Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 713

Todos los herederos de Ulises

Texto: José María Sánchez Galera [Com 98 PhD Filg 18], escritor, asesor editorial, investigador en la Universidad CEU San Pablo y profesor de Humanidades. Ilustraciones: Pedro Perles

El héroe atraviesa naciones y épocas, cambiando de rostro y de armamento; a veces entre desprecios y a veces entre vítores. De Gilgamesh a Aquiles, de Odiseo a Julio César, del Cid a María Pita, de Juana de Arco a Batman, del samurái al jedi. Sobrevive hoy para insistirnos, con un lenguaje tanto nuevo y vivo como arcaico, en lo que nos lleva diciendo desde hace milenios: todas las sociedades anhelan modelos humanos, personas que encarnen los valores y virtudes de una civilización o un pueblo. Algo que nos recuerdan poetas como Luis Alberto de Cuenca o filósofos como Javier Gomá.


¿Qué es un héroe? ¿O quién es un héroe? Según Enrique García-Máiquez, héroe es «el que coge las riendas de su vida». Imitando a los antiguos, este poeta lo explica narrando un episodio de la infancia del personaje de cómic Corto Maltés: «Cuando una gitana de Córdoba le dice que no tiene la línea del destino dibujada en la mano, corre a su casa y se corta la palma de la mano con la navaja de afeitar de su padre (tampoco es casual el instrumento ni el propietario); él marca su destino». Decía el Lawrence de Arabia de David Lean que  «nada está escrito» para el héroe.

El héroe es quien puede acometer una gesta y además tiene el coraje necesario. Tal como advertía Nietzsche, en los héroes helenos hay un ideal de excelencia que, en gran medida, vincula poder y belleza. De modo que Corto Maltés, como buen mediterráneo, retoma un ideal antiquísimo. En este sentido, las coordenadas morales que limitan al héroe son escasas. Es la desmesura (hýbris) lo que puede desbaratar a un héroe como Aquiles pero, en todo caso, no le niega su condición. Como dice el helenista y académico Carlos García Gual, «los héroes míticos eran ejemplos de audacia, de extremo valor y pasiones arriesgadas; también a menudo de catástrofes trágicas, pero siempre con un halo de grandeza». 

 

EL HÉROE ANTIGUO: EXCELENCIA Y BIZARRÍA

El héroe más presente en los papiros o textos escolares de la Antigüedad clásica no es Odiseo ni Aquiles, sino Heracles (Hércules para los latinos), «el más grande de los héroes», en opinión de García Gual. De pequeñuelo estranguló a las serpientes que amenazaban su cuna, pero sus andanzas de adulto tienen como punto de partida —según algunas fuentes— el uxoricidio e infanticidio que, en un acceso de locura, comete. Por su parte, Odiseo (Ulises para los latinos) es un rey pirata, una especie de filibustero avant la lettre que saquea poblaciones costeras; asimismo, durante su peregrinar por los mares, muchas veces su exceso de curiosidad le granjea problemas, y en otros momentos no duda en ser infiel a su esposa con la ninfa Calipso o la bruja Circe. Ya reconocía Tucídides que, en los viejos tiempos, tanto navegantes bárbaros como griegos eran piratas.

Por tanto, podría decirse que el héroe gentil es, antes que nada, un «caso de éxito» y de excelencia en talentos, y no tanto un ejemplo en compasión, piedad o integridad. Una valoración de la que, con motivos y con muchos matices —Dido lo sabe bien—, se escaparía el protorromano Eneas.

No obstante, los propios griegos y latinos supieron replantearse sus mitos, leyendas y sagas heroicas. Uno de los episodios que mejor explica esta complejidad es el del chiquitín Astianacte, el hijo del troyano Héctor que acabará sus días de manera atroz: aún es casi un bebé, cuando Neoptólemo, el jovencísimo y feroz hijo de Aquiles —quien, a su vez, había matado a Héctor—, lo arroja desde lo alto de las murallas. Por eso, Eurípides pondrá en boca de Hécuba —que solloza ante el cadáver su nieto— las siguientes palabras: «A este, siendo un niño, lo asesinaron los argivos, ¿quizá porque le tuvieran miedo? ¡Ah, qué infame epigrama para Grecia!».

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El héroe gentil es un «caso de éxito» y de excelencia en talentos, y no tanto un ejemplo en compasión, piedad o integridad

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Hace tres décadas, Luis Alberto de Cuenca, en El héroe y sus máscaras (Mondadori, 1991), observaba al héroe a lo largo de toda su vida, con sus detalles, matices y contradicciones, en un recorrido por la literatura e historia antigua y medieval —y reelaboraciones o reinterpretaciones modernas de los clásicos—, desde Gilgamesh, Hércules, Julio César u Homero hasta los bizantinos y los cruzados; estos últimos, héroes de una humanidad más resaltada. Sus defectos son pecados y sus virtudes reflejos de santidad. Quizá aquí hallemos el nudo gordiano, en la comparación entre los héroes de la Antigüedad gentil y los del Medievo cristiano.

 

UN CONTRAPUNTO: EL HÉROE CRISTIANO

El héroe cristiano medieval, el caballero, es quizá el héroe «por antonomasia, porque ha sido el más excelso, el más acabado», de acuerdo con García-Máiquez. Su código de conducta —con ciertos paralelismos con el código del samurái, como advertía Inazo Nitobe en Bushido: The Soul of Japan (Leeds & Biddle, 1899)— está regido por una exigencia moral superior a la destreza con las armas, a su formación intelectual y a sus gestas. El caballero es, en primer lugar, un buen cristiano. Por eso Rodrigo Díaz de Vivar comienza el día rezando y asistiendo a misa, según el Cantar. Por eso toda la leyenda artúrica está repleta de lucha ascética, y por eso el respeto a las mujeres cobra más importancia que la victoria sobre el enemigo. Por eso, el romancero castellano está trufado de referencias al regio desliz lujurioso que acarreó la derrota de Guadalete y la perdición de la España visigoda; si el caballero no sigue los senderos de Dios, de nada le sirven su corcel, su loriga, su espada. En palabras de Victoria Hernández, profesora de Literatura y coordinadora en el grado de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria, la cristianización del héroe supone una apuesta «por las virtudes de la caridad y la misericordia». Para Hernández, «el héroe es un hombre que se eleva sobre sí mismo, sobre las miserias humanas y las trasciende en busca del bien común».

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La mirada cristiana sobre la mujer acaba convirtiendo al héroe cristiano en un servidor, y anticipa en su nobleza de comportamiento y su abnegación una civilización propia

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El caballero cristiano tiene algo de eremita y mucho de enamorado. De ahí que, a pesar del trazo satírico de Cervantes, Alonso Quijano asegure que la apetecible labriega Aldonza Lorenzo es la «señora de sus pensamientos». Como anotaba José Ortega y Gasset, no resulta casual que la corte papal de Aviñón fuese un vórtice del amor cortés. Y ese amor cortés es la fuerza que Dante y Petrarca, e incluso el arcipreste Juan Ruiz, reconocen como motor de la vida y señal de la verdad y belleza de Dios. Por eso, el caballero cristiano no solo entiende que la mujer sea objeto de amor, sino también de imitación o admiración, como lo fue la mártir Eulalia de Mérida o como la heroína francesa Juana de Arco. El mártir cristiano, de hecho, no es una víctima, sino un héroe, como explica Robert Redeker en su libro Los centinelas de la humanidad (Homo Legens, 2021): el héroe se define por su libertad de actuación, mientras que la víctima se muestra pasiva ante su desgracia. Y, aunque Redeker ve diferencias entre el héroe y el santo, defiende que ambos salvan al hombre medio de caer en la bestialidad y en «todas las formas de mecanicismo», pues «le señalan a la vida humana su dirección y la llenan de contenido».


ILUSTRACIÓN: Pedro Perles
 

La mirada cristiana sobre la mujer acaba convirtiendo al héroe cristiano en servidor, y anticipa en su nobleza de comportamiento y su abnegación una civilización propia. Aunque el noble medieval siga siendo de alta alcurnia, y aunque el Poema de Fernán González y las coplas de Jorge Manrique quisieran localizar sangre goda como garantía de abolengo, lo cierto es que la rectitud y la pureza de corazón apuntan a un cumplimiento de lo que Cristo pedía en el sermón de la montaña. Tal como dice Victoria Hernández, «el caballero ideal es el que imitaba a Cristo». Según la profesora, «en el Libro de la Orden de Caballería, de Ramón Llull, esto queda claro: el liderazgo ha de ser servicio real». Estos rasgos permiten que los héroes y heroínas cristianos representen una gama que va desde Catalina de Siena o Gonzalo Fernández de Córdoba hasta Isabel Barreto, María Pita o Blas de Lezo.

Por otro lado, caeríamos en un error si pensáramos que el cristianismo supuso una ruptura nítida con respecto al héroe gentil. De hecho, la literatura cristiana —que también se nutrirá de los héroes, heroínas y temas bíblicos, como Judith, David o Esther— conservará la mitografía y leyenda gentil, pero transmutándola, como se comprueba en el medieval Libro de Apolonio. Entre otros factores, es indudable que la fascinante mezcla de ingredientes que rodea las aventuras del héroe —fuerza, destreza, amor, magia, emoción, intriga— le ha permitido su pervivencia, con otra máscara —como diría De Cuenca—, o quizá con otra alma.

 

LA DEMOCRÁTICA ARISTOCRACIA DE TINTÍN

Si pensamos que el héroe es alguien al que emular o alguien que nos gustaría haber sido, quizá debamos asumir que se trata de un guía de nuestras propias aspiraciones. En una arenga, famosa por dar comienzo a la película Patton, el general epónimo decía: «Cuando erais chavales, todos vosotros admirabais al que corría más rápido, a los jugadores de las grandes ligas, a los boxeadores más duros». Y proseguía: «El auténtico héroe es el hombre que pelea, a pesar de sentirse aterrado». El general añadía que el heroísmo no es individual, sino tarea de equipo, y finalizaba su discurso con unas palabras —«Dentro de treinta años, cuando estéis sentados junto a la chimenea, con vuestro nieto sobre las rodillas, y os pregunte: “¿Tú qué hiciste durante la Segunda Guerra Mundial?”…»— que, en cierto modo, recordaban a las de Enrique V en la tragedia de Shakespeare: «Este día se llama fiesta de san Crispín, y aquel que sobreviva a este día y retorne al hogar […] cada año durante la víspera convidará a sus vecinos y dirá: “¡Mañana es san Crispín!”, y entonces se subirá las mangas, mostrará sus cicatrices y dirá: “¡Estas heridas las recibí el día de san Crispín!”».

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Para alcanzar el Grial lo que importa es la rectitud del corazón, algo igual de fácil o de difícil para un plebeyo o un rey

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Traído a nuestros tiempos, García-Máiquez observa cómo los alumnos, «desheredados» de la lectura de la epopeya antigua o medieval, «tienen que imitar a las estrellas deportivas o de la canción comercial». «La Canción de Rolando [...] me dio una confianza tal en las posibilidades del hombre para superar su propia condición [...] que obró en mí como una especie de manual de autoayuda a lo sublime, cuando no a lo divino», escribe Luis Alberto de Cuenca en Los caminos de la literatura (Rialp, 2015). Apenas un par de generaciones atrás, como recuerda García Gual, escribía Machado: «¡Ah, cuando yo era niño, soñaba con los héroes de la Ilíada…!». El cambio de valores lo han advertido varios pensadores. El filósofo Javier Gomá sostiene que, por primera vez en la historia, la cultura ha dejado de ser aristocrática, ya que «los héroes de la tradición ignoran la belleza, verdad y justicia de la dignidad igualitaria».

Esta pista que aporta Gomá nos puede llevar a pensar que, a fin de cuentas, nuestra época ha ensanchado el ideal caballeresco cristiano: para alcanzar el Grial lo que importa es la rectitud del corazón, algo igual de fácil o de difícil para un plebeyo o un rey. Dicho de otro modo, ¿no es el héroe cristiano el más democrático de todos? O, con un ejemplo de la cultura popular, ¿no es Tintín quizá uno de los mejores modelos de heroísmo? A fin de cuentas, era un atractivo paradigma que Hergé presentaba a los niños católicos belgas en Le Petit Vingtième. Tintín es periodista —profesión eminentemente moderna—, no es aristócrata —el etílico Haddock sí lo es, en cierto sentido—, es inteligente, comprensivo, lucha por la verdad y la justicia, y es capaz de exponer su vida por sus amigos, como el chino Tchang, heterónimo de Zhang Chongren, una persona de carne y hueso por la que Hergé sentía devoción y afecto.

 

ARQUETIPOS Y GUÍAS DE LO HUMANO

El héroe es prototipo de humanidad, concepto que, de manera indisoluble, está ligado a cómo las distintas culturas y épocas han entendido lo que es el hombre, la sociedad, la naturaleza, Dios. Dicho de otro modo; el héroe de cada pueblo y cada era o civilización es un mensajero idóneo de sendos valores, es una concreción cultural de nuestro modelo óptimo de «vida buena».

De hecho, Gomá comienza el segundo tomo de su tetralogía sobre la ejemplaridad con esta anotación: «¿Qué es lo justo, lo bueno, lo útil, lo santo, lo noble, lo bello, en definitiva, lo humano? Lo que hacen y dicen los héroes ejemplares». En conversación, asegura Gomá que el héroe, «siendo un ejemplo corporal, sensible e individual, es portador de una normatividad aplicable a más casos, universal, y, en consecuencia, digna de imitación».

En Aquiles en el gineceo, este filósofo vasco expone que el héroe homérico nos enseña a aceptar los límites de la existencia, aprovecharla al máximo y dotarla de sentido. Podríamos decir que lo heroico consiste en bajarse al terreno embarrado, para jugar entregándose por completo y asumiendo todas las consecuencias.

Preguntado por este punto, Javier Gomá responde: «Aquiles no es como nosotros, pero nosotros sí somos como Aquiles, porque todos, nosotros y él, estamos empeñados en la misma empresa fundamental: aprender a ser mortal. En tiempos de Homero, eso consistía en salir del gineceo y navegar a Troya para morir joven y ser el mejor de los hombres. Ahora emprendemos igual aventura pasando del estadio estético de la vida al ético, con su atractivo y pesadumbre, y allí aguantar el ser».

En el caso de la civilización occidental, quizá haya dos grandes padres fundadores: para judíos y cristianos, Abraham, padre en la fe, y, para todos, Odiseo, quien, tras navegar por los mares e islas entonces inexplorados, retorna a casa con su esposa, hijo y padre. En su empeño por lo real y en su rechazo a vivir en un mundo de fantasía, es nuestro héroe, porque lloraba ante los feacios revelando su nombre —ya no era Nadie, como había dicho al cíclope—, balbuciendo en la catarsis: «Nada resulta más dulce que la propia patria y los padres». La Odisea es un canto intenso a la vida, con sus pesares y sus dichas concretas y tangibles, es la convencida elección de lo cismundano, con sus defectos, por encima de los cantos de sirena y los supuestos deleites de las ninfas. En palabras de García Gual, Aquiles es más valiente, Odiseo más astuto y aventurero, «y, en cierto modo , más moderno y humano, el héroe un tanto ejemplar y sufrido, y al que más amaron los griegos».

Puesto que la civilización occidental, en su síntesis de lo griego y lo romano, lo judío y lo cristiano, ha logrado ser la más universal, la vida de Odiseo sigue mostrándose como un paradigma de absoluta validez, y sus andanzas y su astucia continúan entusiasmando. Incluso sus penalidades y el modo como cuenta su vida nos resultan próximos.


ILUSTRACIÓN: Pedro Perles

SUPERHÉROES, HIJOS DE LA POSMODERNIDAD

Sin embargo, esta modernidad tardía o posmodernidad nos presenta una paradoja: los superhéroes, a la vez que son producto de la sociedad de masas, implican una nueva forma de aristocratismo, dados los descomunales talentos de que disponen. Victoria Hernández cree que «el superhéroe es un héroe con todas las carencias que el hombre posmoderno acarrea, un héroe inmerso en el individualismo y nihilismo de la gran ciudad, parapetado tras la hipertecnologización». En este sentido, Batman —un hombre sin más poder que su fortuna, su disfraz, sus gadgets y un oculto resentimiento— y Superman —un alienígena humano con superpoderes— son un reflejo de nuestra época, desarraigada y poscristiana.

Serían héroes clásicos con los rasgos de nuestros días. Batman, que incluso cuenta con un escudero (Robin, el Chico Maravilla), vive un oscuro tormento por haber presenciado de niño el asesinato de sus padres. Superman llora la muerte de su padre putativo y sufre los dolores de sus amigos; su corazón no es de acero, sino de nuestra misma carne. Por una parte, como comenta Victoria Hernández: «El fin último de estos superhéroes se adivina similar al de los héroes clásicos: el bien común, vencer el mal con el bien, y la defensa de la verdad y la belleza». Por otro lado, los defectos como héroes que podamos achacar a Peter Parker o Clark Kent son, en realidad, nuestros defectos como civilización deshumanizada y posmoderna. Son un espejo de feria en que mirarnos, salido de una factoría que se llama industria editorial.

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Lo heroico consiste en descubrir que la vida buena es una buena vida, y que la existencia humana es un gozo

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Precisamente el hecho de que sean un producto comercial puede mermar su categoría heroica, y convertirlos en mero artículo efímero de consumo o de propaganda. Igual que nosotros mismos, ávidos de likes y followers. En opinión de García Gual, los superhéroes «son mucho más acartonados y unidimensionales que los antiguos; reflejan, sin duda, una nostalgia de lo heroico, pero ya de un modo superficial y de fantasía apocalíptica; creaciones de una literatura de consumo fácil y colorines, son un buen reflejo de la diversión que entretiene a la cultura de masas».

 

LAS NUEVAS MÁSCARAS

Esa capacidad del héroe de adquirir nuevas máscaras, según épocas y lugares, resulta palmaria en sagas galácticas, como Dune o Star Wars. El jedi es una mezcla de samurái, monje y caballero medieval cristiano (una suerte de templario); a lo cual se debe añadir toda la enjundia que Alec Guinness aportó a su personaje, Obi-Wan Kenobi. El viejo Kenobi, cuando explica al jovenzuelo Luke Skywalker en qué consiste la Fuerza, parece que está parafraseando las Anotaciones personales de Marco Aurelio, emperador filósofo al que había interpretado Guinness en La caída del Imperio romano (Anthony Mann, 1964). Cuando Guinness leyó el guion que le había pasado George Lucas, dotó de profundidad a su jedi dándole un aire de personaje de Tolkien.

La universalidad del héroe le impide ser un activista o un mensajero del totalitarismo. El héroe reconoce lo humano que comparte con su rival. Y pocas cosas son más humanas que rendir homenaje a los caídos del enemigo, admirar las cualidades y bizarría del general al que hemos derrotado o que nos ha derrotado. En eso consistía ser un caballero. Por fortuna, hoy el deporte ofrece en bastantes ocasiones casos notorios de admiración al rival por su heroísmo. En esto consiste lo heroico: en la «vida buena» que comentan Gomá y Redeker —la mirada del filósofo—, pero también en la «buena vida» que De Cuenca —la mirada del poeta— muestra con placer. Victoria Hernández nos aporta una feliz síntesis: se trata de una «enseñanza, a través de la épica» que «viene envuelta en aventuras asombrosas, lo que la hace más atractiva». Por eso, el compositor de la Odisea y la Ilíada nos sugestiona con su poesía, sus narraciones y sus descripciones evocadoras. Es decir, lo heroico consiste en descubrir que la vida buena es una buena vida, y que la existencia humana es un gozo.