Humanismo cristiano Arte Historia y religión SOLO WEB
Chiara Curti: «En Gaudí, la espiritualidad no es una capa privada»

Humanismo cristiano Arte Historia y religión SOLO WEB

Coincidiendo con la visita del papa León XIV a la Basílica de la Sagrada Familia, entrevistamos a la arquitecta italiana Chiara Curti, una de las mayores expertas internacionales en la figura de Gaudí, quien defiende que su obra, capaz de conmover profundamente, constituye un verdadero autorretrato de su vida interior.
Tras cumplirse los cien años de la muerte del arquitecto catalán, el 10 de junio de 2026, la figura de Gaudí sigue despertando admiración en todo el mundo, pero pocos conocen la dimensión espiritual que dio sentido a la arquitectónica. Ambas son inseparables en la obra de Gaudí.
La consagración de la basílica por parte de Benedicto XVI, el 7 de noviembre de 2010, supuso un momento decisivo para comprender esta realidad. Durante aquella visita, el pontífice presentó el templo como una síntesis singular entre belleza, razón y fe, y puso palabras a una intuición que había guiado a Gaudí durante décadas.
¿Qué nos dice hoy la Sagrada Familia sobre la espiritualidad de Gaudí? ¿Qué nos dice de la nuestra? ¿Qué mensaje sigue transmitiendo esta obra a quienes la contemplan más de un siglo después de su inicio?
Estas son algunas de las cuestiones con las que Nuestro Tiempo se reúne con la arquitecta e historiadora italiana Chiara Curti, una de las mayores especialistas en la vida y el legado de Antoni Gaudí, a quien, durante más de dos décadas, ha investigado desde una perspectiva histórica, artística y religiosa.
Graduada en Arquitectura por el Politécnico de Milán y doctora cum laude en Ciencias Humanas e Historia del Arte por la Universidad CEU Abat Oliva. Curti es autora de abundantes estudios sobre la figura de Gaudí. Entre sus trabajos más recientes destacan Gaudí vivo (2026), Mi Gaudí: la biografía escrita por sus amigos (2025) y La Sagrada Familia. Catedral de la luz (2022). Desde 2015 imparte cursos en el Ateneu Sant Pacià de Barcelona sobre modernismo, Gaudí y arquitectura cristiana.
Cuando Chiara Curti trabajaba en la restauración de la tumba de Gaudí, un día, sobre las ocho de la tarde, recibió una llamada urgente. Le pidieron que fuera para tomar una decisión sobre el proceso. Curti se encontraba en ese momento durmiendo a su hija pequeña, y le explicó: «Tengo que ir a la tumba de Gaudí». La niña la miró con lágrimas en los ojos: «Pero, mamá, ¿Gaudí se ha muerto?». Ella se dio cuenta entonces de que siempre hablaba de él como de un amigo, más que como un tema sobre el que investigar y divulgar.
Comisaria de cuatro grandes exposiciones dedicadas a Gaudí y la Sagrada Familia, con motivo de la visita de León XIV a España este junio, ha vuelto a montar, en el Seminario Conciliar de Barcelona, la exposición inaugurada en Madrid en 2011, Sagrada Familia: Moved by Beauty, donde propone una lectura renovada del templo y de su creador, y muestra cómo la fe fue el principio unificador de toda la obra gaudiniana y cómo la visita de Benedicto XVI contribuyó a iluminar una dimensión esencial de su legado.
Con Curti traspasamos la genialidad artística para adentrarnos en una experiencia interior que dio origen a uno de los arquitectos más extraordinarios de la historia: Gaudí, hijo del Padre.
Después de cien años, ¿por qué cree que la figura de Gaudí reaparece con tanta fuerza?
Porque estamos en un tiempo de cansancio visual y de hambre de sentido. La espectacularidad ya no basta. Y Gaudí, leído desde una visión espiritual, ofrece algo rarísimo: una belleza que no se agota en el golpe de vista porque está sostenida por una antropología y una teología. Vivimos un nuevo medioevo, un cambio de época profundo. La Sagrada Familia se revela como el símbolo que nos acompaña, como sociedad, a atravesar este momento histórico.
La declaración de Gaudí como venerable en 2025 ha puesto el acento y la conversación en su vida interior. Ya no se discute solo como genio técnico o icono cultural, sino qué clase de virtudes humanas y cristianas visibilizó. Esa recepción, por supuesto, puede caricaturizarse. Pero también puede ser una oportunidad para conocerlo con más rigor. Si el centenario de su muerte sirve para escapar del consumo superficial de su imagen y volver a las fuentes, entonces habrá valido la pena.
La actualidad de Gaudí no reside solo en que sus formas parecen modernas. Está en que su pregunta por el sentido del trabajo, la belleza, la comunidad y Dios vuelve a ser nuestra pregunta.
Tras más de veinte años estudiando a Gaudí, ¿qué es lo que más le ha llamado la atención?
Quienes convivieron con él entendieron que su obra no se podía explicar del todo si se amputaba su fuente humana y espiritual. Por eso para mí ha sido tan importante la vida interior del artista, eso que no se puede buscar en internet como un dato suelto. Si uno mira la Sagrada Familia como un soberbio experimento plástico, verá mucho, pero seguirá sin entender por qué el edificio concede tanta centralidad al altar, por qué el claustro rodea el templo como espacio de tránsito orante, por qué las fachadas son una economía visual de la historia de Cristo o por qué la basílica se concibe como reflejo de la liturgia celestial: la Jerusalén que desde la tierra sube al cielo, invirtiendo la imagen y poniendo el acento en que somos parte del Reino de Dios.
Usted ha recurrido varias veces a una anécdota con Unamuno: Gaudí, cansado del debate filosófico, habría dicho que lo único que sabía es que era hijo del Padre. ¿Qué peso guarda esa frase?
Gaudí tenía muy claro que su misión en el mundo iba mucho más allá de ser un gran arquitecto: consistía en manifestarse como «hijo del Padre» y en mostrar cómo Dios se hace presente en la realidad. Él veía en el asombro de la infancia una posibilidad única de redescubrir la belleza que nos rodea. Para él, el ojo del niño es capaz de percibir lo extraordinario en lo cotidiano, porque aún conserva una visión llena de verdad y admiración, parecida a la del místico, que lo ve todo transfigurado. Los niños descubren universos en una piedra, historias en un agujero y aventuras en los elementos más sencillos de la naturaleza. Precisamente ahí reside el hilo conductor de Gaudí: no quiso crear una obra cerrada y concluida, sino iniciar una historia capaz de seguir inspirando y despertando la mirada de quienes la contemplan.
Esa mirada de infancia sintoniza mucho con la relación de Gaudí con los más vulnerables…
Sí, la dulzura que mantenía con los niños aparece plasmada constantemente en los testimonios que recogí para mi libro Mi Gaudí: la biografía escrita por sus amigos. Se ve cuando organizaba meriendas para los menores huérfanos que recibía en la Sagrada Familia, y muchos de los modelos de la fachada del Nacimiento fueron trabajados con rostros reales de vecinos [del Poblet, como se conocía entonces al barrio humilde donde se levantaba la basílica] cargados de historias. Me parece una intuición bellísima y muy seria: el templo expiatorio no se levanta sobre una abstracción popular, sino sobre rostros concretos.
Esa misma lógica reaparece en la imagen de la «catedral de los pobres». El edificio no está pensado para sustituir la justicia social, pero sí para ofrecer amparo, dignidad y una forma de belleza que no excluya a los humildes. Por eso también me parece muy pertinente la frase «Gente pequeña ha contribuido mucho a grandes cosas». En Gaudí no hay solo estética del pueblo; hay confianza real en la fecundidad espiritual de lo pequeño.
De Gaudí se han dicho muchas cosas, ¿qué caricatura le gustaría desechar?
La primera, la del genio aislado. Rechazo tanto la caricatura del ermitaño como la del loco arisco —incapaz para la relación y solo fértil en soledad—, como muchas veces se le ha tildado. Esa imagen es cómoda y produce fascinación moderna, pero no se sostiene bien cuando uno entra en la trama concreta de su vida. Insisto mucho en la «vida relacional» de Gaudí: en su cercanía a obreros, colaboradores, clérigos, artesanos, niños, vecinos del barrio. De hecho, Mi Gaudí nace de ese convencimiento: el arquitecto no era únicamente una firma de prestigio, sino alguien cuyo modo de estar con los otros dejó memoria. No estaba solo. Y cuando en algún momento fue percibido como huraño, fue más por su desplazamiento social: dejó de gravitar en torno a quienes daban prestigio mundano y optó cada vez más por permanecer con quienes no tenían voz ni visibilidad. Eso cambia mucho la escena. La segunda caricatura sería la del místico nebuloso, como si su religiosidad consistiera en vaguedades elevadas. No: su fe, cuando madura, es una relación con Dios reglada, concreta, casi corporal.
¿Cómo se plasmaba esa espiritualidad reglada en el día de Gaudí?
Sorprendentemente regular, una jornada casi monástica: misa y comunión por la mañana, trabajo durante el día y, al atardecer, actos culturales, meditación y oración en la iglesia de Sant Felip Neri. Gaudí solía compararse con un monje porque decía que su vida seguía un ritmo de ora et labora; pero, al igual que un monje, nunca vivió aislado.
Para él, la liturgia no se añadía al trabajo para «darle sentido»; sino que marcaba el ritmo que lo organizaba. El trabajo no estaba por encima de la vida, sino que era su manera de manifestarse como colaborador del Creador. Eso explica por qué en Gaudí la espiritualidad no se esconde en lo privado y la arquitectura no es una profesionalidad neutra. Ambas cosas se mantienen al mismo tiempo.
Hay un detalle muy revelador: cuando sufre el atropello tras el cual fallece, se dirigía, como tantas tardes, al oratorio de Sant Felip Neri. Gaudí no era un activista febril ni un asceta evasivo. Era un hombre de regla. Y esa regla no asfixiaba su creatividad; la sostenía. La suya fue una genialidad disciplinada.
¿Diría que Gaudí fue siempre así?
Fue un hombre marcado por un humus católico, pero no siempre con la misma densidad interior. Creció en una familia religiosa, y con la observación de la naturaleza, favorecida por la fragilidad física de la infancia, forjó un método de contemplación que mucho más tarde se integraría de forma orgánica en su fe. Es importante no fabricar una biografía lineal, como si hubiera nacido ya convertido en el Gaudí de la última etapa. Hay que verlo crecer. Esa insistencia me parece muy sana porque evita tanto el mito del santo instantáneo como el del genio autosuficiente.
Los cuadernos del templo [la documentación del archivo de la Basílica de la Sagrada Familia] desvelan algo muy iluminador: Gaudí tuvo dos fuentes de inspiración, el mensaje cristiano y la naturaleza, convergentes en la convicción de que la obra del Creador era inimitable. Esa confluencia es el fruto de una maduración. A medida que entra en la adultez y se afianza en el proyecto de la Sagrada Familia, se vuelve «muy devoto», estrecha lazos con sacerdotes y obispos y estudia seriamente la renovación litúrgica. Su fe no es un adorno heredado, sino una inteligencia que crece. Gaudí es un hombre que va siendo formado también por la obra a la que se entrega.
Si tuviera que resumir en una sola intuición lo que la Sagrada Familia dice sobre Gaudí, ¿cuál sería?
Que no construyó solo un edificio: Gaudí se dejó construir por una verdad mayor que él. La obra y el hombre crecieron juntos. Y eso me parece, quizá, lo más conmovedor de todo. En una época obsesionada con producir resultados, Gaudí nos devuelve la idea de una obra que transforma primero al que la sirve.
Por eso me resisto a terminar con una exclamación admirativa sobre las torres o las fachadas. Lo decisivo no es que Gaudí fuera singular, sino cómo llegó a serlo. Llegó ahí porque fue aprendiendo a mirar la realidad como creación, a vivir el tiempo como liturgia, a tratar el talento como don, a leer la ciudad como destinataria de un signo, a entender a los obreros y a los pobres como parte viva de la obra, y a saberse, por encima de todo, hijo del Padre. Si esa conciencia filial es verdadera, entonces toda su arquitectura se vuelve inteligible: no como un despliegue de poder, sino como una gran respuesta agradecida.
Hablemos de las dieciocho torres. Se comenta mucho su altura y poco su teología…
Y ahí hay una pérdida grande. Las torres tienen una utilidad y una belleza evidentes, pero para Gaudí eran también nombres, jerarquía y relación. En el centro se sitúa Jesucristo; alrededor, los cuatro evangelistas; sobre el ábside, María; en las fachadas, los doce apóstoles. Los cuadernos del templo insisten en que Gaudí no quería torres solo ornamentales o grandiosas: quería que fuesen simbólicas, que cada una respondiera a una misión. En Gaudí, incluso lo estructuralmente necesario y plásticamente poderoso recibe inmediatamente una vocación relacional. Nada existe para sí. Todo remite.
La torre central, dedicada a Jesucristo y bendecida por León XIV, vuelve visible de manera especial la conciencia cristocéntrica del proyecto. No está puesta ahí por razones compositivas neutrales, sino porque Cristo es el centro de la historia humana. Y eso explica, de paso, por qué la interpretación puramente «naturalista» de Gaudí siempre se queda corta. Claro que hay naturaleza, geometría, árboles, ramificaciones y formas orgánicas. Pero todo eso, sin el centro cristológico, se queda en un bosque bonito, nada más. En cambio, con ese centro, el bosque se vuelve templo y la altura se vuelve teología. El edificio deja de decir «así funciona el mundo» y empieza a mostrar «hacia quién se ordena el mundo». Así lo expresa el interior de la torre, donde se dibuja la historia del universo y, en el punto más alto, su origen: Cristo.
Desde esa perspectiva, ¿diría que Gaudí se veía como autor?
Gaudí no se consideró autor de ninguna de sus obras: al contrario, se veía como su custodio. Gaudí no se apropiaba de las obras, no le preocupaba dejarlas inacabadas y aceptaba que otros continuaran aquello que él no vería terminado. Esa observación es preciosa porque revela una humildad poco habitual en un gran creador: no una de tipo retórica, que se desdice por cortesía, sino la que de verdad se alegra de que la obra crezca más allá de uno mismo.
Una cita suya sobre la Sagrada Familia resume muy bien ese espíritu: la obra está «en manos de Dios y de la voluntad del pueblo». Si uno junta ambas cosas, obtiene una clave muy sólida: Gaudí trabaja con totalidad, pero no con apropiación. Se vuelca en el templo durante cuarenta y tres años y acaba dedicándose en exclusiva a él, pero justo esa dedicación extrema le revela que la obra no es «suya» en el sentido posesivo moderno. Es una misión recibida, sostenida por la providencia y por el pueblo. El custodio cuida, mientras que el propietario puede hasta desperdiciar sus cosas. El custodio es una figura que puede asemejarse a un jardinero; y, con la Sagrada Família, Gaudí construye un bosque de piedra.
Para terminar: ¿qué le gustaría que los lectores se llevaran de Gaudí en el centenario de su muerte?
Me gustaría que se atreviera a descubrir Gaudí como amigo espiritual. Un amigo te enseña a mirar, te acompaña, porque Gaudí imaginó una sociedad capaz de asombrarse. Esa formulación me parece profundamente justa. Porque la belleza, cuando es verdadera, no narcotiza: despierta. Y Gaudí quiso despertar una ciudad, una época y, en el fondo, a cada persona no utilizando una ideología, sino mediante un orden bello que hiciera más difícil el cinismo.
Si el lector entra algún día en la Sagrada Familia, le pediría algo muy sencillo: que no la mire como un objeto concluido que debe «entender» de un vistazo, sino como un lugar en el que conviene demorarse. Que atraviese el claustro con las preguntas de su tiempo. Que alce la vista hacia las columnas como quien entra en un bosque y que eso le lleve a pensar en el corazón de Dios. Que preste atención a la manera en que la luz cambia el espacio. Y que acepte, aunque sea por un momento, la hipótesis de que la realidad no es muda, que la materia puede transparentar una gloria y que la belleza quizá no sea el lujo superfluo de la vida, sino una de sus formas más hondas de verdad.
En consonancia con ese espíritu de servicio, Nuestro Tiempo es una revista gratuita. Su contenido está accesible en internet, y enviamos también la edición impresa a los donantes de la Universidad.