zozobras. Siempre aparece una rendija para vivir esperanzados. Y más en educación. Recurro al argumento de prestigio del cantautor Leonard Cohen, cuya canción «Anthem» conozco por mediación de una alumna: «Ring the bells that still can ring / Forget your perfect offering / There is a crack in everything / That’s how the light gets in». Esta es la traducción de la estudiante, ya periodista y además graduada en Filosofía: «En todo hay una grieta: por ahí entra la luz». Gracias, Victoria.  

 

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