Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

Praga, 1968 en busca de la libertad

Texto Jaime Aznar Azurmendi, doctor en Historia Fotografía alamy.es

Checoslovaquia apostó siempre por un sistema basado en los derechos de sus ciudadanos y la autonomía del país. Guerras e invasiones se sucedieron en su territorio, sin renunciar a esos principios. Esta crónica muestra la lucha de un pueblo por su libertad, que se manifestó en 1968 y que constituyó un precedente decisivo en el colapso del régimen soviético dos décadas después. 


La derrota de los imperios centrales en la Gran Guerra implicó el nacimiento de nuevos estados en la Europa oriental. El Tratado de Saint-Germain-en-Laye de 1919, que significó el desmembramiento del Imperio austrohúngaro, reconoció formalmente la República de Checoslovaquia, cuya independencia había sido proclamada en Praga un año antes. A pesar de convertirse en una de las democracias más estables de la Europa central, los totalitarismos no tardaron en irrumpir. La ambición de la Alemania nazi selló el destino de la joven república en la Conferencia de Múnich de 1938, cuando Hitler impuso su voluntad a franceses y británicos. Mientras los fuegos de la Segunda Guerra Mundial devoraban el continente, los expatriados checoslovacos se organizaban, primero en París y más tarde en Londres. El 18 de julio de 1941 se constituyó un Gobierno en el exilio en la capital británica. Sin embargo, la historia estaba a punto de dar un nuevo giro, pues la invasión alemana de la Unión Soviética colocaba a Moscú en el bando aliado. Tras las contundentes victorias de 1943 y 1944,  Stalin comenzó a idear el futuro de su nuevo imperio. ¿Sería capaz de convivir con la democracia? 

 

La era soviética

Durante ese conflicto numerosos comunistas orientales se habían refugiado en la URSS y dieron forma a los cuadros dirigentes de la posguerra. Siguiendo lo pactado en la cumbre de Postdam de 1945, el Ejército Rojo se retiró de Checoslovaquia y permitió el regreso del grupo londinense. A su llegada formó un gobierno de reconstrucción con amplia base política. El liberal Eduard Beneš, quien ya había sido presidente de la nación entre 1925 y 1938, volvió a ocupar el cargo. Mientras, el comunista Klement Gottwald fue nombrado primer ministro. A pesar de la prometedora evolución del país, el asalto al poder estaba a punto de producirse. Los comunistas aprovecharon una crisis ministerial ocurrida en febrero de 1948 para imponer su criterio. Durante lo que se conoce como el Golpe de Praga, el Partido Comunista de Checoslovaquia (KSC en checo y eslovaco) agitó las calles hasta doblegar al Gobierno de Beneš

Como resultado de aquellos sucesos, los comunistas tomaron  el control gubernamental y se desactivaron las demás formaciones políticas, que se vieron obligadas a integrar una lista electoral única dominada por el KSC. Todo cambió. El ministro de Exteriores, Jan Masaryk (hijo del fundador de la República Checoslovaca en 1918), quien se resistía al giro totalitario de los acontecimientos, murió tras ser arrojado por una ventana del palacio Czernin. Se apartó de sus trabajos a muchas personas no afectas o sospechosas. Las universidades y los medios de comunicación fueron purgados, así como el aparato estatal. Una disputa de poder en el seno de la élite comunista desató en 1950 los procesos de Praga. Se trataba de un proceso amañado contra políticos críticos y de origen judío, entre los que destacaba el secretario general del KSC, Rudolf Slansky. Los checoslovacos no olvidarían el hurto de su libertad. Tan solo esperaban el momento de recuperarla.

La muerte de Stalin en 1953 y la revisión de su régimen en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) abrieron un pequeño paréntesis en la dictadura soviética. Entre 1953 y 1956 tres países del bloque comunista
—Alemania Oriental, Polonia y Hungría— se levantaron contra el sistema que los oprimía. Hungría fue invadida en 1956, pues sus reformas liberales tenían como objetivo abandonar el Pacto de Varsovia. Sin embargo, los checoslovacos no pudieron disfrutar de esta catarsis colectiva. El KSC liderado por Antonín Novotný se encargó de que ningún debate público cuestionase al partido. La entrada soviética en Budapest en noviembre de 1956 cortó cualquier tentativa de revisión. Hasta entonces solo la Yugoslavia de Tito había logrado distanciarse de Moscú, tras su expulsión del Kominform (la Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros) en 1948. 

Pero los anhelos de libertad continuaban presentes en la sociedad checoslovaca. El XXII Congreso del PCUS en 1961 volvió a criticar la era de Stalin, lo que dio como resultado el nacimiento de una comisión  en el KSC destinada a revisar los procesos políticos de la década de 1950. Poco a poco las discusiones políticas se generalizaron, e incluso el periódico oficial del KSC, Rude Pravo, publicó algunos artículos al respecto. El aparato checoslovaco se abría tímidamente a los cambios. Al margen del KSC, la sociedad civil comenzó a despertar. Los estudiantes universitarios se mostraron especialmente combativos. Desde 1965 se intentó crear un movimiento estudiantil independiente, mientras las facultades eran escenario de reuniones espontáneas. Al líder de aquellas iniciativas, Jiri Muller, alumno de Ingeniería en la Universidad Técnica de Praga, lo expulsaron en 1966 para ser rehabilitado dos años después. 

La cultura también gozaba de una salud excelente, sobre todo la cinematografía. Una nueva ola de autores jóvenes provenientes del Instituto de Cinematografía de Praga, como Milos Forman, adoptaron un enfoque crítico en sus producciones. La literatura y el teatro no quedaron al margen, con personalidades destacadas como Pavel Kohout y Václav Havel

¿Y qué ocurría en las instancias oficiales? También allí soplaban nuevos aires. El grupo de economistas encabezado por el profesor Ota Šik esbozó un programa de reformas inspiradas en el modelo yugoslavo. Zdenek Miymar, un joven jurista en aquel momento, formó una comisión de trabajo en el Comité Central del KSC para democratizar el partido. Incluso los historiadores marxistas comenzaron a revisar el pasado reciente de la nación y formularon un relato más acorde con la verdad. En el transcurso del IV Congreso de Escritores Checoslovacos la lectura de una carta de Aleksandr Solyenitzin, sacada secretamente de la URSS, derivó en una crisis política. No solo se prohibió la publicación de las actas del encuentro sino que, además, hubo un reguero de expulsiones y renuncias. En 1967 el dique estaba a punto de romperse.

 

Comienza la primavera

 La situación de Novotný pronto se hizo insostenible. Se trataba de un líder impopular, dogmático y muy distanciado de la sociedad. Por otro lado, el estancamiento de la producción, tanto en el campo como en la industria, amenazaba la viabilidad económica del país. Se precisaba un cambio en la cabeza rectora. A esas alturas el KSC se encontraba dividido entre un sector conservador, liderado hasta el momento por Novotný, y otro reformista, en el que la figura de Dubček era muy popular. La sustitución se produjo en beneficio de este último, pese a que Novotný contaba con su propio delfín. Ambos secretarios generales, el saliente y el recién llegado, se habían estado oponiendo en los órganos internos del partido. A la pugna entre conservadores y reformistas dentro del KSC había que añadir la de checos y eslovacos. Así pues, el nombramiento de Dubček en 1968 fue doblemente importante.

Alexander Dubček nació en el municipio eslovaco de Uhrovec el 27 de noviembre de 1921. Su familia, de orígenes humildes, se trasladó a la Unión Soviética en 1925, hasta que regresó definitivamente a Eslovaquia en 1938. El joven Dubček se unió al Partido Comunista en la clandestinidad y fue partisano con la Brigada Jan Zizka, hostigando a los alemanes en los Cárpatos occidentales en la Segunda Guerra Mundial. Estudió Leyes en la
Universidad de Komensky, si bien sus comienzos profesionales tuvieron lugar en una fábrica de levadura. Su carrera política empezó cuando fue nombrado secretario del KSC en el distrito de Trencin en 1949. En 1951 fue designado miembro del comité central del partido eslovaco y más adelante, en 1958, se graduó con honores en el Colegio Político de Moscú. En 1962 se convirtió en miembro del Presidium del KSC y en 1963 llegó a ser primer secretario del partido en Eslovaquia. Pero lo que le distinguía era su personalidad. A diferencia de los líderes del momento, Dubček era un hombre sencillo, espontáneo, tolerante y conciliador. Supo ganarse el cariño de su pueblo incluso antes de obtener el liderazgo del KSC. Pero ¿reunía cualidades aptas para dirigir un Estado totalitario?

El nuevo secretario general tomó posesión el 5 de enero de 1968, y tuvo que compartir el poder temporalmente con su predecesor. En efecto, Novotný se resistía a desaparecer de escena y continuó presidiendo Checoslovaquia hasta que el general Ludvík Svoboda le sustituyó a finales de marzo. Entre enero y abril de 1968 los ciudadanos tomaron la iniciativa y comenzaron a liberalizar sus vidas de manera inmediata. El KSC se vio sometido a tres meses de debates intensos para confeccionar el Programa de Acción, que dio a conocer 5 de abril. Coger las riendas de las transformaciones sociales era prioritario para la supervivencia del proyecto reformista de Dubček, que, al mismo tiempo, comenzaba a recibir de Moscú las primeras críticas. Un hecho presagió el final abrupto de aquel proceso. El 24 de febrero se conmemoraba el vigésimo aniversario del Golpe de Praga, motivo por el cual los líderes del Pacto de Varsovia se reunieron en la capital checoslovaca. El discurso que Dubček debía pronunciar en público fue remitido con anterioridad a los dignatarios invitados. El máximo responsable de la URSS, Leonid Brézhnev, quedó consternado ante lo que estaba leyendo y llamó a Dubček personalmente para censurar su texto. El eslovaco debió modificarlo para evitar un conflicto político.

Las novedades que la cúpula del KSC introdujo encontraron un gran apoyo social. La economía siguió siendo centralizada pero, a la vez, se dotó a los centros de trabajo con autonomía, mediante los llamados Consejos de Productores. El Estado continuó interviniendo en los sectores más deprimidos, aunque aplicó criterios autogestionarios en los demás a fin de estimular su producción y competitividad. También se reconocieron los sindicatos y el derecho a la huelga. En el terreno político el partido siguió teniendo el monopolio del poder. Aun así, democratizó su rígida vida interna, al tiempo que dio voz a otros actores dentro del Frente Nacional, una coalición de partidos que quedó desnaturalizada tras el Golpe de Praga de 1948. El Programa de Acción incluyó criterios marcadamente democráticos: se eliminó la censura, se abrió la puerta a la libertad religiosa y quienes no pertenecían al KSC dejaron de ser discriminados; además, los ciudadanos de la República eran libres de viajar al extranjero. 

Una anécdota ilustra la intensidad de aquellos primeros meses de 1968. El moderador de un programa de debates de la televisión checoslovaca hizo el siguiente comentario en antena: «Perdónenme ustedes mis nervios. Es la primera vez tras veinte  años que emitimos en directo; la primera vez que no grabamos el programa con antelación y a continuación lo retocamos». También cabe destacar la formación de la llamada Comisión Piller (llamada así por su presidente Jan Piller, miembro del Presidium del KSC), para analizar lo ocurrido en los juicios de 1952 y rehabilitar a sus víctimas. Según estimaciones oficiales, 16 010 personas fueron detenidas por motivos políticos, en su mayoría obreros. Entre 1948 y 1952 los tribunales condenaron a muerte a 253 personas por delitos de conciencia, de las que 178 fueron finalmente ejecutadas. Con estas investigaciones los reformistas demostraron su ruptura con los métodos del pasado.

En lo que a arquitectura de la nación se refiere, Dubček y sus seguidores proponían una reforma federal para mejorar la convivencia entre las entidades checa y eslovaca. El país dirigió su política exterior con absoluta libertad; incluso llegó a recibir a representantes de la República Federal Alemana y los Estados Unidos. Del mismo modo se pidió ayuda económica a Occidente, hecho que levantó ampollas en los sectores más reaccionarios del KSC. Pero la viabilidad de lo que luego se conocería como la Primavera de Praga dependía por entero de las relaciones con la URSS. Las nuevas autoridades pensaban que el peligro de una intervención podría conjurarse mediante la adquisición de ciertos compromisos; Checoslovaquia no abandonaría el Pacto de Varsovia ni el COMECON (Consejo de Ayuda Mutua Económica). La lealtad hacia la URSS y sus aliados era completa y en modo alguno se contemplaba la vuelta a la propiedad privada. Este «socialismo con rostro humano» definido por Dubček trataba de actualizar el sistema sin dinamitarlo, pero tal cosa era imposible. 

 

Recelos y desconfianza

 Muchas de las personas que hacían uso de las nuevas libertades vertían duras críticas contra la Unión Soviética. La falta de controles previos estimulaba la publicación de opiniones potencialmente peligrosas. Pero la nueva Checoslovaquia no solo preocupaba al Kremlin; otros ciudadanos del bloque socialista comenzaron a interesarse por las reformas de Dubček. Un informe de la Stasi alemana alertaba de la presencia de muchos de sus ciudadanos en Praga. Los demás países del Pacto de Varsovia tenían miedo de un posible contagio, que desestabilizara sus sociedades. La geoestrategia también resultaba decisiva. Eslovaquia limitaba con la Unión Soviética al este, y para Moscú era prioritario mantener un espacio de seguridad en torno a sus fronteras. Si los checoslovacos optaban por la democracia liberal, la URSS compartiría vecindario con el mundo capitalista, algo que resultaba del todo inaceptable. 

También en el ámbito doméstico había disensión. El ala conservadora del KSC reaccionó con preocupación ante la magnitud de los cambios. Desde muy pronto se inclinó por la intervención soviética como única salida, con el convencimiento de que el proceder de Dubček le enfrentaría inevitablemente con Brézhnev. Por otro lado, se organizaron grupos que, con el apoyo de la policía secreta, distribuían propaganda contraria al Gobierno. Asimismo,  se pusieron en práctica dos medidas disuasorias para que Praga regresara a la ortodoxia comunista: la presión de la prensa soviética y la celebración de encuentros multilaterales.

La apuesta más fuerte de la Unión Soviética se efectuó en julio de 1968, con el envío de la llamada «Carta de los cinco». Tras reunirse en Varsovia, los mandatarios de la URSS, Alemania Oriental, Polonia, Hungría y Bulgaria instaban a sus colegas checoslovacos a abandonar la senda de las reformas y volver al redil. La misiva no cambió el rumbo de los acontecimientos, pero dejó patente que el tiempo de Alexander Dubček se estaba acabando. Las negociaciones prosiguieron con objeto de agotar la vía diplomática. Entre los días 28 y 30 de julio se mantuvo un encuentro de alto nivel en la localidad fronteriza de Cierna. Aquellas conversaciones entre Checoslovaquia y la URSS lograron un principio de acuerdo, fundamentalmente económico, que, sin embargo, fue rechazado por Polonia y la República Democrática Alemana (RDA). Fruto de esta disensión se programó una segunda ronda en Bratislava el 3 de agosto. Allí se firmó una declaración en la que se permitía emprender reformas internas, pero limitaba los tratos con las potencias occidentales. En realidad, ninguna de las partes estaba dispuesta a ceder. Bajo la mesa de diálogo, Praga y Moscú continuaron con sus agendas. En los momentos finales se produjeron dos últimos contactos, aunque sus intenciones seguían sin estar claras. 

El 12 de agosto Walter Ulbricht, dirigente de la RDA, se reunió con Dubček en el viejo balneario de Karlovy-Vary. Tras el encuentro Ulbricht lanzó un mensaje conciliador: «Ahora me quedo tranquilo, veo que andan por buen camino y, por tanto, puedo irme de vacaciones a Crimea». Cinco días más tarde, Dubček se vio con el húngaro János Kádár en Koromano, un enclave situado entre Hungría y
Checoslovaquia. De aquella entrevista salió desconcertado, sin haber comprendido bien el mensaje de su interlocutor. ¿Trataron de prevenir a Dubček sobre la invasión a su país que se preparaba o distrajeron su atención para facilitar el golpe? Sea como fuere, Checoslovaquia fue invadida por tropas del Pacto de Varsovia la noche del 20 al 21 de agosto de 1968.

 

El golpe

 Desde enero de 1968 todos los cuadros del KSC, conservadores o reformistas, tenían muy presente la invasión de Hungría de 1956. La estrategia dialogante del nuevo Gobierno pretendía dar seguridades a los soviéticos para evitar otra intervención. Sin embargo, la opción militar se venía gestando desde hacía tiempo. En abril, una pequeña noticia publicada en Le Monde causó revuelo en Praga. El general Yepichev, jefe del departamento político del Ejército Rojo, había llegado a decir que si las «fuerzas sanas» de Checoslovaquia se veían amenazadas, el ejército soviético no dudaría en actuar. Para ocultar semejante indiscreción, el Kremlin aseguró que se trataba de una manipulación deliberada. «Nunca realizaremos una intervención militar en Checoslovaquia», afirmó el agregado de prensa de la embajada soviética en Praga. Poco tiempo después, a finales de mayo, el ejército soviético inició maniobras militares en suelo checoslovaco. Pese a las protestas del Gobierno los efectivos no dejaban de aumentar: un mensaje muy claro para Dubček

En julio el Kremlin se decantó por una solución militar del conflicto. Además, la URSS no podía demorarse. Uno de sus principales objetivos era evitar la celebración del XIV Congreso del KSC, programado para septiembre. El cónclave conseguiría probablemente un éxito rotundo para las reformas que, a partir de aquel momento, se incorporarían a la doctrina oficial del partido. Además, se preveía un amplio apoyo en las votaciones, por lo que la imagen del agresor resultaría deplorable. El valor simbólico de un partido comunista que abrazaba los principios de la democracia liberal podía ser demoledor. Por eso, para la URSS se hacía necesario intervenir cuanto antes. Finalmente, el día 16 de agosto, el Comité Central del PCUS, durante una reunión secreta celebrada en Moscú, tomó la decisión irrevocable de invadir Checoslovaquia. 

La Operación Danubio comenzó el 20 de agosto a medianoche. Fuerzas del Pacto de Varsovia penetraron por el sur, este y norte del país. El contingente invasor se componía de seiscientos mil hombres, dos mil trescientos tanques y setecientos aviones. Pensando que encontrarían menor resistencia, la ocupación empezó en Eslovaquia, pero la población se opuso desde el primer momento. Se cerraron las fronteras con Austria y Hungría; las comunicaciones con Viena se cortaron. En la mañana del 21 de agosto los carros de combate alcanzaron Praga y rodearon los principales edificios. A pesar del bloqueo, la radio y la televisión continuaron  emitiendo, dando información veraz a la población e insuflando ánimos. El KSC solo respondió mediante una declaración política, en la que desautorizaba el ataque y pedía la retirada de las fuerzas invasoras. 

Alexander Dubček y sus principales colaboradores fueron detenidos y enviados a Moscú. Entre los días 21 y 27 de agosto se produjo un auténtico vacío de poder, pues los conservadores del KSC  eran una rotunda minoría. Si bien el Gobierno se negaba a movilizar el ejército por temor a una matanza, el pueblo salió a la calle para oponerse a los tanques con barricadas, piquetes, sabotajes, cadenas humanas y huelgas. Hubo momentos de tensión en los que se disparó a civiles desarmados. Comenzaron los arrestos; cientos de personas fueron internadas en la prisión de Pankrác. Nadie estaba a salvo: periodistas, escritores, intelectuales, ciudadanos de a pie, incluso el alcalde de Praga fue apresado junto con todo su equipo. Pese al estado de confusión, gran parte de los delegados del XIV Congreso lograron reunirse de manera improvisada en el barrio obrero de Vysočany. Desde ahí exigieron la liberación de los líderes apresados, así como el final de la ocupación.

Paralelamente a los sucesos de Praga, una batalla política se estaba librando en Moscú. Alexander Dubček y sus colaboradores abrieron una ronda negociadora para asegurar el futuro del país. Dado que los soviéticos no eran capaces de formar un gobierno sólido, la vuelta de los antiguos líderes se hacía imprescindible. Para ello debían pagar un alto precio político. Se restauró la censura, se ilegalizaron las asociaciones autónomas que habían ido surgiendo y el país fue obligado a incrementar sus intercambios con el COMECON en detrimento de las inversiones occidentales. Podía optarse a cierta autonomía interior siguiendo el modelo polaco, pero el liderazgo de la URSS bajo la doctrina de «soberanía limitada» era incuestionable. El 27 de agosto los dirigentes del KSC fueron liberados y Alexander Dubček habló a la nación desde el castillo presidencial de Praga. Anunció limitaciones al proceso democratizador, llamó a la unidad y a la calma. La decepción de los checoslovacos fue completa, pero las autoridades querían evitar males mayores. 

La presión soviética empezó a remitir a partir del día 29. Se abandonó la custodia de ciertos emplazamientos y se eliminó el toque de queda. El 31 volvieron a funcionar las conexiones férreas con Bulgaria, Rumanía y Yugoslavia, aunque la normalidad tardó en llegar a las calles un par de semanas. Un centenar de personas murieron en aquellos tumultuosos días de agosto, y no iban a ser las últimas. A pesar de las promesas, la ocupación militar soviética continuaba en 1969. Con un partido domesticado y una sociedad resignada, el proceso de «normalización» estaba cumpliendo sus objetivos. Dos jóvenes quisieron protestar ante esta situación quitándose la vida. El estudiante checo Jan Palach, de veinte  años, se prendió fuego en la emblemática plaza de San Wenceslao de Praga el 16 de enero de 1969. Su muerte dio lugar a una semana de manifestaciones anticomunistas. Un mes más tarde otro estudiante, Jan Zajíc, de dieciocho, moría de la misma manera y en el mismo lugar. El sueño, del que muchos no querían despertar, había terminado.

 

Tras la primavera

 Alexander Dubček continuó gobernando la nación hasta abril de 1969, cuando fue nombrado embajador en Turquía. En 1970 lo expulsaron del KSC y no le permitieron desempeñar otro oficio que el de guarda forestal. Gustáv Husák le sucedió al frente del país en 1969 y se convirtió en presidente de la República seis años más tarde. Su gobierno abolió el programa reformista, pero sin volver completamente a la ortodoxia estalinista. La represión aumentó a medida que el nuevo régimen se consolidaba, utilizando la policía política contra la intelectualidad. Esta situación convenció a los opositores checoslovacos de la inutilidad reformista. El régimen comunista debía ser completamente superado para dar paso a una democracia formal. 

En enero de 1977 Václav Havel y varios intelectuales firmaron la llamada «Carta 77», un documento en el que se agrupaban diferentes sensibilidades políticas y religiosas. La detención de sus promotores dio origen al Comité para la Defensa de los Injustamente Procesados en 1979, en el que estuvo implicado Havel como cofundador. Sufrió prisión hasta 1984, hecho que no logró terminar con su proyección política. La popularidad del dramaturgo fue creciendo al tiempo que el régimen se debilitaba. Dentro del KSC existía una pugna interna, pues los dirigentes más jóvenes deseaban el relevo de Gustáv Husák. Este se oponía a las reformas preconizadas por Mijaíl Gorbachov, líder de la URSS, quien visitó Checoslovaquia en 1987. El éxito del sindicato Solidaridad en Polonia agitó las calles de Praga y Bratislava a finales de 1989. Las movilizaciones multitudinarias pusieron contra las cuerdas a una dictadura que se desmoronó con la dimisión de Husák el 10 de diciembre de 1989. El Foro Cívico de Václav Havel estaba listo para coger el relevo, como sucedió tras las elecciones libres de 1990. Checoslovaquia recuperaba su libertad tras cuatro décadas de opresión. La transición pacífica entre ambos sistemas se conoce hoy como Revolución de Terciopelo.

Dubček reapareció en aquellas jornadas de 1989 junto a Havel. Fue elegido presidente del Parlamento checoslovaco, cargo que desempeñó entre 1989 y 1992. Ese mismo año se convirtió en líder del Partido Socialdemócrata de Eslovaquia, pero murió en un accidente de coche el 7 de noviembre de 1992 a los setenta años.

Los sucesos de la Primavera de Praga mostraron al mundo la verdadera cara del totalitarismo soviético. Mao Zedong y Nicolae Ceau escu condenaron la invasión ante el temor de que Brézhnev realizara algo similar en sus territorios. Los partidos comunistas occidentales se apresuraron a reprobar la intervención. Las voces que no condenaron la ocupación de Hungría en 1956 comenzaron a criticar a la URSS. A finales de los años sesenta la retórica comunista era ineficaz,  y una nueva generación, que no había participado en la Segunda Guerra Mundial, se mostraba partidaria de los cambios. El programa de Dubček inspiró lo que más tarde se conocería como eurocomunismo, una apuesta del PCF (Francia), PCI (Italia) y PCE (España) para buscar su propio camino al socialismo. Incluso el último dignatario de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, afirmó haberse basado en la Primavera de Praga para diseñar su perestroika. La represión desencadenada en 1968 convenció a los opositores checoslovacos de la inutilidad reformista. A partir de entonces el comunismo dejó de ser atractivo y su estancamiento político se contagió también al terreno económico, lo que propició una lenta descomposición que culminaría con la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de URSS (1991).