
Título original: Cape Fear
Año de emisión: 2026 (10 episodios de 50 minutos)
Emisión en España: Apple TV
Creador: Nick Antosca
Hay una comedia muy noventera —tan de la explícita risa española de entonces— donde un joven Bardem ejercía de aspirante a actor. Su obsesión era Robert de Niro. Treinta años después de aquella Boca a boca dirigida por Gómez Pereira, la ficción parece empeñada en cerrar el círculo y el gran intérprete español de las últimas décadas hereda la tatuada piel del terrorífico Max Cady, uno de los papeles más icónicos del camaleónico actor estadounidense. No supone una continuidad extraña; al contrario: tanto De Niro como Bardem comparten ese Stanislavski de intensidad, versatilidad, método y cambio físico.
A la audacia actoral de este nuevo Cape Fear (en España, se mantiene el título original de la miniserie) hay que sumar la del remake al cuadrado. El cabo del miedo de 1991 ya era una actualización de una peli de los sesenta, de modo que la propuesta de Scorsese —tan deudora de Hitchcock, tan simbólica en su puesta en escena de cielos amenazantes y negativos de fotografía— ahondaba en la ambigüedad moral que enfilaba el fin de siglo, con sus matrimonios falsamente felices y sus adolescencias atravesadas por un turbador lolitismo.
Han pasado tres décadas y las heridas del tiempo se dejan ver en la nueva miniserie. Es la promesa que late en toda modernización diegética: ofrecer lo mismo, sí, pero pegándole un giro innovador que ponga el reloj en hora. Toca traducir el miedo a los códigos y ansiedades de nuestro tiempo: una familia reconstituida, con los conflictos emocionales que ese pegamento filial conlleva, la presencia de redes sociales y depredadores online y, en el cambio más significativo, el cambio de sexo de la víctima de la venganza maníaca.
El torpe leguleyo que interpretaba Nick Nolte ahora se desdobla en un matrimonio sobrevenido de abogada y fiscal que interpretan, con solvencia de clase alta norteamericana, Amy Adams y Patrick Wilson. Su mansión reluciente, su piscina azulísima y sus impecables cutis de portada de Vogue no se imaginan el desquiciado tren que va a pasarles por encima. Chu-chu-chu… ¡Buuum!
El resultado tras dos episodios es prometedor, aunque existe el riesgo de que el chicle se estire y la trama se empantane inútilmente, como ha ocurrido en otros films derivados a la pequeña pantalla. Los primeros Fargo serían la cara, por ejemplo; La costa de los mosquitos, la cruz. En todo caso, uno ha de saber que no viene de recreo a los apagados paisajes de Savannah, Georgia. Esto va a doler. Una barbaridad. Desde el piloto hay devaneos con lo gore, peleas salvajes y una inquietud creciente y pegajosa que va haciéndote que te revuelvas en el sofá.
Porque Cape Fear apuesta de manera decidida por mantener la diabólica esencia —no en vano, andan Scorsese y Spielberg produciendo al alimón— hasta para jugar con ecos visuales y temáticos que adoptan giros sugerentes. También en lo actoral, claro. Si el villano que inauguró Robert Mitchum en los sesenta abanderaba una amoralidad perezosa y contenida, y De Niro subía el diapasón hasta un barroquismo de aroma sobrenatural que ha sido fecundo en memes («¿Abogado? ¡Abogaaaado!»), nuestro Bardem apuesta por combinar los tics nerviosos con una suerte de estrés postraumático que lo hacen temible tanto por lo que oculta a plena luz del día como por lo imprevisible que se adivina en su rabia interna.
Ese desplazamiento de acento también afecta al relato en su conjunto. La trama sabe venirse al hoy abriendo ángulos que acercan la almendra de una injusticia a los vericuetos del presente, con sus adolescencias medicadas, su activismo judicial, el cuestionamiento progresista del sistema y la obsesión por la reputación y las relaciones públicas. Esto último es clave, porque todas las iteraciones de este relato parten del mismo lugar: el secreto inconfesable, el mal que parecía enterrado. La revancha obsesiva es una excusa para reflexionar sobre la culpa. Y, como sabemos desde Isaías, no habrá paz para los malvados; ni siquiera para quienes creían tener la conciencia limpia por una buena causa.




